Ni tapa-agujeros ni burócrata cósmico: Pensar la acción de Dios desde la lógica de la gratuidad

[Marta Medina Balguerías] “¿Cómo actúa Dios?” es una pregunta perenne, que se renueva en cada momento de la historia y a la que podemos acceder desde ramas diferentes del saber, así como con motivaciones diversas. Desde la perspectiva creyente parece claro que el creador se involucra, de alguna manera, en su creación (lo que clásicamente se ha denominado ‘Providencia divina’). Ahora bien, desde el punto de vista racional nos suele resultar difícil explicar cómo es posible dicha Providencia, si Dios al mismo tiempo respeta la autonomía creada.

Propuestas insuficientes

La dificultad de la cuestión ha hecho que a lo largo de la historia se hayan dado respuestas no satisfactorias a la pregunta, tratando de responderla, por ejemplo, desde un mecanicismo rígido, desde un providencialismo acrítico o desde un deísmo que hace innecesaria la pregunta. En mi opinión, para responder cabalmente a cómo actúa Dios en el mundo hay que tener en el horizonte la concepción de Dios como amor gratuito y, por lo tanto, libre, lo cual introduce inevitablemente un alto grado de complejidad.

La editorial Encuentro ha publicado recientemente dos libros que abordan esta misma pregunta, si bien de forma muy diferente: el de Javier Sánchez Cañizares, titulado Cómo actúa el espíritu en el mundo. Dios y el alma en el contexto de la ciencia contemporánea, y el de Rémi Brague, A cada uno según sus necesidades. Pequeño tratado de economía divina. Aunque, como veremos, son dos aportaciones diversas, las dos se sitúan en este horizonte de gratuidad, libertad y complejidad que evita planteamientos simplistas e insuficientes.

Dos acercamientos distintos…

El de Sánchez Cañizares es un acercamiento desde la filosofía de la ciencia y de la naturaleza. Él se pregunta, dado el estado de la ciencia hoy (y basándose de manera importante en la mecánica cuántica), qué planteamiento filosófico hace posible pensar la causalidad divina de manera que sea asumible desde el paradigma científico actual.

Brague, por su parte, retoma intuiciones de filosofía antigua y medieval para plantear un enfoque más personalista, tanto teológico como antropológico. También incorpora, a su manera, cuestiones cosmológicas, pues se pregunta por todos los seres que existen y no únicamente por el ser humano.

La divergencia principal sería, entonces, que el primero se pregunta cómo es posible que la Providencia divina actúe en el universo material descrito por la física y las demás ciencias, mientras que el segundo se plantea qué tipo de relación se da entre dicha Providencia y los distintos tipos de seres que conforman la creación.

Así, Cómo actúa el espíritu en el mundo propone la elaboración de una filosofía de la ciencia que no caiga en el “Dios tapa agujeros”, sino que intente pensar cómo la causalidad divina opera desde dentro de la propia realidad, sin violar su autonomía, sino precisamente posibilitándola. Para ello hay que distinguir distintos niveles de causalidad. E

l autor recupera las clásicas causas aristotélicas —material, formal, eficiente y final— y propone explorar especialmente la causalidad formal y la final para explicar la acción divina desde un hilemorfismo renovado, al que denomina “hilemorfismo anidado”. En su propuesta resulta muy importante la integración entre determinación e indeterminación en el marco de un diálogo con la mecánica cuántica.

A cada uno según sus necesidades reacciona, a su vez, contra una concepción “contractual” o burocrática de Dios, tratando de pensar la Providencia no desde las exigencias humanas, sino desde la posibilitación de lo que cada ser —incluyendo al ser humano, aunque no únicamente— necesita para desarrollarse plena y autónomamente. La “economía divina” a la que hace referencia el subtítulo supone dar a cada ser la capacidad de lograr por sí mismo aquello a lo que aspira: los minerales, permanecer donde están; las plantas, orientarse hacia la luz; los animales, moverse en busca del alimento y la procreación; y el ser humano, ser verdaderamente libre de responder a la invitación que el propio Dios le hace (aunque, desde el pecado original, le cueste desear realmente el bien que puede alcanzar, de ahí que necesite la ayuda divina para ello).

Si el lector toma y hojea ambos libros, se dará cuenta de lo diferentes que parecen ser de entrada. El lenguaje de Sánchez Cañizares es más técnico y complejo y muchos de sus desarrollos pueden resultar difíciles de seguir para quien no tiene una formación específica en ciencias. A pesar de que el autor hace un esfuerzo grande por explicar y aclarar muchos conceptos, la propia complejidad de los temas tratados hace que en algunos casos el tono no pueda ser todo lo divulgativo que los lectores no científicos necesitaríamos. El de Brague, aunque utiliza términos filosóficos y acude a autores clásicos, es más accesible, en parte porque el propio enfoque lo facilita, y porque el autor escribe de modo ameno, ilustrativo e interpelante. Con todo, también hay momentos en los que cierta formación filosófica sería deseable para poder entender bien la propuesta.

…y convergentes

Pese a las diferencias que inevitablemente encontramos entre dos libros tan dispares, se puede intuir una gran convergencia de fondo. Ambos se apoyan de manera especial —aunque no única y exclusiva— en la tradición tomista. Ambos tienen un talante dialogante y reflexivo, que les permite establecer su propia línea argumental, al tiempo que se sitúan críticamente ante otras e incorporan todo lo que encuentran en ellas que les resulta enriquecedor. En este sentido, resulta especialmente atractiva la honestidad, la apertura, la seriedad y el deseo de diálogo que rezuman los dos escritos. Ambos, además, intentan conjugar la intervención o acción de Dios en la realidad con la autonomía de esta, y, si bien lo articulan de manera diversa, no parecen estar muy lejanos en su defensa férrea de ambos polos: Providencia divina y autonomía creada.

Un concepto que puede ayudarnos a pensar el horizonte al que apuntan —a mi juicio— los dos autores, es el de la gratuidad. En ninguno de los dos casos se comprende la acción de Dios desde la necesidad “mecanicista”, sino desde la gratuidad del don, que posibilita que la creación sea como es, con el grado de autonomía que le es inherente. Lo gratuito no pretende “competir”, ya sea con las causas naturales, ya sea con la libertad humana, sino que es una oferta abierta que espera una respuesta, pero no la impone.

En suma, los dos ensayos apuntan a una imagen muy convergente de Dios como quien posibilita que la creación sea como es y pueda funcionar por sí misma, pero que al mismo tiempo le ofrece al ser humano entrar en relación con él desde un paradigma de libertad.

Asimismo, nos invitan a cuestionar imágenes de Dios que no le hacen justicia, como un tapa-agujeros cósmico, un diseñador inteligente al milímetro o un gestor eficiente de todo lo que sucede, una especie de burócrata cósmico que distribuye bienes y males según el mérito de cada cual. El reto es pensar cómo interviene haciendo posible que las cosas sean como son, con su autonomía y consistencia propias, y entrando en relación libre con ellas. La economía divina de la que habla Brague no es de la reclamación necesaria, sino del don libre: la propia existencia, así como la salvación, son dones gratuitos. Así, tiene sentido pensar que el creador asuma ciertos grados de indeterminación en la realidad (a los que hace referencia Cañizares), porque su objetivo es dotarla de consistencia en sí misma, debido a un amor gratuito que va más allá de la lógica de la necesidad y del mérito.

Invitación a seguir reflexionando sobre una imagen adecuada de Dios

En suma, mientras Brague tematiza explícitamente la gratuidad como clave de la acción divina, Sánchez Cañizares crea el marco conceptual que permite pensar esa gratuidad en un mundo científicamente descrito.

Con todo, un rasgo que comparten ambos escritos es que, como todo buen ensayo, dejan con ganas de más. Los autores hacen un esfuerzo tan grande en dialogar con otros (fundamentalmente la ciencia y la filosofía de la ciencia, en el primer caso, y la filosofía antigua y medieval, en el segundo) que a veces se echa en falta que desarrollen un poco más su propuesta propia, de manera más sistemática y extensa. ¿En qué consiste el hilemorfismo anidado al que hace referencia Cañizares? ¿Cómo entiende el autor la causalidad formal? ¿Cómo articular esta propuesta filosófica con los hallazgos científicos con los que dialoga? Es de justicia reconocer que avanza muchas respuestas, pero los lectores nos quedamos con ganas de que las desarrolle más, precisamente por lo interesantes que resultan.

Por su parte, ¿cómo explica Brague los casos de aparente “injusticia” providencial, que dieron lugar a la teodicea clásica? ¿Cómo conjugar la parte inmerecida con la “meritoria” de la economía divina? ¿Cómo explicar hoy lo referente a los otros seres desde un diálogo con la ciencia actual y en el marco ecológico en el que nos encontramos?

Esperamos que en un futuro próximo se aventuren a desarrollar estas intuiciones y nos sigan ayudando a pensar esta cuestión perenne del único modo cabal: la gratuidad y, consiguientemente, la dimensión personal, relacional y libre de Dios, como fundamento de todo lo que existe. Abordarla así requiere una gran dosis de apertura a la complejidad, sin perder de vista, al mismo tiempo, la divina simplicidad; flexibilidad mental y pensamiento dialógico, entre otras muchas cosas. Características que ambos libros muestran y cuyas páginas invitan a cultivar.