Ciencia y filosofía de la metarrealidad

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(Por Manuel Béjar) La ciencia nos ofrece un conjunto de sugerentes propuestas especulativas acerca de la realidad fundante de nuestro universo que no deberían pasar desapercibidas para la filosofía. Asumimos que la metafísica del universo sigue hoy siendo enigmática y pasamos a analizar la lógica de la fundamentación del universo. Se ha interpretado de diferentes modos a lo largo de la historia. Es enigmático el fundamento físico del universo. Es también enigmática la emergencia de la vida en el universo. Veremos que la creación obedece a una lógica que verse como puramente mundana; pero el universo enigmático hace también posible una lógica teísta para entender su fundamento. Todo ello apunta a la existencia de una realidad más allá del tiempo (metarrealidad) cuyo estado ontológico es profundamente incierto. La discusión de la apertura de la razón a esa dimensión que llamamos metarrealidad,es abordada en este artículo. En otros dos artículos posteriores seguiremos pensando todavía sobre la decisiva cuestión de la verdad metafísica del universo, su verdad última, y el papel que en la configuración de una respuesta científica y filosófica juega el concepto hipotético de una metarrealidad, que daría sentido a la realidad de nuestro universo.

LA LÓGICA DE LA METARREALIDAD

La metafísica de Dios y la metafísica del multiverso son una alabanza a la metafísica del ser. Ni Dios ni el multiverso han sido creados. Ambos son postulados como el ser que existe por sí mismo. El multiverso por necesidad espontáneamente produce toda la colección de universos y Dios necesariamente es el ser que espontáneamente hace de su esencia el existir. Dios existe espontáneamente y con espontaneidad el multiverso da existencia a los infinitos universos. Ateos y creyentes han descubierto la espontaneidad como parte de la lógica de la creación. De acuerdo con la lógica de la creación el ser es espontáneo y no puede dejar de ser para transformarse en la nada.

Tal como la lógica mundana y la lógica teísta interpretan tan distintamente los conceptos de infinitud y espontaneidad no parece fácil alcanzar una imagen unificada de la creación ni una comprensión de la metafísica que la hace posible. Ateos y creyentes fundamentan la realidad en metafísicas ocultas: ni Dios, ni el multiverso gozan de una patencia de verdad evidente; unos creen ver a Dios como metarrealidad y otros se conforman solo con mundanidad. Este ocultamiento metafísico está presente tanto en la lógica mundana como en la lógica teísta.  Los creyentes afirman que es imposible desvelar a Dios y hacer de su ser divino una experiencia manifiesta. A Dios no se le observa, como tampoco es posible observar otros universos alternativos, ni al multiverso que fundamenta toda la hipotética colección de universos. Lo que existe en el fondo de la realidad es arcano y por siempre permanece oculto. Esta metafísica del ocultamiento hace posible en nuestro mundo hablar de Dios como creador, al igual que permite postular un multiverso en el fundamento de la realidad física.

En la misma lógica, la metafísica mundana y la metafísica divina no conciben una verdadera creación del fundamento del ser físico. En la metafísica del multiverso no hay creación como tal. El multiverso produce universos espontáneamente, por azar, acorde con el potencial de su metafísica infinita. Cada universo es un producto emergente en una realidad metafísica ulterior que no ha sido creada, autosuficiente y que ha existido por siempre. Igualmente podemos seguir en la lógica teísta que por siempre ha existido Dios, quien hace de su esencia la existencia y no necesita ser creado ya que su ser es espontáneo. Acorde con su potencial infinito Dios inicia su obra de creación, que obedece a un plan diseñado con perfección donde el universo surge de su ontología divina.

No debiera ser un problema haber desarrollado interpretaciones tan distintas sobre la naturaleza metafísica de la realidad, si nos hacemos conscientes de que la lógica de ateos y creyentes son en realidad semejantes a una misma gran lógica, que denominamos la lógica de la creación. Ateos y creyentes han dado tentativamente y desde presupuestos metafísicos y desarrollos históricos muy distintos con una aproximación importantísima a esta lógica de la creación. Ahora bien, una comprensión en profundidad de la lógica de la creación permite construir una cosmovisión más amplia de la naturaleza metafísica de la realidad. Nos encaminamos en este artículo a pensar esta lógica de la creación que necesariamente implica la existencia de una metarrealidad en incertidumbre ontológica.

Vivimos, nos movemos y existimos en un fondo ontológico. Sin embargo, este fondo último de realidad no se deja esclarecer completamente. Desde la aproximación teísta el fondo parece vislumbrarse como una realidad divina, el Dios en quien existimos, nos movemos y vivimos. Desde la perspectiva atea el fondo se vislumbra de otro modo, como si no hubiera Dios y solo quedara la unidad del multiverso, que da la existencia física a todos los universos, los pone en movimiento y hace compatible la vida en al menos uno de ellos. Sea como fuere, la lógica de la creación nos descubre que vivimos, nos movemos y existimos en una metarrealidad. Ahora bien, ¿qué hay realmente al fondo de la realidad? Esta es la gran pregunta. No nos satisface permanecer en la idea de que ambas metafísicas, la divina y la puramente mundana, son posibles. Deseamos conocer cuál es últimamente el fondo ontológico de la realidad.

En la confluencia de las lógicas de ateos y creyentes se evidencia la lógica de la creación, que no impone necesariamente una metafísica clásica. No es evidente que exista Dios, como tampoco hay evidencia del multiverso. Tanto la lógica teísta que descubre a Dios como la lógica mundana que deduce el multiverso son planteamientos metafísicos coherentes. Cada elaboración metafísica derivada de su respectiva lógica es consistente en sí misma. Dios y el multiverso pueden servir de fundamento metafísico de la realidad. Pero, la realidad física cuyo origen se pretende explicar a partir de estos presupuestos metafísicos es siempre una realidad de materia en actividad física. Y, tanto Dios como el multiverso se conciben fuera del tiempo. En consecuencia, se necesita explicar cómo pudo realizarse la transición de la eternidad al paso del tiempo. ¿Qué razón produce un cambio en el multiverso para originar un nuevo mundo? ¿Qué motivó a Dios antes de la creación para diseñar nuestro universo? En la lógica mundana el multiverso produce espontáneamente nuevos universos y en la lógica teísta el amor de Dios a su planteamiento de creación lo conmueve para hacer realidad el universo antrópico. ¿Es la necesaria espontaneidad del multiverso para entrar en actividad física o la voluntad deliberada de Dios para hacer realidad su obra de creación una explicación metafísica suficientemente fundada de por qué existe el universo?

Las metafísicas de ateos y creyentes suponen una realidad más allá del tiempo físico. Dios y el multiverso, como fundamentos metafísicos, han existido desde siempre; son eternos. Sin embargo, la realidad física es siempre una materia en actividad temporal que no puede entenderse sin tiempo ni variaciones energéticas. Los cambios en esta actividad física permiten definir unos relojes que sirven para medir el paso del tiempo. Se dice que el tiempo no es cambio, sino que el tiempo presupone el cambio. Puesto que hay cambios o variaciones en los sistemas físicos es posible definir el tiempo que caracteriza esencialmente a nuestra realidad física. Sin embargo, la naturaleza del tiempo no permite formular su origen.

Antes y después del big bang

El paso del tiempo se inicia tras el big bang. Situamos su origen al comienzo del universo, como si el universo físico fuera el arranque en el tiempo de una realidad material ulterior. En el origen del universo encontramos el nacimiento de las variaciones de energía durante intervalos de tiempos finitos. Energía y tiempo permiten a la materia ponerse en actividad física y hacer de la materia una realidad sensible. Pero no hay creación como tal, sino más bien una transformación metafísica acontecida en la metarrealidad que sitúa a la materia en actividad física y la habilita para devenir en el tiempo mediante cambios energéticos finitos. Esta acción física que resulta de la conjugación de variaciones de energía e intervalos temporales es la base de los procesos físicos del universo; pero no sirve como fundamento ontológico, porque la actividad física es siempre perentoria: necesita de un soporte ontológico previo, que es la materia eterna de la metarrealidad sin actividad física, fuera del tiempo. La lógica de la creación conduce a la existencia metafísica de una realidad fundante de materia más allá del espacio-tiempo, que hemos denominado metarrealidad.

Las lógicas mundana y teísta del universo no explican por qué se inicia el proceso hacia la creación del mundo físico desde sus respectivas metafísicas. Dios crea el mundo; pero ¿qué le impulsa a hacerlo? El multiverso genera universos; pero ¿qué causa esta determinación? Desde la lógica mundana se postula que el multiverso espontáneamente produce universos. Se trata de una cuestión de necesidad. No parece plausible que pueda existir un multiverso estéril, sin universos. En la lógica teísta parece claro que la existencia de Dios es independiente de su creación. Dios creó el universo con la libertad de poder no haberlo hecho, pues no lo necesita. ¿Qué le llevó a hacerlo entonces?  Parece ser que Dios crea el mundo por amor. Es el amor el motor que hace posible el cambio de una pura metafísica divina a una metafísica divina que soporta al universo físico. Dios crea el mundo por amor. Hay algo en la ontología divina que toma la determinación de crear el mundo cuando bien podría no hacerlo. Esta motivación, este motor metafísico no lo entendemos, pero identificamos este proceso con el amor del creador para con su creación.

La lógica mundana tal como ha sido planteada hasta ahora no contempla la posibilidad de que el multiverso sea algo parecido a una gran mente cósmica que puede elegir entre producir su colección de universos o mantenerse en una pura existencia metafísica. Dios puede existir sin crear el mundo, pero el multiverso tiene la necesidad de hacer realidad sus universos físicos. Eso sí, la realidad de un dios ajeno por completo a su creación es impensable. El pensamiento de Dios es siempre producto de la inteligencia humana. La existencia del ser humano como criatura de Dios es un supuesto imprescindible para pensar en Dios. Pensar a Dios va necesariamente asociado con su creación, de la que resulta el universo antrópico. No se puede pensar a Dios sin voluntad e inteligencia para crear el universo antrópico.

En la lógica puramente mundana no se entiende el multiverso sin su producción espontánea de múltiples universos. Existe una relación causal de jerarquía que antepone la materia eterna del multiverso a la materia en actividad física de sus universos; pero no se contempla la opción de un puro multiverso. ¿Podría entenderse lógicamente un multiverso estéril conformado por materia sin actividad física existiendo en una eternidad sin cambio? Justamente esta opción lógica había sido descartada por la experiencia de contar con al menos un universo con materia en actividad física. La ciencia debe atender a los hechos y en consecuencia no puede derivar sus esfuerzos hacia planteamientos puramente especulativos como el de un multiverso estéril. Nuestro universo impide lógicamente que el multiverso sea una pura realidad metafísica y vaya necesariamente asociado a su colección de universos que, espontáneamente, va surgiendo en su metafísica infinita. Así lo hemos explicado en la exposición de la lógica mundana del universo.

Tanto la lógica mundana como la lógica teísta postulan una metarrealidad eterna que fundamenta el orden de lo físico. Dios y el multiverso son realidades fuera del tiempo con capacidad para producir universos físicos. En ambas lógicas se plantea la existencia de una metarrealidad que permite a la materia iniciar su actividad física en el tiempo. Ahora bien, el proceso de la materia hacia la dimensión temporal acontece fuera del tiempo, en una materia eterna (preexistente en la lógica mundana o creada fuera del tiempo en la lógica teísta) que adquiere actividad física. La creación surge en la eternidad de la metarrealidad. En la lógica mundana se entiende esta creación desde la metarrealidad del multiverso que espontáneamente produce universos físicos. En la lógica teísta la causa de la creación es Dios, quien voluntariamente decide su existencia de la materia capaz de hacer realidad el universo antrópico y singular anticipado en su proyecto de creación. Pero el acto de creación de la materia es previo al paso del tiempo y, en consecuencia, también hay que pensar en una metarrealidad de materia eterna (creada por Dios en la lógica teísta) que se aventura por la dimensión temporal para permitir la existencia del ser humano. La lógica de la creación no solo deduce la existencia de la materia eterna de la metarrealidad; también implica que esta materia metafísica pueda devenir y causar un proceso que inicia la actividad física de la materia.

Fuera de la realidad física no hay tiempo y, por tanto, no hay un momento para la creación de universos. No hay instantes en la metafísica del multiverso asociados a la formación de universos. Los instantes de tiempo adquieren su lógica en el universo físico, no antes. Antes, simplemente no hay tiempo. El multiverso opera espontáneamente fuera del tiempo; del mismo modo que lo hace Dios voluntariamente. En la lógica divina se explica el proceso de transición de lo eterno a lo físico, de lo metafísico a la actividad física, desde el amor. En la lógica mundana la transición es inmediata, acontece espontáneamente, por azar, sin otra motivación que la impuesta por su esencia metafísica que necesariamente fuerza a fabricar universos. Dios crea libremente por amor y el multiverso produce mundos por determinación como si estuviera metafísicamente inclinado a hacerlo en lugar de otra cosa. ¿Podríamos profundizar más filosóficamente en el concepto de espontaneidad utilizado por la lógica mundana y teísta para permitir a la materia iniciar su salto a la realidad temporal?

La lógica de la creación exige un proceso que permita la transición de lo metafísico a la existencia temporal de lo físico. Pensamos que es insuficiente desde un punto de vista crítico-racional justificar la creación del mundo con el concepto de espontaneidad asociado al amor de Dios o a la necesaria productividad del multiverso. Así como en física no convence la propuesta aristotélica de explicar la gravedad a partir de la existencia de lugares naturales en el universo, que producen inclinaciones en los objetos materiales a desarrollar determinados comportamientos, tampoco debería hoy satisfacernos intelectualmente afirmar que el multiverso produce universos por una cierta inclinación metafísica. De la misma manera que la fuerza de gravedad explica mejor la caída de los graves que la cosmovisión aristotélica, así también la lógica de la creación exige una descripción más elaborada del proceso de transición de lo metafísico a la realidad física. Y esta elaboración intelectual, si pretende ser crítica, no puede reducirse sin más a un acto de amor. Más bien debería explicar el proceso metafísico asociado a la decisión libérrima de Dios para crear un mundo físico desde su sabiduría y amor.

Desde un punto de vista lógico tanto vale en la lógica teísta que Dios crea el mundo por amor que el multiverso necesariamente produce por azar nuestro mundo de acuerdo con la lógica mundana. Al afirmarse que Dios crea por amor y con sabiduría la lógica teísta se desprende del concepto de necesidad implícito en la lógica mundana de un multiverso que hace irrefrenablemente múltiples universos. En la lógica teísta se asume que Dios hizo el mundo por amor, pero bien pudo no haberlo hecho. Cuando además se afirma que lo hizo por amor y sabiduría la lógica teísta asume un plan que es fruto de una inteligencia y que, por tanto, obedece a una lógica que ha de ser explicada. Para la lógica mundana sabiduría y amor son ideas completamente prescindibles y sustituibles por azar y necesidad. Para la lógica teísta lo único verdaderamente necesario es la existencia de Dios. En esta lógica el azar no se contempla como explicación y se introduce necesariamente a Dios. En la lógica mundana suponer la existencia de Dios no clarifica más que el azar y sí introduce toda una problemática teológica, que a nada conduce y solo causa confusión. La lógica que conduce al multiverso infinito que produce necesariamente mundos por azar, es tan potente como la lógica que postula a Dios, libre creador de la metarrealidad de naturaleza infinita que hace emerger la singularidad de un universo antrópico derivado de su sabiduría y amor.

El universo físico evidencia la existencia de una metarrealidad, pero esta metarrealidad puede ser Dios o puede ser puro mundo. El conocimiento sobre el mundo físico conduce a la existencia de una realidad metafísica, pero no puede aclararnos si esta metarrealidad se identifica últimamente con Dios o perdura en sí misma alejada de fundamento divino alguno. En la lógica mundana se necesita al multiverso como metarrealidad. En la lógica teísta la metarrealidad también es necesaria, aunque finalmente los teístas la identifiquen con Dios. El universo singular de nuestra experiencia (y el conjunto de universos alternativos) necesitan de una metarrealidad de materia fundante. La metarrealidad es evidente y su naturaleza material (la metarrealidad es materia eterna) se deduce de la composición material de nuestro universo. Sin embargo, ni el universo antrópico desvela a Dios, ni la evidencia de la metarrealidad es una prueba de la existencia de Dios. Dios podría no existir y una metarrealidad mundana serviría como fundamento del origen del universo y otros universos alternativos. Ahora bien, la evidencia de la metarrealidad tampoco es una prueba que conduzca a refutar la hipótesis de Dios. Incluso podría hacerla más fuerte si se entendiera bien.

El universo de nuestra experiencia evidencia la ontología de la metarrealidad, pero no la ontología de Dios. La ontología de Dios es transparente en nuestro universo, en el sentido de que no se puede apreciar. Si en el fondo está Dios, su ontología pasa inadvertida, es transparente. Dios necesita de esta metarrealidad de materia eterna para producir un mundo finito de materia temporal desde su ontología infinita, sin dejar rastro en la naturaleza de su ontología divina. De existir últimamente una ontología divina al fondo de la realidad, sería transparente (indetectable) en la materia de nuestro universo. El universo no evidencia a Dios. Nuestro universo evidencia la materia en actividad física y por deducción lógica la materia eterna de la metarrealidad. Pero Dios no es evidente. Entonces, ¿cómo puede la hipótesis teísta de que existe Dios en el fondo ontológico de la realidad ser compatible con la existencia de la metarrealidad?

Tendremos ocasión de adentrarnos en esta cuestión. De entrada, pueden servir estas líneas. Si Dios está en el fondo de la realidad, pero su ontología divina es transparente y no puede evidenciarse en nuestro universo, entonces Dios debe ocultarse de algún modo para permanecer como fundamento (Dios es el fondo ontológico de la realidad material) sin ser evidente (Dios permanece escondido en la metarrealidad). Si se considera a Dios el ser último fundante de nuestra realidad, entonces Dios debe permanecer tras una metarrealidad capaz de ocultarlo. A nuestro modo de ver la hipótesis teísta es viable en la lógica de la creación si Dios se ocultara en la metarrealidad. Y la hipótesis teísta podría quedar reforzada con la idea de la existencia de una metarrealidad en la lógica de la creación si la lógica teísta asumiera que: la metarrealidad no es una divinización de la materia, sino Dios mismo que decide vaciarse parcialmente de su ontología divina para dejar espacio en sí a una metarrealidad infinita de ontología material capaz de crear el universo (el universo lo crea Dios) sin hacer patente su fundamento divino (Dios queda oculto en la metarrealidad surgida en el vaciamiento voluntario de su ontología divina). Así Dios puede crear nuestro mundo finito y temporal a partir de su ontología infinita y divina, sin imponerse como fondo ontológico último. ¿Y para qué este ocultamiento? De este modo el amor de Dios en su acto libérrimo de creación salvaguardaría la libertad humana. Según la lógica teísta, el ser humano es libre de responder o no a la llamada de un Dios que no es evidente. Dios habría así construido un mundo sin patencia de divinidad, comprensible también desde la lógica puramente mundana.

La metarrealidad atea y teísta

En la lógica de la creación, la existencia evidente de la metarrealidad es consecuente con nuestro conocimiento del mundo y puede ser interpretada tanto con la idea de un puro mundo autosuficiente como con la fe en una ontología que últimamente es Dios, pero que precisa de esta metarrealidad para producir un mundo finito desde su ontología infinita sin dejar rastro de su naturaleza última divina.

Si los creyentes comprendieran bien la lógica mundana les debería bastar para encontrar una explicación de la existencia del mundo. Existe una metafísica infinita que opera necesariamente formando múltiples universos y en esta colección infinita de universos por azar hay al menos uno donde se han dado las condiciones físicas universales compatibles con la evolución cósmica hacia mundos compatibles con la vida, la sensibilidad, la conciencia y la inteligencia. Esto es, un universo antrópico. Para los ateos ir más allá de este marco metafísico es, más que pura especulación racional, puro deseo de encontrar un sentido a la existencia más allá de que hay un mundo porque no podría haber sido de otra forma. Y así se introduce siempre al fondo de toda discusión metafísica teísta la idea de que hay un Dios capaz de dotar a la existencia de un sentido mayor que el puro azar.

Si los ateos comprendieran bien la lógica divina disfrutarían vivencialmente del sentido que esta lógica confiere a toda la existencia. Existe un Dios que crea libremente el universo acorde con un plan diseñado con infinita sabiduría para que se produzca deliberadamente un ajuste muy fino de las condiciones físicas que permiten la evolución de un cosmos físico hacia la aparición de seres de gran complejidad biológica, conscientes e inteligentes (toda la humanidad) que guardan una relación de semejanza con la imagen del creador. Esto es, el universo diseñado por Dios para albergar la vida humana. Para los creyentes no confiar en la bondad del plan divino es, más que pura especulación, pura miopía y pena de no hallar más luz que la física. Pero los ateos consideran que la idea de un Dios tan bondadoso como dicen los creyentes es muy difícil de compatibilizar con tanto mal en el mundo. Lo que verdaderamente existe es un mundo de contrapuntos, de bienes y de males.

La lógica de la creación que proponemos es compatible con la lógica mundana y con la lógica divina. El punto de partida es que la creación ha debido seguir una lógica que permita el ocultamiento divino hasta el punto de que haga posible la lógica mundana. No iniciamos nuestra exposición desde el supuesto de Dios o del multiverso. Nuestra hipótesis filosófica es la existencia de una metafísica blanca, una metarrealidad compatible con la idea de un multiverso o de una divinidad de fondo. El presupuesto originario, la materia eterna de la metarrealidad, lo identificamos con una metafísica blanca: una realidad metafísica que no impone en exclusividad la existencia de Dios o del multiverso. Figurativamente, nos referimos a una metafísica blanca que no expresa metafísicamente el color de la metarrealidad mundana o divina. La lógica de la creación nos conduce a la existencia de esta metarrealidad de materia eterna, pero no permite identificarla con la realidad de Dios o con la realidad de un puro mundo. Por lógica, se desvela una metarrealidad compatible por igual con la lógica teísta y con la lógica mundana, hasta el punto de que ambas lógicas se entienden como interpretaciones clásicas de la lógica de la creación. En la lógica de la creación la realidad de Dios no se impone ni se propone, sino que se pospone, como veremos más adelante.

Por la razón alcanzamos a vislumbrar una metarrealidad eterna que fundamenta nuestra realidad física. Se trata de una metarrealidad infinita capaz de experimentar al menos un proceso de transformación para engendrar un universo físico finito. Bien espontáneamente esta metarrealidad produce mundos finitos, o bien esta metarrealidad es una consecuencia metafísica de un cambio en la ontología divina que, tras un proceso de contracción o vaciamiento, produce esta metarrealidad capaz de hacer un mundo finito con aparente espontaneidad y autonomía. En la lógica de la creación es necesaria la existencia de esta metarrealidad infinita y eterna. No es una propuesta puramente mundana, sí profundamente filosófica. Al final esta metafísica blanca podrá ser interpretada en términos de pura mundanidad como también podrá interpretarse en clave teísta. Insistimos en que la hipótesis metafísica de partida no asume un posicionamiento entre teísmo o ateísmo. Tendremos ocasión primero de interpretar la metarrealidad en clave mundana y en clave teísta al final del artículo.

Las lógicas de ateos y de creyentes son grandes construcciones coherentes que explican racionalmente la consistencia de su decisión metafísica inicial. Además, hemos expuesto cómo ambas lógicas guardan una similitud conceptual. Esta semejanza en su explicación del origen del universo nos ha motivado a la búsqueda de una lógica subyacente que permita la coexistencia de la lógica teísta y mundana. La lógica de la creación es el resultado de la convergencia de estas dos lógicas. Y la única consecuencia metafísica de la lógica de la creación es la existencia de una metarrealidad. Así, no se impone una interpretación en clave teísta o mundana, pues la existencia de la metarrealidad es compatible tanto con un puro mundo como con un mundo acompañado por Dios. La lógica de la creación exige una metafísica blanca, una realidad más allá de lo físico o metarrealidad, que sea susceptible de ser interpretada racionalmente en clave teísta y en clave mundana. Para ello el modo de ser de la metarrealidad ha de trascender los presupuestos clásicos de la experiencia consciente y necesariamente debe hacer suya la incertidumbre ontológica.

Por la razón y a través de la ciencia hemos descubierto la necesidad de que existe una realidad más allá de lo físico, una metarrealidad que es fundamento del ser temporal que se manifiesta por su actividad física. La actividad física de la materia es un condicionante para que se inicie el universo capaz de producir vida, sensibilidad, conciencia e inteligencia. Sin actividad física no existirían las estructuras que conforman los sistemas de la vida, ni la materia capaz de constituir individuos con sentimientos y razón. La materia es el fundamento de todos los fenómenos, pero es materia en actividad física; es decir, capaz de experimentar procesos energéticos en el tiempo, susceptibles de ser observados y estudiados científicamente. Pero en ciencia no hay una razón de ser para esta actividad física de la materia. Simplemente se da por supuesta.

La razón que dota de suficiencia a esta materia en actividad física es metafísica. La metarrealidad es el ser de materia eterna. Como el universo, la metarrealidad está constituida también por materia, pero carece de actividad física. Es materia eterna que se sobrepone a la nada, se funda en sí misma y además es el ser fundante del universo físico. La materia de la metarrealidad no precisa de fundamento ajeno. Es el ser eterno que no puede dejar de ser. Su existencia no precisa de un acto de creación, pues ella existe fuera del tiempo. Pero el movimiento en la metarrealidad sí puede causar la creación de un universo físico. Que la materia eterna no experimente procesos físicos no implica que no pueda devenir metafísicamente. Necesariamente ha de poder sufrir cambio si verdaderamente es capaz de producir un universo de materia en actividad física. Más allá del tiempo también es posible el cambio, pues el tiempo no es cambio sino que tan solo lo presupone.

El tiempo comienza con un cambio en la metarrealidad. Un movimiento en la metarrealidad provoca en la materia el inicio de su aventura en la dimensión temporal. El proceso que origina la actividad física en esta realidad material no resulta claro. Más adelante lo reconoceremos como una transición de fase en la metarrealidad. Se trata de un proceso propio, ya sea espontáneo sin posibilidad de pausa (la materia eterna está continuamente produciendo universos en actividad física, conforme a la lógica mundana), o sea inducido por una razón de orden superior que opera en la metarrealidad con absoluta libertad e inteligencia (la materia eterna obedece a un plan diseñado con inteligencia para crear un universo antrópico abierto a la libertad, inducida por el ocultamiento de la divinidad tras un proceso de vaciamiento que produce la metarrealidad, de acuerdo con la lógica teísta).

La lógica de la creación es compatible tanto con la lógica mundana de la autosuficiencia de la materia eterna, como con la lógica teísta del vaciamiento divino en la metarrealidad que sustenta el mundo. Pero, ¿cómo es posible la coexistencia de lógicas con presupuestos fundamentales tan distintos? ¿Es posible explicar el proceso material que hace plausible un mundo autosuficiente y un mundo originado por un Creador?

En realidad la lógica mundana y la lógica teísta guardan una relación de semejanza porque son interpretaciones partidistas de una misma lógica de la creación. La lógica de la creación solo presupone una metafísica blanca, una metarrealidad de materia eterna, autosuficiente, con el potencial de orquestar una transición de fase hacia la dimensión temporal. En la lógica mundana la metarrealidad se interpreta como puro mundo autosostenido y según la lógica teísta la metarrealidad sería Dios. De acuerdo con la lógica de la creación no es posible tomar partido por Dios o la pura mundanidad. Si la lógica de la creación surge en la convergencia de la lógica mundana y teísta, entonces la lógica de la creación debe ser compatible con ambas lógicas. La lógica de la creación no exige un puro mundo metafísico o una metafísica mundana acompañada por Dios, sino que impone la existencia de una metarrealidad que puede ser Dios y puro mundo simultáneamente; aunque no en el sentido clásico de que sea Dios o puro mundo y en consecuencia solo sea válida la lógica teísta o la mundana en exclusividad. La lógica de la creación debe hacer posible las dos lógicas y por tanto exige una metarrealidad superpuesta de  una ontología referida a Dios y otra ontología de pura mundanidad.

En el siguiente punto abundaremos en la exigencia de la lógica de la creación apoyándonos en argumentaciones metafísicas de mayor proximidad a los fenómenos de la experiencia física. Tenemos que pensar una metafísica que sea compatible con Dios y la mundanidad. A continuación explicamos metafísicamente cómo es esta metarrealidad  que fundamenta el universo (o el multiverso) y a la que hasta el momento hemos accedido mediante un ejercicio de lógica, puramente racional. Ahora nos aproximaremos a esta metarrealidad con una metodología filosófica más próxima al proceder de la ciencia. Nada podrá ser comprobado experimentalmente por tratarse de una realidad metafísica (seguimos en el marco de la especulación filosófica) y todo cuanto se predique de esta metarrealidad habrá de corresponderse tangencialmente con algún fundamento empírico de la realidad física observable (nos adentramos en un nuevo marco de especulación físico-filosófica). Para ello, usaremos el conocimiento producido por los físicos en la formulación de sus teorías fundamentales de la actividad cuántica de la materia. En el reino de lo cuántico, tan sorprendente como efectivo, la incertidumbre es principio y fundamento del ser.

LA INCERTIDUMBRE DE LA METARREALIDAD

El conocimiento científico de la materia no es suficiente para despejar las dudas acerca de la fundamentación metafísica del universo. Se evidencia lógicamente la existencia de la metarrealidad, pero no se alcanza a resolver el gran enigma sobre su fondo ontológico. De la reflexión filosófica sobre el estudio físico de la materia se abre un horizonte metafísico profundamente enigmático. Dios y el multiverso son principios metafísicos que guardan su coherencia lógica interna. El problema es que la lógica teísta y la lógica mundana se corresponden con metafísicas completamente opuestas.

Por el análisis realizado concluíamos que la lógica mundana y la lógica teísta comparten una misma estructura formal. Cada una asume la existencia de una metarrealidad eterna e infinita, que puede interpretarse en clave mundana con la idea de espontaneidad y con la idea de Dios en clave de voluntariedad. Pues bien, esta metarrealidad es la consecuencia de la lógica de la creación; descubierta por ateos y creyentes, aunque interpretada con hipótesis metafísicas antagónicas. Esta ambivalencia metafísica supone una incertidumbre epistemológica. ¿Hay que pensar la metafísica desde la hipótesis de Dios como soporte último de la realidad o es preferible  partir de una hipótesis puramente mundana? No hay respuesta en la ciencia para esta incertidumbre epistemológica que se nos plantea.

La incertidumbre epistemológica de la metafísica

La incertidumbre epistemológica de la metafísica imposibilita siquiera arrancar con seguridad el discurso sobre el ser que fundamenta nuestro universo. No sabemos, ni podremos saber, si hay Dios o un puro mundo sin Dios. Carecemos de la seguridad que nos ofrecería un punto de arranque firme para ir construyendo una explicación metafísica del fundamento de la realidad física. Por ello, el riesgo de construir una especulación metafísica es paralizante ya desde el mismo presupuesto de partida. A nuestro modo de ver la parálisis metafísica de nuestro tiempo se debe a la perplejidad que produce situarse ante esta incertidumbre intelectual, que impide elegir con seguridad un punto de apoyo desde donde ampliar especulativamente una mayor argumentación sobre la metarrealidad del ser y sus movimientos para originar un universo antrópico.

Históricamente conocemos metafísicas clásicas claramente teístas. También reconocemos la importancia de metafísicas clásicas de corte nihilista. Tradicionalmente se ha optado por una metafísica divina o por una metafísica mundana; pero poco se ha argumentado con solidez por qué se decide fundamentar la elección metafísica en una realidad divina o en un puro mundo. La coexistencia de estas metafísicas con presupuestos iniciales antagónicos es una prueba intelectual de la validez de las lógicas, teísta y mundana, que permite su particular interpretación metafísica.

La lógica teísta permite la construcción de una metafísica fundada en Dios. Pero la lógica mundana, con el mismo valor racional, permite también construir una metafísica sin Dios. Las dos hipótesis metafísicas son coherentes desde el punto de vista lógico. Cada metafísica, con o sin Dios, conserva un valor formal porque existe una lógica subyacente que las dota de coherencia y consistencia. Ahora bien, o hay Dios o no lo hay. Y, en consecuencia: o fundamos la metafísica en Dios o en el puro mundo. O la realidad física depende últimamente de Dios o simplemente es autosuficiente. Lo cierto es que la incertidumbre de esta disyuntiva metafísica no nos deja satisfechos. Nuestro deseo es saber qué hay al fondo. En el fondo de la realidad últimamente está Dios o el puro mundo. Pero ¿cómo podemos conocerlo y satisfacer nuestra inquietud existencial?

Resulta natural y lógico tratar de deshacer por siempre esta disyuntiva. Todos queremos conocer qué hay al fondo de la realidad. Pero la limitación epistemológica nos hace inoperantes con la razón, pues ambas metafísicas obedecen a una lógica que las dota de consistencia y justificación. Podemos entonces, adherirnos a una metafísica o a la contraria, pero siempre sin seguridad racional. Este coto epistemológico ha sido nombrado como el gran enigma de la realidad[1]. Ante la incertidumbre racional para optar con razón absoluta por una u otra metafísica, tradicionalmente se ha optado por iniciar el discurso metafísico desde la hipótesis teísta o desde la hipótesis mundana. Se entiende que con la inoperancia de la razón solo queda la emoción para elegir un posicionamiento existencial.

De sobra es conocido en neurociencia que el ser humano suele guiarse por sus emociones cuando la incertidumbre racional es máxima. Ante la falta de una argumentación racional para tomar partido por la lógica teísta o la lógica mundana, la incertidumbre metafísica es máxima y, en consecuencia, la tarea metafísica se hace casi imposible. En consecuencia, se prefiere relegar el punto de arranque a una decisión de corte existencial. Esta incertidumbre metafísica impide avanzar en el conocimiento intelectual de la realidad haciendo inviable, si quiera tentativamente, una investigación metafísica acorde con los resultados de la ciencia. Por el contrario, se prefiere defender que la ambivalencia lógica no permite esclarecer por la razón cuál es la naturaleza metafísica última de la realidad, y se impele a la persona necesariamente a realizar un ejercicio existencial desde su dimensión más subjetiva. Bien decido emocionalmente optar por Dios como fundamento metafísico, o bien me decanto por un puro mundo de materia sin Dios. En conciencia cada persona puede tener certeza subjetiva de la existencia o inexistencia de Dios.

Si la razón queda bloqueada por la incertidumbre epistemológica, solo queda posicionarse existencialmente ante la realidad mediante un ejercicio emocional de afinidad a la hipótesis metafísica teísta o la hipótesis metafísica mundana. Pero este posicionamiento nunca contará con la garantía de la razón, sino que es elegido desde la subjetividad humana y guiado por la emoción. ¿Me siento yo llamado por un Dios que me ha dado la vida, me sostiene y tiene un plan para mí que, de seguirlo, permitirá salvar mi vida finita y entrar de lleno en una dimensión eterna de comunión con la divinidad? O por el contrario, ¿siento yo que todo este mundo es un universo más, fruto del azar y la autosuficiencia de una realidad puramente material que opera generando mundos sin mayor concierto que la necesidad, y soy yo algo así como un corpúsculo de naturaleza violentado por una leyes que me conducen sin remedio a la muerte final?

Cuanto hemos expuesto desde la dimensión más subjetiva de la persona es también extrapolable a lo que podemos denominar la dimensión subjetiva comunitaria de la humanidad. Puesto que si cada persona es interpelada existencialmente a responder con su vida al enigma metafísico, también en suma la humanidad en su conjunto es llamada existencialmente a presentar una respuesta comunitaria ante la incertidumbre metafísica. ¿Es Dios nuestro Creador, Señor de cuanto existe, quien nos ha constituido como pueblo suyo, nos guía con su presencia oculta ante el drama de nuestra existencia afectada por el dolor, la injusticia, la muerte… hacia una metafísica de salvación en comunión, donde la redención se hace posible y toda la humanidad es definitivamente liberada del mal producido por el pecado? O, más bien, ¿es nuestra condición humana el resultado de una pura metafísica material que opera como dinamizador del orden físico y nos ha generado por azar con todas las consecuencias evidentes de imperfecciones que provocan el inevitable abandono de la humanidad en el sinsentido de la historia cósmica donde espontáneamente aparece la vida, frágil y finita, que será destruida definitivamente?

Ante la incertidumbre epistemológica de la metafísica, unos se arman de valor para arrostrar el drama de la vida desde el azar y el sinsentido, reconociendo que toda existencia física es siempre finita y fracasada. Y otros, por el contrario, sienten interés por ese universal presente en las religiones referido a una salvación del drama de la existencia. Puesto que nuestro universo enigmático es compatible tanto con la lógica teísta como con la lógica mundana, es decir no impone una metafísica última; entonces se permite afrontar en consecuencia una existencia como si Dios no existiera desde el valor a vivir en el sinsentido de algo que ha comenzado ya para fracasar en la muerte definitiva. Pero también se permite vivir motivado por el interés existencial de entregarse a la presencia de un Dios oculto, que vela a su pueblo en la noche de los tiempos, con la esperanza de participar definitivamente en su dimensión divina.

Parece que todos somos indigentes en el drama de la historia. Nuestra razón no alcanza a ver más allá de lo inmediato y solo descubrimos una metafísica transparente que no evidencia a Dios. La metarrealidad es la evidencia. El indigente que sienta interés por el universal religioso puede decidir vivir abierto a un Dios oculto, que ni se desvela metafísicamente ni abandona su silencio ante el drama humano. Y el mismo indigente puede también resignarse en la conciencia de que su existencia será por siempre finita y limitada, y vivir con el valor de afrontar el devastador sinsentido de la historia.

Los discursos existenciales ante la incertidumbre

En consecuencia, ante la incertidumbre epistemológica de la metafísica, las religiones ofertan discursos que obedecen a una vida abierta últimamente a la hipótesis del Dios oculto y liberador. Pero no nos extraña la aparición de nuevas ideas referidas a la construcción de inteligencias superiores que mejoren o incluso eviten el drama existencial del ser humano. Aunque los presupuestos de partida de estas nuevas corrientes posthumanistas se incluyen en el ideal científico, a nuestro modo de ver no dejan de lucir un profundo interés por adaptar el universal religioso a sus intereses propios. Según dicen, finalmente la ciencia permitirá un posthumanismo donde el hombre será rescatado de su indigencia intelectual y existencial. Habrá surgido el posthumano, confían. Quizás lo más provechoso que he leído acerca del posthumanismo es el sarcasmo al que recurren los posthumanistas cuando se les pregunta por la existencia de Dios. Suelen responder: Dios no existe, aún. Sin ofrecer detalle dan a entender que el posthumanismo puede servir de nuevo universal religioso de salvación. Esta idea juega a favor de sus intereses. Eso sí, probablemente no comprenden el alcance metafísico de esta proposición suya, pues aún no han podido pensar en el devenir de la metarrealidad.

Conscientes de la ausencia total de experimentos que permitieran cierta seguridad en la investigación metafísica y conociendo que la lógica de la creación hace posibles hipótesis metafísicas tan distintas, consideramos que la incertidumbre epistemológica de la metafísica paraliza cualquier explicación clásica del fondo ontológico de la realidad. Esta paralizante incertidumbre epistemológica conlleva consecuencias importantes en la sociedad actual hasta el punto de que su élite intelectual sentencia alguna de las siguientes afirmaciones: 1) la metafísica carece de interés intelectual, 2) la metafísica se reduce a una intuición existencial, 3) la metafísica es un mero producto de la mente humana. Nosotros creemos que es posible hacer metafísica, que es necesario pensar metafísicamente la complejidad del mundo descubierta por la ciencia.

Si la incertidumbre metafísica es solo una incertidumbre epistemológica debida a la limitación propia de una forma de conocimiento que por la razón no alcanza sino a descubrir la lógica de una metarrealidad difusa, entonces la metafísica carece de interés intelectual y el esfuerzo por desarrollar una investigación metafísica queda fuera del interés académico. En consecuencia, no es posible hacer una metafísica académica sin acogerse a alguna de las hipótesis metafísicas planteadas. La coexistencia de hipótesis metafísicas antagónicas genera una ambivalencia metafísica intelectual (la metafísica divina o la metafísica de la mundanidad) en el ejercicio académico, que exige una elección emocional por intuición, que permita tomar partido por una metafísica u otra. La metafísica se reduce a una intuición existencial. Entonces sí, como se ha hecho en la historia del pensamiento, encontraríamos tratados académicos de metafísica a favor y en contra, siempre condicionados por un cierto relativismo consecuente con la limitación epistemológica metafísica. Es más, hay quienes consideran este relativismo una prueba de que las ideas metafísicas son simples alucinaciones producidas por la mente humana. La metafísica es un mero producto de la mente humana. No es infrecuente encontrarse con quien considera a Dios un fantasma del cerebro, ni tampoco con quien solo puede ver fantasmas de la mente cuando se le presenta la idea del multiverso.

Sin embargo, el juego de la duda siempre es divertido, pero puede jugar en contra de quien lo esgrime para probar la irrelevancia de algo, de algo incluso tan relevante como la metafísica. ¿Qué no es producto de la mente humana? Podría decirse que la metafísica es un juego de la mente, un ejercicio de ideas que solo toma cuerpo en lo mental. Como si de un fantasma de la mente se tratara se reduce la metafísica a un producto mental sin correspondencia con la realidad. Ahora bien, la calificación de fantasmagórico para algo que solo habita en la mente humana es también una realidad exclusivamente mental. Puestos a dudar podemos hacerlo hasta de la idea de que la metafísica es un mero producto de la mente. Podríamos pensar que dudar de la realidad metafísica es tan solo un producto de la mente, pero que no se corresponde con la realidad, con esa metarrealidad que debemos seguir explicando.

La metafísica es previa a la realidad física y debe hacer posible la coexistencia de ateos y creyentes quienes, ante la incertidumbre epistemológica, se ven en la necesidad de posicionarse existencialmente. Quien comprometa su existencia en una ontología divina, un creyente, deberá asumir que Dios diseña un mundo físico que evoluciona lentamente hacia la complejidad biológica hasta producir seres conscientes e inteligentes capaces libremente de vivir sin referencia a Dios. Es decir, Dios hace posible un mundo donde existan ateos. Así es. En cambio, quienes decidan fundar el mundo sobre una ontología puramente material, los ateos, deberán también asumir que la materia germinal del universo genera también la ilusión de Dios en la conciencia de los creyentes. Es decir, el puro mundo genera un orden físico que produce la idea de Dios; aunque sea un fantasma del cerebro, es decir, un mero producto de la mente humana sin correspondencia metafísica. Dios es una ilusión en la mente de los creyentes según los ateos. Y según los creyentes, Dios existe, pero es un ilusionista que permite a los ateos creer en la autosuficiencia de la materia de su creación. Dios es una ilusión o un ilusionista.

La metafísica que debemos construir en consecuencia con la ambivalencia epistemológica expuesta tiene que hacer factible la posibilidad de Dios (Dios es un ilusionista) y de su ausencia (Dios es una ilusión). Sin embargo, las intuiciones existenciales y las consecuentes hipótesis metafísicas son claras: hay un Dios ilusionista o un puro mundo donde Dios solo es una ilusión. La metafísica acorde con la lógica de la creación debe ser compatible con la lógica teísta y con la lógica mundana. Pero una metafísica así construida no puede imponer una hipótesis metafísica o la contraria. En consecuencia, la intuición existencial seguirá carente de un refuerzo intelectual y la razón seguirá clamando que se dilucide finalmente qué hay en el fondo de la realidad. ¿Es Dios una ilusión? ¿O es Dios un ilusionista? Esto es, la metafísica será incapaz de aclarar si de veras hay un Dios más allá de lo ilusorio, o más bien un puro mundo con ensoñaciones de divinidad. No parece que hayamos avanzado demasiado, sin embargo estamos ya ante el gran reto metafísico.

¿Dónde está el interés intelectual por semejante relativismo metafísico que parece reducirse a intuiciones más o menos emocionales y a las fantasías de la mente humana? El reto intelectual está en comprobar que la incertidumbre metafísica es realmente una incertidumbre ontológica y no solo epistemológica. No podemos vislumbrarla con la claridad que pretendemos, porque simplemente no es del modo que la deseamos. La metarrealidad existe y goza de un modo de ser que hace inevitable la limitación epistemológica ya descubierta. El reto ahora es entender que esta metarrealidad tiene un modo de ser incompatible con nuestra experiencia consciente (no podemos formar una imagen consciente de su realidad metafísica), pero accesible por la razón (sí podemos pensarla como una realidad metafísica en superposición de estados ontológicos). Y así, iniciamos una investigación metafísica que descubre una metarrealidad con un modo de ser en máxima incertidumbre. El reto que asumimos en adelante es presentar la metarrealidad como una ontología de la incertidumbre, una realidad metafísica que asume los principios de coherencia e incertidumbre cuántica. Esta incertidumbre ontológica confiere a la materia el potencial para desplegar el universo antrópico singular de nuestra experiencia consciente.

La incertidumbre ontológica de la metarrealidad

En física se ha discutido mucho acerca de la naturaleza de las propiedades cuánticas, pero la realidad es que los sistemas cuánticos operan bajo incertidumbre. Nuestra propuesta asume la realidad experimental de lo cuántico y proyecta su incertidumbre esencial a la ontología de la metarrealidad. La ontología de la metarrealidad está en un estado de superposición cuántica coherente acorde con el principio de incertidumbre. No es posible conocer su estado clásico porque su ontología es cuántica (el estado clásico aún no está definido) y en consecuencia esta ontología acepta una superposición coherente de estados cuánticos distintos.

Esta naturaleza cuántica hace inviable que la metafísica pueda quedar al descubierto para la mente humana, pues en la conciencia solo surgen estados clásicos bien definidos y no hay experiencia consciente de estados de superposición. Al adquirir una imagen consciente del estado de un sistema cuántico se han perdido por completo la incertidumbre cuántica y el sistema necesariamente ha devenido en un estado clásico, que sí es compatible con su representación como estado de conciencia. Cuando concebimos la metarrealidad en superposición de estados ontológicos la incertidumbre epistemológica se hace evidente. No podemos tomar conciencia de la metarrealidad porque se encuentra en una superposición de estados ontológicos, nuestra conciencia no puede tener experiencia ante la incertidumbre ontológica y en consecuencia la ambivalencia metafísica epistemológica es evidente. La ontología de la metarrealidad no puede explicarse en términos clásicos como desearíamos para tomar conciencia acerca de la verdadera naturaleza del fondo de la realidad. Y si no asumimos que la metarrealidad se halla en un estado de indefinición ontológica, entonces solo nos queda adherirnos a alguna de las hipótesis metafísicas clásicas: Dios o el puro mundo.

Las imágenes que se forman en la conciencia se corresponden con estados clásicos, bien definidos. Esta es la base de nuestra experiencia ordinaria, una sucesión de estados de conciencia. La conciencia no puede crear imágenes de sistemas cuánticos en superposición de estados. Los estados de conciencia se corresponden siempre con imágenes asociadas a algún estado clásico que ya se ha deshecho de la incertidumbre cuántica. La conciencia no puede formarse una imagen de la metarrealidad, porque su incertidumbre ontológica lo impide. En este sentido, desde la perspectiva de sujetos conscientes decimos que la metarrealidad padece una carencia ontológica, una indefinición clásica, debida a la incertidumbre cuántica. La metarrealidad aún no es tal como debiera ser para que la conciencia pueda formar una imagen. Siempre desde la perspectiva de la conciencia, la incertidumbre cuántica de la metarrealidad impide que se determine una ontología clásica susceptible de ser imaginada por una mente consciente.  

Esta carencia ontológica se evidencia en la existencia de la lógica teísta y la lógica mundana y en sus correspondientes hipótesis metafísicas acerca de un Dios o un puro mundo. Ambas hipótesis metafísicas como fundamento de la realidad son posibles, aun siendo antagónicas, porque la metarrealidad que se pretende describir no ha devenido aún en una ontología clásica. Por su incertidumbre, la metarrealidad carece de la ontología clásica necesaria para que la mente genere una imagen consciente de ella. De este modo prevalece la ambivalencia metafísica propia de la incertidumbre epistemológica ya expuesta. Y así, sigue siendo imposible hacerse consciente de si la realidad de fondo es Dios o un puro mundo.

La metarrealidad que proponemos no se describe clásicamente como una ontología divina, ni como una ontología mundana autosuficiente; sino que el estado ontológico de la metarrealidad es una superposición de las dos ontologías clásicas antagónicas: Dios y el puro mundo. Debido a la incertidumbre ontológica de la metarrealidad ninguna de estas dos ontologías clásicas ha devenido de facto, sino que están formando parte de un estado metafísico cuántico en superposición coherente de ontologías clásicas. Esta falta de concreción clásica de la metarrealidad es consecuencia de su naturaleza cuántica y desde la perspectiva de la conciencia se entiende como una carencia ontológica, pues le falta la definición ontológica que sería compatible con una representación consciente. La imposibilidad de que la mente genere una imagen consciente de la metarrealidad se interpreta por ella misma como una carencia ontológica del ser que pretende percibir. En realidad, la incertidumbre ontológica impide que la conciencia pueda crear una imagen de la metarrealidad. La conciencia siempre interpretará la metarrealidad como algo sin definición ontológica, como si su verdadera ontología (Dios o mundanidad) fuera transparente a la experiencia consciente, en el sentido de que su realidad en superposición cuántico-metafísica hace imposible formarse una imagen consciente de la metarrealidad. En su incertidumbre la metarrealidad oculta su fondo ontológico.

La superposición coherente de estados ontológicos supone una limitación no solo por impedir que una mente individual pueda generar una imagen consciente de su realidad. También es una limitación para la razón, que por ser de este modo la metarrealidad no puede atisbar si su fondo ontológico es últimamente divino. Donde nos conduce la lógica de la creación es a una metarrealidad en incertidumbre ontológica, causante del universo antrópico impuesto, con un fundamento metafísico incierto que permite hipótesis metafísicas antagónicas. En la metarrealidad Dios no es el Dios clásico asociado a una ontología divina, ni el multiverso es aún el multiverso autosuficiente con una ontología puramente mundana. La superposición de estados ontológicos de la metarrealidad está en un estado cuántico que admite la incertidumbre de no ser aún ni solo puro mundo ni mundo en compañía de Dios.

Son muchos los interrogantes que puede ocasionar este planteamiento especulativo. ¿No destruye por completo el soporte de la realidad la incertidumbre ontológica de la metarrealidad? El soporte ontológico sigue ahí, en dinamismo cuántico, pero no ha desaparecido la materia eterna de la metarrealidad. ¿Y acaso lo cuántico y su superposición de estados no es algo propio de la materia en actividad física? Inevitablemente proyectamos los procedimientos cuánticos sobre la metarrealidad, pero no pretendemos que esta metarrealidad sea reducible a la cuántica, al menos a la teoría cuántica que hoy conocemos. Cuando explicamos la naturaleza del vacío cuántico ya advertimos que es materia, pero un tipo de materia distinta a la materia convencional de nuestra experiencia. El vacío cuántico serviría de aproximación físico-metafísica para comprender la naturaleza de la metarrealidad. Ahora bien, esta metarrealidad y su incertidumbre ontológica es la causa de que la actividad física de la materia se explique mediante procedimientos cuánticos y existan fenómenos tan sorprendentes como el entrelazamiento cuántico y su acción a distancia sin mediación temporal. ¿No es la incertidumbre ontológica una mera proyección de lo físico en lo metafísico?

La metarrealidad es materia eterna y por su incertidumbre ontológica asume estados cuánticos de superposición coherente formados por dos ontologías clásicas, una ontología que hace posible la divinidad en el mundo y otra ontología que asume totalmente la pura mundanidad. Dios en el mundo y el puro mundo sin Dios son las dos ontologías clásicas posibles de la metarrealidad. Se trata de las ontologías que hemos descubierto por la razón y que serían compatibles con nuestros estados de conciencia. Bien hay Dios y nos hacemos conscientes de que el mundo está fundado en la divinidad, o bien no hay Dios y asumimos conscientemente la autosuficiencia del mundo. Sin embargo, la metarrealidad en su condición de materia eterna y de naturaleza cuántica no se corresponde en exclusividad con ninguna de estas ontologías clásicas; sino que asume simultáneamente las dos al modo de la superposición coherente de estados cuánticos. Son cuestiones científicas y filosóficas sobre las que deberemos todavía seguir pensando.

[1] Cfr. J. MONSERRAT, El gran enigma. Ateos y creyentes ante la incertidumbre del más allá (San Pablo, Madrid, 2015).

Artículo elaborado por Manuel Béjar, licenciado en física, doctor en filosofía, Profesor en la UPComillas, y colaborador de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión, de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería, Universidad Comillas, Madrid.

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5 comentarios en “Ciencia y filosofía de la metarrealidad”

  1. Se me hace dificil aceptar el binomio “ateos-creyentes”. De alguna manera, el ateo es aquel que de modo explícito niega la existencia de Dios. Pero en el mundo de las ciencias, más que “ateos” lo que uno se encuentra son “agnósticos”, personas honestas que – desde su racionalidad científica o filosófica- suspenden el juicio sobre la existencia o inexistencia de Dios. Los trabajos de los sociólogos muestran que la postura agnóstica suele ser la más extendida entre los hombres de ciencia y los filósofos. Aun así, este texto de José María Castillo puede ayudar a la comprensión de estos términos: ““Ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Este dicho antiguo resume muy bien lo que le ocurre a mucha gente en su intimidad y lo que se vive, con bastante frecuencia, en las religiones. El hecho es que la correcta relación con Dios y la correcta relación con la religión no son la misma cosa. Ni esas dos cosas son vasos comunicantes que necesariamente están siempre a la misma altura. De sobra sabemos que hay personas meticulosamente observantes de normas, prácticas y rituales relacionados con la religiosidad, pero que, al mismo tiempo, dejan mucho que desear en cuanto se refiere a su comportamiento ético en asuntos que son determinantes en la vida ciudadana, profesional o simplemente en sus relaciones con los demás. Como igualmente sabemos que hay gente, mucha gente, que son ciudadanos o profesionales ejemplares, y no quieren saber ni palabra de la religión. Pues bien, como es lógico, en todos estos casos entra en juego de lleno el problema de la fe. Lo que, en definitiva, equivale a preguntarse: ¿en qué consiste la fe y la creencia? O dicho de otra manera: ¿en qué consiste el ateísmo y de quién se puede afirmar que es ateo?
    Estas preguntas no son de ahora. Es conocida la colección de textos de autores antiguos que, hace más de un siglo, recopiló A. Harnack sobre el reproche de ateos que se les hizo a los cristianos durante los tres primeros siglos (Der Worwurf des Atheismus in den drei ersten Jarhhunderten: TU 13 (1905) 8-16). Y es que, como explicaré más adelante, creencia y ateísmo son dos formas de pensar y de vivir que dan pie para que, siendo realidades contrapuestas, sin embargo se puedan interferir, y hasta confundir, resultando extremadamente difícil (por no decir imposible) delimitarlas con tal precisión, que cada cosa se ponga exactamente en su sitio. Estamos, pues, ante un asunto tan complicado, que E. Bloch escribió un amplio estudio sobre El ateísmo en el cristianismo (Madrid, Taurus, 1983) en el que hizo esta atrevida afirmación: “Sólo un ateo puede ser un buen cristiano y sólo un cristiano puede ser un buen ateo” (p. 16). Y es que, para Bloch, el ateísmo es nuestra porción mejor, el coraje moral de vivir, de trascendernos sin Trascendencia, no en el sentido suave, que firmarían D. Bonhoeffer o P. Tillich, del etsi Deus non daretur, ”aunque Dios no existiera”, sino en su formulación más radical: “no creo que Dios exista”. Pero ni la hipótesis ni la afirmación me impiden ser buena persona, sino todo lo contrario: “la realidad es tan seria para mí, que soy una persona responsable, no porque creo o espero en Dios, sino precisamente porque ni creo en él, ni espero nada de él”. ¿Representa esto el ateísmo más radical o, por el contrario, es esto la fe en Dios (sin reconocerlo como tal) más radical que puede darse en este mundo? He aquí la pregunta que sirve de punto de partida a la reflexión que me propongo exponer aquí.

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  2. Aunque las ideas de Barbour son muy conocidas, creo que pueden ayudar a matizar las propuestas del autor de este trabajo. Hay posturas intermedias entre las dos que propone. Reproduzco este texto de una entrevista que me hicieron en la diócesis de Sevilla: ”
    ¿Cómo deben interactuar ciencia y religión? En estos últimos años se ha generado, sobre todo en ambientes protestantes liberales norteamericanos, un intento serio de acercamiento entre conocimiento científico y experiencias religiosas. Puede encontrarse mucha información en la página web de la Cátedra Ciencia-Tecnología-Religión de la Universidad Comillas y en la página web del Instituto Metanexus para la Ciencia y la Religión. Dentro de éste, uno de los autores más clarificadores es Ian G. Barbour [(2004), El encuentro entre ciencia y religión: ¿rivales, desconocidas o compañeras de viaje? Sal Terrae]. Barbour sistematiza en cuatro las posturas históricas que han relacionado la fe cristiana y la ciencia:
    Conflicto: la postura que ahonda en el conflicto (y, por tanto, en la imposibilidad de un diálogo) se dio sobre todo en el siglo XIX bajo la influencia del libro de J. W. Draper. Esta lucha abierta, se alimentó, por un lado, de una postura de grosero materialismo científico y, por otro, de un literalismo bíblico fundamentalista que hacía imposible cualquier tipo de encuentro.
    Independencia: otra de las posturas ente fe cristiana y ciencia es la de la independencia, tal como ha defendido modernamente Stephen Jay Gould [(1999; español, 2000) Ciencia versus religión. Un falso conflicto. Crítica, colecc. Drakontos]. Según ella, son dos magisterios diferentes, con metodologías diferentes y objetivos diferentes y, por ello, nunca se pueden encontrar. Muchos cristianos evangélicos y cristianos conservadores propugnan esta postura. Ciencia y religión no se encuentran y tan científica es la ciencia de la evolución como la ciencia de la creación.
    Diálogo: la postura del diálogo supone unas relaciones constructivas entre ciencia y religión que deben superar los conflictos o la independencia. Se sitúa gradualmente hacia una mayor postura de integración. El diálogo presupone la aceptación por ambas partes de los límites del conocimiento científico y del conocimiento teológico y explora las semejanzas entre los métodos de la ciencia y de la religión, analizando los conceptos puente que permiten unas relaciones transdiciplinares.
    Integración: como culmen de este proceso de diálogo está la emergencia de formulaciones nuevas que constituyen lo que se denomina interdisciplinariedad, un intento de reelaboración conceptual y metodológico, que permite aceptar la complementariedad de saberes dentro de un universo de límites difusos pero que acepta la legítima autonomía de cada disciplina. No se trata tanto de lanzar puentes cuanto de hacer una construcción tolerante y plural de interpretaciones del mundo siempre provisionales y éticamente elaboradas. En el pasado, fue la llamada Teología Natural la que estableció constructos teológicos asentados desde los datos de las ciencias empíricas. Más modernamente está el intento denominado Teología de la Naturaleza, según la cual los conceptos teológicos se reelaboran dentro de los macroparadigmas elaborados por las ciencias, de modo que sean comprensibles a los humanos de nuestra época. No cabe duda que el Vaticano II en la Gaudium et Spes hizo notables esfuerzos de relectura teológica de la realidad social y natural.

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  3. Este ensayo de prensa de un amigo ingeniero puede también iluminar: ¿POR QUE SI SOY CREYENTE? NICOLAS Puerto Barrios 20/04/2015
    A todos los niños de las Escuelas Nacionales nos educaron en el catolicismo; incluso yo pintaba los sábados sobre la pizarra las imágenes del evangelio. Pero cuando a finales de los años sesenta del pasado siglo me estaba alejando de la Iglesia, por discrepancia con su afinidad al régimen político y por haber leído “¿Por qué no soy cristiano?”, del filósofo y matemático Bertrand Russell, volví invitado por unos jóvenes de la Parroquia de Santiago. El motivo fue la puesta en marcha por don Antonio Navarro del Club Juvenil, donde en las magníficas instalaciones que había construido sobre parte del huerto (con salón de actos, biblioteca y aulas) me incorporé junto a otros para dar clase de educación de adultos, montar un grupo de teatro, proyectar cine y organizar la biblioteca.
    El día de su inauguración fui elegido por mis compañeros para estar en la mesa en representación de los jóvenes. Cuando don Antonio me dio la palabra, yo expresé que a Dios no había que personificarlo, ni ubicarlo en las alturas del espacio ni en los templos, sino que yo creía que estaba en todo el Universo: allí mismo y con los obreros de una fábrica y en las piezas donde aportaban su trabajo. Para atenuar mi discurso panteísta (sobre todo ante los mayores asistentes), don Antonio se refirió a él como de un sentido cristiano, en línea con el jesuita Teilhard de Chardin; ¡del cual yo desconocía su existencia en esas fechas!
    Mi vida después ha trascurrido junto a mi profesión, en un compromiso social humanista bajo una concepción atea si se refiere a las religiones imperantes, pero creyente si se mira bajo los criterios del conocimiento que nos da la ciencia. Aun respetuoso con quienes lo hacen (pues pueden servir como referencia de normas morales), yo no profeso ninguna religión no solo por el carácter excluyente y a veces hipócrita de muchos de sus dirigentes y seguidores, sino por la contradicción de su cosmovisión antropocéntrica caduca a la altura de los tiempos que estamos. Vamos a ver, hoy día no se cuestiona científicamente que el Universo contaba con unos diez mil millones de años cuando se forma el sistema solar a que pertenece la Tierra. Igualmente se sabe que el Sol, como cualquier otra estrella, acabará por consumir el combustible de sus reacciones nucleares y desaparecerá la vida en la Tierra (si no lo hacemos nosotros mismos antes). ¿Se puede dar como válida cualquier teoría sobre el sentido de la existencia del Cosmos elaborada hace un par de miles de años y por unos seres de tan corta existencia, que consideran vida solo a la que conlleva el componente biológico? Y sin embargo, yo siempre he creído que la organización del Universo, cuyo entendimiento es tan complejo ir desentrañando por el avance de los conocimientos matemáticos y de la física, tiene que estar controlado por una componente ordenadora; un director de orquesta que hace que las partículas atómicas se comporten de igual manera allá donde se encuentren en el espacio y en el tiempo. Sobre todo después de leer en el año 1971, el libro del físico nuclear y filósofo francés Jean–Emile Charon “Tiempo, espacio, hombre”, donde explicaba que ya estas mismas partículas tienen vida. Así que no hace falta buscar las que denomina mi amigo el paleontólogo jesuita Leandro Sequeiros, bacterias extramófilas (que pueden sobrevivir a las limitaciones de la vida en la Tierra) fuera de nuestro planeta, como base para ver si ha podido existir o existe vida inteligente en otros lugares del cosmos. Yo sigo pensando como en mi juventud que existe una inteligencia distribuida omnipresente. Otra cosa es conseguir sintonizar la melodía que dirige y sobre todo acompañarla con nuestro canto.

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  4. Dice el texto de Manuel Béjar, que me parece excelente: “Tal como la lógica mundana y la lógica teísta interpretan tan distintamente los conceptos de infinitud y espontaneidad no parece fácil alcanzar una imagen unificada de la creación ni una comprensión de la metafísica que la hace posible. Ateos y creyentes fundamentan la realidad en metafísicas ocultas: ni Dios, ni el multiverso gozan de una patencia de verdad evidente; unos creen ver a Dios como metarrealidad y otros se conforman solo con mundanidad. Este ocultamiento metafísico está presente tanto en la lógica mundana como en la lógica teísta. Los creyentes afirman que es imposible desvelar a Dios y hacer de su ser divino una experiencia manifiesta. A Dios no se le observa, como tampoco es posible observar otros universos alternativos, ni al multiverso que fundamenta toda la hipotética colección de universos. Lo que existe en el fondo de la realidad es arcano y por siempre permanece oculto. Esta metafísica del ocultamiento hace posible en nuestro mundo hablar de Dios como creador, al igual que permite postular un multiverso en el fundamento de la realidad física”.
    Tal vez mi paradigma mental esté en otro sitio. Por lo cual pido perdón. No me gusta la palabra “metarealidad”. En lo que encuentro en internet, se refiere sobre todo a la poesía. Personalmente – de acuerdo con mi modo de entender la filosofía de la naturaleza – nunca uso esa palabra. Y no acaba de gustarme como lo usa en este texto y en otros. Creo que no tiene nada que ver con los multiversos https://blogs.comillas.edu/FronterasCTR/2019/09/04/el-astronomo-britanico-martin-rees-insiste-en-los-multiversos-en-un-nuevo-libro/ Toda reflexión sobre la búsqueda de una especie de metafundamento de la realidad me parece rizar el rizo, Los fisicos no están interesados en ello. Suelen ser “realistas” que se contentan con lo que los instrumentos de observación les da. Y creo que desde la Teología me suena a neoplatónico buscar algo detrás de lo que hay. El escenario de la realidad es lo que es. Y creo que Dios no forma parte del cañamazo subyacente a la realidad, No es un telón más del gran teatro del mundo. Es alguien que trasciende esa realidad, que la desborda y supera. Que – para usar un término comprensible – está en otra dimensiòn que es inabarcable e incognoscible..

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