¿Qué es el alma?

[Eduardo Battaner] ¿Tiene sentido hablar de “alma” en términos científicos? ¿Cómo introducir la palabra “alma” en los libros de física? Se exponen aquí reflexiones sugerentes desde el punto de vista termodinámico y de la mecánica de fluidos.

¿Qué es el alma? Y su pregunta hermana en el caso del alma humana ¿qué es la consciencia? Se puede responder desde los puntos de vista religioso, psicológico, neurocientífico, de la ciencia de los sistemas complejos… Aquí nos lo planteamos desde un punto de vista termodinámico, entendiendo como sistema termodinámico aquel formado por un número enorme de partículas.

El alma para un teísta es algo diferente del cuerpo, y tiene una connotación religiosa que no desdeñamos en absoluto pero que ni usamos ni precisamos. El punto de vista termodinámico que aquí sugerimos no tiene por qué ser incompatible con muchas confesiones religiosas.

Los otros puntos de vista enumerados son más científicos y las ideas que introducimos aquí son complementarias. Es decir, que no negamos que la actividad cerebral se base en procesos bioquímicos y eléctricos, ni que el alma sea un proceso “emergente” en el cerebro, ni que en éste se constituyan redes neuronales complejas, ni que puede haber implicaciones directas de procesos cuánticos. Nada de esto se pone en duda. Sin embargo, todos estos planteamientos, no dan, hoy por hoy, una respuesta ni satisfactoria ni aproximada de lo que es el alma.

Considerarla como un epifenómeno del cerebro en la evolución darwiniana es inaceptable; algo así como si la evolución se hubiera “pasado de la raya”, o como se dice, si se hubiera pasado “tres pueblos”. Una sinfonía de Beethoven no sirve evolutivamente para nada. Pensar en las causas de la expansión del Universo, no tiene ninguna trascendencia adaptativa. Debe haber algún tipo de criterio economicista en la evolución de las especies. Y por otra parte, tal epifenómeno no nos contesta tampoco a la pregunta, a no ser que nos detallen como se produce. Una duda no resuelve otra duda.

Todas estas vías científicas prometen pero, en modo alguno, responden a su promesa. Y es de prevenir que tampoco aquí prometeremos nada, sino que, simplemente, sugeriremos otra vía de acercamiento a esta pregunta trascendental. Es efectivamente trascendental si queremos comprendernos a nosotros mismos en este Universo.

¿Cómo metemos el concepto de alma en los libros de física? ¿Cómo hemos de proceder para que alma sea una magnitud física con sus dimensiones, sus cantidades, sus unidades y sus errores, incluso con la letra que la represente en las ecuaciones, para que forme parte del álgebra de los físicos. Querríamos que fuera calculable, que se pudiera decir el alma de fulanito es tantas unidades con un error de más menos tanto. El alma cuantitativa; ese es el objetivo.

Algo tiene que ser el alma puesto que usamos diariamente esta palabra, y así es en todas las lenguas del mundo, tanto muertas como vivas. Incluso los ateos más convencidos y contumaces la emplean con harta frecuencia. En el “ranking” de palabras más usadas en castellano, debe figurar, sin duda, en posición destacada, alma.

El alma es algo y hace algo. Así, en el caso del alma humana podemos identificar como atributos de su actividad, “como cosa suya”, amor, odio, solidaridad, consciencia y conciencia, identidad, humor, vitalidad… etc. No podemos “fisicalizar” estos atributos, no queremos hacer una teoría del amor o una teoría del odio. Eso, amén de imposible sería espentósamente inhumano. Pero si no pretendemos cuantificar lo que hace sí queremos cuantificar lo que es. (notable atrevimiento).

Las premisas de este sugerido planteamiento, para que sea estrictamente científico son: que no sea teológico, que no sea teleológico, que no se base en el principio antrópico y que no sea vitalista. Por “vitalismo” se entiende la asunción de que las leyes que rigen para la materia viva son diferentes que las de la materia inerte. Queremos basarnos en leyes universales que sean aplicables para lo vivo y para lo muerto, incluso aplicables en el vacío. Que sean aplicables a todo tipo de animales, plantas… y tanto terrestres como extraterrestres, a las rocas y al medio marino…. Desechamos, pues, también, el vitalismo.

El análisis etimológico siempre ilumina. Nos acerca a la primera concepción de la palabra cuando se creó, incluso si lo fue en tiempos prehistóricos, y nos informa de su evolución, especialmente cuando una voz es trasegada a otra lengua. No está de más, sin pretender que éste sea nuestro exclusivo punto de arranque, que nos preguntemos qué andaba por la cabeza de los pensadores clásicos, griegos, romanos, árabes, etc. cuando pronunciaban alma, aunque, claro, en sus respectivos idiomas.

Alma viene del latín anima. La palabra ánima, en castellano está en desuso, aunque ha dejado muchos derivados: animarse, desanimarse, animadversión (con vertere, verter), inánime, exánime, ecuánime, magnánimo, pusilámine (con pusillus, pequeño), unanimidad, etc. Pero el latín anima no sólo tenía el significado de alma, sino además el de “aire”, “aliento”, “que respira”.

El latín anima fue en griego ánemos, “viento” (como en anemómetro), y también “aliento”. Así, ho hágios ánemos es el “aliento santo” (¿aliento vital?), el “Espíritu Santo”. Nuestra voz “espíritu” viene del griego y da también mucho derivados, como expirar, respirar, inspirar, relacionados con “soplo”.

Está claro entonces que la etimología greco-latino asocia el alma a un fluido.

Para analizar lo que es el alma en el mundo árabe, centrémonos en un texto del guadijeño Ibn Tufail, castellanizado como Abentofáil (siglo XII), traducido en occidente como “El filósofo autodidacta”. En esta obra deliciosa y de sorprendente contenido científico, el protagonista Hayy ibn Yaqzan, es abandonado recién nacido en una isla desierta, incomunicado de toda cultura, y es amamantado por una gacela a la que considera su madre. Hayy desarrolla su propia filosofía “partiendo de cero”. Esto recuerda la aventura mental de Descartes aunque, en mi modesta opinión, Abentofáil supera con creces a Descartes.

Muere la gacela y Hayy apenado y asombrado por el paso instantáneo de la vida a la muerte de su madre, y buscando la posibilidad de devolverla a la vida, disecciona su cadáver e inspecciona su corazón donde ve un recinto vacío. Lo compara con el corazón vivo en otras gacelas (justo antes de provocarles la muerte con la disección) y observa que en esa cavidad hay un fluido que identifica como el fluido que proporciona la vida, que “vigoriza y alienta”. Aquel Fluido “¿qué sería?  ¿cómo existiría? ¿qué fuera lo que la unió a aquella carne? ¿a dónde se había dirigido? ¿por qué puerta saliera cuando se ausentó del cuerpo? ¿cuál la causa que la determinara a salir, si fue contra o según su voluntad y en este último supuesto cuál fuera la causa por la cual se le hiciera tan odioso el cuerpo que se decidiera a abandonarlo?”.

“Aquel ventrículo estaba lleno de aire vaporoso semejante a la niebla, pero blanco; introdujo en él su dedo hallándole tan caliente que casi le abrasó… … aquel vapor húmedo o caliente era la causa del movimiento de aquel animal”.

“Y si este espíritu sale totalmente del cuerpo o, por cualquier razón, se agota o se desvanece, se paraliza la acción del cuerpo y se reduce a la condición de cuerpo muerto (el estado de muerte)”.

Como vemos, para Hayy, para Abentofáil, el alma era un fluido vaporoso caliente. La descripción es más detallada y nos recuerda que Abentofáil, polímata y, en particular, médico, conocía muy bien las técnicas de la disección.

Sin hacer muchas más averiguaciones, con este somero análisis, podemos sugerir que los pensadores de otros tiempos, forjadores de nuestra cultura, pensaban que el almaes” un fluido.

Otra cosa es de qué “pasta” está hecho este fluido y qué sustanciales propiedades posee. Vienen a completar el concepto de alma las creencias de las religiones judeo-cristianas. Y aquí surgen dos palabras que no parecen encajar en una teoría científica: El alma es inmaterial y el alma es eterna. Pero no las rechacemos de partida aunque requieran una reinterpretación más adecuada dentro de la física.

El alma inmaterial. ¿Qué entendemos en física por “material”? Las partículas materiales son las que tienen masa, entendiendo por masa, la masa en reposo. Decimos que los fotones no tienen masa (se entiende que en reposo) pero sí tienen energía, hn. De igual modo, el campo magnético no tiene masa (en reposo) aunque sí densidad de energía, B2/8p. Buscamos que este fluido, llamémosle fluido vital, no tenga masa en reposo. Puede tener masa-energía o no, de momento dejamos esta cuestión orillada. En principio puede ser algo tan “inmaterial” como el campo magnético.

El alma inmortal. ¿Cómo podemos hablar de algo “eterno” en física, en particular en el caso de este fluido vital?

Un fluido clásico tiene, en una forma lo más simple posible, dos ecuaciones, la de “continuidad” y la del “movimiento”. Pensemos en un fluido sin temperatura con lo que obviamos provisionalmente una tercera ecuación, la del balance energético. Para estas dos ecuaciones se tienen dos magnitudes a determinar; la densidad y la velocidad, a las que ponemos el adjetivo “vital” para distinguir estas magnitudes de las correspondientes en un fluido estándar.

Si integramos la “densidad vital” en el volumen de un sistema tendremos la “masa vital” del sistema, distinguiéndola también de la masa en un sistema fluido clásico. La masa del Universo entero es (clásicamente) constante, y por tanto, eterna (desde el punto de vista de la física clásica). Aceptemos también, emulando a lo que acontece con un fluido clásico, que la “masa vital” del Universo es constante. En un sistema abierto la masa clásica en un determinado volumen no es constante, puesto que puede haber flujos materiales a través de la superficie que limita el volumen cerrado del sistema. La “masa vital” de un sistema abierto (como puede ser un ser vivo) no tendría por qué ser constante. Pero sí en un sistema cerrado y el Universo lo es. Aceptemos pues que la masa vital del Universo es una constante en el tiempo.

Con este planteamiento, sugerido y “alentado” por los sabios pretéritos, pudiéramos concebir que un ser vivo, como sistema abierto, no es eterno pero la masa vital del Universo sí lo es.

Consideremos la ecuación del movimiento. En un fluido clásico, éste se mueve con una velocidad que varía atendiendo a las fuerzas que operan en el fluido. Estas fuerzas obedecen a gradientes, por ejemplo el del potencial gravitatorio. ¿Qué fuerzas operarían en el fluido vital?  ¿cuáles son los gradientes que moverían al fluido vital?

Nos dejamos guiar por la intuición. El hombre tiene alma, de ello partimos. El hombre es un sistema extremadamente complejo. En física, la complejidad está asociada a la entropía. A menor entropía, mayor complejidad. El hombre tiene una entropía extremadamente baja. El alma, repartida por el Universo, sería atraída por el gradiente del inverso de la entropía, para que el alma tendiera a residir en los sistemas más complejos, siendo los seres vivos y, en particular el hombre, los sistemas más complejos existentes conocidos.

Pero este flujo vital hacia el interior del hombre (o de cualquier ser vivo) no puede ser indefinido, tiene que haber otro flujo vital que lo detenga y que permita llegar a una situación estacionaria cuando se hayan equilibrado los flujos vitales. Esta fuerza de contención podría estar dado por el gradiente de la misma densidad vital. Ya estamos pues, en principio, capacitados y dispuestos a formalizar estas ideas y plasmarlas en el álgebra (tensorial) de la física.

Pues bien, definimos alma como la “densidad vital” del “fluido vital”. La densidad vital existe con un valor que no tiene por qué ser nulo, en cualquier rincón del Universo. Los hombres tienen alma, los animales tienen alma, los planetas tienen alma, todo tiene alma, incluso podemos hablar del alma del Universo. La diferencia es que el alma de un ser vivo es “cuantitativamente” mucho mayor que en el espacio inerte.

Hay que hacer una salvedad un poco técnica. La densidad vital, denotada ya con la letra griega r es masa vital por unidad de volumen, y obedece al gradiente del inverso de la entropía específica, que es entropía por unidad de volumen. La entropía es a la masa vital, como la entropía específica lo es a la densidad vital. Hay que distinguir entre lo que pasa en un elemento de volumen en el interior de un volumen y lo que ocurre en todo el volumen.

Esta concepción del alma, como existente en todos los rincones del Universo, aunque con mayor concentración e intensidad en los seres vivos, y especialmente en el hombre, y especialmente, en su cerebro, no es nueva. Puede estar en todos los objetos y lugares del Universo, incluso pudiendo existir un “Anima Mundi”, un alma del Universo. Fue defendida por algunos presocráticos, entre ellos Tales de Mileto (siglo VI antes de Cristo) (¿el filósofo griego más antiguo conocido?), por Platón, en el Timeo (360 antes de Cristo) y, más recientemente por Giordano Bruno, en los albores de la ciencia moderna. Esta concepción se llama “hilozoísmo” de hylé (materia) y zoé (vida). Así pues, esta cosmovisión que aquí planteamos se pudiera catalogar como “neo hilozoísmo”.

La densidad vital es el alma, muy intensa en los vegetales y más en los animales y en el hombre, pero una piedra tiene, en este sentido, también alma, aunque cuantitativamente insignificante. El alma “vivifica” a los animales, sin que pretendamos precisar con exactitud qué entendemos por vivificar, sabedores de que todo el mundo lo sabe, aunque no lo sepa definir. Los seres vivos corren, juegan, aman, odian… y en su caso, el hombre también hace poemas, teoremas, teorías… teorías como puede ser esta que está usted leyendo. La densidad vital que permea mi cuerpo me convida a escribir, y la suya, en este caso, a leer.

Establecidas las bases filosóficas de esta aprendiz de teoría, es hora de remangarse y precisarla con ecuaciones que traduzcan las ideas. Es tiempo de “idealizar” para que nuestras ecuaciones sean simples y, aun así, respondan a lo más básico de nuestras premisas.

Este trabajo ya está hecho. En una versión científica, fue publicada por Francisco Sánchez y yo mismo (An astrophysical perspective of life: The growth of complexity, Rev. Mex. Astron. Astrophys. 58, 375-385, 2002) y por mí en una versión de divulgación-ensayo (Vida: Nuevas ideas desde el punto de vista físico, Ed. Univ. Granada, 2023). También expuse estas ideas en “Fronteras CTR, 3 de octubre de 2022.

En estos trabajos no se mencionaba la palabra alma, aunque sí su versión hidrodinámica, la densidad vital. Estos temas han sido tratados también en algunas conferencias algunas accesibles en mi página web.

Esta teoría, llamada “Teoría del campo vital” no sólo trataba del efecto “animístico” del campo de la densidad vital, sino, especialmente, en su incidencia en otros campos astrobiológicos como el surgimiento y la evolución de la vida, la transmisión de información entre seres vivos, la información como elemento de la realidad y el propio concepto de ser vivo. También se abren nuevas posibilidades para una neo-panspermia.

Una breve nota sobre los términos físicos introducidos. Parece que densidad vital, velocidad vital, campo vital, etc. no son adecuados para una teoría que se postula como no vitalista. En efecto, se pueden prestar a este equívoco, por lo que últimamente empecé a utilizar C-density, C-velocity, C-field, etc, pero pudiera parecer que el cambio de nomenclatura implicaría cambio d conceptos. Nota en la nota: En mi silabario de la niñez, C es la sílaba ZO, abreviatura de zoo.

*Eduardo Battaner Profesor Emérito Honorario de la Universidad de Granada, Instituto de Física Teórica y Computacional de Granada