[Agustín Ortega] Como estamos trabajando en nuestra actividad docente e investigadora, con publicaciones u otras acciones formativas, los estudios sobre las neurociencias e inteligencias en dialogo con la filosofía o el pensamiento: son muy valiosos; nos presentan al ser humano como constituido bio-psicológicamente por la colaboración (cooperación) con los otros. La persona está movida o motivada (animada) por el sentido de dignidad y justicia con los otros, frente a la antropología e ideología neoliberal del individualismo posesivo, como es la del “gen egoísta” popularizado por Dawkins. La naturaleza humana es libre, liberadora y disponible al servicio del bien, del compromiso ético por la vida, por la dignidad y la justicia con los otros. Las conocidas como neuronas espejos, asimismo, nos muestran esta inter-relación, empatía y reconocimiento de los seres humanos entre sí. Todo ello impulsará una civilización mejor, con unas relaciones humanas e internacionales más dignas.
Así se abre el dialogo fecundo con la filosofía y la teología, con la ética teológica o antropología y espiritualidad, por ejemplo, la ignaciana. En esta línea, la cosmovisión cristiana-católica del ser humano nos presenta de forma similar a las personas que, como imágenes e hijos de Dios, en su misma entraña son bondad, amor y justicia con los otros. Efectivamente, estamos conformados constitutivamente como seres comunitarios y sociales, éticos y solidarios. Por tanto, cuando se atenta contra este sentido de fraternidad solidaria y de justicia, causando daño y marginando al otro, entonces se produce la agresividad que puede desatar la violencia, si no es encauzada correctamente.
En sintonía con lo más valioso del pensamiento y filosofía, de las ciencias sociales y teología como (por ejemplo) la latinoamericana, vemos que la primera y más grave violencia es la interacción entre el mal (pecado) personal y socio-estructural. Esto es, esas interrelaciones personales o humanas y comunitarias (sociales), con sus culturas e ideologías unidas a estructuras políticas y económicas, que dañan u oprimen y excluyen a las personas, a los pueblos y a los pobres. Tal como nos muestra la historia, los totalitarismos y materialismos economicistas, con sus ídolos del mercado y del capital-beneficio, provocan toda una espiral de agresividad descontrolada, de violencia.
Ante este economicismo e individualismo que causa la desigualdad e injusticia, trayendo esa consecuencia que la violencia, el ser humano en la realidad histórica ha establecido unos valores, unos principios y virtudes morales, éticas y espirituales que les hagan frente. Vemos, pues, que en lo más valioso de estos hallazgos neurocientíficos, filosóficos y sobre las inteligencias: se nos presenta una antropología integral y psicología humanizadora, donde lo físico-psíquico interactúa con lo cultural, con lo moral y espiritual; contra relativismos e integrismos varios. Es un conocimiento e inteligencia emocional-sentimental, ética, social, ecológica y espiritual que correlaciona la razón y la emoción, el pensamiento y el sentimiento, la conciencia moral y el alma espiritual, que contempla entonces la realidad y lo humano de forma trascendente e integral.
Y como nos muestra asimismo la propia historia, en esta humanización con una vida ética son claves las religiones o espiritualidades, caudales de mística, de conciencia moral y social que promueven la paz, la solidaridad y la justicia. Por ello, se propicia así todo un dialogo intercultural e interreligioso, que haga posible una ética civil, común, global y un compromiso social compartido. De esta forma, se abren estas capacidades y posibilidades de unas relaciones familiares, sociales e internacionales más justas y fraternas, lejos de toda violencia e injusticia. Tal como nos muestran estos estudios e investigaciones actuales, el principal caldo de cultivo de las violencias y guerras es el egoísmo individualista, con sus desigualdades e injusticias sociales (internacionales) como las actuales, en la que unos pocos ricos acaparan, cada vez más, la mayor parte de los bienes a costa del empobrecimiento y exclusión de la mayoría de los seres humanos.
Todo esto lo enseña muy bien, desde antiguo, el pensamiento social y moral judeo-cristiano e inspirado en la fe católica, que manifiesta la paz como fruto de la justicia con los pobres, del desarrollo humano e integral de los pueblos. La violencia se va erradicando por la solidaridad fraterna, política e internacional que transforma las mentalidades e ideologías con sus relaciones y estructuras de mal, de desigualdad e injusticia.
No hay paz allí donde existe esta egolatría individualista con sus desigualdades e injusticias sociales (globales) y no se reconocen los derechos humanos, sociales, económicos, políticos y culturales. Las violencias van surgiendo si no se promueve este desarrollo humano e integral para los pueblos. Las realidades con más paz, con más salud integral y felicidad, son aquellas que van fomentando esta inteligencia humanista y espiritual con el amor fraterno, la solidaridad, la justicia e igualdad; con unas políticas públicas y sociales más justas, con la equidad en el reparto de los bienes y recursos, con una cultura solidaria y la civilización del amor fraterno.
*Agustín Ortega Cabrera PhD es colaborador de Fronteras CTR, profesor en la Universidad Católica de Chimbote (Perú) e investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México).