León XIV, los mártires de la UCA y la educación con su cultura en esperanza

[Agustín Ortega Cabrera] El Papa León XIV ha publicado la carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, conmemorando el “60.º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis sobre la extrema importancia y actualidad de la educación en la vida del ser humano. Con ese texto, el Concilio Vaticano II recordó a la Iglesia que la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización: es la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura” (n. 1).

Pues lo que el Papa nos transmite en dicho documento, pensamos, lo han de encarnar y profundizar los pensadores, intelectuales y profesores o educadores que pongan todas sus capacidades, conciencia y entrega de la vida: al servicio de una educación y universidad coherente; con una cultura que promueva la vida, la dignidad y la justicia con los pobres, con los pueblos oprimidos y las víctimas. Aunque por esta misión, que sirve a la promoción y liberación integral, se acabe siendo mártires.

Eso es justo, ahora que celebramos el 36 aniversario de su martirio, lo que aconteció con un grupo de jesuitas, españoles de origen, un 16 de Noviembre de 1989 en El Salvador. El rector I. Ellacuría, el vicerrector I. Martín-Baró, S. Montes, J. R. Moreno y el resto de sus compañeros jesuitas de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA), junto a una trabajadora con su hija, fueron brutalmente asesinados por los poderes militares, políticos y económicos salvadoreños e internacionales. Nuestros mártires concibieron su existencia para servir a la fe y la justicia con los pobres de la tierra. Ellos promovieron una cultura del amor fraterno, com-pasivo y solidario con los pueblos crucificados por el sufrimiento, mal e injusticia que imponen estos poderes con la desigualdad en forma de miseria, pobreza y violencia estructural.

Efectivamente, dichos mártires orientaron su quehacer intelectual, cultural, educativo y universitario: al servicio de las mayorías populares empobrecidas y excluidas; con una cultura y pedagogía humanista, crítica y liberadora que transforme estas relaciones y estructuras de poder e injusticia que dominan, oprimen y marginan a los pueblos y a los pobres. Los mártires de la UCA desarrollan la vida cultural de la educación y de la universidad, para responder a las necesidades, a las problemáticas e injusticias que padecen todos estos pueblos crucificados por tanta desigualdad, explotación y guerras perversas. Su actividad cultural y docente e investigadora en las disciplinas de la filosofía y de la teología, de las mismas ciencias como las sociales o humanas, son medios e instrumentos transformadores y liberadores; sirvieron a esta existencia de nuestros mártires, dedicadas y donadas a promover la paz, la justicia y la liberación integral con los pobres de la tierra.

Enraizada desde la fe en el seguimiento de Jesús de Nazaret y su espiritualidad ignaciana, la vida de nuestros mártires está guiada por el principio miseri-cordia y la ética de la com-pasión. Esa inteligencia sentiente que lleva hasta el corazón, hasta las entrañas más profundas, el dolor e injusticia que sufren los pobres y los pueblos crucificados por dichos poderes que los explotan, oprimen y esclavizan. Es una inteligencia espiritual y ética en la opción con los pobres como sujetos de su desarrollo, promoción y liberación integral para ser honrados con lo real. La inteligencia histórica y social que se hace cargo de la realidad con la mediación socio-analítica, para conocer y comprender críticamente el mundo; con esas mediaciones de las ciencias sociales o humanas, por las que se analizan las ideologías e ideologizaciones que encubren la verdad real con la injusticia socio-estructural, con las relaciones alienadas e inhumanas, los ídolos del capital, de la riqueza-ser rico del poder.

La cultura unida a la educación y universidad con sus mediaciones socio-críticas de la razón, como son la filosofía y las diversas ciencias humanas o sociales, tienen esta constitutiva misión des-idelogizadora y liberadora de todas esas fuerzas y poderes que dominan, empobrecen y encubren dicha realidad injusta con todo tipo de mentiras. Una educación y universidad con su cultura que, en esta tarea de des-ideologización de lo real, emplean el método de historización de los conceptos y saberes, para verificar si se llevan a la práctica en la realidad social e histórica.

Pues las ideologías e ideologizaciones falsean la realidad llamando: bien al mal común que impiden el ser, la vida y dignidad de las personas, derechos humanos a esas condiciones sociales e históricas que niegan el desarrollo liberador e integral; propiedad a la desposesión de los bienes que sufren las mayorías empobrecidas, a manos del capital y la riqueza que es acumulada por unos pocos enriquecidos. En fin, dicen libertad y democracia a la negación de la justicia e igualdad, causada por la dominación de unas élites económicas y centros de poder que acaparan todas las capacidades, decisiones y recursos. Y todo ello para satisfacer los privilegios e intereses individualistas de estas minorías enriquecidas, a costa de la opresión y esclavitud del hambre, miseria y empobrecimiento de las mayorías populares (los últimos) que niegan la libertad real.

En este sentido, la educación y universidad no puede quedarse en un mero análisis frio, intelectualista y academicista de salón sino que debe cargar con toda esta realidad, con esa inteligencia ética que ejerce la com-pasión. El sentir y asumir solidariamente como propio todo este sufrimiento, desigualdad e injusticia que padecen los pueblos y los pobres. De ahí que se emplee la mediación hermenéutica, con una lectura y valoración ética de toda esta opresión e injusticia, que inmoralmente niega la vida y la liberación integral con los pobres. Esta actitud ética, que se concientiza de la responsabilidad moral con los pobres y los pueblos dominados, lleva a encargarse de la realidad. Esto es, la mediación e inteligencia de la praxis histórica liberadora de todo este mal, injusticia y opresión que afecta a los empobrecidos del mundo.

La cultura y educación, junto a la universidad, se comprende desde este servicio a la praxis de los pueblos y de los pobres con sus movimientos populares, sociales e históricos emancipadores que alientan todos estos procesos de liberación y de justicia social, global y ecológica. De esta forma, se ejerce la libertad real, la participación y autogestión de la vida social, pública y económica que es lo más importante en la realidad política, para esa búsqueda del bien común más universal y la civilización del amor con una paz justa.

La universidad con la educación y cultura promociona esa otra civilización necesaria, la del trabajo sobre la del capital. Es decir, la defensa de la vida y dignidad de la persona trabajadora con sus derechos, como es un salario justo, que está antes que el beneficio, la ganancia y el lucro. Una política y economía del bien común que da respuesta a las necesidades de los seres humanos, de los pueblos y de los pobres para un desarrollo humano, ecológico e integral. En esta línea, que asegura el principio básico del destino universal de los bienes, la equidad en la distribución justa de los recursos, que está por encima de la propiedad. El legítimo derecho de propiedad se convierte en injusto e inmoral, cuando no posibilita esta socialización y finalidad común de los bienes. Un sistema financiero-bancario justo que impida un mercado especulativo y una economía usurera con esos créditos abusivos, injustos y de auténtica usura que empobrecen a los países y a las familias con ese endeudamiento inmoral e ilegítimo.

Unido inseparablemente a lo anterior, la educación y universidad con su cultura impulsa la civilización de la pobreza. Esto es, la solidaridad de vida, de bienes y compromisos por la justicia con los pobres que se opone a las idolatrías de la riqueza-ser rico, del poseer y tener que impiden ser persona. Esta existencia desde la pobreza solidaria, luchando pacíficamente por la justicia con los pobres, es el sentido de la historia y de la vida, es lo que posibilita una verdadera vida feliz, realmente solidaria y liberadora de estos falsos dioses de la codicia. La cultura con la educación y universidad cumple así su misión de formar integralmente al ser humano, en todas sus dimensiones: personal, espiritual, ética, solidaria y socialmente; llevando a la realización global de la persona, haciendo florecer todas sus capacidades, talentos e inteligencias.

Por todo ello, el martirio de los jesuitas con su entrega de la vida por los demás, como la semilla que se entierra, trae así frutos de solidaridad, de libertad, de paz, de justicia y esperanza con los pueblos como el salvadoreño. Nuestros mártires nos muestran, pues, esa raíz de la cultura e inteligencia, que es el dejarse cargar por la realidad: acogiendo ese don de lo real y del amor, de la memoria y de las virtudes solidarias de los otros; esos sufridos pueblos crucificados con esperanza, que sobre-viven y luchan liberadoramente en contra de estos ídolos de la muerte.

Agustín Ortega Cabrera es colaborar de Fronteras CTR e investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México).