En un momento histórico donde la biotecnología promete reescribir nuestro código genético y la inteligencia artificial amenaza con dejar obsoleta nuestra cognición, la teología se encuentra ante una encrucijada inédita. Ya no se trata solo de debatir sobre el origen de la vida, sino sobre su futuro dirigido. ¿Puede el cristianismo abrazar el sueño de la superación tecnológica o está condenado a ser el freno de mano de la historia?
Un reciente análisis teológico se atreve a plantear la pregunta prohibida: ¿Es posible un transhumanismo cristiano? La respuesta huye de los extremos fáciles. Ni el rechazo ludita que ve al diablo en cada chip, ni el entusiasmo ingenuo que bautiza cualquier novedad de Silicon Valley. Entre el bioconservadurismo temeroso y la tecnolatría, se abre paso una «vía media» crítica, exigente y profundamente anclada en la tradición: la posibilidad de un mejoramiento humano que no sea una huida de nuestra condición, sino una profundización en ella. Razón y fe son los dos focos que se corrigen: la primera expande los límites, la segunda recuerda el centro.
La cuestión que vertebra esta reflexión no es técnica, sino ontológica: ¿Qué significa ser humano cuando podemos dejar de serlo tal y como nos conocemos? El texto inclina el fiel hacia un discernimiento basado en dos pilares milenarios: la imago Dei (imagen de Dios) y la theosis (deificación). Sí a la tecnología que cura y restaura; no a la tecnología que promete una salvación que no puede dar. Cooperación con la creación, sí; sustitución de la gracia, no.
La dignidad no es un benchmark
El primer choque frontal entre el transhumanismo secular y la antropología cristiana se da en la definición del valor humano. Para ciertas corrientes radicales del mejoramiento, el ser humano es un «trabajo en proceso», una plataforma de hardware biológico obsoleta que debe ser optimizada. La dignidad, bajo esta óptica, tiende a asociarse al rendimiento: ser más inteligente, más fuerte, más longevo.
El artículo, sin embargo, planta una bandera inamovible: la primacía de la imago Dei sobre lo funcional. La dignidad cristiana no es un premio al desempeño ni una consecuencia de tener un coeficiente intelectual de tres cifras. Es un don ontológico. Somos dignos porque somos amados y creados, no porque funcionemos bien.
Aquí radica el peligro de cualquier «mejora» que subordine el valor de la persona a sus marcadores de éxito. Si aceptamos que el valor humano reside en la capacidad (memoria, velocidad, fuerza), ¿qué ocurre con el débil, con el enfermo, con el que no puede o no quiere «actualizarse»? Una sociedad que mide la dignidad por el rendimiento acaba descartando lo que no produce. Por el contrario, la visión cristiana acoge la intervención terapéutica —el marcapasos, la prótesis, la terapia génica curativa— no como una obsesión perfeccionista, sino como una cooperación responsable con el bien de la creación. Restaurar una función dañada es un acto de amor; intentar fabricar un superhombre es un acto de soberbia ontológica.
Theosis vs. Upgrade: La trampa de la tecnosalvación
El anhelo de trascendencia es universal. El transhumanismo, en el fondo, es una herejía cristiana secularizada: busca la vida eterna, la superación del sufrimiento y la plenitud, pero quiere lograrlo «por sus propios medios», mediante la ingeniería y el código. Busca el Cielo, pero quiere construir la escalera con sus propias manos.
La teología cristiana llama a esta plenitud theosis o deificación: la llamada a participar en la vida de Dios. Pero hay una diferencia abismal en el método. La theosis es un don, una gracia que se recibe en la comunión y el amor; el upgrade transhumanista es una conquista, una autoafirmación solitaria.
El texto advierte con lucidez sobre el riesgo de la «tecnosalvación». Sustituir el dinamismo del Espíritu Santo por algoritmos de optimización no nos hace más divinos, sino más encerrados en nuestra propia obra. La salvación cristiana implica una transformación del corazón; la salvación tecnológica promete una transformación del soporte. Creer que la inmortalidad cibernética (la famosa «subida» de la mente a la nube) equivale a la Resurrección es confundir el mapa con el territorio. La vida eterna no es una extensión infinita del tiempo cronológico, sino una calidad de existencia en el Amor. Intentar «hackear» el cielo es la forma moderna de reintroducir la vieja lógica de la Torre de Babel.
El cuerpo: ¿Cárcel o Sacramento?
El campo de batalla más evidente de este debate es lo que se conoce como «libertad morfológica»: el supuesto derecho a modificar el propio cuerpo, mente y afectividad sin límites, siempre que la tecnología lo permita. Para el transhumanismo fuerte, el cuerpo es un accidente, un envase desechable y reconfigurable a voluntad. La identidad se convierte en un proyecto de diseño.
La visión cristiana, sin embargo, es radicalmente encarnada. El cuerpo no es algo que «tengo», es algo que «soy». Es la forma personal de mi existencia, el lugar donde amo, sufro y me relaciono. La Encarnación de Cristo es el argumento definitivo: Dios no salvó al hombre del cuerpo, sino en el cuerpo.
Por tanto, la libertad morfológica no puede ser un cheque en blanco. El artículo propone un criterio de «identidad narrativa». Si una intervención tecnológica quiebra la continuidad del «yo», si convierte a la persona en un objeto de experimentación o manipulación, se está vulnerando el principio personal. No es lo mismo implantar un chip para recuperar la visión (que restaura la relación con el mundo) que alterar la neuroquímica para eliminar la capacidad de sentir tristeza o empatía. Lo primero humaniza; lo segundo cosifica. La libertad de modificarse debe someterse a bienes superiores: la vida, la justicia y la comunión. Un cuerpo invulnerable pero incapaz de comunión sería, teológicamente, un infierno.
La justicia en la era del genoma
Más allá de la metafísica, el debate aterriza en la ética social. ¿Para quién es el mejoramiento? La teleología cristiana de la tecnología es clara: debe orientarse a la caridad y al bien común.
Existe el riesgo real de una fractura antropológica. Si las mejoras cognitivas o físicas solo están disponibles para una élite económica, no solo crearemos desigualdad, sino una diferencia de «castas» biológicas. El principio de justicia exige que la tecnología sirva para aliviar el sufrimiento de los vulnerables, no para otorgar ventajas competitivas a los privilegiados.
El texto nos invita a sospechar de las agendas de «perfeccionismo competitivo». Una sociedad obsesionada con la auto-fabricación de la invulnerabilidad es una sociedad que ha olvidado cómo cuidarse mutuamente. La preferencia cristiana debe ser siempre por aquellas aplicaciones que reducen desigualdades y promueven la inclusión (tecnologías asistivas, curas para enfermedades olvidadas), frente a aquellas que buscan la excelencia narcisista. La tecnología no es neutra; su orientación moral depende de a quién sirve: ¿al ego que busca poder o al amor que busca servicio?
Cristo como el verdadero «Posthumano»
Quizás el punto más luminoso de la reflexión sea su propuesta cristológica. Frente a la pregunta de cuál es el modelo de ser humano al que aspiramos, el transhumanismo ofrece un interrogante abierto o un híbrido hombre-máquina. El cristianismo ofrece una respuesta concreta: Jesucristo.
El principio de Göcke citado en el texto es fundamental: «El ejemplar del homo sapiens es el Cristo glorificado». Jesús resucitado no es un retorno a la vida biológica anterior, sino la entrada en una vida nueva, plena, transfigurada. Él es el verdadero «hombre nuevo». Pero —y esto es crucial— su «mejora» no consistió en volverse invulnerable al dolor o en tener superpoderes tiránicos, sino en una capacidad de amar y entregarse hasta el extremo.
Cualquier mejora tecnológica debe medirse con este patrón. ¿Nos hace esta tecnología más capaces de amar, de relacionarnos, de ser libres? ¿O nos encierra en una burbuja de autosuficiencia? Las mejoras compatibles con la verdad de Cristo pueden pensarse como un desarrollo legítimo de las potencialidades de la creación. Las que anulan la libertad o disuelven la relacionalidad, contradicen la esencia de lo humano revelada en Él.
Conclusión: Un humanismo que habita la tecnosfera
El artículo concluye que un «transhumanismo cristiano» es posible, pero solo bajo adjetivos muy precisos: crítico, moderado y orientado. No se trata de una adhesión acrítica al credo de Silicon Valley, sino de una capacidad de discernimiento prudencial.
Se proponen tres condiciones de posibilidad para este diálogo:
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Fidelidad dogmática: Nunca sustituir la gracia por la técnica. La salvación viene de Dios, no del laboratorio.
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Coherencia antropológica: Medios y fines deben ordenarse al florecimiento de la persona completa, no solo de sus funciones.
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Ética práctica: Prioridad por lo terapéutico, la justicia y la no discriminación.
La llamada evangélica a «ser perfectos» no es una autorización para buscar la invulnerabilidad técnica, sino una invitación a la plenitud del amor. La tecnología puede ser una magnífica aliada en este camino, una muleta que nos ayuda a caminar, unas gafas que nos ayudan a ver. Pero nunca podrá ser el Camino, la Verdad y la Vida.
El desafío para el creyente del siglo XXI no es huir de la tecnosfera, sino habitarla sin ceder a la idolatría. Es reconocer que, aunque podamos cambiar nuestra morfología, editar nuestros genes y potenciar nuestra mente, la sed infinita que habita en el corazón humano no se sacia con más gigabytes, sino con una Presencia que ninguna máquina puede fabricar. Es, en definitiva, la tarea de ser co-creadores responsables, sabiendo que la última palabra sobre el ser humano no la tiene el código binario, sino el Verbo encarnado.
*Resumen de ¿Es posible un transhumanismo cristiano? Discernimiento teológico, condiciones y límites. (2026). Razón Y Fe, 289(1467), 243-270. https://doi.org/10.14422/ryf.vol289.i1467.y2025.002