5 comentarios en “La teología de la creación en el diálogo con la ciencia”

  1. Como filósofo de la biología y amigo de las ideas de Teilhard, me inclino por las propuestas de Karl Schmitz-Moormann. Incluyo la recensión que escribí sobre él y que puede servir para releer su trabajo:
    SCHMITZ-MOORMANN, KARL y SALMON, JAMES F., Teología de la creación de un mundo en evolución. Editorial Verbo Divino, Estella, 2005, 295 páginas. Traducción de Noemí Pérez. 22 x 14 cm. ISBN 84-8169-589-0
    Las polémicas sobre el llamado “creacionismo científico” (entendido como una propuesta de paradigma científico alternativo al evolucionismo), y sobre la compatibilidad entre la fe católica y la aceptación de las ideas evolutivas, han llenado durante 2005 muchas páginas de revistas especializadas en la problemática Ciencia-Religión. Es más: al intervenir la cuestión del “Diseño Inteligente”, este debate se ha extendido también a otros medios de comunicación, como la televisión, la radio y las páginas de muchos periódicos de gran tirada. Puede decirse que los debates sobre los límites permitidos a un cristiano para aceptar el paradigma imperante en las Ciencias de la Naturaleza, el paradigma de un universo que evoluciona desde los elementos más sencillos hasta los animales y la misma humanidad, están vivos en nuestra sociedad. Estos debates no son solo discusiones sobre ortodoxia, sino que por debajo laten principios filosóficos y teológicos que sostienen las posturas consideradas por algunos como antagónicas e irreconciliables. Desde hace muchos años, la Teología ha necesitado una reflexión seria sobre la evolución del cosmos y de la vida en un intento de reelaborar la idea del Dios creador, básica en todas las proclamaciones de fe. En los años 60-70 este debate fue muy intenso merced a la publicación, tras su fallecimiento en 1955, de los ensayos del jesuita paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin. Pero hacia los años setenta, parece que este debate quedó orillado por otros que parecían más significativos.
    Aparece ahora, con cierto retraso la traducción castellana de esta obra póstuma del profesor Karl Schmitz-Moormann (que falleció en 1996). El texto original en alemán y en inglés (retocado al final por el profesor James F. Salmon), es de 1997. El autor (biólogo y teólogo católico seglar de origen alemán) es uno de los grandes especialistas en el pensamiento científico teilhardiano. Schmitz-Moormann editó en 11 gruesos tomos, junto con su esposa Nicole, las obras completas de carácter científico de Teilhard de Chardin (Oltren, Suiza, 1971). Pese al retraso en llegar al público de habla castellana, el libro no ha perdido actualidad. Al contrario; los recientes debates citados más arriba le confieren actualidad y frescura. Como indica el propio autor en la introducción (pág. 11) “en este texto aceptamos el hecho de la evolución como la forma en que se da la creación”. La tesis que se defiende es que la Teología medieval sobre Dios creador acuñó sus conceptos dentro de un paradigma esencialista y fijista. Sin embargo, el desarrollo del pensamiento científico revela una imagen muy diferente del mundo: como una realidad dinámica, abierta, autónoma en sus leyes, azarosamente cambiante y evolutiva. Esto obliga a repensar la idea de creación divina como presencia continuada del llamado acto creador. Pero “los cristianos percibimos este mismo universo como creación de Dios. Siguiendo la inspiración de Pierre Teilhard de Chardin, daremos por sentado el hecho de la evolución. A pesar de que en este libro rara vez se cita a Teilhard, sus ideas están presentes de principio al fin” (pág. 11). El resultado del desarrollo de estos planteamientos es un discurso notablemente innovador y un modelo de reflexión teológica enfocado con gran precisión.
    Destinado a un público con cierta formación científica y teológica, tanto para la lectura personal como para trabajar en grupos, este denso ensayo se estructura en seis capítulos, a los que siguen un apéndice consistente en preguntas destinadas al estudio, una bibliografía de los libros citados en el texto (a los que la traductora ha añadido la edición castellana cuando existe), una bibliografía de Teilhard de Chardin y un utilísimo y detallado índice de materias.
    El primer capítulo (“La teología de la creación como tarea permanente”, páginas 17-56) ofrece al lector una panorámica de los puntos de vista y concepciones heredadas que han guiado el quehacer de los teólogos desde la Edad Media hasta nuestros días. Defiende la opinión de que la teología fue apartándose de la ciencia casi desde sus comienzos. La reflexión teológica que se hacía sobre la realidad de nuestro mundo se sustentó durante siglos en paradigmas fijistas obsoletos que condujeron a formulaciones teológicas sobre la naturaleza del Dios creador y la encarnación del Verbo de Dios en Jesús difíciles de compaginar con los nuevos modelos de universo que surgen, no solo de la revolución científica de Copérnico, Galileo y Newton, sino también de las ideas evolucionistas y transformistas de Lamarck y Darwin. Esto llevó a un desajuste creciente entre dos modelos de pensamiento que muchos creyeron irreconciliables. Es más: desde las instancias religiosas se anatematizaron posturas que se antojaban incompatibles con la fe cristiana. Este libro, sin embargo, -escribe el autor- es esencialmente un intento de entender este universo cambiante y evolutivo como la creación de Dios. Este modo de conceptuar teológicamente no es radicalmente novedoso. Ya en 1962, el profesor Adolf Haas (de Pullach) había publicado un interesante trabajo (Evolution und Bibel, traducido y publicado en castellano en A. HAAS (edit.) Origen de la Vida y del Hombre. BAC, 1963, pág.526-552) en el que acuñaba la expresión “Creación en evolución”.
    En el segundo capítulo, de carácter más científico (“El universo como proceso de llegar a ser: la creación divina”, páginas 57-92) se ofrece una breve visión de conjunto de la historia del universo para poder situar hoy en este contexto las convicciones actuales de los científicos respecto a la evolución. Estas convicciones que hoy mantiene la comunidad científica significan un reto para la teología tradicional acuñada en paradigmas fijistas y esencialistas. Nuestro autor considera básico este capítulo, dado que “la mayoría de los teólogos y muchos cristianos no poseen un conocimiento adecuado sobre la historia del universo, esto es, de la creación de Dios” (página 15). La tarea de la teología debe ser, de acuerdo con estos planteamientos, no el condenar –como sucedió en otros tiempos- sino buscar el lenguaje adecuado que pueda explicar el dogma de la creación desde perspectivas diferentes. Aquí sigue el autor el hilo del pensamiento teilhardiano, proponiendo metodológicamente al ser humano como la clave para interpretar el universo. Y supone que la experiencia humana de unidad es esencial para entender el proceso evolutivo. En este capítulo es esencial la consideración de la llamada “metafísica de la unión” (las totalidades unidas) para explicar muchos aspectos de la teología de la creación.
    Tal vez la clave para entender la teología de la creación en otras categorías se pueda encontrar en la reelaboración de la filosofía del ser. La hipótesis de una metafísica de la unión que trasciende la metafísica del ser, guiará la reflexión teológica de los capítulos siguientes. Tres son los parámetros humanos que nos ayudan a interpretar teológicamente la larga marcha evolutiva de la creación: la conciencia, la capacidad de almacenar información y la libertad. El tercer capítulo (“Conciencia en el universo y del universo”, páginas 93-128) “explorará la conciencia y su relevancia a la hora de interpretar la creación en la evolución” (página 15), mientras que el capítulo cuarto (“La evolución de la información: un sello de la creación de Dios”, páginas 129-167), incluye un análisis crítico de las teorías de la información, considerando ésta como una característica general del proceso evolutivo. Para el autor, “la información trasciende sus aspectos materiales y pone de manifiesto que la dimensión más importante del universo es la espiritual, ocasionando cambios evolutivos que conducen a niveles superiores del ser” (página 165)
    El capítulo quinto (“La evolución de la libertad en la creación de Dios”, páginas 169-206) aborda el tercer parámetro explicativo de la creación en la evolución: la marcha hacia la libertad. “La cuestión de por qué el Creador aceptó una forma tan derrochadora de creación parece estar relacionada con el fenómeno de la libertad” (pág. 169). Éste es uno de los temas más queridos por Teilhard de Chardín, que la relaciona con el mal en el mundo. “Al estar presente en el universo, la libertad trae consigo el mal como una posibilidad estadísticamente inevitable. El mal es el precio a pagar por la libertad, pero la libertad constituye la condición necesaria que hace posible el amor: el amor al prójimo y a Dios” (pág. 169). En el fondo, late el problema de cómo armonizar el determinismo natural con la autonomía humana. La conclusión que propone Schmitz-Moormann es esperanzadora: “La intención del Creador parece que fue la de crear seres libres capaces de amar, incluso aunque resultase inevitable la aparición del mal como precio a pagar por la posibilidad de que existan la libertad y el amor” (pág. 205)
    El sexto capítulo (“Dios, creador del universo evolutivo”), sistematiza las conclusiones de los cinco capítulos anteriores, presentando una brillante y provocadora síntesis teológica que responda a esta pregunta: ¿cómo hemos de entender este proceso al que llamamos evolución del universo como la obra de Dios, como la creación? La piedra angular de esta teología es el concepto de creatio appellata (páginas 212 y sig.), junto con la idea de que el proceso de unión en una creación evolutiva no es incompatible con un Creador tri-uno: “para el teólogo cristiano la presencia de Dios en la creación, la inmanencia divina, está inevitablemente vinculada a la cuestión del Dios que creemos uno en tres personas (pág. 219). En el fondo, late una reformulación de la teología trinitaria que ilumina y orienta un modo diferente de ver el mundo: “Cualquier cosa que evoluciona hacia un estado de ser más elevado lo hace mediante la unión, reflejando el Ser absoluto en el acto absoluto y eterno de la Unión Divina” (pág. 234). Tal como Teilhard afirmó, el mandamiento del amor ha dejado de ser una institución puramente moral para convertirse en el principio ontológico de la evolución, de la creación. Las místicas intuiciones teilhardianas impregnan las páginas finales de este trabajo que sugiere para los filósofos y para los teólogos perspectivas insospechadas que no les dejarán, sin duda, indiferentes. Este sugerente ensayo de Schmitz-Moormann ha sido pensado para ser utilizado en grupos por lo que ofrece al final unas pautas muy completas para una autoevaluación o para el debate en el aula o en grupos de reflexión.
    L. SEQUEIROS

  2. Si la Teología es una construcción sistemática que realiza la persona humana de un saber acerca de Dios, con base en la interpretación de lo revelado, de lo intuído y de las aportaciones de otros saberes, adoptando un modelo o paradigma adecuado para relacionar lógicamente los elementos que se articulan en el sistema, cuando uno de ellos varía parece indiscutible que habrá que estudiar el impacto que causa en el conjunto sistemático, precisamente para responder a las exigencias epistemológicas y valorar las consecuencias. Pues bien; yo, sin entrar en el fondo por mis carencias en esta materia, quiero, al menos formalmente, hacerles receptores de mis elogios a todos los intelectuales especializados que se esfuerzan en acometer esa labor de adecuación, y aquí especialmente al autor del artículo y al Dr. Sequeiros, por su excelente comentario. Aunque esto no sirve como comentario pertinente, acépteseme, por lo menos, la manifiesta intención de apoyo a esta línea en la perspectiva de sus respectivos trabajos.

  3. Este artículo de Miguel Lorente puede completar la visión de este texto de Fronteras:
    Karl Schmitz-Moormann une la teoria evolutiva con la teologia de la creacion
    Posted on29/06/2009

    Busca en la ciencia nuevas ideas y recurre a la síntesis de los filósofos y teólogos modernos

    Las ideas del teólogo y biólogo Schmitz-Moorman (1928-1996) son hoy de necesaria consideración a la hora de un entendimiento cristiano del proceso evolutivo. Inspirado en Teilhard de Chardin, su descripción de la evolución cósmica ha aportado enfoques esenciales que permiten profundizar y prolongar las ideas de Teilhard. En Schmitz-Moormann destaca la unidad de la creación y la autonomía del mundo creado por Dios. Pero, al mismo tiempo, esa autonomía es la que permite entender la creación de un cosmos hecho para “hacerse a sí mismo” en la libertad. Por Miguel Lorente Páramo.
    Con el libro de Schmitz-Moormann Teología de la Creación de un mundo en evolución, la editorial Verbo Divino se presenta como promotora de una nueva corriente de pensamiento sobre las relaciones entre ciencia y religión.

    La nueva colección está siendo dirigida por el Director del “Seminari de Teología i Ciènces de Barcelona”, Dr. Manuel García Doncel, y tiene ya cuatro libros publicados. En particular podemos citar “La fe de un físico” de John Polkinghorne, “Aliento de Vida. Una Teología del Espíritu creador” del Denis Edward, y últimamente las contribuciones de once teólogos-científicos al tema de “Kenosis del Creador”, edición de John Polkinghorne ya comentada en Tendencias21.

    El libro de Schmitz-Moormann es el único escrito por su autor sobre esta temática y recoge toda la sabiduría de su síntesis final. La obra que dejó el autor como un borrador (completada por James Salmon) recoge los parámetros de la teoría de la evolución (con muchos ejemplos tomados de la biología) para aplicarlos a la teología de la creación. Una visión fundamentalmente teilhardiana es aquí repensada con aportaciones sustanciales.

    En todos estos libros yace un deseo de conocer a fondo los misterios de la revelación de Dios a los hombres, especialmente los que tratan de la naturaleza de las tres Personas y su acción en el mundo. El libro que aquí comentamos es fruto de unas clases que impartió Schmitz-Moormann en el Zygon Center de Chicago y en el Weston College de Boston. La postura religiosa de Schmitz-Moormann es la de un teólogo, y biólogo, que busca en la ciencia nuevas ideas para la comprensión moderna de los misterios de la fe, siguiendo la tradición de los teólogos medievales, que buscaban la ciencia teológica a través de la fe (“fides querens intellectum”). El otro camino que sigue Schmitz-Moormann es recurrir a la síntesis de los filósofos y teólogos modernos como hizo Teilhard de Chardin, en cuya edición crítica trabajó asiduamente durante toda su vida

    La postura de un teólogo evolucionista

    Schmitz-Moormann ha sido un teólogo que trató de ayudar a la Iglesia con sus interpretaciones actualizadas de los libros sagrados, es decir de las verdades reveladas: “…los teólogos y su teología estarán generalmente en tensión con la jerarquía de las Iglesias que tienden a proteger sus puntos de vista doctrinales”. En ciertos momentos la Jerarquía estará más cercana a la verdad revelada y los teólogos aprenderán que puede que sean pocas las doctrinas científicas “definitivas” que no se conviertan con el tiempo en obsoletas. Las Iglesias y los teólogos de hoy deben estar abiertos a dos posibilidades. “Podría ser, dice Schmitz Moormann, que los herejes de hoy sean los profesores del mañana, o podría ser que sean sólo los herejes, incluso arrepentidos”. En particular, la teología está atravesando una mutación fundamental, pasando de mantener un depósito de la fe inmutable, a recibir una revelación renovada a través de la autorevelación de Dios en la creación.

    Schmitz-Moormann ha buscado los teólogos que más le han ayudado a contemplar el mecanismo de la evolución en la obra de la creación. En particular, le ha atraído mucho la figura de Teilhard de Chardin. No se puede entender la teología de la creación sin estudiar antes el sistema de Teilhard, que vamos a resumir brevemente. La estructura de los seres cósmicos está basada en la dualidad uno-múltiple, que consiste en la realización de un ser de perfección más elevada, en otros seres de perfección inferior. La relación causal entre los seres de mayor y menos perfección tiene un carácter intrínseco (principio de acciones inmanentes).

    Por el contrario, la relación causal entre los seres del mismo nivel responde al principio de causalidad eficiente (principio de acciones transeuntes). Este esquema que Teilhard ha recorrido experimental y evolutivamente, viene fundamentado por una ley de índole metafísica, “la ley de la complejidad-conciencia”, en virtud de la cual en el interior de la vida la trama cósmica se enrolla cada vez más sobre sí misma, siguiendo un proceso de organización que pasa por el Hombre reflexivo, el Hombre individual y el Hombre social.

    Este proceso implica la existencia en el término superior de la convergencia cósmica de un centro trascendente de unificación “el Punto Omega”. Por otra parte, consideradas conjuntamente las tres etapas de la evolución (física, apologética y mística) sugieren una metafísica de la unión dominada por el amor. El Universo entero, al verse llevado en su evolución hacia el punto Omega a un proceso de unión con Dios, se vuelve íntegramente amante y amable en lo más íntimo y lo más profundo de nuestro ser.

    Los parámetros de la evolución: la unión

    La teología de la creación se basa en el proceso evolutivo. Si queremos interpretar la teología de la creación con los parámetros de la evolución, el primer parámetro que salta a la vista es el de la unión (para Teilhard esto era un símbolo de la diafanidad de Dios). Escoger unos parámetros que faciliten la comprensión de la evolución es escoger las cualidades del hombre que se encuentran en todos los seres del Universo y que, por evolución, se han ido perfeccionando cualitativamente hasta llegar al hombre.

    Por el contrario, si vamos atrás en el tiempo, van desapareciendo los seres superiores y apareciendo las macromoléculas, los organismos unicelulares, como los virus y las amebas, las moléculas, los átomos las partículas elementales. En la generación de todos estos seres se hace necesario la colaboración de los seres inferiores para producir nuevos seres de mas complejidad orgánica. El proceso evolutivo de la unión es muy simple. Los seres inferiores se unen entre sí para constituir un ser con mayor grado de complejidad, que da origen a un ser de grado superior. Los elementos que dan origen al nuevo ser mantienen sus propiedades al unirse entre sí, pero el nuevo ser que emerge no es solamente la suma de las partes. Experimentamos estos seres inferiores como totalidades unidas pero no podemos decir qué es lo que conforma su unidad. En los seres vivos el principio de unidad se denomina alma, una entidad desconocida para la ciencia. Tal como Teilhard intuyó, la unión diferencia a los miembros que están unidos.

    El proceso evolutivo se desarrolla a través de la unión de los elementos simples en totalidades más elevadas en los que algo nuevo llega a la existencia. Para completar su esquema, Schmitz-Moormann aplica el proceso evolutivo a la teología de la creación. Si la evolución se desarrolla por la unión, es correcto decir que Dios crea por la unión. “Ser es unión realizada y mantenida” diría Teilhard. Para evitar una marcha atrás al infinito, hay que excluir el comienzo mismo de la creación, que resulta ser menos visible que los momentos siguientes de la creación. Una consecuencia muy importante de la teoría de la creación por la unión es que Dios actúa inmanentemente en el interior de las cosas. Otra consecuencia fundamental de la evolución por la unión es que Dios es el constituyente de una suprema totalidad unida. Esta unión divina es la que se manifiesta en la unión de las personas que viven en comunión por el vínculo que las une, es decir, el amor que en el fondo es la unidad de Dios.

    Para conocer mejor el mecanismo de la evolución se acude a la conciencia. Esta responde a una capacidad de introspección que tienen los seres creados, especialmente los más perfectos, y que se puede encontrar también en los más simples por almacenamiento de la información que llega del exterior. Esta graduación de la conciencia vuelve a confirmar el principio teilhardiano, según el cual una propiedad que se da en el hombre se da también en los seres inferiores pero en menor grado.

    La existencia de la conciencia implica una característica necesaria o al menos importante, porque la conciencia hace posible que el mismo ser desde dentro planifique sus movimientos para que se consiga el mayor rendimiento posible. La conciencia humana, diceSchmitz-Moormann, puede ser verificada introspectivamente por todos los seres humanos, y por analogía por todos los seres inferiores, e incluso por todos los seres más ínfimos, atribuyéndoles una capacidad de información (activa y pasiva). “Así, la conciencia aparece como una realidad en los seres superiores y disminuye a medida que retrocedemos en los primeros estadios de la historia de la evolución”.

    Al principio de la evolución la conciencia parece desaparecer; el universo primitivo compuesto de partículas parece ignorar este tipo de actividades seleccionadoras del ambiente Esta evolución hacia la conciencia de los seres superiores en el Universo marca la pauta de porqué crea Dios estos seres tan perfeccionados que se pueden conocer a sí mismos y que pueden conocer el Universo. ¿Cual fue la finalidad de la creación respecto de la conciencia? Esta pregunta no tiene sentido dentro de una postura materialista; sólo tiene sentido dentro de una filosofía que admita los valores y las realidades espirituales.

    Para estas personas espirituales, “la búsqueda humana de sentido forma parte de la creación de Dios. Si nos fijamos en la finalidad de Dios en la creación, Dios no ha creado un Universo que se baste a si mismo para poder satisfacer la búsqueda de sentido que ha suscitado”. El Universo evolutivo ha alcanzado finalmente un nivel en el que ya no sigue ciegamente sus impulsos instintivos sino que ve en la mente humana consciente una luz de guía que procede de la experiencia. La conciencia está creada por Dios para que el hombre se relacione con Él.

    Tercer parámetro de la teoría de la evolución: la información

    La información trabaja a todos los niveles del ser; es decir, trabaja entre todos los seres del mismo nivel o bien como receptores o bien como reproductores de información. Este mecanismo requiere una actividad muy grande y, de alguna manera, el sujeto actuante es capaz de influir causalmente en todos los órganos del sujeto paciente y viceversa. En los seres más imperfectos no podemos distinguir la información de la estructura. Cuanto más aumenten los grados de ser en los seres creados, más aumentan los grados de espiritualidad de los seres superiores, que de alguna manera se asemejan más a Dios que es puro espíritu, donde se encuentra toda la información posible.

    La enseñanza bíblica de que todo el hombre ha sido creado a imagen de Dios se puede interpretar como si el hombre es la especie más capaz de manejar información de tipo espiritual. Dios se hace visible en la creación si uno contempla el mundo con los ojos de la fe. El que pretenda buscar sólo evidencias científicas no puede ver a Dios actuando en el mundo. La información transciende sus aspectos materiales y pone de manifiesto que la dimensión más importante del Universo es la espiritual. Así la creación parece transcendente, que es la plenitud del poder creativo espiritual. En esta ascensión de la evolución a niveles más elevados de realidad espiritual está implicada una pequeña parte del universo: la mayor parte de este ha alcanzado un status final de radiación de fondo, y en cuanto al resto, la mayor parte va camino de convertirse en estrellas muertas.

    Cuarto parámetro de la evolución: la libertad

    Siguiendo las propiedades que más configuran los grados de ser que aparecen en todos los parámetros de la evolución, Schmitz-Moormann describe el papel que la libertad ha jugado en la diversificación de los seres en la evolución, de modo que ha perfeccionado su ser, ha enriquecido su voluntad y aumentado su libertad. Al admitir la libertad en la evolución debemos reemplazar la causalidad determinista por una libertad que es estadística.

    Aunque estos dos términos aparecen contradictorios por ser la condición estadística propia de los sistemas determinísticos. La prueba de la existencia de la libertad no se puede darse científicamente, porque no se puede probar con una la libertad estadística que sea real la libertad que se presenta como una acción que es básicamente indeterminada en la forma objetiva. Se conocen rasgos de la libertad en las etapas primitivas de animales y el hombre. Pero tampoco se puede probar su origen y su influjo poderoso en la historia del hombre. También en los animales hay un cierto comportamiento que asemeja la libertad y que se produce como una respuesta de los instintos. Poco a poco la ciencia fue abandonando el mecanismo determinista para moverse a un terreno más flexible para aclarar su independencia de las respuestas animales y humanas.

    Por tanto sólo aparecen nuevos ámbitos de libertad dentro de un entorno que parece estar determinado por la media estadística. En el Universo evolutivo la libertad no constituye una realidad ideal. Es algo dado en el mundo real, incluso experimental, pero no aparece nunca empíricamente como una libertad absoluta. Cuanto más ha evolucionado un elemento, más amplio es el espectro de sus posibilidades. Sin embargo, existe un delicado equilibrio entre las propias estructuras de apoyo y el vector de libertad al que estas estructuras sirven de apoyo. Hablar de libertad no quiere decir que desaparezcan los grados de determinismo que siempre se mantienen.

    La libertad es también un regalo para la vida social tal como se puede apreciar en la autonomía humana y su conciliación social. Pero puede ser también un peligro. “Del mismo modo que una sobredosis de libertad individual puede ser destructiva para la sociedad, también pueden resultar destructivas las estructuras que son demasiado rígidas”. Trasladándonos a las sociedades religiosas, las Iglesias deben actuar con estabilidad dentro de sus tradiciones, pero necesitan previamente adaptar su estructura a la realidad evolutiva. Por lo tanto, las Iglesias tendrán que dejar más espacio a la libertad y al cambio permitiendo que las ideas y las nuevas propuestas de comportamiento sean examinados antes de proclamar un anatemas precipitados.

    La teoría de la evolución y la teología de la creación

    Hemos analizado los parámetros que dirigen el proceso de la evolución: la unión, la conciencia, la información y la libertad. Estos mismos parámetros se pueden encontrar en una teología de la creación. Es decir, estos mismos parámetros de carácter experimental se pueden aplicar a la teología para entender el mecanismo que regula el proceso del acto de la creación. La finalidad de la creación revela una intención clara, que consiste en una intención explícita del Creador en la creación para hacer todo a su imagen y semejanza. La pregunta de cómo actúa Dios en la creación va a ser dominante en los teólogos modernos después del Concilio Vaticano II. La respuesta que estos teólogos han adoptado viene dada por los datos que la astronomía ofrece sobre los primeros instantes del origen del universo.

    La creación entendida como llamada de Dios al Ser (“creatio appellata”) se desarrolla por un sólo acto del Creador. La idea básica es que el Universo es llamado a salir de la nada hacia el ser en devenir. El proceso de este llegar a ser o devenir es la respuesta de la creaturas. No hay un acto inicial seguido de una manipulación de aquello que compone el Universo. El acto que produjo el inicio del proceso y el acto que mantiene el proceso en marcha son la misma llamada de Dios. Dios no crea estructuras preparadas, ya hechas, sino que produce las estructuras y elementos más simples que pasan a formar estructuras más complejas por unión. Más aún, Dios no está presionando los elementos más simples para que se unan. La dinámica de la unión está dada en las cosas mismas, en un modo semejante cómo las tres Personas de la Trinidad se unen libremente para formar una sola realidad .

    A partir de esta realidad de Dios que se nos revela como trino y uno, construye Schmitz-Moormann una metafísica de la unión, que pierde su carácter estático, y desarrolla el concepto de ser como “llegar a ser”. Aunque una filosofía del ser en devenir está todavía por hacer, sabemos, por la teoria de la evolución, que esta metafisica debe incluir términos como teoría del devenir, del ser que se hace y que no acepta definiciones fijas. De esas definiciones habrá que escoger aquellas que reflejen las propiedades metafísicas de la unión. El principio de la unión se cumple en la Trinidad cristiana en grado infinito, porque toda la actividad entre las tres Personas se realiza en el amor y porque la unión entre las tres Personas ha de realizarse en el amor. La unión que revela la fe cristiana es así congruente con la unidad cósmica que describe la ciencia.
    Es Catedrático Emérito de Física Teórica de la Universidad de Oviedo y Miembro de la Cátedra CTR

    Fuente: http://www.tendencias21.net/Karl-Schmitz-Moormann-une-la-teoria-evolutiva-con-la-teologia-de-la-creacion_a3430.html

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