La muerte: Perspectivas interdisciplinares

Crónica IX Seminario Interdisciplinar CTR:

«La muerte: Perspectivas interdisciplinares»

[Jesús Romero Moñivas] Los días 11 y 12 de diciembre tuvo lugar el Seminario anual de la Cátedra Hana y Francisco J. Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión, esta vez con formato abierto y en la sede del ICAI en Alberto Aguilera. Si en el año 2022 se trató el tema de la Sanación y Salvación, este año se continúa la reflexión, en esa misma línea temática, con la muerte, considerada como la situación límite a la que se encuentra orientada toda vida, situándonos ante un abismo que desconcierta, asusta y anhela salvación. Como siempre, el enfoque del seminario es interdisciplinar, tratando de abordar el problema de la muerte desde diversas disciplinas.

La primera ponencia corrió a cargo de Mario Castro, físico y profesor de Comillas. Con su habitual ingenio preclaro, rigor técnico e ironía inteligente, el profesor Castro nos situó en la reflexión sobre la muerte desde una perspectiva puramente física. Insistió desde el comienzo en que la vida solo es posible fuera del equilibrio termodinámico y cuando está sustentada en una estructura organizada, con un soporte material que impone restricciones mínimas y máximas; es decir, que la vida no puede emerger ni sostenerse en cualquier escala ni en lo muy pequeño (la bacteria sería posiblemente el limite mínimo) ni en lo muy grande (la ballena azul podría considerarse el límite máximo), sino solo en una escala central. Por ello, la muerte llega con el equilibrio y la ausencia de estructura, cuando es imposible generar entropía negativa que paralice el proceso entrópico.

De manera provocativa insistió, en este sentido, en que no se comprende bien la segunda ley de la termodinámica ni el concepto de entropía. Por ello, argumentó que la entropía no es una cuestión “ontológica” sino “epistemológica”: la entropía no es una medida real de la naturaleza, sino de nuestra ignorancia sobre ella. Más aun, en este mismo sentido trató de mostrar que la idea de la irreversibilidad es falsa, puesto que también obedece a nuestra ignorancia sobre los procesos subyacentes a los sistemas complejos. La muerte acaece cuando una miríada de defectos, daños y “cicatrices” inundan el organismo en multitud de localizaciones sin posibilidad de reparación. Precisamente porque la reversibilidad es en principio posible, también la muerte podría ser eliminada si la tecnología pudiera revertir todos y cada uno de esos daños que destruyen a los organismos. Ahora bien, aunque es posible, es poco probable, debido a la ingente cantidad de energía e información que exigiría esa reversibilidad, al menos en los organismos complejos.

De alguna manera, la ponencia de Mario Castro preció situarnos en continuidad con la tesis filosófica y teológica del segundo ponente, Pedro Castelao, también profesor en Comillas. Castelao comenzó delineando lo que él denomina la “antropología del segmento” y que consiste en considerar la vida humana como una línea biográfica flanqueada de manera abisal por un comienzo absoluto (un nacimiento radical y repentino, sin raíces, sin asidero ontológico) y un final igualmente absoluto (una muerte radical y tajante, sin frutos, sin continuidad ontológica). El segmento lo es todo. Se encuentra bordeado por la nada absoluta, a la manera de una isla que hubiera emergido sin razón aparente flotando sin anclaje y que acabará hundida despareciendo sin más rastro que la tenue espuma de una ola engullidora. Castelao insiste en que, de hecho, la antropología del segmento no solo está en la base de nuestra cultura moderna, sino que de alguna manera se encuentra en la raíz de la propia reflexión teológica. El problema filosófico genera un problema teológico. Parece que la teología acepta el inicio absoluto (el nacimiento) sin raíces y, aunque rechaza el término absoluto (la muerte), acaba por convertir la vida eterna en un añadido ad hoc, in extremis y arbitrario, tras la muerte.

Su propuesta, fundamentada —aunque de manera diferente— en el infinitismo filosófico de Manuel Cabada Castro, quiere rescatar el concepto de infinito creado actual para repensar la antropología del segmento. El ser humano (y la creación entera) no son un segmento ni una isla, sino una planta, cuyo nacimiento (la emergencia del tallo visible en el suelo) en realidad esconde unas profundas raíces ancladas en el terruño y que, a la vez, asciende más allá en ramas y frutos. Así, Castelao propone considerar que el nacimiento y la muerte —aunque tomados en su seriedad biográfica y existencial radical— no son en sí mismos absolutos, sino que quizá desde siempre estuvimos en Dios (antes de nacer biológicamente) y a Él retornaremos (después de morir biológicamente). La finitud no es, por lo tanto, una característica de la creación. Al contrario, aquello que no tiene un origen y un final absolutos es infinito. Para Castelao la justificación de su infinitismo solo puede radicar en el amor de Dios. Un amor que sería incomprensible si hubiera creado una realidad que sin raíces y sin frutos estuviera convocada y abocada no a la vida, sino a la muerte. Por ello, recogiendo la bella frase de Gabriel Marcel “amar a alguien es decirle: tú nunca morirás”, considera que la forma en que Dios crea supone que para Él su creación nunca morirá, porque, de hecho, siempre existió.

Si las ponencias del jueves fueron más abstractas en su contenido y orientación, las del viernes aterrizaron de manera dramática en la muerte en su descarnada vivencia. La primera ponencia fue de Aurea González, psicóloga y bioeticista, cuya experiencia profesional es de psicología oncológica. Insistió en que su formación académica, su experiencia profesional, sus orientaciones axiológicas y sus decisiones personales la obligaban a hablar de la muerte desde un enfoque complejo e interdisciplinar. Especialmente iluminadoras fueron sus reflexiones acerca de lo que los pacientes paliativos le comunican acerca de sus miedos, inseguridades, anhelos y esperanzas. Aurea González insistió en su ponencia en que, en el proceso de morir, la persona tiene que ser protagonista activa de su interpretación, de su narración biográfica y de su construcción de sentido.

 Por ello, entre otras cosas, quiso rescatar la propuesta de Miranda Fricker acerca de la “injusticia epistémica”, es decir, aquella situación que se produce cuando se anula la capacidad de un sujeto para transmitir conocimiento y dar sentido a sus experiencias sociales. Fricker distingue dos tipos: injusticia testimonial e injusticia hermenéutica. La injusticia testimonial ocurre cuando el conocimiento de una persona es ignorado o su credibilidad es cuestionada por los prejuicios derivados de la pertenencia de esta persona a un determinado grupo social (ser un niño, un anciano, una mujer, un inmigrante, un enfermo, un drogodependiente). Por otro lado, la injusticia hermenéutica aparece cuando la experiencia de una persona no es comprendida ni por ella misma ni por los demás porque no hay ningún concepto disponible que pueda identificar o explicar adecuadamente aquella experiencia (por ejemplo, si no existe el concepto de acoso sexual, bullying, violencia de género, etc., las personas que lo sufren no pueden expresar lo que sienten y la sociedad no puede comprenderles ni tomar medidas). Así, para Aurea González, es necesario evitar la muerte hermenéutica, es decir, aquella situación en la que la persona sometida a una condena de injusticia epistémica, antes de su muerte biológica, ha muerto ya biográficamente, porque no se le permite narrar e interpretar su vida y su final, sus sufrimientos y angustias, condenándola al silencio y a la desaparición de su rostro. El sufrimiento es doble porque se enfrenta a la desaparición de su historia y a la desaparición de su cuerpo.

En esta misma línea, la última ponencia corrió a cargo de Montse Esquerda, conocida médica pediatra, profesora de bioética en la Universidad Ramón Llul y ahora decana de la Facultad de Ciencias de la Salud. La profesora Esquerda insistió en el perjudicial encapsulamiento de la muerte propio de la cultura moderna, en la que el hedonismo, la belleza y la juventud han terminado por ocultar la realidad de la muerte. Los niños y los adolescentes no tienen un contacto natural y temprano con la muerte, levantando un muro que luego será más difícil de flanquear. La denuncia de Montse Esquerda es muy clara, porque la enfermedad y la muerte se esconden como un tabú. Una cuestión importante de fondo que dominó toda su intervención es que la muerte está desculturizada y no socializada, se la ha desprovisto de su dimensión de interpretación cultural, de ritual y evento social y de apoyo relacional. Todo ello causa más dolor y hace más difícil el duelo. Evitar hablar de la muerte futura o inmediata con los familiares y seres queridos empeora la vivencia de la muerte propia y ajena.

Además, insistió en que antes las personas tenían vidas cortas y muertes rápidas, pero ahora tenemos vidas largas y muertes lentas, lo que ha cambiado mucho la manera en la que se vive y se afronta la enfermedad y  la muerte. Como profesora de futuros médicos, denunció la falta de formación de los estudiantes en cuestiones de ética clínica, de bioética y de comunicación humana. Otro aspecto de su ponencia se centró en los cuidados paliativos y su forma correcta de aplicarlos, de una manera más humana y evitando la excesiva medicalización de la muerte que se da en algunos centros hospitalarios. En definitiva, Montse Esquerda considera que lo fundamental que tienen que tener en cuenta los profesionales de la medicina es que siempre hay que conseguir que el paciente tenga una muerte en paz, una “buena muerte”, sintiéndose acompañados y confortados en el trance inevitable que es morir.

*Jesús Romero Moñivas es colaborador habitual de la Cátedra CTR y profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Nacional de Educación a Distancia.