[Diego María Bernar] Vivimos tiempos donde la frontera entre lo físico y lo virtual se desdibuja. El concepto de metaverso —esa realidad situada “más allá” de nuestro universo tangible— ha dejado de ser una mera especulación tecnológica para convertirse en un nuevo horizonte de interacción humana. La cultura popular ha ilustrado este fenómeno con maestría en obras como Ready Player One (Steven Spielberg, 2018), una película que, bajo la apariencia de un videojuego global, esconde una profunda reflexión antropológica. En ella, la humanidad se refugia en OASIS, un entorno digital donde todo parece posible. Sin embargo, este escenario nos obliga a plantearnos una cuestión fundamental: ¿puede la tecnología redimir la condición humana o simplemente la refleja?
A menudo se vende el metaverso bajo una premisa casi soteriológica: un lugar donde alcanzar la felicidad plena, libre de las limitaciones del mundo real. Sin embargo, la narrativa de Ready Player One desmiente rápidamente esta utopía. Dentro de OASIS persisten la guerra, la corrupción, el odio y la codicia, encarnados en corporaciones como IOI.
Para comprender esta contradicción, es iluminador acudir al pensamiento de San Agustín. El obispo de Hipona nos recuerda que el mal —específicamente el mal moral— no es una sustancia creada por Dios, sino el resultado de una voluntad creada desordenada. El mal surge cuando la libertad humana, en lugar de dirigirse hacia el Bien Supremo, se pliega sobre sí misma.
En el metaverso, los programadores y diseñadores actúan como «secretarios de Dios», arquitectos de un nuevo mundo. Sin embargo, el «dios» de ese universo es humano y, por ende, finito y falible. Al entrar en la simulación, el usuario no deja atrás su naturaleza; lleva consigo su voluntad libre. Por tanto, mientras el corazón del hombre no cambie, el escenario virtual será tan defectuoso como el real.
Ante la inevitabilidad del conflicto, podría plantearse una solución radical: la creación de «mundos estancos». Imaginemos un metaverso exclusivo para cada individuo, un solipsismo digital donde cada persona posea un poder absoluto sin la interferencia de otros.
Inicialmente, el usuario experimentaría una euforia de omnipotencia. Pero, ¿qué ocurriría tras diez años de dominio absoluto en soledad? La respuesta apunta hacia la desesperación. Como señala Rafael Pou en su obra Filosofía de bar para un mundo posmoderno , el ser humano posee anhelos que el simulacro no puede saciar: no queremos placer sin verdad, no queremos placer sin autorrealización y, sobre todo, no queremos placer sin amor.
El amor posee un carácter intrínsecamente personal; requiere de la alteridad, del «otro». Una inteligencia artificial o un entorno programado, por perfectos que sean, no pueden ofrecer la resistencia y la reciprocidad de una persona real.
Es en esta búsqueda desesperada del otro donde el metaverso revela, paradójicamente, la dimensión espiritual del hombre. Si dos personas se encontraran en ese vasto océano digital, se reconocerían instantáneamente.
Siguiendo la línea de María Jesús Soto en La filosofía de la imagen , podemos afirmar que, incluso a través de un avatar pixelado, el ser humano es capaz de percibir «algo más». La imagen digital no logra ocultar la realidad de la persona; se intuye una presencia, una huella que un bot jamás podría replicar.
Este reconocimiento es la clave de bóveda de nuestra argumentación. Al distinguir entre una imitación algorítmica y un ser humano real sin necesidad de ver su cuerpo físico, estamos admitiendo implícitamente la existencia de una realidad inmaterial en la persona. Estamos, de hecho, detectando el alma.
En conclusión la experiencia del metaverso, lejos de fomentar el materialismo, puede servir como una vía para demostrar la existencia del alma. Si somos capaces de discernir una esencia personal que trasciende el código binario y la materia física, debemos aceptar que en el ser humano reside un componente espiritual.
Y la lógica filosófica nos lleva un paso más allá: si somos seres creados con una naturaleza inmaterial, es necesario postular la existencia de un Ente Inmaterial capaz de infundir esa dimensión trascendente. Así, paradójicamente, el viaje hacia la realidad más artificial jamás creada nos devuelve a la verdad más fundamental: no somos meros datos, somos almas buscando su origen.