Racionalidad vs Irracionalidad (II)

(Por Adolfo Castilla) En este segundo artículo sobre la irracionalidad filosófica entramos en el Romanticismo alemán en el que según Isaiah Berlin y otros autores, hay que situar la ruptura con el racionalismo y la Ilustración. Antes, revisamos muy someramente el pensamiento de Hegel y de otros idealistas absolutos, detonante de las nuevas interpretaciones. Los pensadores, especialmente en la Alemania de finales del XVIII, van a terminar asfixiados por el racionalismo y por el idealismo absoluto y van a defender posiciones liberalizadoras del mismo radicalmente distintas. Son intentos de huida del dogmatismo racionalista, del universalismo con que se presentaron estas ideas y del idealismo absoluto al que llevaron.

 

El idealismo alemán

Hegel (1770-1831) profundizó más en la línea crítica al racionalismo de la Ilustración iniciada por Kant de la que hemos hablado en el artículo anterior. Corrigió, de hecho, a este autor dando más importancia al mundo de las ideas y del espíritu. Kant distinguía entre fenómeno y noúmeno (algo no perteneciente a una representación sensible, sino una intuición intelectual), y entre razón teórica que se ocupa del conocimiento de los fenómenos y razón práctica que se ocupa de la conducta y llega a conocer la cosa en sí. Pero Hegel y sus contemporáneos, Fitche (1762-1814) y von Schelling (1775-1854) creían, especialmente el primero, que existe un espíritu absoluto el cual se desarrolla históricamente apoyado en la dialéctica. A través de esta última el hombre podrá alcanzar la verdad absoluta, en la cual no hay distinción entre materia y espíritu, Fitche concibe un yo que une práctica y conocimiento y von Schelling desarrolla una “filosofía de la identidad” en la que tanto el yo como la naturaleza son parte de Dios, es decir, del Absoluto.

Es lo que se ha llamado el “idealismo absoluto”. La obra de Kant, Hegel, Fitche, von Schelling y otros seguidores de estos autores, es lo que se conoce como, “idealismo alemán”. Karl Marx fue un seguidor de estas ideas y todo lo que hizo es idealismo puro, es decir, ideas sobre ideas, especulaciones sobre especulaciones y todo realizado desde su asiento en el Museo Británico.

Es curioso, aunque bien conocido, que los hombres reaccionamos con críticas o con propuestas contrarias a lo que otros han dicho. Las ideas y concepciones de las cosas suelen ser, primero compartidas, y posteriormente atacadas y cambiadas. Aunque Schopenhauer lo explica de manera inversa, primero viene el ataque y la repulsa, después la aceptación y finalmente la adscripción. Existen, de hecho, los dos procesos.

El “racionalismo”, la Ilustración y las ideas de la Revolución Francesa, constituyen un claro ejemplo del primero. Aparecieron como formas originales y universales de pensar, organizarnos y comportarnos y los alemanes fueron al principio fervientes seguidores de ese enfoque, defensores de la Revolución Francesa de 1789, e, incluso, admiradores de Napoleón, adorado por la intelectualidad alemana de aquellos años. Las críticas del idealismo, que acabamos de ver, fueron parciales y sin salirse del racionalismo, y sus defensores seguían siendo ilustrados.

Pero muy pronto hubo una reacción más profunda, tanto contra el racionalismo como contra la universalidad de su práctica. Tuvo lugar en Alemania y de la mano ya del mimo Schelling. Muy pronto, como decimos, precisamente en Alemania, surgieron “segundos pensamientos” de importancia. Inquietantes nuevas ideas emergieron de las profundidades del pueblo alemán, interpretadas, por supuesto, por nuevos pensadores.

Fundamentalmente fue la aparición del Romanticismo, un movimiento artístico y literario en principio, que arrastró a la Filosofía hacia sus planteamientos. El prerromanticismo se suele situar en personajes alemanes como, Johann Georg Hamann (1730 – 1788), Johann Gottfried von Herder (1744-1803) y otros. Fueron amigos y seguidores de Kant, pero se distanciaron de éste en ideas y tuvieron sonados debates con él. El segundo puso énfasis en las culturas de los pueblos y en sus tradiciones y se opuso a la igualdad, para resaltar las diferencias. Fue contrario también al universalismo y al racionalismo de la Ilustración y se inclinó por emplear la palabra culturas, en plural, en vez de cultura, en singular[1].

En cuanto al primero, declaraba su desconfianza en la razón y preconizaba, la fe del carbonero y el “solo sé que no sé nada” de Sócrates. Frente a lo que él llamaba el “abstraccionismo” de Kant daba toda la relevancia en cuanto a pensamiento al sentimiento, la voluntad y la acción.

Influyó de forma importante, no solo en Herder que fue su alumno, sino en Goethe (1749-1832), en Schelling y en el mismo Hegel. Su filosofía fue calificada de “irracionalista” y “revelacionista”, esto último porque creía en la revelación de Dios en la Historia. Creía también en el papel destacado del lenguaje particular de cada pueblo, en la poesía y en general en todo lo existente además del pensamiento. No hay que olvidar, por cierto, que era protestante y pietista[2].

Estas ideas que daban valor a lo local, lo propio, lo específico, incluyendo el folclore y lo más tradicional del pueblo llano, constituyeron con el tiempo y en manos de ideólogos poco profundos, el “huevo de la serpiente” de lo que luego sería el nazismo. No lo olvidemos.

El Romanticismo literario

El Romanticismo fue en realidad un movimiento cultural. Todos los pensadores, literatos, poetas y en general los intelectuales y la gente culta de la época (finales del siglo XVIII y comienzos de XIX), se fueron impregnando de la importancia del espíritu del hombre y de que eso era lo más destacado en el pensamiento.

En términos artísticos y literarios se vivía entonces (mediados del siglo XVIII) lo que se ha llamado Neoclasicismo, el cual fue sustituido con rapidez por el Romanticismo. El Romanticismo literario alemán fue mucho más temprano que el de otras naciones europeas, por ejemplo, España, en donde el Romanticismo fue claramente un movimiento cultural del siglo XIX tardío.

Los poetas alemanes brillaron de una manera muy destacada y tuvieron un gran impacto en la sociedad en su conjunto. Como dice el filósofo argentino, Juan José Sebreli (Nacido en 1930) en su destacado libro, El olvido de la razón, “Frente al enorme proyecto de la Ilustración de sustituir la religión por la filosofía y la ciencia, los románticos, y en especial, los alemanes, se propusieron un ideal no menos trascendente: reemplazar la filosofía y la ciencia por el arte o la poesía – ambos términos eran usados indistintamente – y convertirlos en nuevo objeto de culto”[3]

La poesía empezó a ser considerada más importante que la Filosofía, resultando muy significativas las opiniones en este sentido de los hermanos Schleger (August Wilhem (1767-1845) y Friedrich (1772-1829)). El primero afirmó que “todas las ciencias deben ser poetizadas”, mientras que el segundo, decía que poesía y filosofía tenían que estar unidas.

Estos dos hermanos junto a Fitche y Schelling, constituyen el núcleo de los filósofos alemanes incluibles en el Romanticismo. Eran, como ya hemos dicho, idealistas seguidores de Hegel, pero dieron un paso más y a su creencia del predominio en todo del espíritu, añadieron el gusto por lo local y rural, por la naturaleza, por los bosques, etc…

Entre los poetas alemanes destacados de la segunda mitad de siglo XVIII y principios del XIX, se suele mencionar a: Hölderlin (1770-1843); Goethe (1749.1832) (más bien novelista y dramaturgo y máxima figura de la literatura alemana); Friedrich Schiller (1759 – 1805) (gran dramaturgo también); Novalis (1772-1801); Heinrich Heine (1797-1856) y varios otros.

Su importancia radica en la combinación de los ideales literarios y filosóficos con el idealismo absoluto, la revalorización de los sentimientos y de la creación personal y el genio, junto a un rechazo, como ya hemos dicho repetidamente, de la Ilustración y el racionalismo. Una vuelta, en definitiva, a las arcanas fuentes de la imaginación y la creatividad del hombre.

No lo hemos dicho antes, pero en todo lo indicado sobre el Romanticismo, tuvo mucha importancia el movimiento, Sturm und Drang (‘tormenta e ímpetu’), muy activo en el periodo 1767 a 1785. Herder, ya mencionado, fue uno de sus impulsores y lo que en el fondo se decía es, “menos racionalidad y universalidad de las ideas y más subjetividad individual, más libertad de expresión, más emoción y más sentimiento”. Goethe fue seguidor de este movimiento y de Herder, y en sus obras introducía personajes de genio creador, rebeldes e independientes. Era una literatura muy distinta a la Neoclásica que había dominado hasta entonces.

Es fácil de entender el interés que surgió en aquellos años en Alemania por el irracionalismo religioso hindú y por el pensamiento oriental. Muchos filósofos de la época viajaron a la India y a otros países asiáticos, buscando “lo profundamente romántico” y el “extinto lenguaje de la naturaleza”, como dijeron, respectivamente, Friedrich Schlegel y Georg Hamann, según el libro citado de Sebreli.

Schopenhauer (1788-1860), como enseguida veremos, también fue orientalista y conoció a fondo el budismo y el hinduismo. Algunos intelectuales de la época aprendieron sánscrito y persa y tradujeron libros antiguos de esas culturas.

En términos de fechas, nos encontramos ya, de pleno, en el siglo XIX, una época a la que en Filosofía se considera la Edad Moderna y que se extiende hasta finales de ese siglo.

Nos hemos referido hasta ahora, casi en exclusiva, a la filosofía alemana, ya que estamos revisando el núcleo de lo que se conoce como “filosofía continental”, pero es obvio que en el resto de países europeos existieron grandes filósofos y también, por cierto, en los Estados Unidos, con algún retraso en el tiempo.

En el Reino Unido pertenecen a esa época: Adam Smith (1723-1790), padre de la economía, pero gran filósofo y moralista, que fue decididamente un ilustrado; David Hume (1711-1776) y George Berkeley (1685-1753), ya mencionados; Edmund Burke (1729-1797); Jeremy Bentham (1748 – 1832), padre del utilitarismo; John Stuart Mill (1806-1873); y varios otros.

En los Estados Unidos, con algún decalaje en el tiempo, se desarrolló con gran fuerza el pragmatismo americano, de la mano de: Charles Sanders Peirce (1839 – 1914); William James (1842-1910); y John Dewey (1859-1952). Personajes precedidos por una figura tan destacada como Henry David Thoreau (1817-1862).

Por lo que se refiere a Francia, y refiriéndonos ya claramente al siglo XIX, además de los filósofos de la Ilustración (realmente del siglo XVIII), ya mencionados, habría que recordar a: Pierre-Joseph Proudhon (1809- 1865), filósofo, pero sobre todo político y revolucionario; Jules Henri Poincaré (1854-1912); Pierre Duhem (1861 – 1916); Henri Bergson (1859-1941); los tres últimos incluibles quizás, en la Edad Contemporánea de la Filosofía que tiene lugar ya en el siglo XX.

En España también hubo filósofos destacables en el XIX, como: Jaime Balmes (1810-1848); Juan Donoso Cortés (1809-1853); Francisco Giner de los Ríos (1839-1915); Nicolás Salmerón Alonso (1838 – 1908); Gumersindo de Azcárate y Menéndez (1840 – 1917); o el mismo George de Santayana (1863-1952), más encuadrable, este último, en el siglo XX y que pasó la mayor parte de su vida fuera de España.

Lo que hacen los filósofos. Una referencia a Schopenhauer

Pero más importante que la existencia de pensadores en todos los países y en todas las épocas, es, para lo que aquí se pretende, concluir que la filosofía es lo que hacen los filósofos de todos los tiempos, es decir, pensar, reflexionar y razonar.

Pero pensar y reflexionar lo hacen otros muchos profesionales, por ejemplo, los economistas, los políticos o los médicos, por decir una profesión más ligada a lo físico (la última). Los filósofos, por lo que llevamos visto, reflexionan sobre las ideas mismas, sobre el espíritu, sobre la realidad y sobre cómo la conocemos, sobre lo que es la vida, la existencia y el ser mismo en su sentido más profundo. La estereotipada expresión, ¿qué somos, de dónde venimos y adónde vamos?, aplicada por Forges en una de sus viñetas, por cierto, a los seguidores del Atlético de Madrid, constituye, en cierta forma, el objeto de la Filosofía.

Los filósofos, en ese proceso de preguntarse por lo más fundamental de nuestro mundo, desarrollan fuertemente la capacidad de reflexión o especulación con el solo uso de la mente y de las ideas, y por eso, yo personalmente, creo que su papel es fundamental en nuestro mundo. Como esa capacidad de reflexión se puede aplicar a cómo razonamos (lógica), a cómo conocemos y sabemos (epistemología) y a cómo debemos comportarnos (ética), la filosofía, en mi opinión, tiene plena vigencia hoy. A pesar de las muchas veces a lo largo de la historia que se ha dicho que la filosofía no sirve para nada.

Pero, continuando con la historia de las ideas, en lo que hemos caído a pesar de que los filósofos mismos nos dicen que eso no es filosofía, deberíamos mencionar dos filósofos fundamentales que conectan la irracionalidad controlada del Romanticismo con una irracionalidad más extrema, más aleatoria y más caótica, fundamentalmente francesa, y desarrollada en el siglo XX europeo.

Entre ellos cabe citar en primer lugar a Arthur Schopenhauer (1788- 1860) y a Friedrich Nietzsche (1844-1900). A los que podemos unir, a cierta distancia, al danés Soren Kierkegaard (1813-1855).

Los tres fueron personajes singulares que no tuvieron puestos de trabajo formales, ni profesión, otra, que la de pensar y escribir sus obras.

El primero quiso llevar a sus últimas consecuencias el idealismo transcendente de Kant y se mofó públicamente de Hegel y su idealismo absoluto o espiritualismo extremo.

Se les considera, sobre todo a los dos primeros, los introductores del “irracionalismo”, al cual no referiremos enseguida con más detalle.

Schopenhauer (1788-1860) comenzó siendo un seguidor de Kant y de su idealismo transcendente, pero terminó adoptando un pesimismo profundo sobre el mundo y sobre el hombre, en los que no veía nada más que lucha y sufrimiento. Es curioso porque vivió toda su vida muy bien y fue un sibarita, siempre protegido por el patrimonio recibido de su familia.

Su obra cumbre, El mundo como voluntad y representación, fue publicada por primera vez en 1818, y no tuvo excesiva difusión. Una versión posterior, mucho más extensa, publicada en 1844, constituyó un best seller de la época y pasa por ser uno de los grandes libros de la filosofía mundial.

Fue un libro muy influyente para personajes muy diversos desde el músico Richard Wagner (1813.1883) hasta el propio Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900).

Lo más importante de su contenido es su diagnóstico de que la realidad del mundo en que vivimos tiene dos aspectos fundamentales: existe como Voluntad y como Representación.

La segunda es el mismo concepto de Kant en cuanto al resultado de nuestra sensibilidad reconstruida por nuestra mente. Lo que conocemos sobre el mundo real es la combinación de las sensaciones recibidas de él con la estructura, sentido y significado aportado por nuestro cerebro.

La primera es un concepto introducido, en parte, por Schopenhauer que desde entonces ha sido muy utilizado por muchos otros filósofos. Se refiere no a la voluntad personal intencionada para hacer algo, sino a una fuerza existente en la naturaleza, la fuerza ciega que se encuentra en todo lo que existe. Una energía que está detrás de todo, desde el crecimiento de las plantas y los animales a la vida y actividades de los hombres.

En nuestro mundo no hay racionalidad alguna, ni objetivo último ni orden universal ni, por supuesto, un Dios que dé finalidad a lo que somos. Hay una fuerza que nos impulsa, pero sin sentido ni objetivo alguno.

Según Juan José Sebreli (Nacido en 1930), filosofo argentino ya mencionado varias veces, el concepto de Voluntad procedía del alma romántica y fue utilizado posteriormente por el propio Nietzsche en lo que llamó “voluntad de poder”, por los vitalistas en el concepto de “vida”, por Bergson en su impulso vital o “élan vital” o, incluso, en relación con la “líbido” freudiana.

Tratando de aportar algún detalle adicional, se podría decir que Schopenhauer habló también de categorías o conceptos puros a priori del entendimiento, pero los redujo a solo uno, el “principio de razón suficiente”. Todo lo que existe tiene una razón y una explicación y lo que no podemos explicar se debe al conocimiento incompleto que tenemos sobre ello. Estableció cuatro componentes de dicho principio:

— el principio de razón suficiente del devenir o de la causalidad que se corresponde con la representación empírica;

— el principio de razón suficiente del conocer que se corresponde con la verdad lógica;

— el principio de razón suficiente del ser que se corresponde con la geometría y la aritmética;

— y el principio de razón suficiente del obrar que se corresponde con el conocimiento de sí.

Junto a esa visión tan negativa, Schopenhauer consideraba que el arte, con particular referencia a la música, era una vía para hacer frente, aunque solo fuera temporalmente, a la voluntad ciega e irracional del mundo. También creía, como hemos dicho ya, en la buena vida.

Daba aún más importancia para superar la irracionalidad de nuestro mundo a la compasión que debemos tener unos con otros, y por cierto con los animales. También consideraba importante al budismo como creencia, según la cual lo mejor es seguir una vida ascética y desprenderse de tos los estados negativos mentales tales como la ignorancia, la adhesión a lo material, el poder y otros, para llegar al Nirvana o espiritualismo profundo.

Fue precursor del antinatalismo, defensor de los animales y se preocupó por la Ética y la Política.

Pero, por encima de todo fue el primero que señaló la no existencia de ideas innatas, la inutilidad de prestar atención al espíritu, la negación de la metafísica, la estupidez de la racionalidad y la no existencia en el hombre de sentido, objetivos y fines. Sólo una fuerza interna que nos empuja a vivir en este mundo y a hacer cosas, todas aleatorias y sin que nos lleven a ninguna parte. Solo apreciaba la fuerza arrobadora del arte, de la música y de otras manifestaciones artísticas y solo daba importancia a vivir bien.

Escepticismo total sobre el hombre y su mundo, en resumen, y pura irracionalidad en sentido filosófico.

Su obra no fue muy apreciada por sus colegas en su tiempo, aunque si fue muy bien recibida por escritores y músicos y pronto influyó de forma importante en Nietzsche y, desde luego en Freud, Jung y la psicología en general.

Notas

[1] No debemos olvidar la labor de Isaiah Berlín explicando el romanticismo alemán. Una muestra la encontramos en su libro, El poder de las ideas (2017), Edición de Henry Hardy.

[2] El pietismo fue un movimiento luterano del siglo XVII que se difundió ampliamente en el XVIII. Daba más importancia a la experiencia religiosa personal que a la rutina del culto y enfatizaba la lectura y estudio de la Biblia.

[3] Estamos dejando la bibliografía para más adelante, pero debemos mencionar que Sebreli, cuyo libro es de 2007, ha sido uno de los más utilizados en este trabajo. Su interés es defender la racionalidad y volver de nuevo a ella, pero el recorrido que hace por la irracionalidad es enormemente válido. Debiendo decir al hilo de este comentario que hemos encontrado más publicaciones, ya del siglo XXI, defensoras de la racionalidad que de lo contrario. Las obras de Stephen Toulmin, Regreso a la razón (2003), Julian Baggini, Los límites de la razón: Un escéptico racional en un mundo irracional (2017) o la del propio Steven Pinker, En defensa de la Ilustración (2019), son una muestra de ello.

 

Artículo elaborado por Adolfo Castilla, doctor en Ingeniería, catedrático de economía aplicada, y colaborador de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión.

1 comentario en “Racionalidad vs Irracionalidad (II)”

  1. A propósito de este interesante artículo y como complemento, recomiendo la lectura de este volumen:
    MANUEL FRAIJÓ. Semblanzas de grandes pensadores. Conferencias. Editorial Trotta, Madrid, 2020, Colección Estructuras y Procesos, Serie filosofía, 462 páginas. ISBN: 978-84-9879-814-2 La expresión “caminamos sobre hombros de gigantes” se suele atribuir erróneamente a sir Isaac Newton. El 15 de febrero de 1676 escribía en una carta al físico Robert Hooke: “si he podido ver más lejos es porque me encaramé a hombros de gigantes”. Parece ser que esa expresión no es original de Newton, pues los expertos la atribuyen en el teólogo y filósofo John de Salisbury (1115-1180). Sea o no Newton el autor, merece nuestra atención. La historia social de las ciencias muestra que el desarrollo del pensamiento racional no suele ser obra de una sola persona. Ya Thomas S. Kuhn destaca la importancia de las comunidades científicas como constructoras de los paradigmas que fortalecen, transforman y derrocan las teorías científicas.
    De igual modo, las ciencias sociales crecen y se edifican desde determinadas concepciones del mundo y de la realidad. Históricamente, han sido los llamados “pensadores”, las mentes más privilegiadas, las que encaramándose a los hombros de los pensadores anteriores han hecho avanzar la interpretación de los procesos sociales.
    Revista de Fomento Social, intenta, desde su fundación, ofrecer a un público de cierta formación de nivel universitario unas pistas para reflexionar sobre el mundo que nos rodea desde las categorías culturales de nuestra época y teniendo como trasfondo la doctrina social de la Iglesia.
    Desde esta perspectiva, la búsqueda del sentido de la vida en una sociedad multicultural es una tarea apasionante. Y para este tipo de lectores la reflexión compartida con los que pueden denominarse “grandes pensadores” abre horizontes de posibilidad de ser creyentes en el siglo XXI. Desde este marco cultural presentamos este comentario al reciente libro del profesor Manuel Fraijó, catedrático emérito de Filosofía de la religión en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). El autor no solo ha desarrollado una intensa labor magisterial en la Universidad sino que sigue siendo un fecundo conferenciante en el ámbito de la Historia de la filosofía, de la Filosofía de la religión, de la Historia de las Religiones y de la Teología. En estas conferencias, tanto en España como en América Latina, confronta con sus oyentes no solo los resultados de sus estudios sino también la reelaboración continua de sus propias vivencias humanas y espirituales enriquecidas por las aportaciones de los que pueden denominarse “grandes pensadores”.
    No es fácil delimitar qué es lo que puede entenderse por “grandes pensadores”. En el libro que comentamos se refiere solamente a aquéllos hombres (prácticamente todos) que desde la reflexión racional (filosófica) han elaborado las diversas concepciones del mundo, el lugar del ser humano en el mundo y el sentido de los valores y la vida humana en el contexto de un mundo globalizado.
    Por eso, el volumen que aquí comentamos no se incluye entre los manuales de historia de la filosofía como disciplina del desarrollo del pensamiento humano desde la fría postura del observador. Es más que eso. Se encarama en los hombros de los grandes pensadores para ver más lejos las direcciones del porvenir (que diría Pierre Teilhard de Chardin).
    Este volumen contiene la elaboración personal de profesor Manuel Fraijó del proceso de búsqueda racional del sentido de la vida de 22 grandes maestros del pensamiento, desde Confucio hasta Karl Rahner pasando por figuras tan diferentes entre sí como Martín Lutero, Voltaire, Feuerbach, Nietzsche o Kant. En todos ellos ve el autor elementos positivos que pueden ayudar al lector abierto de mente a su propia reelaboración cognitiva y axiológica. No queramos ver en este volumen una selección de los que podrían ser los “mejores” pensadores de todos los tiempos.
    Todos los que lo hemos leído coincidimos de que es una selección muy personal del autor y que – desde el punto de vista de cada cual – ni están todos los que son, ni son todos los que están. El autor no ha pretendido en absoluto imponer lo que podrían ser los más profundos, ni los más exóticos, ni los más originales, ni los más provocadores, ni los más influyentes. Esta es una selección muy subjetiva porque en filosofía la subjetividad es un elemento epistemológico fundamental. Valoramos especialmente aquellos pensadores que más se acomodan a las propias estructuras mentales, a las propias preguntas esenciales no respondidas, a los sistemas de valores que construyen el propio sentido de la vida.
    Como el mismo Fraijó reconoce al inicio del prólogo “las conferencias que recoge este libro fueron pronunciadas, casi en su totalidad, en la Fundación Politeia, en Madrid. Solo las conferencias dedicadas a Confucio y a Lutero tienen otro origen: la Fundación Juan March, también en Madrid. (…) La conferencia sobre Karl Rahner, con la que se cierra el libro, fue pronunciada en la Cátedra de Teología Contemporánea del Colegio Mayor Universitario Chaminade, patrocinada por la Fundación Santa María” (página 9).
    En el contexto intelectual de la Fundación Politeia en los años ochenta del pasado siglo surgieron unas conferencias de divulgación sobre grandes figuras del pensamiento. La fundadora y directora de la Fundación Politeia, Jorgina Gil-Delgado de Satrústegui (1921-2013) “grababa las conferencias en magnetófono (- los jóvenes ya no saben que es este aparato- ) y posteriormente, sometiéndose a un trabajo ímprobo, las transcribía y las repartía a los oyentes”.
    Manuel Fraijó conservó estos textos “y no pocas veces me pregunté si no sería oportuno reelaborar algunos de ellos para su publicación en forma de libro”. Tras su jubilación académica, el autor retomó estos materiales y comprobó que el estilo oral es muy diferente del estilo escrito. “La lectura de las amarillentas páginas de las conferencias de antaño – prosigue – solo dejaba abiertas dos posibilidades: la papelera o una profunda y laboriosa reelaboración. Opté por la segunda, y este libro es el resultado” (página 10).
    Al leer las páginas de este volumen, desde la óptica siempre afectuosa y benevolente de un amigo del autor a quien conoce desde hace 60 años, y del que ha aprendido muchas cosas, me ha parecido –y así se lo he dicho- que el texto tiene mucho de autobiográfico. Evidentemente, Fraijó no pretendía en sus conferencias (y en los textos escritos) transmitir a sus oyentes (y ahora lectores) un resumen del sistema filosófico de algunos de los grandes pensadores de la historia. El autor se acerca a cada uno de los 22 autores que fueron objeto de una conferencia (o dos) desde la perspectiva de un viajero curioso que desea que cada uno de ellos responda a algunas de las muchas preguntas que una mente y un corazón inquietos desea saber. Los textos de las conferencias abren una ventanita en la mente del conferenciante y permiten penetrar de puntillas en las grandes preguntas sobre el sentido de la vida humana. Este texto del prólogo (página 12) puede iluminar el camino de la aventura de Fraijó, este viajero en búsqueda del saber, perplejo unas veces y dubitativo otras: “Solo me resta añadir una breve información sobre el contenido del libro. Dejó escrito J.-P. Sartre: “Todo ha sido descubierto, salvo cómo vivir”. La filosofía ha sido siempre una invitación a la vida buena y, tal vez, una ayuda para lograrla. No ha ofrecido – no las tiene- recetas para instalarse en ella. Solo algunos pensadores, como Tierno Galván, aspiraban a “instalarse perfectamente en la finitud”, en la vida; es la tarea que el “viejo profesor” asignó a los “agnósticos” de nuestros días. Sin ayuda alguna de arriba, de la Trascendencia, el agnóstico debía instalarse abajo, en la inmanencia. Se trata de una opción legítima a la que, probablemente, casi todos aspiramos. También Dilthey, presente en las páginas de este libro, partió de abajo, de la inmanencia, y en ella se quedó; pero mostró sobradamente que la opción por la finitud no tiene que ser necesariamente chata ni lisa. Más bien puede ser expresión de una aceptación humilde de lo que hay. Creo que era Goethe quien aconsejaba a los buscadores del Infinito que corrieran tras lo finito en todas direcciones” (página 12)
    Y prosigue: “Pero por lo general, los filósofos que toman la palabra en las páginas siguientes supieron que no existe instalación perfecta para todos, que existen los desinstalados, los sin sitio, los errantes y los náufragos”.
    En un mundo como el nuestro en el que parece triunfar la cultura de la evasión y de la banalidad, el reconocimiento de que han existido y existen personas que tienen como preocupación existencial básica la reflexión, puede ser un revulsivo para la construcción de una sociedad de hombres y mujeres libres y dueños de sus propios destinos.
    Posiblemente, en un mundo en el que las comunidades científicas perciben la urgencia, posibilidad y necesidad de fomentar el pensamiento interdisciplinar, la integración de científicos naturales, ingenieros, filósofos y humanistas, teólogos, economistas y cultivadores de las ciencias del espíritu (que postulaba Dilthey) no es una distracción sino una exigencia de la tarea de buscar y construir juntos sistemas interpretativos de la realidad que den sentido global y respuesta a la gran pregunta que ya se hacía en su tiempo Inmanuel Kant: ¿qué es el hombre?
    Este texto del prólogo a este volumen es un manifiesto a favor de la convergencia de pensamientos hacia respuestas a las grandes preguntas: “En lo que coinciden todos los pensadores de este libro es en su rechazo de la obviedad y en su entrega a la reflexión. Desde sus inicios, la filosofía [y aquí podríamos integrar todos los esfuerzos racionales del pensamiento humano] partió de que nada es obvio, de que en todo lo que nos circunda habitan la extrañeza y la perplejidad. Bien lo sabía Schopenhauer cuando escribió: “La vida es algo penoso; he decidido pasarla reflexionando sobre ella”. Algo parecido nos legó Husserl, uno de los filósofos del siglo XX que más han valorado la reflexión filosófica: “Tuve necesariamente que filosofar; de lo contrario no habría podido vivir en este mundo”. Solo cabe esperar que no sea cierta la sentencia de Fichte: “Si uno filosofa, no vive; y si vive, no filosofa”. Siempre será posible, pienso, unir vida y filosofía, pensamiento y experiencia” (página 13).
    La perspectiva multipoliédrica de los pensadores que nos presenta Manuel Fraijó, junto a otros muchos hombres y mujeres que elaboraron, elaboran y elaborarán respuestas multidisciplinares a las grandes preguntas de la humanidad siempre es necesaria. Leandro Sequeiros. Doctor en Ciencias y ha sido Catedrático de Paleontología y profesor de Filosofía de la Facultad de Teología de Granada. Colaborador de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión.

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