La curiosidad penúltima: la ciencia en la estela de las preguntas últimas

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(Por Pablo de Felipe y José Manuel Caamaño) La curiosidad es innata al ser humano y la ciencia y la religión nacen de esa curiosidad, como dos caminos diferentes para alcanzar respuestas. La historia de las dos está llena de hilos entrelazados que se pueden rastrear, desde las pinturas rupestres hasta la física cuántica. Ahora, en La curiosidad penúltima, un artista y un científico nos explican este largo entrelazamiento histórico: la penúltima y última curiosidad. El presente escrito constituye el prólogo a la edición española de esta magna obra.

 

A principios del siglo XXI resulta sorprendente ver cómo muchos artículos, películas, libros, e incluso libros de texto, todavía repiten la vieja «metáfora de conflicto» decimonónica de una perenne e inevitable guerra entre ciencia y religión. Sin inmutarse ante los avances recientes en la historia de la ciencia, esta reconstrucción de la historia todavía predomina en la opinión pública. La investigación histórica de las últimas décadas ha puesto de relieve las limitaciones, sesgos e incluso errores claros de esta perspectiva de conflicto, que ignora muchísimas páginas de la historia de la ciencia y la religión. Sin embargo, es poco corriente que estas investigaciones lleguen al público general en obras que las hagan accesibles a los no especialistas con un formato narrativo que realmente enganche a los lectores.

Y eso es lo que hace este libro. No es un libro para historiadores de la ciencia especializados, sino un libro que saca provecho de las amplias lecturas de sus autores, Roger Wagner (artista) y Andrew Briggs (físico), que beben en las fuentes primarias y secundarias de los temas que tratan. Y así han podido después explicar a los lectores no especializados toda una serie de historias interesantes, a menudo salpicadas de anécdotas y con el complemento de bellas ilustraciones. Algunas de esas historias e imágenes son poco conocidas. Como ejemplo podemos mencionar la historia de Filópono, y las imágenes de las excavaciones arqueológicas de lo que parece haber sido la escuela de Alejandría, donde tuvo lugar la legendaria enseñanza de la filosofía y la filosofía natural hasta el siglo VII.

Cada historia particular está bien investigada y la obra no cae en errores de bulto. El libro podría haber sido diseñado simplemente como una forma de divulgación de diferentes viñetas o episodios de la historia de la ciencia, o más específicamente de la historia de la ciencia en relación con la religión. Sin embargo, sus autores presentan una interesante imagen, una metáfora, para interconectar lo que de otra forma no habrían sido más que escenas aisladas.

Para comprender la idea global sobre la que se apoya la estructura del libro necesitamos revisar cuidadosamente el título. La idea de una curiosidad penúltima hace referencia obviamente a algo más que debería ser considerado como la curiosidad última. Y la conexión entre ambas está en el subtítulo con la metáfora del «slipstream», de un movimiento en la estela que abre otro por delante. Así que la idea clave del libro es que la ciencia se ha movido en la estela de las preguntas últimas de naturaleza espiritual y filosófica. En el libro esa idea se visualiza con las imágenes de una manada de gansos volando en forma de V, un banco de peces nadando o un pelotón de ciclistas. En todos estos casos hay corredores en cabeza que abren el camino, que encabezan a los que siguen y hacen que sus movimientos sean más fáciles. De esta manera, la curiosidad última sobre las preguntas últimas abriría nuevos escenarios para las indagaciones de la curiosidad penúltima sobre la naturaleza de nuestro mundo. El ejemplo de los ciclistas tiene una utilidad añadida para ayudar a explicar los conflictos ocasionales entre ciencia y religión como miembros del pelotón que se acercan demasiado unos a otros, como ocurriría en el ejemplo de los autores cuando la búsqueda penúltima se acerca a las preguntas últimas.

Esta gran pincelada global que cruza milenios y continentes no es solo una propuesta para entender la historia de la ciencia y la religión, sino que sirve también como herramienta narrativa para conectar todas las historias, incluso en casos cuando la conexión parece debilitarse. Esto no debería sorprendernos, dado que el libro rompe muchas fronteras tradicionales entre disciplinas, incluyendo en esta historia de la ciencia y la religión (un campo que ya es de por sí interdisciplinar) relatos sobre el arte prehistórico, la arqueología de Oriente Medio o la arquitectura de edificios científicos icónicos como el Museo de ciencias de Oxford o el Laboratorio Cavendish de Cambridge. Abriremos a continuación el apetito de los lectores con una rápida panorámica a vista de pájaro de las diferentes partes del libro (cada una de las cuales contiene varios capítulos).

El prólogo del libro se inicia con historias sobre dos edificios emblemáticos de la ciencia contemporánea británica, pero también de alcance mundial: el Museo de la Universidad de Oxford y el Laboratorio Cavendish en Cambridge. Esos relatos llevan a los autores a indagar sobre el origen de la estrecha relación entre ciencia y religión que se refleja en ambos, para lo que plantean un retroceso hasta la prehistoria.

La Primera Parte inicia el «viaje» intelectual de los autores con el descubrimiento del arte rupestre a finales del siglo XIX en Altamira, y las subsiguientes investigaciones paleontológicas, etnográficas, primatológicas y psicológicas en varios continentes para indagar sobre la aparición de la conciencia en la evolución humana.

Con un gran salto histórico la Segunda Parte indaga el origen de la reflexión racional que podríamos llamar «proto-científica» en la antigua cultura griega a ambos lados del mar Egeo, para terminar con los movimientos filosóficos estoico y epicúreo. El capítulo acaba con la aparición de la ciencia helenística, uno de los momentos más brillantes del estudio de la naturaleza en la antigüedad.

El siguiente escenario lo encontramos en Alejandría, el centro de la cultura helenista, pero en un periodo post-helenístico, en el ocaso de la antigüedad e inicio de la cultura bizantina: el poco conocido siglo VI. Aunque esta época y lugar son popularmente asociados con el inicio de la supuesta oscuridad medieval, la Tercera Parte se centra en el intenso debate que allí se produjo respecto a ciertos aspectos de la cosmología aristotélica y sus implicaciones religiosas (como la eternidad del mundo y el carácter divino de los cielos) entre dos brillantes estudiantes de esa ciudad, uno pagano, Simplicio, el otro cristiano, Filópono. Se trata de una interesantísima historia muy poco conocida.

Siguiendo ahora una línea cronológica más continua, la Cuarta Parte investiga el destino del aristotelismo y de las relaciones de su cosmología con la religión en la cultura musulmana. Los autores investigan la influencia de las críticas al aristotelismo de Filópono en los pensadores musulmanes, y cómo el mundo musulmán no solamente preservó el legado cultural de la antigüedad (en buena parte traducido por cristianos orientales al árabe), sino que en ciertos casos fue capaz de analizarlo críticamente e innovar más allá de la herencia recibida. Toda esta riqueza cultural acabaría transmitiéndose a los cristianos occidentales (con traducciones al latín), que tendrían que hacer frente a desafíos similares a los de sus predecesores musulmanes en las recién creadas universidades.

La curiosidad penúltima

Wagner y Briggs trazan la influencia de la actitud crítica hacia Aristóteles exhibida ya por Filópono hasta su conclusión histórica con la nueva física de Galileo en la Quinta Parte. Como no podía ser menos, las complejas relaciones ciencia y fe en torno a los juicios y condenas en los que Galileo se vio envuelto son también analizados aquí. Se trata de un episodio muy conocido de las relaciones ciencia y fe, pero generalmente conocido de manera superficial y a través de la perspectiva de conflicto, que impide que se pueda apreciar la complejidad de esa historia a la que nos introducen los autores, que también exponen cuál era la perspectiva del propio Galileo sobre la relación ciencia y fe.

En la Sexta Parte el foco de atención pasa a la Europa protestante, donde se nos cuentan apasionantes historias, como las de Rheticus, el ayudante luterano del católico Copérnico, que logró que el revolucionario libro de su maestro viajase desde la católica Polonia para ser publicado en la Alemania protestante con una carta dedicatoria al papa. Bajo su influencia, Kepler logró la renovación de la vieja astronomía griega. Poco después, en Inglaterra, el impulso dado a la «filosofía experimental» por Bacon llevó a la fundación de la Royal Society. Entre sus fundadores se encontraba nada menos que Boyle, que como Kepler veía el estudio del «libro de las criaturas» como un sacerdocio para «la gloria de su autor».

Como era de esperar, Newton no puede dejar de ser el foco de otra sección. La Séptima Parte analiza su aportación a la ciencia y la manera en la que los intereses religiosos y científicos se entrelazan en su pensamiento. Resulta sorprendente la diversa y contradictoria recepción que tuvieron sus ideas. Mientras que en la Europa continental muchos las vieron —con alegría o con temor— como un apoyo al incipiente deísmo y ateísmo, en las islas británicas se usaron, con el beneplácito de Newton, para cimentar una teología natural al servicio del cristianismo. Ese uso de la ciencia a favor de la teología sería cuestionado en el continente por científicos cristianos como Pascal y Leibniz, cuyas posturas se exponen también en el libro.

Si bien hasta aquí casi todo ha sido más bien cosmología y temas científicos que caerían dentro de lo que actualmente sería la astronomía y la física, la Octava Parte se centra en la Biología, al tratar la obra de otro gran personaje de la historia de la ciencia, Darwin, cuyo estudio se hace en paralelo con el del astrónomo John Herschel, inspirador, pero también crítico de las ideas del biólogo sobre la evolución de las especies. Lo que popularmente se conoce menos son las diferentes trayectorias religiosas de ambos autores, que aparecen aquí expuestas en sus propias palabras.

Tal vez la Novena Parte sea la que más pueda sorprender a un lector acostumbrado al recorrido de la historia de la ciencia. Wagner y Briggs se mantienen en la secuencia cronológica, el siglo XIX, pero dan un salto radical de ámbito de estudio para narrar el desciframiento de las escrituras cuneiformes y los mitos mesopotámicos más famosos como los de la creación y del diluvio. Estos textos llevan a un replanteamiento de las lecturas tradicionales, más bien literalistas, que se hacían en el siglo XIX de los relatos equivalentes del Génesis. Replanteamiento fascinante que los autores desarrollan con cierto detalle.

Y de vuelta al punto de partida, la Décima Parte trata la poco conocida historia de Acland, el devoto médico evangélico de Oxford, cuya incansable actividad en pro de la ciencia fue clave para ganarse al clero y lograr la construcción del Museo de la Universidad de Oxford. Esta sección acaba con otro piadoso científico, el físico Maxwell, asociado a la construcción del otro edificio con el que se abría el libro, el Laboratorio Cavendish de Cambridge.

El libro acaba con un epílogo en el que se tratan ciertos aspectos de la ciencia del siglo XX: evolución y azar, neurociencia y dualismo, y finalmente el siempre extraordinario mundo cuántico.

Dada la amplitud de su ámbito, cada historia tiene que ser corta; pero los autores han sido muy cuidadosos al evitar los frecuentes mitos modernos sobre ciencia y religión. Es un apasionante recorrido, que a veces puede dejarnos sin aliento por la riqueza de la información que se nos brinda, pero que seguro despertará en los lectores el interés por profundizar más en algunas de esas apasionantes historias. Si eso ocurre, esa puede ser una de las pruebas más claras del éxito de esta obra.

Quisiéramos acabar con una reflexión sobre la bella metáfora del movimiento en la estela («slipstream»), que los autores usan como hilo conductor del libro. Como cualquier otra metáfora que se use para abarcar una historia de varios milenios, es obvio que tiene virtudes y debilidades, situaciones históricas en las que puede ser más útil y otras en las que no lo será tanto. Pero aquí los autores no pretenden tanto una aplicación exhaustiva y excluyente de esta idea, sino que la usan como inspiración para indagar otras historias de relaciones ciencia y fe que el abrumador modelo de conflicto no ha permitido contar a nivel popular con la frecuencia que sería deseable (es más que posible que muchos lectores descubran algunas de estas historias por primera vez).

En realidad, la búsqueda de un enfoque positivo de la relación histórica entre ciencia y religión no es totalmente nueva. Otros autores a lo largo del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI han defendido que la religión (al menos en alguna de sus formas) ha tenido efectos positivos para la ciencia. Aquí los autores se han esforzado por evitar cuidadosamente un enfoque «apologético» que abuse de la historia de la ciencia para justificar determinadas posturas religiosas (algo que en el pasado ha desacreditado otras propuestas de ruptura con el modelo de conflicto).

Obviamente, es imposible cubrir toda la rica variedad cultural de los últimos milenios de historia, por lo que tras el estudio de la prehistoria en varios continentes, los autores han centrado su estudio en las riveras del Mediterráneo y en la tradición Abrahámica. Fuera quedan otras culturas como la India, China o las culturas precolombinas. Pero eso debería verse no como una limitación, sino como una oportunidad y un desafío que plantea este libro para explorar en otros contextos culturales la utilidad de la metáfora del movimiento de la curiosidad científica en la estela de la curiosidad última transcendente.

Dejando atrás el viejo modelo de conflicto ciencia y religión, y yendo más allá de la solución artificial de pretender separarlas en compartimentos estancos, Wagner y Briggs han investigado las evidencias históricas de antiguos diálogos y entrelazamientos entre ciencia y religión (sin que esto les impida encarar los momentos de conflicto en sus relaciones). Así, pues, invitamos a los lectores a disfrutar el colorido despliegue de inspiradoras historias que han surgido del diálogo entre un artista y un científico.

 

Artículo elaborado por Pablo de Felipe (coordinador del Centro de Ciencia y Fe de la Fundación Federico Fliedner) y José Manuel Caamaño (director de la Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la U. P. Comillas) para el prólogo del libro La curiosidad penúltima.

 

El libro será presentado en la Universidad P. Comillas el próximo día 12 de abril a las 18:30 en el marco de la IX Conferencia Fliedner de Ciencia y Fe.

 

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2 comentarios en “La curiosidad penúltima: la ciencia en la estela de las preguntas últimas”

  1. Me interesa mucho el tema. Soy profesora de historia de la filosofía de la Ciencia en escuela católica . Espero poder conseguir el libro en Argentina. Saludos.

  2. Tal vez sea posible encontrar en ese libro un hilo conductor que pueda relacionarse con lo que Zubiri llama “dimensión teologal (no teológica) de la persona humana”, si la entendemos, sin demasiado rigor, como constante “curiosidad penúltima”, antropológica; y con el contenido del capítulo “Lo penúltimo y lo último”, pág. 219, del libro de Pedro Laín Entralgo, al menos en perspectiva epistemológica, titulado “QUÉ ES EL HOMBRE. Evolución y sentido de la vida”. Ambos referentes de esa relación no están en la línea del libro de los autores; pero seguramente puedan ser un complemento del mismo. Por tanto, espero poder adquirirlo para constatar hasta que punto ese “hilo conductor” tiene un fundamento antropológico, que los autores me parece que aceptan, ya que afirman que esa “curiosidad es innata al ser humano”.

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