[Guzmán Gila] Si hay un autor que representa la lucha interna entre la razón y la fe, ese es Miguel de Unamuno. En su obra Del sentimiento trágico de la vida expone la problemática de la fe tras la “muerte de Dios”. Vamos a tratar de desarrollar, en la medida de lo posible, el pensamiento de Unamuno, un pensamiento que vive de la contradicción, la lucha y, en último término, la más profunda tragedia.
El deseo de inmortalidad

Unamuno siempre trata de alejarse de los conceptos abstractos. No quiere usar para su pensamiento ideas generales, sino seres concretos: «Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre». Este hombre concreto es al que Unamuno se refiere como “el hombre de carne y hueso”: el hombre que vive y muere, que sufre y goza, el que piensa y quiere.
Unamuno se vuelve su propio objeto de estudio; se convierte él mismo en ese hombre de carne y hueso que ha de estudiar y, por tanto, se convierte en su propio problema a resolver. El análisis introspectivo que Unamuno realiza sobre sí, y que él supone presente en toda persona, le lleva a la conclusión de que existe un deseo de inmortalidad, un anhelo de vida que mueve al ser humano.
Este deseo se manifiesta en un amor a la vida: una búsqueda incesante de poseerlo todo sin perder nuestra propia conciencia e individualidad, un anhelo de Dios, de perpetuarme en el tiempo. Esta búsqueda de perpetuación se muestra en el propio hacer humano: actúo para perpetuarme. Pero, ante este anhelo de vida, aparece la realidad de la muerte y la conciencia de finitud.
La razón finita
Pese al deseo de inmortalidad, el hombre de carne y hueso es consciente de la finitud de su existencia. Para Unamuno no hay ninguna esperanza racional posible de trascendencia: no puedo llegar a la conclusión de mi inmortalidad mediante la razón. La propia idea de Dios como Absoluto ha muerto. El intento de abarcarlo todo mediante la razón no nos da razones de vida, sino solo conceptos muertos.
La ciencia, en cuanto sustitutiva de la religión, y la razón en cuanto sustitutiva de la fe, han fracasado siempre. La ciencia podrá satisfacer, y de hecho satisface en una medida creciente, nuestras crecientes necesidades lógicas o mentales, nuestro anhelo de saber y conocer la verdad; pero la ciencia no satisface nuestras necesidades afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y lejos de satisfacerla, contradícela. La verdad racional y la vida están en contraposición. ¿Y hay acaso otra verdad que la verdad racional?
Existe, por tanto, una lucha entre el deseo de inmortalidad y la conciencia de finitud. En esta lógica contradictoria (pero no dialéctica) yace el sentimiento trágico de la existencia humana.
Deseo contra conciencia
Esta lucha de la conciencia contra el anhelo se ha tratado de resolver de dos maneras paradigmáticas. Schopenhauer sostiene que debemos eliminar el deseo; de este modo podríamos sobrevivir en una realidad finita. Otro modo es el que plantea Nietzsche, que defiende abrazar la finitud: hacer de nuestra vida finita lo máximo que podamos. Pero, para Unamuno, ninguna de estas opciones soluciona el problema. La lucha es eterna, y es lo que hace de la vida una tragedia.
El mismo que cree estar convencido de que con la muerte acaba siempre su conciencia personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga sombra, una sombra de sombra de incertidumbre, y mientras él se dice: “¡Ea!, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!”, el silencio de aquel escondrijo le dice: “¡Quién sabe!”. Cree acaso no oírlo, pero lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarde más fe en la vida futura hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que le cuchichea al oído espiritual: “¡Quién sabe!”.
La vida se juega en esta contradicción: la contradicción entre la cabeza y el corazón. Y esta lucha interna la sufre Unamuno y la sufrimos todos. En esta especie de verdad “paraconsistente”, que sostiene simultáneamente el anhelo y la certeza, Unamuno encuentra la salvación no en la razón, sino en la fe.
La fe creadora
Para Unamuno la fe es lo único que puede dar sentido a la vida; lo único que evita caer en un nihilismo suicida del cuerpo y del espíritu. La fe es fuerza creadora. La fe no es creer lo que no hemos visto, sino crear lo que no vemos.
«La fe en Dios consiste en crear a Dios, y como es Dios el que nos da la fe en Él, es Dios el que se está creando a sí mismo de continuo en nosotros». Y esta fe creadora se manifiesta en el acto de amar: amando a Dios le creamos, y Dios nos ama a su vez. Esto es lo que nos da combustible de vida, no razones lógicas o filosóficas. En la fe yace la posibilidad del deseo, que es alimento de vida; es amor para vivir.
Y es que al Dios vivo, al Dios humano, no se llega por camino de razón, sino por camino de amor y de sufrimiento. La razón nos aparta más bien de Él. No es posible conocerle para luego amarle, hay que empezar por amarle, por anhelarle, por tener hambre de Él, antes de conocerle. El conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento que poco o nada tienen de racional. Porque Dios es indefinible. Querer definir a Dios es pretender limitarlo en nuestra mente, es decir, matarlo. En cuanto tratamos de definirlo, nos surge la nada.