¿Poder digital o servicio tecnológico?

[José Fernando Juan Santos] Benedicto XVI supo ver en su tiempo, como pocos de sus contemporáneos, que la tecnología estaba generando espacios nuevos de interacción. Se atrevió a ponerle, dada la enormidad de su desarrollo, el nombre de “continente digital”. Un mundo aparte para unos y, para otros, una tierra nueva que descubrir. Y no se confunden quienes lo así lo viven, porque vamos dando continuamente pasos que nos hacen pensar precisamente en esto.

Uno de los mayores expertos en estos análisis es Gustavo Entrala. Además de un canal nutrido y cuidado, donde revela una visión muy potente del fenómeno digital y la inteligencia artificial, también se brinda a participar en entrevistas divulgativas. En ellas va dibujando un mapa, como bien apunta en este último podcast, en el que adivina que el estado de ánimo general está cambiando. Hemos abandonado la utopía de los primerísimos años y estamos temblando ante los escenarios que se abren ante nuestros pies, muchos de los cuales ni siquiera dependen de nosotros, como usuarios o personas comunes, sino que están en las manos de unos pocos que acumulan tanto la riqueza como este poder.

En su libro “El imperio de la IA”, Karen Hao analiza el inmenso espacio social y de futuro que ahora ocupa OpenAI de la mano de Sam Altman. Lo que se prometía al inicio como una institución benéfica, sin ánimo de lucro incluso, ha sido atraída y absorbida por el mercado hasta el punto de competir, rivalizar y negociar como cualquier otra de las grandes compañías globales de tecnología. Se abandonan de este modo los proyectos grandilocuentes y las misiones “pseudomesiánicas” con sus promesas estériles y engañosas de salvación y bondad, para ejercer acciones de todo tipo dentro del mercado común. Deja así entrever a todo el mundo que la figura carismática que lideraba el proceso era solo una forma de liderazgo vacío capaz de aprovechar las necesidades y los anhelos de la humanidad del momento para el logro de sus fines, tan personales como egoístas, logrando una posición de poder incontestable.

Algo parecido, con un tono también muy reservado y suspicaz, sostiene Paolo Benanti, quien ya tiene

traducidos dos textos en Ediciones Encuentro. En el último, “El colapso de Babel. El fin del sueño de internet”, recoge el mismo cambio de rumbo y dirección del que hablaba Gustavo Entrala. La primera parte del libro describe el “sueño de Babel”, que metafóricamente alude a la creación y expansión de redes sociales de todo tipo, y el intercambio masivo de mensajes en un idílico inicio plagado de engaños. De hecho, esta entrega digital, tan masiva como ingenua, está detrás de enormes transformaciones que han quebrado el estilo de vida occidental, el modo de relación y de comprensión del mundo, de sí mismo y del otro. Ha entrado, según Benanti, de lleno en la sociedad y en el modo de hacer política, pues de esto se trata en último término: de estructuras de dominio y poder, más que de participación democrática e intercambio de opiniones. Cualquier usuario de Twitter (ahora X), sabe qué ha ocurrido esta última década.

En la segunda parte del libro, Benanti se ocupa de este lado oscuro, que ha salido ya a la luz. Además de lo relativo a cómo vemos ahora las redes sociales, despojados de nuestro velo de ignorancia, se ocupa de la profunda penetración de los ideales y las narraciones impulsadas desde los centros de innovación y tecnologización social. Pero especialmente relevante es el análisis de la mediación digital bajo la forma de “psicopolítica”, que deriva en un explícito “poder digital”. Ya no se habla de servicio, compromiso, humanismo, sino de manipulación, posverdad y enfrentamiento social continuo. La incapacidad de pensar con profundidad, por exceso de velocidad, anula toda posibilidad de intercambio crítico entre ciudadanos en un tono positivo, cayendo reiteradamente en la polarización, la confusión y el ruido. Quizá esta sea, en nuestro tiempo, una clara descripción ambiental del entorno que hemos construido y la imposibilidad de reconocer una conversación social razonada o un proyecto común capaz de unir y generar dinamismos propios.

Los textos de Javier Moreno también iluminan la realidad con gran originalidad por su parte. En “La belleza del accidente”, toma posición apelando a una utopía diferente, por no decir distopía, donde el misterio se hace presente a pesar de todo intento de control, de dominación y de previsión exagerada. El hombre, también en la era tecnológica y dotado como está de herramientas incomparables, sigue quedando a merced de la contingencia universal y cósmica, y de su propia contingencia humana y relacional. En todo esto, Javier cree notar una presencia distinta y singular, haciendo lectura de este “accidente” no esencial una rendija por donde se cuela una verdad más profunda sobre el mundo y la realidad.

Con todo, se hace evidente a la sensibilidad e inteligencia que la cuestión digital está abierta y en cambio. Ese crecimiento exponencial en las posibilidades y el incremento en las relaciones, la comunicación y el acceso y procesamiento de información, amén de la capacidad productiva de este hombre digitalmente deslocalizado y virtual, va dando pie a la necesidad de una reflexión más pausada y urgente sobre el ser humano. A la espera de lo que ocurra con la anticipada encíclica de León XIV, supuestamente sobre la dignidad del ser humano en el paradigma tecnológico, se nota socialmente la fractura entre lo científico y lo técnico, por un lado, y lo humanístico, ético y teológico por otro. Parece, dicho sea de paso, que el predominio alcanzando en el imaginario colectivo, antes de la Gran Guerra incluso, por parte del pensamiento cientificista, todavía no ha hecho frente socialmente al ocaso de la idea de progreso. Con frecuencia se quiere reavivar esta falsa esperanza de mejora de lo humano vinculada a la mejora de lo técnico y lo material, acallando seriamente el espíritu creativo y proyectivo del ser humano. El espíritu, y de ahí parte de la desesperación y la crisis, está aletargado y sólo reacciona, tarde incluso, cuando el problema crece en exceso.

Mi pregunta era, al inicio, empujada por una necesidad mucho mayor que la de un móvil nuevo: ¿Para cuándo una humanidad que asuma su posición de servicio en medio de la creación, entre las cosas, y haga de ese vínculo de entrega humilde al otro la verdadera seña de su identidad y crecimiento? ¿Para cuándo?