Violencia, antropología y arte: cuestionando lo inevitable de la violencia humana

A menudo escuchamos que la violencia es parte de la naturaleza humana, una herencia ineludible de nuestra evolución biológica. Sin embargo, un análisis más profundo sugiere que esta visión podría ser una simplificación peligrosa. El artículo de David Ramos Castro «Violencia, Antropología y Arte» cuestiona la inevitabilidad de la violencia humana a través de la antropología y el arte.

El falso consuelo del gen asesino

La discusión académica sobre la violencia ha oscilado históricamente entre dos polos. Por un lado, la antropología biológica, heredera de una lectura a veces simplista de Darwin, que ha tendido a ver la agresión como una herramienta evolutiva necesaria para la supervivencia. Por otro, la antropología sociocultural, que defiende que la guerra y la violencia organizada son invenciones culturales, no imperativos biológicos.

El artículo nos recuerda que aceptar la tesis de la «violencia innata» es, en el fondo, una forma de dimisión moral. Si la violencia es biológica, entonces es inevitable. Y si es inevitable, no somos responsables. Es la coartada perfecta para la inacción. Sin embargo, documentos como la Declaración de Sevilla sobre la Violencia (1986) y los avances recientes en primatología nos dicen lo contrario: la biología humana es flexible. La cooperación, el altruismo y la empatía son tan «naturales» y evolutivamente ventajosos como la competencia. Si la violencia fuera nuestra única regla de adaptación, la especie humana se habría extinguido hace mucho tiempo.

Pero la teoría no basta para sanar las heridas de la historia. Para entender cómo el ser humano se enfrenta al horror sin sucumbir a él, el autor nos lleva a dos escenarios etnográficos dispares pero unidos por el dolor: una escuela de arte en el Timor Oriental de la posguerra y un teatro en el México de los feminicidios.

Timor Oriental: El mercado del trauma

El primer escenario nos sitúa en 2007, en Dili, la capital de Timor Oriental. Allí, entre las ruinas de una ocupación indonesia que duró veinticinco años, surgió Arte Moris («Arte Vivo» o «Vida»), una escuela fundada con una premisa terapéutica: utilizar el arte para purgar los traumas de una generación que solo había conocido el conflicto.

El caso de Timor nos revela una paradoja inquietante sobre cómo Occidente consume la violencia ajena. En la escuela, los estudiantes producían lo que se conocía como horror paintings (pinturas del horror): lienzos que mostraban con crudeza violaciones, decapitaciones y sangre, envueltos en colores oscuros. La intención original era catártica: sacar el veneno de dentro. Pero pronto, estas obras chocaron con la realidad del mercado.

Se planteó un dilema ético y estético: ¿Debían los alumnos seguir pintando estas atrocidades para sanar, o debían adaptarse al gusto de los compradores extranjeros (cooperantes, diplomáticos) que, paradójicamente, compraban estas obras para decorar sus salones?. La anécdota de la fundadora, Gabriela Gansser, mostrando un tejido con una escena brutal y preguntando «¿Quién va a poner esto en su salón?», ilustra la tensión entre la verdad del sufrimiento y la estetización de la violencia.

El arte aquí se mueve en el filo de la navaja. Por un lado, denuncia que la violencia es parte de la historia del lugar («es parte de Timor», decían los alumnos); por otro, corre el riesgo de convertir el dolor en un souvenir exótico para la conciencia occidental. Sin embargo, la mera existencia de Arte Moris demuestra que, ante la destrucción, el impulso humano no es devolver el golpe, sino crear. La respuesta a la muerte no fue más muerte, fue pintura.

México: Desmontando la «Narcocultura»

El segundo escenario nos traslada al México contemporáneo, un país que ha pasado del «México bárbaro» de Turner y el «México lindo» de las canciones, al «México violentado» de las fosas comunes y la guerra contra el narco. Aquí, la violencia no es un recuerdo del pasado como en Timor, sino una atmósfera irrespirable del presente.

El artículo lanza una crítica feroz y necesaria al concepto de «narcocultura». Estamos acostumbrados a ver series de televisión, escuchar corridos y consumir productos que glorifican el estilo de vida del narcotráfico, bajo la premisa de que es una expresión cultural legítima, aunque marginal. Ramos Castro, apoyándose en autores como Correa y Segato, desmantela esta idea.

El narco no es una cultura. La cultura, por definición, busca asir la vida, crear memoria, tejer comunidad y esperanza. El narco, en cambio, se basa en la incertidumbre, la destrucción del tejido social y la negación de la vida. Es, en realidad, una ideología del capitalismo neoliberal llevada a su extremo más cínico y criminal: la acumulación de capital y poder a costa de la muerte de los más vulnerables, especialmente mujeres pobres y mestizas. Llamarlo «cultura» es concederle una victoria semántica que no merece. Es una «violencia cultural», sí, pero no una cultura.

Ánima Sola: El ritual contra la parálisis

En este contexto de horror —entendido no solo como miedo, sino como una parálisis que congela a quien lo observa — surge la obra de teatro Ánima Sola. Escrita por Alejandro Román y dirigida por Fernando Ortiz, la obra aborda el tema de los feminicidios en Ciudad Juárez a través de las historias de tres mujeres asesinadas que narran su propia muerte.

Lo fascinante de este caso no es solo la obra en sí, sino lo que ocurría entre bambalinas. El texto describe cómo la violencia real se filtraba en el proceso creativo: una actriz que ve un asesinato camino al ensayo, otra que pierde a una amiga de la misma forma que el personaje que interpreta. El miedo amenazaba con paralizar el proyecto. La tentación era el silencio, la «zona de silencio» donde el peligro calla todo rumor.

Pero las actrices encontraron una vía de escape que no era la huida, sino el ritual. Antes de cada función, encendían una veladora. En ese momento, dejaban de ser actrices interpretando un papel y se convertían en portavoces de las mujeres reales, de las «ánimas solas» olvidadas en el desierto.

Este pequeño gesto encierra una potencia antropológica inmensa. Retomando los conceptos de Albert O. Hirschman sobre «Salida, Voz y Lealtad», el artículo sugiere que ante la violencia tenemos dos opciones: la Salida (escapar, ignorar, disociarse) o la Voz (protestar, resistir, resignificar).

El ritual de las actrices transformaba el horror en energía política y espiritual. Rompía la mudez. Al encender esa vela, no estaban aceptando la inevitabilidad de la violencia; estaban afirmando que esas vidas importaban. Estaban ejerciendo su «Voz» para salir de la lógica de la «narcocultura» y del patriarcado que convierte a las mujeres en objetos desechables. La metáfora de los zapatos abandonados en el escenario —un rastro común en las escenas de crimen reales— dejaba de ser solo una prueba forense para convertirse en un grito de presencia ante la ausencia.

La falacia de la adaptación

Uno de los argumentos más insidiosos del determinismo biológico es la idea de la adaptación. Se nos dice que, si el entorno es violento, lo «natural» es adaptarse a él, volverse violento o insensible para sobrevivir. Es la lógica del más fuerte, la ley de la selva aplicada a la sociedad humana.

El artículo desmonta esta falacia con una pregunta demoledora: ¿Cabe en verdad adaptarse a cualquier situación? Si la adaptación fuera nuestra única guía, nadie protestaría. Nadie pintaría cuadros en Timor ni haría teatro en México. Simplemente, agacharíamos la cabeza y aceptaríamos el horror como el nuevo clima.

Pero la historia humana demuestra que no nos resignamos. Quienes rechazan la violencia en todo el mundo no son «inadaptados» evolutivos; son la prueba viviente de que nuestra naturaleza incluye también la capacidad de imaginar mundos distintos. La violencia territorial, ya sea entre naciones o entre cárteles, no es un imperativo genético, sino una construcción histórica basada en valores específicos (poder, acumulación, control) que pueden ser desafiados y cambiados.

Conclusión: La creación como trinchera

El análisis de Ramos Castro nos lleva a una conclusión esperanzadora pero exigente. La violencia existe, es persistente y sus rayos nos queman. Negarla sería ingenuo. Pero aceptarla como un destino biológico es un error científico y una derrota moral.

El arte, en los casos de Arte Moris y Ánima Sola, no aparece como un adorno estético ni como una evasión de la realidad. Aparece como una trinchera. Es un lugar donde se cuestiona lo inevitable. Es un espacio donde se recupera la sensibilidad que la violencia intenta amputarnos.

Si la «narcocultura» y la guerra promueven un simplismo adaptativo —sacrificar la vida digna en aras de la mera supervivencia biológica —, el arte promueve la complejidad de la vida. Nos recuerda que, aunque tenemos la capacidad de matar, también tenemos la capacidad de encender una vela en la oscuridad, de pintar el dolor para sacarlo fuera y de contar la historia de quienes ya no tienen voz.

La antropología nos enseña que la cultura y la biología coevolucionan. No somos esclavos de nuestros genes. Cada vez que elegimos la palabra sobre el golpe, el ritual sobre el olvido y la creación sobre la destrucción, estamos reescribiendo, poco a poco, lo que significa ser humano. La violencia no es nuestro destino; es solo una posibilidad entre muchas. Y mientras haya alguien pintando un lienzo o subiendo a un escenario para decir «no», la inevitabilidad de la violencia seguirá siendo una mentira.

*Resumen del artículo Violencia, antropología y arte: cuestionando lo inevitable de la violencia humana. (2026). Razón Y Fe289(1467), 271-296. https://doi.org/10.14422/ryf.vol289.i1467.y2025.003