La acción del Dios invisible: nuevas analogías para pensar el Misterio Trinitario

En un artículo de Marcos Ruiz Soler se nos propone un ejercicio de teología con lenguaje contemporáneo: pensar la acción del Dios trino mediante analogías que dialogan con categorías filosóficas y científicas. El punto de partida es clásico y decisivo: en la teología cristiana, la creación no es solo un hecho inicial, sino una realidad con dirección; todo existe “por Él y para Él” (Col 1,16). Esto implica que el universo —y cada criatura— posee un “para qué” último: la gloria de Dios y la comunión con el Creador.

Una lectura trinitaria de la finalidad: tres dimensiones entrelazadas

Desde esa base, el texto articula una comprensión trinitaria del sentido de lo real distinguiendo tres dimensiones íntimamente conectadas: finalidad estructural, finalidad perfectiva y finalidad relacional. No son tres fines independientes, sino tres maneras de describir cómo la creación está orientada a su plenitud en Dios. El autor emplea aquí la lógica de las “apropiaciones” trinitarias: atribuir a cada Persona divina un acento propio sin separar su única acción.

El Padre y la finalidad estructural: el orden inscrito en lo creado

En primer lugar, el Padre se vincula a la finalidad estructural: la orientación al fin que está inscrita en la constitución ontológica de los seres. La forma, el orden y el dinamismo interno de la realidad no serían un añadido externo, sino una teleología implícita en la estructura misma de lo creado. En este marco, el Padre no solo da el ser, sino que imprime una direccionalidad que sostiene el cosmos y su inteligibilidad.

El artículo dialoga con científicos-teólogos contemporáneos (como John F. Haught, Arthur Peacocke o Denis Edwards), que interpretan el despliegue histórico del universo —incluida la evolución— como portador de una orientación interna hacia una plenitud que, leída teológicamente, remite a la voluntad amorosa del Padre.

El Hijo y la finalidad perfectiva: plenitud, redención y transfiguración

En segundo lugar, el Hijo aparece asociado a la finalidad perfectiva, entendida como plenitud alcanzada mediante un proceso dinámico: la realización del ser conforme al designio divino. Aquí la creación no solo “tiene estructura”, sino que está llamada a ser llevada a cumplimiento. El Verbo encarnado actúa como modelo y mediador: en Cristo se revela y se realiza el destino último del universo, no solo como cierre de un plan, sino como redención y transfiguración del mundo.

En esta línea, autores como Haught, Edwards, Ilia Delio, Peacocke, Polkinghorne o Barbour ayudan a integrar cristología y visión evolutiva: el universo es contingente y abierto, pero no ciego; su historia puede leerse como orientada a una plenitud cuya forma definitiva se manifiesta en Cristo (Ap 22,13).

El Espíritu Santo y la finalidad relacional: la comunión como destino

En tercer lugar, el Espíritu Santo se presenta como principio de finalidad relacional: el fin último como comunión, participación viva en una relación amorosa y transformante con Dios. Si la finalidad estructural subraya el orden del ser y la perfectiva su cumplimiento, la relacional recalca que la cima de lo creado no es solo existir o perfeccionarse, sino participar.

El Espíritu, vínculo de amor entre el Padre y el Hijo, “expande” la comunión trinitaria hacia la creación: santifica, une, vivifica y configura a la Iglesia como lugar real de participación en la vida divina (en referencia al Catecismo). En sintonía con lecturas contemporáneas, el texto sugiere además que la relacionalidad del cosmos —interdependencia, cooperación, apertura— puede comprenderse teológicamente como vocación a la comunión.

El amor como “alfa y omega”: origen, dirección y plenitud

La síntesis culmina en una afirmación axial: el amor es el alfa y omega de la realidad. No como recurso retórico, sino como tesis: el origen, la dirección y la plenitud de todo lo creado se comprenden desde el amor trinitario, comunión personal y fecunda. Así, las apropiaciones no fragmentan el fin último, sino que lo vuelven más contemplable: el Padre fundamenta y ordena, el Hijo conduce a la plenitud, el Espíritu une y vivifica; y, sin embargo, la finalidad permanece una: participar de la vida del Dios trino.

Cierre: analogías para comprender sin domesticar el misterio

En las conclusiones, el autor sitúa estas tres finalidades dentro de un marco más amplio de analogías: las “ventanas” con las que nos asomamos a la realidad (materia, energía e información), las categorías metafísicas de causalidad (material, formal, eficiente y final) y la teleología trinitaria (estructural, perfectiva y relacional). El objetivo no es encerrar el misterio en un esquema, sino ofrecer un lenguaje que lo haga pensable sin empobrecerlo y que, sobre todo, suscite asombro: en la búsqueda sincera de verdad, belleza y bondad se percibe un eco de la comunión trinitaria que sostiene y transforma el mundo.

*Resumen del artículo La acción del Dios invisible: nuevas analogías para pensar el Misterio Trinitario. (2026). Razón Y Fe289(1467), 323-349. https://doi.org/10.14422/ryf.vol289.i1467.y2025.005