Introducción
[Dr. Agustín Ortega Cabrera] En estas fechas, que hemos estado celebrando a Santo Tomás de Aquino, se hace más necesario e imprescindible su legado del diálogo de la fe con la cultura, con las ciencias y el pensamiento. Uno de los campos donde se ha realizado este encuentro ha sido en los estudios e investigaciones sobre la realidad histórica de Jesús, los orígenes del cristianismo, el legado de San Pablo u otras cuestiones de estos inicios.
Esta actividad investigadora, pues, realiza una metodología interdisciplinar en el estudio bíblico, exegético y teológico con el empleo de las ciencias: como las humanas o sociales, la sociología, la psicología social, la antropología, la ciencia histórica y arqueología; e incluso perspectivas de las ciencias naturales, teorías evolutivas, etc.
En las universidades y sus facultades o departamentos, especialmente de teología o estudios y ciencias de las religiones, se viene desarrollando toda esta labor sostenida por las diversas iglesias, sus órdenes o congregaciones religiosas u otros movimientos eclesiales. Evidentemente, en un sentido crítico, siempre habrá que evaluar sus aspectos y frutos, con sus aportes valiosos, limites o carencias a la luz del Evangelio de Jesús, de la fe, de la Tradición y Magisterio de la iglesia.
Todo ello es lo que vamos a exponer a continuación, desde dichos estudios y evaluación, con apuntes o claves relevantes para seguir profundizando:
– La existencia y orígenes de Jesús, que nace y vive en las periferias, en los márgenes, marginado, humilde y pobre con los pobres.
– La experiencia religiosa (espiritual) que Jesús, como Eterno Hijo Unigénito, nos trae con su unión y fidelidad al Dios Padre y que, como por ejemplo se observa en su vida orante, marca su existencia junto con la de los que lo quieran seguir.
– El centro de la vida, mensaje y enseñanza de Jesús que es el don del Reino de este Dios Padre, con sus inherentes dimensiones de presente y futuro, que trae la salvación liberadora e integral, el amor, la paz y justicia con los pobres.
– La comunidad del Reino, el movimiento e iglesia de Jesús que se conforma como el pueblo de Dios con sus discípulos, sus seguidores y que prosigue
– Las expresiones de este Reino con la enseñanza de Jesús y su acción, como las comidas y las curaciones o exorcismos, signos (clamores) de dicho Reino que acoge, da vida, sana y libera integralmente con los pobres del mal e injusticia.
– El carácter social, publico y político de la religión de Jesús con sus fuentes judías-profética, del Reino de Dios con sus valores y principios que nos presenta una alternativa espiritual y cultural a los poderes e imperios que dominan u oprimen, manifestación del pecado del mundo y de mismo demonio.
– La cruz y muerte de Jesús con su proexistencia, su entrega al servicio del Reino de Dios con ese sacrificio de donar su vida por nuestra salvación como acontece en su ultima cena, y que es perpetrada por este pecado del mundo; con sus poderes e imperios, en conflicto u oposición con su Reinado, que crucifican a Jesús.
– La unidad de esta vida y acontecimiento Pascual de Jesús con su encarnación, su misión al servicio del Reino hasta entregar su vida, su muerte en cruz que nos regala su salvación junto a su resurrección, que va dando nacimiento a su movimiento e iglesia al servicio de este Reinado de Dios.
La existencia y orígenes de Jesús en sus fuentes
Lo primero que habría que afirmar es la existencia real e histórica de Jesús de Nazaret, tal como la acreditan fuentes de diversos tipos o ámbitos con autores e historiadores clásicos, judíos o romanos, contemporáneos o actuales. Al respecto, podemos indicar que ningún autor e historiador serio y acreditado niega que Jesús existió realmente al igual que, por ejemplo, un Poncio Pilato.
En esta línea, las propias fuentes cristianas del Nuevo Testamento, como los Evangelios o escritos paulinos, tienen una fiabilidad científica, histórica y académica como ningún otro documento de la antigüedad e historia. Ahí está la información fiable con datos detallados e históricos que se encuentra, por ejemplo, en dichos Evangelios. Y reafirmados por los papiros que conservamos escritos en torno a mitad o final del siglo I, unos pocos años después de la muerte de Jesús, lo que no tiene cercanía ni parangón en otros documentos históricos. Por solo dar un dato, a propósito de esto, otros escritos más antiguos que tenemos son de Virgilio, unos 350 años después de la muerte de este poeta.
En esta dirección, en cuanto al nacimiento y origen de Jesús, acontecido en las periferias del pueblo judío y del imperio romano al que estaba sometido, tiene una fiabilidad real e histórica cierta. Como afirman hasta autores o filósofos críticos y no confesionales, las sagas religiosas suelen encumbrar y magnificar a su fundador; no presentarlo perteneciente a los márgenes de la historia, con las condiciones sociales e históricas tan humildes, pobres y marginales en las que Jesús realmente nació y vivió hasta su muerte en cruz.
La misión y actividad de Jesús con su movimiento
La propia investigación histórica y bíblica-teológica sucesivamente ha mostrado lo más central de la vida de Jesús. Esto es, su unión tan única con el Padre. Ello unido a su misión al servicio del Reino de Dios que nos trae ya, para el presente, su don de la salvación liberadora e integral en la realidad histórica, pero que todavía no ha alcanzado su culmen y trascendencia plena en el futuro. Toda esta realidad de comunión con Dios Padre, como se observa en la vida orante de Jesús, y la realización de su Reino en el Espíritu que renueva la historia: es lo que marca el mensaje de Jesús, como son las Bienaventuranzas o las Parábolas; su acción, con su actividad y denuncia profética, las curaciones, exorcismos y comidas que Jesús va haciendo, como signos de que este Reinado de Dios va ya interpenetrando toda la realidad, renovando el orden social e histórico con más humanización, dignidad y vida plena. Los clamores de dicho Reino del Padre con su Espíritu, como estas acciones milagrosas de comidas y curaciones o exorcismos u otros prodigios, con que los que Jesús regala el amor, su misericordia compasiva ante al sufrimiento e injusticia, esta vida digna y trascendente. Así es, el don del Reino de Jesús derrama la salud integral, la paz y la justicia liberadora con los pobres de la tierra, con las víctimas de la historia y los excluidos de todo tipo.
Y el Reino para realmente hacerse presente requiere de una comunidad humana e histórica, el pueblo de Dios, al que Jesús llama y convoca con los 12, con los discípulos y seguidores a los que les continúa encomendando toda esta misión al servicio de la Buena Noticia del Reino. Este discipulado y seguimiento de Jesús, todo el movimiento que él congrega, se va conformando como esa iglesia del Reino, itinerante, misionera, evangelizadora, humilde, pobre con los pobres, en salida hacia las periferias y a todo el mundo. Un movimiento e iglesia de Jesús carismática, profética y servidora proclamando el Reino de Dios y su justicia, denunciando el mal, a todo poder e injusticia que esclavice; con su testimonio de amor misericordioso que acoge y promueve a las personas, a los pueblos y a los pobres para su promoción humana y salvación liberadora e integral.
En este sentido, como siguen poniendo de relieve estos estudios e investigación, todo lo anterior nos muestra el constitutivo carácter social, publico y político de la religión de Jesús con sus raíces en el yahvismo-judaísmo, de la fe cristiana y su Reino de Dios. Frente a los sucesivos imperios que dominan y oprimen el mundo causando tanto sufrimiento y mal e injusticia, como el egipcio o el romano en tiempos de Jesús con la alianza de los poderes (elites) israelitas, llega el Reino que pretende ese sueño y proyecto que Dios quiere para todo el mundo e historia.
No es que Jesús y su movimiento e iglesia quieran asumir directa e inmediatamente las autoridades o gobiernos, que con sus leyes rigen los pueblos. Él siempre rechazó esa intención de que lo hicieran rey o gobernante de este mundo y al mismo poder. Jesús y su Reino de Dios lo que hace es transformar estas relaciones e instituciones con sus leyes, para que sean conformes a este Reinado y su ley del amor, de la paz y la justicia con los pobres. El Evangelio de Jesús con su Reino, por tanto, tiene esta inherente dimensión moral, ética y social que realiza la esencial caridad política: promoviendo el bien común más universal y la civilización del amor; renovando las relaciones, estructuras e instituciones para que sirvan a la vida y dignidad de los hijos de Dios, de toda persona, a la promoción liberadora e integral con los pobres.
De esta forma, el Reino visibiliza estos principios y valores, como son la fraternidad solidaria unida a la pobreza evangélica con la opción de justicia por los pobres, que supone una revolución contracultural, oponiéndose a los criterios dominantes de aquella sociedad mediterránea y grecorromana en la que vivió Jesús. Tales como son los falsos dioses del honor, del estatus, del poder y dinero-riqueza (ser rico), de la propiedad, del patriarcado e imperialismos; donde se divinizaba al emperador romano con su gobierno e idolatría del sistema esclavista, militar-bélico y del propietarismo posesivo.
La Cruz y Pascua de Jesús
De ahí que, para comprender la muerte de Jesús, por qué termina siendo crucificado, hay que tener muy claro todo lo que hemos expuesto hasta aquí: toda esta vida y misión mesiánica de Jesús, el Eterno Hijo Unigénito, con su Reino del Padre. Y cuya consecuencia es su muerte, subrayamos, que para su correcta compresión es inseparable de toda esta existencia, mensaje y acción de Jesús al servicio del Reino. Ciertamente, como expresa en ese acontecimiento culminante de su camino que es la última cena (de despedida), Jesús entregó su vida al servicio de este Reino y por amor a toda humanidad, para traerle su salvación liberadora e integral, siendo fiel, honrado y coherente hasta el final con esta proexistencia. Jesús es el ser humano para los demás, que se dona a los otros para que en el mundo se vaya realizando su Reino. Y por esta vida entregada, sacrificada, pobre y humilde para servir al Reino del Padre, que trae este amor fraterno y justicia con los pobres, el imperio y poder romano en alianza con el judío lo han crucificado.
En realidad, sucede que todo este pecado, egoísmo e idolatrías de estos poderes con sus imperialismos, manifestaciones del mal y del mismo Demonio, han pretendido crucificar a Jesús ya que no pueden tolerar su entrega, su amor, su fidelidad, honradez y coherencia con el Reino de Dios. Y, en este sentido, es que verdaderamente Jesús con su Reino del Padre cuestiona sus intereses y falsos dioses de su poder, de su codicia, su riqueza-ser rico, su propiedad, esclavismo, guerras y violencias. Lo cual constituyen el auténtico pecado del mundo, que entra en conflicto con (contra) el Dios de la vida, y del que Jesús nos viene a liberar. Más esta vida y testimonio de amor, entrega, sacrificio y compromiso hasta la muerte en cruz por el Reino, que nos libera de toda esta idolatría y de la misma muerte, ha sido el camino para que se creyera en El Dios revelando y encarnado en Jesús Crucificado, para la misma resurrección y salvación escatológica.
De nuevo, hay que reafirmar la unidad de la vida y de la muerte Jesús con su resurrección, que es inseparable de la cruz, de toda esta verdad íntegra del Hijo único. Jesús, que ha venido a hacer la voluntad del Padre y su Reino de amor, de perdón, de vida, de paz y de justicia con los pobres. Este conflicto y causas de la muerte de Jesús crucificado en su entrega de la vida, para que el Reino renueve la historia y nos libere del pecado del mundo e instituciones (estructuras) perversas, todos estos poderes del mundo: no tienen la última palabra. El Dios Padre de la Vida con su Espíritu resucitan a Jesús, de esta forma, han vencido a la muerte y a dicho pecado del mundo que crucifica a Jesús, han derrotado finalmente a los poderes y leyes de tanta inhumanidad e injusticia como las de pureza o el sábado, el templo, el sanedrín e imperialismo romano; todos estos poderes del mal, que van en contra del Reino de Dios y condenan a Jesús a morir crucificado.
Como nos enseña de modo vital y teológico San Pablo, muy fiel a esta Revelación de Dios en la Encarnación y vida pascual de Jesús, se nos abre esa profunda esperanza de la salvación desde Jesús Crucificado. Los escritos paulinos, que tanto ha marcado e influido al resto del Nuevo Testamento con sus Evangelios como (por ejemplo) el más antiguo de Marcos, comunican esa paradoja y escándalo de la esperanza crucificada que nos resucita. Es decir, la Gracia de la salvación con su resurrección, que Dios nos regala, no viene por el poder ni por el dinero-riqueza, no llega por medio de los poderosos y enriquecidos; sino desde el lugar de la debilidad, de la pequeñez y la pobreza, desde los últimos, los pobres y crucificados de la historia, que es el lugar al que abajó el mismo Dios encarnado en Cristo con su kénosis (cf. Flp 2, 6-11). La evolución y desarrollo pleno del ser humano con toda la realidad llega a su culmen en la Pascua de Jesús Crucificado-Resucitado, porque ha cumplido los anhelos y promesas del pueblo de Dios, de toda la humanidad que busca el culmen del amor, de la justicia, de su humanización, su sentido, trascendencia y vida plena-eterna.
Conclusión. La comunidad de fe y humanidad nueva
Efectivamente por ello, sigue afirmando el apóstol, “nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1, 23-29).
La Pascua de Jesús Crucificado-Resucitado, como la celebramos en el Bautismo y la Eucaristía (cf. 1 Cor 1, 11), continúa mostrando Pablo ha terminado con todo este pecado, mal, desigualdades e injusticias. Dios Padre nos regala la fraternidad solidaria y liberadora para toda la humanidad, cuyo signo más elocuente es la iglesia-sacramento de comunión y cuerpo de Cristo- vivificada por el bautismo con la eucaristía, ya que todos somos “hijos de Dios… No hay judío y griego, ni esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 26-29).
*Agustín Ortega Cabrera PhD es colaborador de Fronteras CTR, profesor en la Universidad Católica de Chimbote (Perú) e investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México).