El Oriente conquistado (s. XV-XVIII): nueva presencia del cristianismo en la India

Imprimir

(Por Gaspar Rul-lán) En un artículo anterior, y primero, en esta serie de artículos de Gaspar Rul­-lán, se estudiaba la antiquísima llegada del cristianismo a la India y su pervivencia hasta la nueva época que comienza con la llegada del mundo occidental, en el siglo XVI. En este segundo artículo sintetiza Rul-lán la historia de la moderna evangelización de la India: la llegada de los portugueses, de Francisco Javier, de Alexandro Valignano, la llamada Misión ante el Gran Mogol, las figuras de Thomas Stephen, Roberto de Nobili y Costanzo Giuseppe Beschi.

El rey de Portugal tenía absoluto control sobre las iglesias que se estableciesen en los nuevos territorios de Oriente, permitiendo o negando la entrada de cualquier orden religiosa o sacerdotes seculares para ejercer su ministerio en estas nuevas tierras, nombraba a los obispos, y hasta tenía que dar su aprobación (placitum regium) a cualquier documento papal antes de ser leído en estos territorios. Los nuevos colonizadores entraban en los nuevos territorios conquistados con la cruz y la espada. Vimos en el artículo anterior las funestas consecuencias que tuvo esta conquista militar-religiosa de la India, por parte de Portugal, sobre la primera comunidad cristiana del continente. Veamos, ahora cómo la acción misionera fue desarrollándose, aun dentro de estos estrechos márgenes de libertad, y cómo fue, por primera vez, evolucionando de un enfoque puramente apologético radical  a un nuevo enfoque  dialogal, respetuoso con las formas de vida y el pensamiento religioso de las gentes a las que quería presentar el mensaje evangélico.

LLEGADA DE LOS PORTUGUESES.

El título del libro del jesuita Francisco de Souza “Oriente conquistado a Jesú Christo pelos Padres da la Compañía da Provincia da Goa”[1] resume perfectamente el método misionero seguido en la India en el siglo XVI: una verdadera conquista por las armas de un territorio para el rey de Portugal y de unos infieles para la Iglesia de Roma. Pero para no ser injustos al analizar esta situación, que hoy nos parece casi escandalosa, uno ha de tomar en cuenta el contexto histórico en el que se produjo. En Europa, a principios del siglo XVI , por una parte, la Iglesia se veía amenazada por el protestantismo del norte (Lutero 1517, Enrique VIII 1533, Calvino 1541) y acababa de librarse del peligro del el Islam en el sur y hacia frente al peligro otomano en el centro (batalla de Viena 1529)   y, por otra, nuevas tierras iban siendo descubiertas por España y Portugal, los dos reinos responsables ante el Papa, por el Tratado de Tordesillas(1494), no solo de la conquista de estos nuevos territorios, sino también de su evangelización. Una doble responsabilidad que se plasmaba en la institución del Patronato, por el que los dos monarcas de la península Ibérica se obligaban a fomentar y apoyar militar y económicamente la evangelización de “las tierras conquistadas y todas las que se conquistasen en el futuro”.

El rey de Portugal tenía absoluto control sobre las iglesias que se estableciesen en los nuevos territorios de Oriente, permitiendo o negando la entrada de cualquier orden religiosa o sacerdotes seculares para ejercer su ministerio en estas nuevas tierras, nombraba a los obispos, y hasta tenía que dar su aprobación (placitum regium) a cualquier documento papal antes de ser leído en estos territorios. Los nuevos colonizadores entraban en los nuevos territorios conquistados con la cruz y la espada, como describe el Padre Manuel F. D’Sa en su Historia de la Iglesia Católica en la India, la entrada de Alfonso de Alburquerque a la sometida ciudad de Goa en 1510: “entró en la ciudad acompañado de un fraile dominico, Fray Juan, quien marchaba a la cabeza de los soldados llevando alzada una cruz a la que seguía el estandarte de Portugal”[2], Y así,  siguieron juntas las cruz y la espada durante mucho tiempo en la labor evangelizadora en la India de los primeros misioneros de los tiempos modernos.

Ya hemos visto en el artículo anterior las funestas consecuencias que tuvo esta conquista militar- religiosa de la India, por parte de Portugal, sobre la primera comunidad cristiana del continente,  veamos, ahora cómo  la acción misionera fue desarrollándose, aun dentro de estos  estrechos márgenes de libertad , y cómo fue, por primera vez, evolucionando de un enfoque puramente  apologético radical  a un nuevo enfoque  dialogal, respetuoso con las formas de vida y el pensamiento religioso  de las gentes a las que quería presentar el mensaje evangélico.  

Francisco Javier

Fue en este contexto político religioso que Francisco Javier llegó a Goa como nuncio papal en las Indias Orientales, el 6 de mayo de 1542, habiendo dejado atrás una Europa con el explícito mandato del Papa Paulo III de procurar con el mayor celo posible la propagación e incremento de la Iglesia católica en todas estas regiones. Al llegar a Goa, los portugueses de la localidad le pidieron ayuda para abrir un colegio, y Javier escribió a su Superior, Ignacio de Loyola, solicitándole que mandase algunos jesuitas para este proyecto, lo que hizo posible, en 1543, fundar el Colegio de San Pablo en aquella ciudad. Javier, sin embargo, permaneció sólo dos años en la India, primero, trabajando, en el sur, entre losparavasde la costa de la Pesquería y los macuasde Travancor, luego cinco meses en Ceilán y cuatro en Meliapur, donde ya planeó dar el salto a otros campos lejanos de misión…

En 1545 Javier deja la India y parte para Malaca, y al año siguiente predica el Evangelio en las islas Malucas. De vuelta a Goa sólo piensa en organizar un viaje al Japón, del que ha oído hablar en uno de sus viajes a Malaca. En abril de 1549 parte para el Japón, donde permanece más de dos años, para volver a Goa para preparar ahora lo que sería su último viaje en el que vería frustrado su deseo de entrar en la China, muriendo a las puertas del gran imperio, el 3 de diciembre de 1552.

Todos estos viajes y actividad apostólica le fueron posibles gracias al apoyo recibido de las autoridades portugueses en los distintos lugares visitados. Entender esta dependencia total de la buena voluntad de las autoridades lusas es esencial para entender y poder valorar, en su justo medio, la actividad misionera del jesuita Francisco Javier. Su correspondencia está llena de cartas al rey Juan III de Portugal, informándole de sus planes, pidiendo favores, explicando la conveniencia de establecer la inquisición en los territorios de ultramar para que los cristianos conserven pura su fe, solicitando el envío de más predicadores y más ayudas económicas, recomendándole personas y hasta dando a su Soberano consejos espirituales[3]. Sus relaciones con los virreyes y otras autoridades portuguesas fuero siempre amistosas y aconsejó a sus compañeros religiosos mantener siempre esta misma relación. Por su parte, Javier aprovechó situaciones políticas para sus fines de evangelización: cuando los reyes de Quilón y Travancor declararon la guerra al de Tuticorin, gracias a la oportuna intervención del misionero jesuita, los dos primeros monarcas, con la ayuda de los portugueses, vencieron a su enemigo y, en gratitud, permitieron a Javier bautizar a uno 10.000de sus súbditos, y en otra ocasión, el misionero navarro pidió al virrey de Goa que preparase una expedición contra un usurpador del reino de Jaffna, en Ceilán, ya que el legítimo rey había  prometido convertirse él y sus súbditos  al catolicismo si era restituido en su trono, cosa que , finalmente, pudo hacerse.

El ambiente religioso de las colonias portuguesas en las que Javier tuvo que trabajar en la India era el que se desprendía naturalmente del axioma de que no había salvación posible fuera de la Iglesia Católica: la necesidad no solo de rechazar, sino de destruir, cualquier manifestación religiosa “pagana”. Tanto las autoridades políticas y religiosas, como los laicos y los misioneros portugueses eran incapaces de ver ningún valor positivo en las creencias de los pueblos conquistados, de ahí su esfuerzo para destruir en la India todo símbolo externo de las religiones existentes en aquellos territorios, Hinduismo e Islam. Francisco Albuquerque al conquistar Goa, en 1510, hizo masacrar a toda la población musulmana del enclave y, aunque más tarde se moderaron estos excesos, los gobernadores portugueses ordenaron destruir todos los templos hindúes e islámicos de sus territorios.

Y este fanatismo religioso se plasmó quince años después de la muerte de Francisco Javier, en los Decretos del Primer Sínodo Provincial de Goa, en 1567, que declaró solemnemente que:

1) “Se prohíbe a los cristianos, bajo pena de excomunión, ayudar a los paganos en sus ceremonias religiosas, sea prestándoles joyas o instrumentos musicales, 2) ningún infiel puede tener a un cristiano como esclavo, mientras que un esclavo infiel será puesto en libertad si se convierte, 3) todo cristiano tiene prohibido servir en casa de un pagano o comer con ellos, 4) de la misma manera se recomienda no tener ningún trato con musulmanes ni alquilarles casa alguna”.

Y a petición de este mismo Sínodo, el Virrey paso los siguientes decretos: “1. Se debe hacer un censo de toda la población pagana en la ciudad de Goa, y estos infieles, en grupos de cincuenta, será obligados a asistir cada domingo a clases de catecismo, multándose a los que no asistan. 2. En los territorios abajo mi jurisdicción no habrá “sacerdotes” musulmanes o hindúes, ni hechiceros ni maestros de estas religiones, ni líderes de cualquier clase de estas religiones falsas. 3. En mis dominios no se permitirán “pagodas” de ninguna religión, y serán destruidas todas las que ya existen, lo mismo que árboles donde se den ritos diabólicos o cualquier otro rito pagano. 4. Ninguno de mis súbditos asistirá a ninguna de las fiestas en las “pagodas” ni ira en peregrinación a ninguno de estos sitios que los paganos consideran sagrados, bajo pena de ser condenado a cinco años en las galeras. 5. Ningún cristiano vivirá entre paganos so pena de ser puesto en prisión, ni tendrá amistad con ellos, ni admitirá en sus casas sirvientes paganos, ni les prestará dinero, ni tendrá ningún tipo de relación comercial con ellos, y los infieles no podrán ocupar ningún cargo público por el cual puedan tener algún tipo de superioridad sobre los cristianos. 6-. Los musulmanes vivirán en zonas de la ciudad separadas de los cristianos, y ningún judío podrá vivir en nuestros reinos bajo pena de se condenado a las galeras. 7. Finalmente, todo cristiano que no asista a Misa será multado”[4].

A esta estructura político-religiosa hay que añadir la idea que se tenía entonces de la absoluta superioridad humana y cultural de Europa sobre las poblaciones nativas de los territorios conquistados, a los que consideraban inferiores en todos sus aspectos, y a los que se les tenía que “civilizar” imponiéndoles las pautas de comportamiento y las costumbres de los conquistadores, prejuicios raciales de los que no estaba exento Javier, como se refleja en muchas de sus cartas.

Bien por el relativamente corto espacio de tiempo que pasó en la India, bien por la poca estima con la que tenía a las gentes de aquellos lugares, Francisco Javier nunca aprendió ninguna de las lenguas que allí se hablaban: malayalam y tamil[5], ni tampoco veía la necesidad de que sus hermanos misioneros las aprendiesen, insistiendo en que los jesuitas recién llegados a la India, si eran extranjeros y no hablaban portugués, debían aprenderlo pues “de otra manera no habrá intérprete que los entienda”[6], Tampoco creía el santo que los nativos de la India fuesen aptos para entrar como religiosos en la Compañía de Jesús, pues, como escribió en 1549 a Ignacio de Loyola, su Superior General, en Roma: “la gente natural de estas partes, cuanto tengo vista, en general hablando son muy bárbaras…los indios de esta tierra, así como  moros como gentiles, son muy ignorantes, y por la experiencia que tengo de estas partes, veo claramente, padre mío único, que por los indios naturales de la tierra no se abre camino para que con ellos poder  perpetuar nuestra Compañía…por sus grandes pecados no son nada inclinados a las cosas de nuestra santa fe, más antes la aborrecen y les pesa mortalmente cundo les hablamos y les rogamos que se hagan cristianos.[7]

Francisco Javier el poco tiempo que estuvo en la India, sin conocer el idioma, trabajó  principalmente entre los pobres pescadores  de la costa, dedicando todo su esfuerzo a la enseñanza del catecismo a los niños, sin entrar nunca en contacto con los educados miembros de la casta alta de los brahmanes, depositarios de las obras milenarias, religiosas y filosóficas, del hinduismo, así, el santo pudo hacerse una idea muy negativa de estos brahmanes, sobre  los que escribió: “Hay en estas partes entre los gentiles una generación que se llaman brahmanes…es la gente más perversa del mundo. De estos se entiende el salmo que dice, “de gente non sancta,ab homine inicuo et doloso eripe me(de gente no santa, de hombres inicuos y malvados, líbrame, Señor). Esta gente que nunca dice la verdad, y siempre piensa cómo han de mentir sutilmente y engañar a los pobres, sencillos e ignorantes…Estos brahmanes son gente de pocas letras, y lo que les falta en virtud, lo tienen en iniquidad en gran aumento…son tan feos que verlos espanta…la lengua que en aquellos estudios enseñan (sánscrito) es entre ellos como latín para nosotros”[8]

Pero solo veinte años después de la muerte del santo navarro, con la llegada a la India de un grupo de jesuitas italianos que, con una sólida formación renacentista, supieron reconocer los valores humanos de las gentes del lejano Oriente, tuvo lugar una verdadera revolución en la idea de concebir la actividad misionera. Los recién llegados intentaron, desde el primer momento, adaptar su actividad misionera, aceptando las nuevas formas de pensar y vivir de las gentes de aquellas lejanas tierras, para poder así integrar en la predicación, los elementos culturales del país donde habían sido enviados

Alexandro Valignano

En 1574 llegó a Goa el jesuita napolitano, Alejandro Valignano, como Vicario General de  todas las misiones de Oriente, y pronto se dio cuenta de algo que hoy nos parece obvio, pero que entonces no lo era: que la predicación del Evangelio  tenía que basarse , no en la fuerza, sino en “il modo suave”, es decir un enfoque más gentil  cortés, basado en el respeto y la caridad, lo que, necesariamente, implicaba respetar la libertad de las gentes de las nuevas tierras, sin forzarlas, tal como hasta entonces se había hecho, a convertirse en “portugueses de piel oscura”, y para ello, lo primero que debía hacer el misionero era aprender la lengua del lugar. Sólo así, los misioneros se mostrarían como gente culta, libres de los prejuicios raciales que mostraban los portugueses, y capaces de enseñar sus verdades en una forma comprensible para todas las clases de la sociedad, desde las más humildes hasta las gentes más eruditas.

Valignano estuvo relativamente poco tiempo en la India, convirtiendo Goa, como antes había hecho Javier, en un trampolín desde el que, lejos de las influencia directa de la autoridades portuguesas, pudo desarrollar su gran labor misionera en el Japón, y preparar el camino para la extraordinaria experiencia de inculturación del evangelio que llevaron a cabo otros jesuitas italianos, los Padres Mateo Ricci y Michael Ruggieri en la China, gracias, en gran parte, al dominio que adquirieron del idioma, hablado y escrito, de aquellas lejanas tierras, y el amor y respeto que siempre mostraron hacia las gentes de aquel inmenso país y su modo de vida.

Pero, aunque las estancias de Valignano en la India fueron cortas y discontinuas, sus enseñanzas sembraron la semilla para nuevos experimentos en la forma de atraer a las distintas capas de la sociedad india, desde el Emperador Mogol, del norte, hasta los cultos brahmanes del sur, así como a las gentes sencillas del centro, al conocimiento de Jesucristo y las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Misiones ante el Gran Mogol. Rodolfo Acquaviva, Antonio Monserrat y Jerónimo Javier

El 13 de septiembre de 1577, el mismo día que Mateo Ricci, camino de la China, desembarcaba en Goa, llegaba en otro barco el jesuita, también italiano, que iba a poner en práctica en la India, como haría Ricci en la China, las enseñanzas del P. Valignano, era el Padre Rodolfo Acquaviva. Los primeros años de su estancia en Goa, el P. Acquaviva enseñó en el Colego de San Pablo, pero en 1579 tuvo la oportunidad de poner en práctica los nuevos métodos misioneros de inculturación, al ser nombrado para dirigir la primera de las tres misiones que los jesuitas llevaron a cabo, durante veinticinco años, en la corte de los emperadores Mogoles de la India.

A finales del siglo XVI,  reinaba en la imperial ciudad de Fatehpur Sikri, el más grande de los emperadores mogoles, Akbar el Grande, hombre de extraordinarias inquietudes intelectuales y religiosas que llegó a reunir una biblioteca de más de 24.000 volúmenes de obras llegadas de todo el mundo, y construyó lo que llamó el Ibada Khana(Casa de oración) donde invitaba a reunirse a representantes de todas las religiones de la India: hindúes, musulmanes, jainistas, seguidores  de Zoroastra y cristianos, para que expusieran sus ideas en un ambiente de total tolerancia. En 1572 invitó a su corte al Vicario General de Bengala, el sacerdote Julián Pereira, para que explicara ante él y los representantes de las otras religiones, los principios del cristianismo. Pero la poca formación intelectual de este sacerdote no satisfizo la curiosidad del emperador y, seis años más tarde, 1579, escribió al superior jesuita de Goa, pidiéndole que le mandase a “dos sus sacerdotes instruidos que deben traer consigo los libros de sus leyes, en especial los Evangelios, porque estoy realmente interesado en conocer su camino de perfección”[9]. En respuesta a esta petición, el superior jesuita nombró para esta misión a tres de sus sacerdotes: el italiano, Padre Rodolfo Acquaviva, el español, Antonio Monserrat, y al indio, converso del Islam, el Padre Francisco Enríquez, quienes llegaron al año siguiente a la corte del Gran Mogol.

La misión de los tres jesuitas fue muy bien recibida por Akbar, siendo alojados en el mismo palacio, en uno de cuyos salones el emperador ten,ia imágenes de Jesús, María, Moisés y Mahoma Los primero que hicieron los recién llegados jesuitas, siguiendo las instrucciones de su superior, el Padre Valignano, fue aprender la lengua culta de la corte, el Persa. “Los sacerdotes pidieron al emperador, escribe el P. Monserrat, que les concediera la asistencia de un maestro que les instruyera en el idioma Persa, y en menos de tres meses el P. Acquaviva hizo tales progresos en el estudio de la elegante literatura en aquella lengua   que impresionó vivamente al emperador y a los magistrados de la corte por su cultura y gran respeto hacia la gene. Y tan pronto como los sacerdotes llegaron a conocer la lengua lo suficiente para poder traducir los Evangelios con rigor, y para redactar un compendio de los dogmas de nuestra fe, iniciaron la tarea de traducir los relatos mas significativos entre las narraciones que se pueden leer en el Evangelio”[10].

Los jesuitas, en un verdadero ambiente de dialogo religioso, muy distinto a la intransigencia religiosa de la Iglesia de Goa, mantuvieron largos debates con los representantes de las otras religiones presentes en el Ibada Khana, así como numerosas conversaciones privadas con el emperador, explicándole las verdades cristianas con las que  el monarca se sentía bien dispuesto, diciéndoles que él veneraba a Cristo, al que no tenia dificultad en considerar divino, a la Madre de Dios, pero que no podía aceptar la idea de Tres Personas y un solo Dios, que Jesús fuese engendrado por una virgen, y que resucitase después de muerto, pero que estaba dispuesto a aceptar estas verdades si se le podía convencer con argumentos racionales. También les pidió, como explica el P. Monserrat, que pensasen un plan para que él pudiese convertirse al cristianismo sin crear tensiones entre sus súbditos y sin poner en peligro su vida, y para mostrar su buena voluntad, nombró al P. Monserrat, tutor del Príncipe Murad, del que el jesuita catalán escribió: “la inclinación del niño  hacia la virtud y su dedicación al estudio eran tales que no hubiese podido esperar más de un niño o de un príncipe cristiano”[11].

Es necesario también insistir en la actitud de absoluto respeto de los tres jesuitas hacia las otras religiones. De los hindúes el P. Monserrat escribió: “tienen los indios las mismas genealogías de dioses que tenían nuestros antepasados, pero es que nuestros poetas atribuyen estos nombres al cielo, a los elementos, y a cosas conectadas con ellos, mientras que los indios mantienen que los nombres de los dioses son nociones universales e intelectuales, como hacían los atenienses”[12]. Los jesuitas también estudiaron el Corán para poder discutir con los ulemas, y hablando de una princesa musulmana, el mismo autor nos dice que, “esta buena mujer daba de comer a más de quinientas personas, en una muestra de comportamiento ejemplar, digno de una heroína, si hubiese sido cristiana”[13]

Sin embargo, pasados tres años, los jesuitas se sintieron defraudados en sus esperanzas de convertir al emperador Akbar, pues este, en su deseo de unificar todas las religiones y encontrar un punto de convergencia y concordia que todos pudiesen aceptar, siguiendo fieles a sus propias creencias, creó una nueva “religión” sincretista que llamó Din Ilah(fe divina) en la que él mismo, siguiendo fiel a sus creencias islámicas, sería el último árbitro en cualquier controversia  que se originase en temas religiosos. El Decreto de fundación de esta confraternidad, más que religión, decía: “Para un imperio gobernado por una cabeza no es bueno tener a sus súbditos divididos y enfrentados entre sí por razones religiosas. Debemos pues reunirlos a todos bajo una misma fe, para que todos sean uno, asegurándonos de que ninguno pierda lo que es mejor en su propia religión mientras que, al mismo tiempo, pueda enriquecerse con las aportaciones de otras religiones. De esta manera se honrará al único Dios, mientras se fomenta la paz y seguridad del Estado”[14]. Akbar nunca se atribuyó ninguna misión profética o mandato de Dios, pues, estaba convencido de que, “la adoración de los monarcas consiste en la justicia y la buena administración. La justicia de una hora es mejor que orar toda la noche o ayunar sesenta años “[15].

Sintiendo los tres jesuitas que ya había terminado su misión dejaron la corte, volviendo a Goa, donde el P. Monserrat presentó un detallado Informe, “Mongolicae legaciones comentarius” (Comentarios a las Legaciones Mongólicas)”[16].

Pero ocho años más tarde (1591) en respuesta a una nueva petición del emperador Akbar, al Superior jesuita de Goa, de que le mandase, de nuevo, algunos jesuitas, dos Padres volvieron a la corte Mogol y, en Lahore, fundaron un colegio donde enseñar portugués a los hijos de las familias reales. Esta segunda misión, sin embargo duró muy poco, y no fue hasta 1957 cuando llegó a  la corte imperial otro grupo de jesuitas, encabezado por el P. Jerónimo Javier, sobrino de San Francisco Javier, quien permaneció en la corte hasta 1614, ya bajo el reinado del sucesor de Akbar, el emperador Jahangir, y, lo primero que hicieron al llegar a la corte fue, también, como habían hecho sus predecesores,  esforzarse en aprender el idioma de la corte, el persa. “Estos días, escribió el P. Jerónimo, nuestra principal y casi única ocupación es aprender persa, y esperamos, con la ayuda de Dios, poder dentro de un año, hablarlo correctamente”[17]. Y fue tal su éxito en el aprendizaje de esta lengua que, dos años más tarde, ya pudieron publicar, en persa, una Vida del Señor Jesús”, a la que siguieron otras muchas obras, como un extenso resumen de la doctrina cristiana ,bajo el nombre de ”Espejo de la Verdad”, un libro, dedicado al emperador, sobre “Los deberes del rey”, la traducción de los Salmos y el Nuevo Testamento, una gramática persa, en latín, con un vocabulario latín-portugués-persa, y otros libros que se han perdido.

También, contra su voluntad, el P. Jerónimo Javier se vio, más de una vez involucrado en los asuntos políticos del Estado, intentando siempre mantenerse lo más independiente posible. Así, cuando en una de las guerras emprendidas por el emperador Jahangir, este le pidió que consiguiese de los portugueses la suficiente artillería para derrotar al enemigo, el P. Jerónimo se negó a complacerle, lo que irritó al emperador que decreto su inmediata expulsión de la corte, aunque, finalmente, retiró la orden. En 1610, el emperador entregó a los jesuitas de la corte los tres hijos de su hermano muerto, Daniyal, para que fuesen bautizados, y, después de una larga instrucción así lo fuero, tomando los nombres de don Felipe, don Carlos y don Enrique. Sin embargo, pasados solo cuatro años, los Príncipes renunciaron a su nueva fe, volviendo a la fe de sus mayores, el Islam. Y en 1614 se puso fin a esta extraordinaria experiencia misionera, cuando el P. Jerónimo y sus compañeros volvieron ya definitivamente a Goa.

Thomas Stephen

Mientras unos misioneros jesuitas ponían en práctica las enseñanzas de inculturación del P Valignano, intentando exponer las enseñanzas de Cristo, en Persa, la lengua culta de la corte del Gran Mogol, y Mateo Ricci y sus compañeros, en la corte del emperador Wanli de la dinastía Ming, lo hacían en Chino, en Goa (Salsette), un jesuita inglés hacía lo mismo en  Marathi y Konkani, la lengua de aquella región occidental de la India.

El mismo año que partía parala Corte Mogol la primera misión jesuítica, llegaba a Goa el P. Thomas Stephen, hijo de in comerciante inglés, antiguo alumno de Oxford. Los cinco primeros años en las colonias portuguesas, el P. Stephen, conocido allí como Esteven, fue Rector del Colegio de Salsete, y los siguientes treinta y cinco años, hasta su muerte en 1619, los dedicó al apostolado misionero entre las gentes de todas las clases sociales. Pero, sin duda, su mayor contribución a los nuevos métodos misioneros iniciados por el P. Valignano, fue su extensa obra escrita en las lenguas locales que llegó a dominar de tal manera que le permitió preparar la primera gramática de Konkani, “Arte da Lingoa Canarim”, y un catecismo de la Doctrina Cristiana, también en un Konkani más refinado,”Doutrina Christam em lingoa Bramana-Canarim. Ordenada a maniera de dialogo para ensinar os meninos”.

Pero, sin duda, su obra por el que mejor se le conoce es el “Khrista Purana”. Los Puranas, una extensa colección de narracioneshistóricas, genealógicas, tradicionales, místicas y religiosas, centrada en las vidas y aventuras de los avatārs, las manifestaciones de los dioses en forma humana, son, entre la rica literatura religiosa hindú, las obras más populares, que todavía se cuentan en todos los hogares, se cantan en todos los tempos, y se enseñan en las escuelas de la India. Aunque los textos originales están en Sánscrito, los Puranas están traducidos en todos los idiomas y dialectos de la India, y la extraordinaria labor del P. Stephen fue utilizar la forma poética y el estilo épico de estos Puranas, para escribir en Konkani 11.000 estrofas de cuatro versos, exponiendo la historia de la humanidad, desde la creación hasta los tiempos de Jesucristo, lo que le valió el título, hasta hoy reconocido, de “Padre de la literatura cristiana en la India”.

Poco más sabemos de este pionero en los métodos misioneros de inculturación, excepto que al final de su vida se encontró, en Goa, con otro joven jesuita italiano que acababa de llegar de Europa e iba a proseguir la gran obra de inculturación que se estaba desarrollando en los dominios portugueses del lejano Oriente.

Roberto de Nobili

En 1605 desembarcó en el puerto de Goa un joven jesuita de 26 años que, en el proceso de adaptación misionera, iba a llevar hasta sus últimas consecuencias, como el P. Ricci estaba haciendo en la China, las enseñanzas del P. Valignano. Desde el primer momento, de Nobili se dio cuenta de que, en los dominios portugueses, hacerse cristiano era convertirse en “parangi”, el despreciable nombre con el que los nativos conocían a los portugueses, a los que consideraban impuros. Ser cristiano significaba, no sólo aceptar a Cristo y a la Iglesia, sino también, aceptar en todos sus detalles, el modo de vida de los extranjeros llegados de Europa. 

El italiano de Nobili tuvo la suerte de encontrar como superior suyo, a otro italiano, el P. Alberto Laezio, que deseaba librarse  de la tutela portuguesa y abrir nuevas tierras a la evangelización, dejando el hasta entonces único terreno de evangelización de los jesuitas, la Costa de los Pescadores, para poder penetrar el interior del país. El nuevo campo de apostolado escogido fue la región de Madurai, donde hacía ya varios años trabajaba el P. Gonzalo Fernandez sin, prácticamente, ningún fruto apostólico. Para ese nuevo campo de apostolado, Laerzio escogió a de Nobili, imponiéndole como primera obligación, aprender la lengua del lugar, el Tamil.  

Al llegar a su nuevo destino, de Nobili llevó a cabo una cuádruple adaptación: emocional, intelectual, social y litúrgica. Llama poderosamente la atención el profundo contraste que existe entre la negativa opinión de Francisco Javier sobre los miembros de las casas altas, los brahmanes, como hemos visto, y la muy positiva opinión de de Nobili sobre estas mismas personas, de las que escribió: “algunos piensan que estas gentes, los brahmanes, son unos ignorantes, pero yo os puedo asegurar que no lo son. Actualmente estoy leyendo unos de sus libros sagrados y en ellos estoy aprendiendo de nuevo mi filosofía; los términos filosóficos que utilizan son casi los mismos que los nuestros, aún que, naturalmente, su filosofía es fundamentalmente diferente de la nuestra”[18]

Esta positiva opinión de los brahmanes era fruto, no sólo de su generoso corazón y sólida fe, sino también del profundo conocimiento adquirido no sólo de la lengua hablada, el Tamil, a la que consideraba una lengua “muy hermosa, rica y elegante”, así como del Telegú., y la lengua sagrada del hinduismo, el Sánscrito, lo que le permitió profundizar en las raíces de la religión hindú. Al poco tiempo de llegar a su nuevo destino, de Nobili escribió al entonces P. General de los jesuitas: “junto con otros sabios del lugar, gasto cuatro o cinco horas diarias estudiando y comparando nuestras respectiva religiones”[19]

Pero esta adaptación al pensamiento de aquellas personas que tanto llegó a respetar y amar, no sería completa, ni fácilmente aceptada por sus amigos, si su forma exterior de vida hubiese seguido siendo la de los odiados “parengies”. Era pues necesario que su forma de vestir y de comportarse en sociedad fuese acorde con lo que él decía amar y respetar: la sociedad de las casas altas del lugar, y ahí viene la parte más conocida pero no la más importante, del proceso de adaptación del jesuita italiano. 

De Nobili escribió al P. Laerzio pidiendo permiso para cambiar su sotana negra por la túnica color zafrán, los zapatos de cuero, por unas sandalias de madera, y para adoptar otros signos externos de la indumentaria de los gurus(maestros) hindúes. Obtenido el permiso de su superior, de Nobili se rapó la cabeza, dejándose un pequeño mechón de pelo (kudumi) y, lo que fue más tarde causa de muchos problemas y sufrimiento para el misionero, se colocó sobre el hombro, cruzando el pecho, la hebra del algodón, signo distintivo del “doble nacimiento” de las castas altas indias, y se hizo una señal rectangular en le frente, con polvo de sándalo, para parecerse a los devotos de Vishnu y Shiva, que llevan también esta señal en la frente. Y así ataviado, con su cuenco de agua en la mano izquierda, y un bastón de bambú, en la derecha, el misionero recorría los caminos de Madurai, predicando el Evangelio, convencido como estaba, de que estos signos exteriores no tenían ningún significado religioso, sino que eran meros signos distintivos de las castas altas hindúes a las que se quería acercar como verdadero sannyasi, los hombres religiosos que, habiendo renunciado al mundo, recorrían los caminos de la India, como mendicantes, dedicados a la filosofía y las cuestiones religiosas.

Pero todo este esfuerzo de adaptación exterior, de la actividad misionera de de Nobili, fue pronto muy mal interpretado, tanto fuera como dentro de la Compañía de Jesús, lo que llevó a la trágica controversia de los mal llamados “Ritos Malabares”[20]. En 1610, aparecieron en el horizonte las primeras nubes de la tormenta que iba a caer sobre las espaldas del misionero. Aquel año, el P. General de los Jesuitas, el P. Claudio Acquaviva, nombró al portugués P. Nicolás Pimenta, Visitador de las Provincias de Goa y Malabar y, tan pronto como llegó a su nuevo destino empezó a recibir quejas y acusaciones contra los métodos del P. de Nobili y, a los pocos meses, el P. Pimenta pidió a cinco teólogos de Goa, que examinasen los métodos del misionero del Madurai y diesen su opinión sobre los mismos. Las conclusiones de estos teólogos no podían ser más negativas: la forma de actuar del P. de Nobilli era una negación de la verdadera fe, los conversos que había hecho no eran verdaderos cristianos, y concluían que los Superiores tenían, bajo pena de pecado mortal, que suprimir la misión de Madurai.

En respuesta a estas acusaciones, de Nobili preparó una larga apología  de sus métodos misioneros, de casi cuarenta páginas, para mandar al Papa, en la que, basándose en Santo Tomás y los Santos Padres de la Iglesia, que defendían la necesidad de “hacerse todo a todos, para ganarlos a todos”,  así como en textos de las escrituras sagradas hindúes, mostraba que los símbolos que asumía en  su esfuerzo para adaptarse a las gentes entre las que vivía con el único fin de predicar el Evangelio, eran símbolos puramente civiles, sin ningún tipo de contenido religioso. Pero esto fue solo el principio de un largo calvario que tuvo que sufrir de Nobili, durante los doce años que duró la controversia con las autoridades eclesiásticas portuguesas, la Inquisición, y los teólogos, algunos de ellos, lo que fue más duro para de Nobili, compañeros de su misma Oren religiosa.

Acudió varias veces a Goa, sólo o acompañado por algunos brahmanes conversos que le apoyaban, para explicar el significado de sus nuevos métodos de evangelización. Preparó extensos escritos explicando en detalle el significado puramente civil de cada uno de los símbolos adoptados: la ropa de azafrán, la hebra de algodón, el mechón de pelo, los baños rituales, la señal de sándalo dibujada en la frente, el uso del Sánscrito en algunas ceremonias religiosas y, en general, su forma de vida como sannyasi. Pero de nada sirvieron sus explicaciones, y se le prohibió bautizar a nuevos catecúmenos.

De Nobili tuvo que esperar hasta 1623, cuando el Papa Gregorio XV, por la Constitución Apostólica, Romanae Sedis Antistesque aprobó los métodos de adaptación del jesuita italiano, con estas palabras: “Tomando en consideración las debilidades humanas, permitimos, en virtud de nuestra autoridad Apostólica, a los brahmanes conversos y otros gentiles que han sido y serán convertidos a nuestra fe, el uso de la hebra de algodón y también el kudumi, como signos meramente distintivos de su status social, su nobleza u otros oficios; también permitimos el uso de las señales en su frente, y las abluciones rituales, y para evitar toda superstición o causa de escándalo …los nuevos conversos recibirán estas insignias de manos de sacerdotes católicos, después de hacer una confesión de fe y de ser bendecidos y recitadas las oraciones que apruebe el Ordinario para toda la diócesis”[21]

Unos pocos años más tarde, 1659, la recientemente creada por el mismo Papa, la Congregación para la Propagación de la Fe, emitía una directiva, con ocasión de la controversia de los Ritos Chinos, que podían, perfectamente, aplicarse a los métodos misioneros de de Nobili, que decía: “No pongáis ningún empeño ni aduzcáis ningún argumento para convertir a estos pueblos de que cambien sus ritos, sus formas de vida o sus costumbres, a no ser que sean evidentemente contrarios a la religión y la moral,- y añadía- ¿hay algo más absurdo que querer imponer Francia, España o Italia o cualquier otro país Europeo a la China? No llevéis a estas tierras vuestros países, sino la fe, esta fe que no rechaza ni hiere los ritos ni los usos de ningún pueblo, con tal de que no sean detestables, sino que quiere que se les guarde y se les proteja”[22].

Con estas palabras del Papa y su Dicasterio deberían haberse terminado definitivamente las controversias sobre los ritos Malabres, pero no fue así. Cincuenta años después de la muerte del P. de Nobili, en 1656, la controversia de los Ritos Malabares se reinició, vinculándose esta vez a la controversia de los Ritos Chinos. En 1707, algunos padres capuchinos franceses de la misión de Pondicheri, probablemente desconociendo la Bula de Gragorio XV, y basándose en erróneas informaciones, denunciaron ante el Legado Pontifico, Maillard de Tournon, que estaba en camino hacia la China, para estudiar el problema de los nuevos ritos introducidos por el P. Ricci y sus compañeros, algunas prácticas de los jesuitas en el  territorio de Madurai, prácticas que, en realidad nunca se habían aprobado ni se practicaban, y que habían sido el origen de la leyenda de los “Ritos Malabares”. Desgraciadamente, después de años de fructífera actividad misionera, en China y Madurai,  basada en la idea de inculturar la fe que se predicaba, en 1742, por la Bula Pontificia de Benedicto XV, “Ex Quo Die” se prohibieron los nuevos ritos en los dos países, poniendo, así, fin a uno de los más interesantes experimentos de adaptación de la actividad misionera, e iniciándose un largo período de siglo y medio, de una profunda crisis de la actividad misionera en la India.

Constanzo Giuseppe Beschi

Pero el fracaso del camino emprendido por el P. de Nobili para acercar la fe católica a las gentes más educadas del sur de la India, no supuso, inmediatamente, el fin de otros esfuerzos de inculturación llevados a cabo por otros jesuitas en aquel país. En 1711 había llegado también a Madurai otro jesuita italiano quien, con el tiempo, además de admitir en la Iglesia a casi 12.000 personas, llegaría a ser un clásico en la literatura Tamil, el Padre Constanzo Giusppe Beschi quien, siguiendo los pasos de su predecesor, el P. de Nobili, se integró totalmente en el modo de vida de su entorno hindú, convirtiéndose también en un admirado sannyasien su modo de vestir, comer y desplazarse. Su integración en el mundo hindú de su entorno se reflejó también en la imaginería religiosa y en la arquitectura de los tres santuarios que construyó, integrando elementos estructurales y decorativos de los templos hindúes; santuarios que todavía hoy son muy visitados centros de peregrinación por los fieles cristianos y los  no-cristianos de aquella parte del sur de la India.

Pero, sin duda, donde mejor mostró su total integración con aquellas gentes con las que convivía fue en el campo de las letras. Conocedor, no solo del Sánscrito, sino también del Telegu. ,el Urdu y el Tamil,  como había hecho el P. Stephens con la lengua konkani, el P. Beschi lo hizo con el Tamil del que preparó varias gramáticas y diccionarios, como el famoso Chaturakaati,un diccionario etimológico, de sinónimos y estilos poéticos, y otro diccionario Tamil-Latín y Latín–Tamil-Portugués, así como varios libros de catequesis y cuestiones apologéticas. Pero, sin duda, su obra magna fue el Thembavani, (La Guirnalda Imperecedera), un poema de 3.615 estrofas en honor de San José, estimado hasta hoy, como un clásico de la lengua dravida, el Tamil. En todas sus obras escritas se puede descubrir la influencia de las escrituras hindúes, en el vocabulario, la sintaxis, las ideas y los mitos utilizados.  Su amor por la cultura y las gentes del Tamil Nadu le hizo también traducir al latín, para darlo a conocer en Europa, el más famoso poema épico en lengua Tamil, el Thirukukkural.El historiador británico Stephen Neills pudo esribir, al referirse al P. Beschi: “Jamás un europeo en la India ha producido una obra de tanta erudición y tanta elegancia en su estilo literario”.[23].

Pero estos gigantes de la inculturación que acabamos de mencionar no fueron, ni mucho menos, los únicos. El P. José Kalapaura presentó en el XI Congreso Internacional de la ALAADA (Asociación Latinoamericana de Estudios Asiáticos y Africanos)[24]una ponencia sobre “La interacción India y Este-Oeste. La contribución de los jesuitas en los siglos 16 y 17” en el que menciona más de veinticinco nombres de jesuitas en la India que, durante estos siglos, imbuidos de un gran espíritu humanista y un profundo amor al país que los había acogido, hicieron una extraordinaria contribución al acercamiento del subcontinente asiático a Europa, en los más diversos campos del conocimiento: historia, astronomía, geografía, etnografía, literatura, educación y prensa. Su aportación fue especialmente importante en el campo de las letras en los distintos idiomas de aquel país.

Además de las aportaciones, como hemos visto, al Persa, Urdu y Hindustani en la corte del Gran Mogol, el Konkani y Marathi en la costa oeste, y el Telegú, Tamil, Malayalam y Kanarese en el sur, junto con el Siríaco entre las comunidades cristianas de rito oriental, el P.  Kalapaura menciona las aportaciones de los  siguientes jesuitas:  El P. G. Coeurdoux (1691-1777) fue el primero en descubrir la relación entre el Sánscrito, el Latín y el Griego; el P. H. Roth (1620-1668) dio a conocer al mundo occidental la escritura original  del Sánscrito,  el  davanagari; el P. J.E. Hamxdelen ( 1689-1732) preparó los primeros diccionarios Latín-Sánscrito y Portugués- Sánscrito; y  el P. J.F.Pons (1698-1753) ,experto en los distintos campos de la literatura Sánscrita:  Vedas, tratados gramaticales hindúes, los seis sistemas de filosofía, así como los tratados de astronomía. Fueron también estos jesuitas que introdujeron en la India el método de impresión con caracteres móviles, primero en 1556, en Goa, los caracteres romanos, y más tare los caracteres de otras lenguas indias como el Tamil, el Malayalam y el Siríaco.Pero todos esfuerzos misioneros de inculturación llegaron a un trágico final con la supresión de la Compañía de Jesús en 1773, por la Bula Dominus ac Redemtor nosterdel Papa Clemente XIV. 


[1]Lisboa: na off. De Valentin da Costa, Deslandes, 1710. Portugal Torre do Pombo, Biblioteca, S.P. 869-870.

[2]D`Sa, M.Fco, “History of  the Catholic Church in India(Vol.I) X.Furtado, Bombay 1910. p. 33.

[3]Fco. Javier, Cartas y Escritos, BAC, Madrid 1999, p. 154, 201,229, 235,341, 413, 443.

[4]D`Sa,F. op. Cit..pgs 116 a 121.

[5]Javier, op.cit.  pags 107 y 139. 

[6]   idem pag 177.

[7]   Idem, pág 265 a 269. San Ignacio en su respuesta propuso a Javier cinco maneras de promover vocaciones indígenas. 

[8]   idem, pags 112 a 115.

 Llama poderosamente la atención el contraste entre la pobre opinión que tenía Fco. Javier de los indios, y las alabanzas que no escatimaba al hablar de los japoneses y los chinos. De los primeros escribió: “la gente de los que hasta agora tenemos conversada es la mejor que asta agora está descubierta, y me parece que entre gentiles no se hallará otra gente que ganes a los japoneses. Es gente de muy buena conversación y generalmente buena y no maliciosa, gente que honra mucho y a maravilla, estiman más la honra que cualquier otra cosa…son gente de muy buena voluntad, muy conversable y deseosa de saber (Cartas p. 354); y de los chinos escribió:”la gente de China es muy aguda, de grandes ingenios, mucho más que los japoneses, y hombres de muchos estudios…Los chinos son muy deseosos de saber.  China es una tierra poblada de gente muy ingeniosa y de muchos letrados” (Cartas, pag. 40, 408, y 447). 

[9]Eraly, A. The Mughal Throne. The Saga of India’s Great Emperor, Phoenix, London 2000, pg. 197.

[10]Monserrat, A.  y Alay, J.L. Embajador en la corte del Gran Mogol. Viajes de un jesuita catalán del siglo XVI por la India, Paquistán, Afganistán y el Himalaya, Milenio, Lleida 2006, p.102.

[11]  idem pg. 104.    

[12]  idem pg. 133.

[13]  idem pg. 138.

[14]   Eraly, op cit. pg. 206.

[15]   idem .pags. 187 y sigs.

[16] Monserrate, A. “Mongolicae Legationis Commentarius” , edt. H. Hosten publicado en “Memoirs of the Asiatic Society of Bengal” Vol III, nº 9, pgs. 518-704, Calcuta 1914. Base del libro en español citado más arriba.

[17]   Camps, A., “Jerome Xavier, S.J. and the muslims of the Mogul Empire”, en Nouvelle revue de science missionnaire, Suisse 1957, p. 181.

[18] Cronin, V., A Pearl toIndia.The Life of Robert de Nobili,E.P. Dutton & Co. N.Y. 1959.  pag. 97. El mismo autor tiene una magnífico libro sobre la experiencia misionera del P. Ricci y sus compañeros en la China, titulado The Wise Men from the West, Harvill Press, London, 1955.  

[19]   Croning, op.cit., pag. 61-

[20]   “Mal llamados” porque ni se refería a “ritos” religiosos, si no a costumbres sociales, ni eran del “Malabar”, sino de Madurai, donde de Nobili vivía y que está a cientos de kms de la costa malabar.

[21]Cronin, op.cit.  pag. 229-230.

[22]  Colletanea Congregationis de Propaganda Fides, Roma, ex Tipographa Polyglota, S.C. de Propaganda Fides, 1907, Vol I (1622-1866) pag 42.

[23]Nelly, Stephen, History of Christianity in India 1707-1858, Cambridge University Press, London 1985, p. 87.

[24]Kalapaura, J, La interacción India y Este-Oeste. La Contribución de los jesuitas en los siglos 16 y 17,Ponencia en el XI Congreso Internacional de la ALADAA (Asociación Internacional de Estudios Asiáticos y Africanos), México de 12 a 15, 2003.

Artículo elaborado por Gaspar Rul-lán, teólogo, especialista en hinduismo, colaborador de Fronteras CTR.

Rating: 5.0/5. From 2 votes.
Please wait...

1 comentario en “El Oriente conquistado (s. XV-XVIII): nueva presencia del cristianismo en la India”

  1. Una interesante información. Llama la atención el cambio de actitud de los evangelizadores en relación al trato que solían dar a los evangelizados en la India. Hoy no se puede más que ver con horror los Decretos del Primer Sínodo Provincial de Goa, en 1,567, y los Decretos del Virrey, dimanantes de los anteriores. Admira la capacidad para aprender las lenguas indígenas. Elogiable, sobre todo para aquellos tiempos, los consejos pedagógicos del jesuita napolitano Alexandro Valignano, que explican que, aunque sus estancias en la India fueron cortas, “sus enseñanzas sembraron la semilla”. Interesante el emperador Akbar el Grande, y su censurado sincretismo podía no estar muy fuera de lugar: Las discrepancias con los frailes seguro que tenían un componente pasional. Elogiable también “la actitud de absoluto respeto de los tres jesuitas hacia lasa otras religiones”. (Referencia a R. Acquaviva, A. Monserrat y J. Javier).

Deja un comentario