Humanismo, teología política e imperios

[Agustín Ortega Cabrera] En este artículo, queremos continuar y profundizar algunos apuntes que hemos realizados en otros escritos anteriores, especialmente, sobre las cuestiones sociales y políticas en ese diálogo de la fe con la razón, con las ciencias y filosofía. Ciertamente, la realidad política es una dimensión constitutiva del ser humano y de la fe, para realizarnos como personas, como seres morales y espirituales; ya que desarrolla nuestra inherente sociabilidad, con su sentido ético y místico, buscando el bien común más universal, la civilización del amor en el orden de las relaciones humanas, de las estructuras e instituciones de todo tipo que conforman esta vida social.

En esta línea, como se ha estudiado, las religiones monoteístas, proféticas e históricas como la fe cristiana-católica tienen de suyo este carácter político. El Reino de Dios Padre, centro de la vida y misión de Jesús, muestra esta intrínseca relevancia pública de la fe, que renueva toda la realidad social e histórica de la vida de las personas, de los pueblos y de los pobres de la tierra. Es ese inherente amor civil, la caridad política e institucional, esencial en la existencia humana y teologal, que despliega esa fe universal, inteligente y transformadora e irnos liberando integralmente de las causas personales y estructurales del mal, del pecado y de toda injusticia.

El sentido de la teología política ante los imperialismos

De ahí que, a lo largo de la historia, dicha fe profética con su vital humanismo se haya confrontado con los imperios (imperialismos), como el egipcio o el babilónico y el greco-romano, que pretenden ser absolutos y divinizarse con sus falsos dioses del poder, de la riqueza-ser rico y de las violencia junto a sus guerras, ejércitos, armas u otros elementos bélicos. Es el problema, mal y cuestión central de pretender teologizar (divinizar) las realidades de estados, gobiernos, poderes e imperios con su dominación, ese confesionalismo e ideologización partidista de la fe con su teo-eclesiocracia.

Efectivamente, en esta dirección y cuestión, es básico la distinción entre estos ámbitos de la fe e iglesia y otros institucionales como los estados (gobiernos e ideologías) o económicos (mercados) que no son absolutos, no se pueden sacralizar ni idolatrar como falsos dioses, respetando esa adecuada laicidad. Por tanto, hay que rechazar todo ese confesionalismo e ideologización de la fe, como pretende imponer una supuesta (falsa) “cristiandad” y ese “nacionalcatolicismo” que no es verdadero. Al igual que hay que oponerse al laicismo excluyente y totalitario, que pretende negar esa indispensable esfera pública de la fe con su sentido moral, social y político como hemos explicado más arriba.

La fe e iglesia con su doctrina social (DSI), con los mismos concilios como el Vaticano II, nos enseñan y transmiten todo lo anterior. De forma similar, desde su propio ámbito, la propia disciplina teológica y filosófica, con sus corrientes de pensamiento como el crítico o el latinoamericano, nos ofrecen estas valiosas claves u otras semejantes al respecto. Así, se nos presenta una actual y autentica teología política, critica y liberadora inspirada en la fe, con su dialogo interdisciplinar; cuya entraña es la Memoria passionis de Jesucristo crucificado-resucitado, el Dios de la vida encarnado en la realidad, y de las víctimas de la historia, con esa mística de los ojos abiertos y misericordia compasiva ante el sufrimiento humano. Esta caridad política y solidaridad asimétrica que busca la paz, la justicia y la ecología integral con los pueblos crucificados, con los pobres, con los oprimidos, los últimos y esa casa común que es nuestro planeta tierra, ese real buen vivir.

La teología política visibiliza el aguijón profético y apocalíptico-escatológico de la fe, el tiempo mesiánico y trascendente que ya nos va liberando integralmente de todo mal, de la muerte e injusticia. A la misma vez, realza la reserva escatológica abierta siempre a la esperanza y trascendencia,  el futuro de la vida plena-eterna., que impide la confusión y absolutismo de un supuesto progreso u orden establecido, con sus mecanismos institucionales. Y, en esta línea, que nunca podrá agotar ni acaparar el don de la salvación liberadora e integral, que trae el Evangelio del Reino con el Señor Jesucristo.

Esta teología política, alimentada por dicha fe y DSI, transmite este don de la gracia salvadora y liberadora del pecado personal, social, estructural e histórico. Esas estructuras (socioeconómicas e institucionales-jurídicas) de pecado que impiden el bien común, que niegan la paz y la justicia social e internacional con los pobres, rechazando así una democracia real.

Humanismo, principios y claves

Tal como ya indicamos, esta real teología política, inspirada en la fe con la DSI, ha sido apuntada por lo más valioso de la Tradición de nuestra fe con su espiritualidad, sus santos o testimonios y doctores, su humanismo, su sabiduría, su legado científico, filosófico y teológico. En este año que estamos celebrando su aniversario, ahí tenemos como modelo y una de las cimas de todo ello a la Escuela de Salamanca, con sus maestros dominicos como Vitoria o Soto, tan marcados por otra dominica como es santa Catalina de Siena y, junto a ellos, podemos citar a otros jesuitas como Suárez o Mariana.

Esta escuela se configura con el glorioso siglo de oro español y otros maestros espirituales, como los carmelitas o el propio san Ignacio de Loyola, u otras escuelas o centros de esta época como el de Valladolid y, singularmente, la de Alcalá con F. J. de Cisneros u otros nombres como santo Tomás de Villanueva e Isabel I de Castilla. Y, asimismo, han influido decisivamente en los misioneros y religiosos, que llegan por primera vez al continente americano, u otros santos de esta realidad como Pedro de Córdoba, A. Montesinos o B. de las Casas, el protomártir A. Valdivieso, “Tata” Vasco de Quiroga. J. de Zumárraga, los santos F. Solano (OFM), Toribio de Mogrovejo y el jesuita canario J. de Anchieta.

Con sus sombras o límite y luces, lo mejor de estos santos o testimonios, en la huella de otros santos fundadores como el de Asís y Santo Domingo u otros genios como santo Tomás de Aquino o san Agustín, se nos presentan como modelos de todo este humanismo inspirado en la fe con su teología política. Unos pioneros de la DSI, de los derechos humanos y del derecho internacional, como fueron (por ejemplo) las leyes de indias. Ellos son luz de una primera y real modernidad, lo más valioso de esta época renacentista, humanista y moderna, en oposición a cierta “leyenda negra”. De esta forma, promovieron unas relaciones, una leyes y autoridades e instituciones verdaderas orientadas por la ley moral (natural-divina) que respeta y protege la naturaleza humana, la sagrada e inviolable vida y dignidad de la persona, de los pueblos y de los pobres con sus derechos o deberes.

Los derechos de primera generación asociados con el valor de la libertad, los civiles y políticos, donde los pueblos como los nativos e indígenas, orientados por dicha ley natural, son la autoridad primera en la responsabilidad, protagonismo y gestión de la vida social, política o económica, ejerciendo realmente el principio de subsidiariedad. De tal modo que si las leyes u otras autoridades no respetan esta ley natural, que protege el bien común junto a la vida y dignidad de la toda persona, no hay que obedecerlas, hay que resistirlas y transformarlas para que sean más éticas y justas. Por naturaleza el ser humano es libre, se ha de guiar por esta ley y conciencia moral, frente a toda esclavitud y dominación como imponen los totalitarismos, los fascismos, el comunismo colectivista (colectivismo) u otros imperialismos que niegan esta libertad real.

Los derechos de segunda generación, que son conformados por los valores de la igualdad y justicia social, los sociales y económicos; con el principio del destino universal de los bienes, la distribución con equidad de los recursos para toda la humanidad, que es de derecho natural y primario, teniendo la prioridad sobre el derecho secundario de propiedad. La riqueza-ser rico y la propiedad privada no se pueden convertir en unos ídolos absolutos e intocables, por ello mismo, tienen un sentido solidario y social que asegure este primer derecho del destino universal de los bienes (cf. F. de Vitoria, Comentarios a la 2a. 2ae., III, 74-75 y 269-270). Aquí tenemos igualmente la clave del trabajo, la dignidad de la persona trabajadora con sus derechos como es un salario justo para él y su familia, que está antes que el capital, que el beneficio o la ganancia. Lo cual configura el estado social de derecho-es, con este trabajo decente y una política fiscal justa, esa obligación moral de pagar los impuestos para contribuir al bien común: donde los que más tienen, los enriquecidos, mayor cantidad aporten y tributen, haciendo así real la justicia en la hacienda pública (cf. F. de Vitoria, Sentencias morales I, 93-133); asegurando, pues, esos otros derechos humanos o sociales como son la universalidad y calidad de la educación, de la salud (sanidad con sus medicamentos), la vivienda u otras infraestructuras y equipamientos.

Tal como se observa, el mercado y toda actividad económica, como son el comercio o las finanzas-banca, tienen que estar regulados por la sociedad civil y las naciones-estados, por los pueblos y los pobres para ir alcanzando el desarrollo humano, la ecología integral. Frente a la globalización neoliberal y capitalista dominante e imperialista, del capital, de la guerra y destrucción ecológica. Una mundialización más solidaria y de la justicia global, que aseguren los derechos humamos de tercera generación, cuyo núcleo es el principio de la solidaridad, como son la universalidad y calidad de la alimentación, del agua, de un hábitat sostenible-ecológica con una paz permanente. Y los de cuarta generación, que visibilizan la diversidad humana, como es la funcional, el reconocimiento y protección de culturas originaras o nativas, de la movilidad humana, una ética y espiritualidad femenina con ese “genio de la mujer”….

Conclusiones

Se puede observar, para ir concluyendo, que la clave es dotarse de una antropología y ecología integral que articule e incluya lo real, toda la realidad, la naturaleza humana, social, ambiental, cultural, ética y espiritual con estos valores, principios o claves que son inseparables. La libertad y la justicia (social), la igualdad (social) y la participación (co-gestión) democrática, la solidaridad y la subsidiariedad, el bien común y el destino universal de los bienes, la vida y dignidad de la persona, la espiritualidad y la ética, la fe y la moral, la mística y la política, etc. Tal como nos muestra todo este humanismo y santidad espiritual inspirados en la fe, con su teología y caridad política; contra los totalitarismos, imperialismos e ideologizaciones como son el neoliberalismo, el capitalismo, el colectivismo, los fascismo u otros populismos dominadores.

Lo expuesto hasta aquí se podría recapitular, como afirma Francisco, en que “cualquier propuesta de maduración en la vida cristiana necesita tener como eje permanente este anuncio. «Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma , que se va haciendo carne cada vez más y mejor». La reacción fundamental ante ese anuncio, cuando logra provocar un encuentro personal con el Señor, es la caridad fraterna, ese «mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos» Así, el kerygma y el amor fraterno conforman la gran síntesis de todo el contenido del Evangelio que no puede dejar de ser propuesta en la Amazonia. Es lo que vivieron grandes evangelizadores de América Latina como santo Toribio de Mogrovejo o san José de Anchieta” (QA 65). Aquí se actualiza y se hace real todo este humanismo, el buen vivir y la ecología integral para los pueblos, las personas y los pobres como sueña Francisco en esta enseñanza de QA.

*Agustín Ortega Cabrera PhD es colaborador de Fronteras CTR, profesor en la Universidad Católica de Chimbote (Perú) e investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México).