El vía crucis como el origen de la devoción a Jesús Nazareno en la Semana Santa andaluza

En un estudio reciente de José Manuel Romero Pérez que disecciona las entrañas de la Semana Santa andaluza, se ponen a conversar dos planos que a menudo la academia ha tratado por separado: la antropología cultural y la teología de la Pasión. El folclore no compite con la mística, la media. Ni todo es fiesta «pagana» sin sustrato trascendente, ni todo es liturgia oficial sin la huella indeleble de la identidad popular: entre el rigorismo tridentino y la explosión sensorial del sur, se propone una vía de comprensión que integra la historia de los Santos Lugares, la piedad medieval y la particular idiosincrasia andaluza. Rito e identidad son los dos focos que se corrigen: el primero estructura, el segundo da vida.

La pregunta que atraviesa el texto es simple y a la vez fundacional: ¿Por qué la figura de Jesús Nazareno, el hombre que carga con la cruz, se ha convertido en el eje vertebrador de la espiritualidad de un pueblo entero? El análisis inclina el fiel hacia una hipótesis histórica y existencial: el fervor nazareno no es una generación espontánea del Barroco, sino el fruto maduro de una semilla plantada en Jerusalén y trasplantada a Córdoba por el beato Álvaro: la práctica del Vía Crucis. Nada de adoración a la madera por la madera, nada de idolatría vacía: identificación más que contemplación, mímesis del dolor como prueba, la calle como templo.

El rastro de Jerusalén: De la piedra al rito

¿Es posible rastrear el origen de una emoción colectiva hasta una piedra en Jerusalén? Sí, si esa piedra es el litóstrotos. El artículo nos invita a un viaje retrospectivo hasta el siglo IV, guiados por la mano de Egeria, esa viajera hispana que, con ojos de asombro, describió la liturgia primigenia de la Ciudad Santa. Allí, entre el Gólgota y la Anástasis, se prefiguraba ya lo que siglos después serían las calles de Sevilla o Málaga: el movimiento ritual.

Egeria no describe una misa estática, sino un transitar. Describe a una comunidad que camina, que toca la Cruz, que llora ante la columna de la flagelación. Es el germen de la procesión. Frente a una fe puramente intelectual, el cristianismo oriental entendió pronto que la memoria de la Pasión necesitaba geografía. No bastaba con recordar que Cristo murió; había que recorrer el camino que llevó a esa muerte.

El texto recupera esta «génesis del camino» para recordarnos algo esencial: la Semana Santa andaluza, antes de ser arte o sociología, es una imitación física. El Vía Crucis nació del anhelo de los peregrinos de pisar donde Él pisó. Y cuando la historia y la guerra cerraron las puertas de Tierra Santa, Europa tuvo que reinventar Jerusalén. Fue Álvaro de Córdoba, en el siglo XV, quien trajo esa topografía sagrada a la sierra cordobesa, instaurando el primer Vía Crucis de Occidente. La devoción al Nazareno, por tanto, hunde sus raíces en esta necesidad humana de espacializar lo sagrado: traer el dolor de Dios a nuestra propia tierra.

El Nazareno como espejo de identidad

Si el Vía Crucis es la estructura, la antropología andaluza es la carne. El estudio aborda la singularidad de las cofradías no solo como entes piadosos, sino como potentes agentes de socialización. En Andalucía, la hermandad no es un añadido al domingo; es la vida misma organizada en torno a una imagen.

Aquí surge la distinción clave con la austeridad castellana. Si en el norte la procesión interrumpe la vida para recordar la muerte, en el sur la procesión es la vida que se afirma frente a la muerte. Es una fiesta «dionisiaca» en su forma —sensorial, barroca, desbordante— pero profundamente católica en su fondo. No hay contradicción, sino síntesis. El barroco andaluz entendió que para llegar al alma había que bombardear los sentidos: el olor del incienso, el roce de la túnica, la música que rompe el silencio.

La figura de Jesús Nazareno actúa aquí como un espejo de identidad «supracomunal». El barrio se mira en el Cristo y se reconoce. No es un Dios lejano, un Pantocrátor que juzga desde el ábside; es el «Padre Jesús», el vecino más ilustre, el hombre que sufre como sufren ellos. Isidoro Moreno lo vio con claridad: la religiosidad popular andaluza es antropocéntrica porque acerca lo divino a lo familiar. El Nazareno carga la cruz, sí, pero esa cruz simboliza también las cargas del jornalero, las penas de la madre, la incertidumbre del pueblo. Al identificarse con el Dios que cae y se levanta, el andaluz no solo reza, sino que afirma su propia dignidad en el sufrimiento.

La pedagogía de la madera: Trento y el Barroco

La historia de esta devoción no es lineal, está llena de hitos que la moldean. El artículo nos lleva desde los primeros flagelantes medievales —que imitaban a Cristo con su propia sangre— hasta la explosión estética del siglo XVII. En medio, un gigante: el Concilio de Trento.

Frente a la iconoclasia protestante que vaciaba los templos, Trento llenó las calles. La Iglesia comprendió que la imagen no era un ídolo, sino un libro abierto para el pueblo. El Nazareno con la cruz a cuestas se convirtió en la herramienta pedagógica perfecta. ¿Qué mejor manera de enseñar la redención que mostrar el precio pagado por ella?

Es fascinante observar la evolución iconográfica que detalla el texto: de los primeros Nazarenos abrazando la cruz por el brazo largo (la cruz «al revés»), simbología del triunfo sobre la muerte, al modelo de Martínez Montañés, donde Cristo carga la cruz por el estípite, acentuando el realismo y la gravedad de la carga. El arte se puso al servicio de la teología. Las hermandades del Dulce Nombre de Jesús y de la Santa Vera Cruz se fusionaron o evolucionaron hacia esta devoción nazarena porque era la que mejor resumía el drama cristiano: un Dios-Hombre que asume voluntariamente el peso del mundo.

Entre la mística y la calle

Existe la tentación de juzgar la Semana Santa andaluza desde un elitismo espiritual, tachándola de superficial o vanidosa. El estudio desmonta este prejuicio recurriendo a la historia de las mentalidades. Las cofradías nacieron como escuelas de caridad y espacios de integración social.

El Vía Crucis, como «matriz simbólica», estructura el caos aparente de la procesión. Las caídas, el encuentro con la Madre, la ayuda del Cirineo o el gesto de la Verónica no son meros actos teatrales; son estaciones de la vida humana. Cuando una hermandad pone estos misterios en la calle, está sacando la teología de los libros y poniéndola a ras de suelo.

El texto destaca cómo figuras «secundarias» del Vía Crucis —Simón de Cirene y la Verónica— cobran un protagonismo capital en los pasos de misterio andaluces. ¿Por qué? Porque representan la respuesta humana ante el dolor de Dios: la compasión y la ayuda. El andaluz, al ver al Cirineo ayudar al Nazareno, entiende que su papel no es el de mero espectador, sino el de partícipe. La religiosidad popular funciona aquí con los mismos presupuestos que la oficial, pero añade un componente cultural indispensable: la belleza como vehículo de la gracia.

La cruz como eje, no como final

La teología que subyace en la devoción al Nazareno es, paradójicamente, una teología de la esperanza. Aunque la imagen es la de un hombre torturado camino del patíbulo, el pueblo sabe que el final no es la muerte. Ratzinger recordaba que, a partir de la cruz, persona y obra son inseparables en Jesús. En el Nazareno, el «hacer» (cargar la cruz) revela el «ser» (el Redentor).

El estudio incide en que esta devoción no es dolorista en el sentido patológico. No se busca el sufrimiento por el sufrimiento. El Nazareno de la Semana Santa andaluza posee una majestad que trasciende el dolor; es un Rey que camina hacia su trono, aunque ese trono sea un madero. Esta visión, profundamente arraigada en la mentalidad barroca, permite que la fiesta conviva con el duelo. La alegría de la Resurrección está implícita en la aceptación libre de la Pasión.

El Vía Crucis que Álvaro de Córdoba imaginó en las laderas de la sierra, y que Fadrique Enríquez de Ribera trazó desde su Casa de Pilatos en Sevilla, se ha transformado en una «carrera oficial» del alma. No se trata ya de medir distancias físicas, sino distancias espirituales.

Coda final

El ensayo no toma partido entre «puristas litúrgicos» y «capillitas folclóricos»: enseña a mirar. En la imagen del Nazareno, esa talla de madera que concita miradas y rezos, se condensan siglos de historia: desde la Jerusalén de Egeria hasta la Sevilla de Montañés, pasando por la mística dominica.

La Semana Santa andaluza se revela, bajo esta luz, como una síntesis monumental. Es el Vía Crucis hecho cultura, la teología hecha barrio. En el Nazareno, Dios se hace vecino y el vecino encuentra dignidad. Es una espiritualidad que no huye del mundo ni lo niega, sino que lo atraviesa cargando con él: rito exigente, identidad compartida, pueblo que acompaña. Menos espectáculo vacío, más verdad antropológica. Menos prejuicio, más comprensión. Historia hecha piedad.