[Guzmán Gila] La filosofía que mueve a la sociedad actual parece condensarse en un lema: «Sé libre». Convertido casi en una imposición, este lema domina una economía de la supervivencia individual. La sociedad neoliberal, con el yo y el rendimiento como únicas razones de ser, es el “infierno de lo igual”: una sociedad formada por sujetos aislados.
En este contexto cobra especial relevancia la figura de Byung-Chul Han, filósofo alemán de origen surcoreano y ganador del premio princesa de Asturias que, en varias de sus obras, ha ofrecido un diagnóstico crítico de nuestro tiempo. En La agonía del Eros se detiene en una cuestión concreta: cómo esta cultura de la inmediatez, de la hiperexposición y de la búsqueda constante del beneficio ha afectado a nuestras relaciones románticas, fatigando el deseo, dificultando la aceptación de la alteridad y, en suma, erosionando nuestro imaginario erótico y amoroso.
Nos detendremos, en clave dialéctica, en la tensión entre narcisismo y alteridad, erotismo y pornografía, seguridad y vulnerabilidad: un recorrido que pretende ser accesible sin renunciar a la profundidad a la hora de pensar algunos de los rasgos más inquietantes de nuestro mundo.
¿Qué es el Eros?
«El Eros se dirige al otro en sentido amplio, otro que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo» (Han, 2012, p. 19). En un mundo donde la figura del yo tiende a ocupar todo el espacio de la experiencia, el Eros aparece como reconocimiento de la alteridad, de aquello que no se deja reducir a lo propio. Mientras que el narcisismo presupone igualdad e interioridad —un yo que solo se refleja en sí mismo—, el Eros llama a la asimetría y a la exterioridad del otro. Allí donde todo se iguala, la diferencia que introduce la alteridad pierde su lugar.
En este sentido, Han critica la identificación habitual del narcisismo con el mero amor propio. Quien posee amor propio es capaz de marcar límites frente al otro; el narcisista, en cambio, no distingue con claridad dónde termina él y dónde comienza lo demás, de modo que «el mundo se le presenta como una proyección de sí mismo». El sujeto narcisista vive recargado y agotado de sí. Frente a ello, el Eros introduce una salida: arranca al yo de su clausura y le hace experimentar al otro en su alteridad. Han habla incluso de un vaciamiento voluntario de sí mismo, un desreconocimiento de la propia imagen que abre espacio para la presencia del otro.
«El Eros, el deseo erótico, vence a la depresión. Conduce del infierno de lo igual a la atopía; es más, a la utopía de lo completamente otro» (Han, 2012, p. 26).
El Eros es, así, ruptura de los límites estrechos del individuo y apertura a la atopía del otro, la fuerza que se opone al encierro narcisista en lo idéntico.
Erotismo, pornografía y transparencia
Han establece esta crítica en el ámbito de las relaciones íntimas y la sexualidad, especialmente en la industria pornográfica.
«Las imágenes porno muestran la mera vida expuesta. El porno es la antípoda del Eros. Aniquila la sexualidad misma. […] Lo obsceno del porno no consiste en un exceso de sexo, sino en que allí no hay sexo» (Han, 2012, p. 55).
Para él, el erotismo real va siempre acompañado de fantasía, de veladura, de cierta oscuridad. Allí donde todo se expone sin resto, donde no queda nada que imaginar ni nada que esperar, el deseo se apaga. La pornografía destruye el erotismo precisamente porque lo convierte en exhibición total: expone “todo a todos”, sin reserva ni secreto. El Eros se profana cuando lo oculto, en vez de ser custodiado, es puesto en circulación indiscriminada.
Esta profanación no es un fenómeno aislado, sino que se inscribe en la lógica del capitalismo tardío. Han atribuye al capitalismo la colonización del ámbito erótico: el sexo se convierte en mercancía, en producto más del mercado de los estímulos. La sexualidad deja de ser un lugar de encuentro con la alteridad para presentarse como un bien de consumo sometido a la lógica de la oferta y la demanda, del rendimiento y la optimización. Lo que se busca no es tanto al otro, sino una experiencia cuantificable: más intensidad, más imágenes, más cuerpos, pero cada vez menos encuentro real.
En este sentido, la pornografía no nombra solo una industria concreta, sino una forma de mirar. Es pornográfica toda relación con el otro en la que este se reduce a objeto disponible, transparente, sin espesor ni resistencia. La misma lógica de la transparencia que Han analiza en otros textos se aplica aquí al ámbito del deseo: se impone una visibilidad absoluta que elimina la distancia necesaria para el Eros. Allí donde el cuerpo del otro se convierte únicamente en superficie consumible, ya no hay realmente lugar para el misterio ni para la promesa; solo queda una sucesión de escenas que se agotan en el mismo instante en que se muestran.
Deseo, vulnerabilidad y finitud
La sociedad actual, según Han, está regida por el verbo poder. La lógica de la motivación permanente y la exigencia de productividad han configurado lo que el autor denomina el “sujeto del rendimiento”, un individuo que se piensa a sí mismo como libre precisamente porque ya no está sometido a un amo externo. Pero esta libertad es, en realidad, profundamente ambigua. Como empresario de sí mismo, el sujeto del rendimiento no es explotado por otro, sino que se explota a sí mismo: “el explotador es el explotado” (Han, 2012, p. 29). La paradoja consiste en que uno puede ser esclavo en el seno mismo de la libertad.
Esta dinámica ha ido dando lugar a una moral del rendimiento en la que el “tú puedes” actúa como forma de coacción interiorizada. El fracaso deja de tener una dimensión estructural para convertirse en culpa personal. La explotación ya no aparece como una violencia impuesta desde fuera, sino como un proyecto de vida asumido voluntariamente. En este contexto, la depresión no es una anomalía, sino la expresión patológica de una sociedad que se exige sin límite.
Frente a esta absolutización del poder, el Eros introduce una lógica completamente distinta. Han lo define como “una relación con el otro que está radicada más allá del rendimiento y del poder”. Habla, en este sentido, de una “filosofía del no poder poder”: el otro no se me da como objeto dominable, sino como aquello que se me presenta precisamente en los límites de mi control. Amar implica, así, aceptar la propia vulnerabilidad, exponerse a aquello que no se deja gestionar ni optimizar.
Sin embargo, el amor tiende hoy a positivarse como mera sexualidad, y esta queda a su vez sometida al dictado del rendimiento. El sexo se convierte en una prestación, la sensualidad en un capital que debe incrementarse. El cuerpo, en su valor de exposición, pasa a equivaler a una mercancía. El otro es reducido a objeto excitante y disponible. En estas condiciones, ya no se ama al otro en su alteridad: solo se le consume.
Por eso el Eros no puede reducirse a un objeto de placer ni a una experiencia puramente positiva. En él hay siempre vulnerabilidad, negatividad, herida. El amor auténtico no es posible sin esa dimensión de riesgo que nos saca de nosotros mismos y nos expone a la pérdida, al dolor y, en última instancia, a la finitud.
Llegados a este punto, el cuadro que traza Han es relativamente claro: una sociedad del rendimiento que convierte al sujeto en empresario de sí mismo, una economía de la exposición que profana el Eros y reduce la sexualidad a prestación, y un narcisismo que vacía de alteridad la figura del otro. El resultado es un sujeto cansado, hiperactivo y, al mismo tiempo, afectivamente empobrecido.
Conclusión
La agonía del Eros no remite a una simple transformación de las formas del amor, sino a una mutación más profunda del modo en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los otros. Allí donde todo se vuelve transparente, disponible y calculable, el deseo pierde su tensión constitutiva. El otro ya no aparece como misterio que interpela, sino como superficie consumible. En este contexto, el Eros, entendido como apertura a la alteridad, a la negatividad y al riesgo, parece quedar arrinconado por la lógica del rendimiento, la autoexplotación y la positividad sin fisuras.
Sin embargo, la intención de Han no parece ser la de clausurar toda esperanza. Precisamente porque el Eros es lo que introduce una grieta en el dominio de lo idéntico, su posibilidad no puede ser completamente anulada. Siempre que el ser humano se expone a la herida del encuentro, a la vulnerabilidad del amor y a la experiencia de un otro que no se deja poseer, algo del Eros sobrevive.
Si seguimos huyendo del riesgo, del dolor y de la dependencia, el Eros continuará su lenta agonía. Pero si aceptamos que amar es, en última instancia, perder el control, quizá sea aún posible atravesar el “infierno de lo igual” y abrirse, aunque sea de forma precaria, a la atopía de lo completamente otro.