Ecología trágica

[Marta Medina Balguerías]

La urgencia de los desafíos ecológicos puede llevar a una sensación de apremio y, a veces, a perder un poco el foco sobre cuestiones esenciales que ya estaban en nuestro acervo filosófico y teológico. Con su desconcertante y cuestionadora ironía habitual, el filósofo francés Fabrice Hadjadj ha traído a colación varias de esas cuestiones para iluminar el discernimiento ecológico actual en su libro Ecología trágica.

¿Qué es la naturaleza?

Y es que hay palabras que utilizamos con frecuencia en estos debates cuyo contenido no siempre está claro, como es el término ‘naturaleza’.

En 2022, Fabrice Hadjadj y François-Xavier Putallaz publicaron un libro sobre este tema que Rialp tradujo al español al año siguiente con el título ¿Qué es la naturaleza? Allí los autores repasan la polisemia de este término y exhortan a mantenerla para no caer en concepciones unilaterales que dejan gran parte de la realidad fuera.

Con todo, Putallaz señala que esta pluralidad de sentidos del término ‘naturaleza’ puede organizarse en torno al sentido primero, que para él es “la esencia de las cosas, en tanto que esta es principio de su dinamismo interno” (p. 63), y que permite “reconciliar la libertad con la naturaleza, descubriendo en esta última una norma susceptible de regular el uso de la técnica” (ibid.). A su juicio, debemos recuperar la noción de finalidad, común a lo natural y lo racional, que nos ayudará en el discernimiento sobre nuestro lugar en la naturaleza, pero al mismo tiempo trascendiéndola.

 

Hadjadj incide también en esta concepción de la naturaleza como lo propio de cada ser, de manera que es una “especificidad dinámica e intrínseca de cada ser” (p. 95) y no “la Naturaleza” en general. Al hablar, por tanto, de naturalezas en plural, surge la cuestión de su interdependencia y jerarquía, “donde lo inferior soporta a lo superior, y donde lo superior conduce a lo inferior hacia una perfección, por así decir, “sobre-natural”, y por eso tanto más natural” (p. 101). Así, la libertad humana es lo que puede llevar a la naturaleza a su más alta realización, como el jardín que es cuidado, frente a la salvaje vegetación que crece descuidadamente. Hadjadj advierte que se trata de discernir nuestra relación con lo natural, no de preservarlo por el mero hecho de la preservación, pues esto puede llevar a una lógica de la exclusión si no está bien planteado.

En suma, “cuanto más autónomo es un ser vivo, más dependiente es. Cuanto más libre es un sujeto, más entra en relación con el mundo, y sus posibilidades de deseo y de goce aumentan con sus posibilidades de angustia y aversión” (p. 112). Y esta jerarquía de autonomía y dependencia lo es, en realidad, de servicio. El ser humano, que se sirve de los demás seres, es llamado también a servirlos. Por ello no hay contradicción entre naturaleza y cultura, entre fisis y tekhné, sino entre técnica y contratécnica.

La ambivalencia de la naturaleza

Hadjadj publica Ecología trágica en 2024, y al año siguiente sale la versión castellana, también en Rialp. Es una obra que requeriría más de una lectura y que pide reposo. Le sucede al autor francés como en otros libros: sugiere mucho, pero el lector a veces tiene la sensación de que hay algunas cuestiones que no termina de “rematar”. Quizá, porque su intención es pensar con nosotros, cuestionar lugares comunes y provocar para que el pensamiento avance de manera crítica. No pretende crear un sistema sin fisuras.

Esta obra parte planteándose qué tipo de ecología buscamos: todos estamos de acuerdo en que necesitamos un cambio y que la reflexión sobre la ecología es irrenunciable. Así, para Hadjadj no se trata de preguntarse “¿ecología sí, o no?” sino “¿qué ecología?”

Retomando la pregunta por el porqué de la supervivencia que abordó en ¿Qué es la naturaleza?, Hadjadj señala esta no es un fin en sí mismo, sino que cada ser sobrevive para la distinción de su especie (en el sentido doble de diferenciación y elegancia). Un pájaro sobrevive para cantar, no canta para sobrevivir. Y esta suerte de exhibición propia de la vida comporta riesgo, aventura, y por lo tanto una dimensión trágica. El filósofo francés repite a menudo que la vida, y con ella la ecología, debe asumir la dimensión de sacrificio.

Hadjadj también aborda la ambivalencia de la naturaleza, que ya se entrevía en la obra anterior. La naturaleza es, a la vez, “madre y madrastra, monstruo y maravilla” (p. 33). No faltan ejemplos en el mundo animal de actos aparentemente generosos y loables (desde nuestra perspectiva moral), pero tampoco faltan ejemplos de actos que consideramos deleznables. En el ciclo natural ambas cosas están presentes y no podemos obviarlas. Por ello Hadjadj llegará a decir cosas controvertidas, como que el deber de la moral dramática “es preservar las condiciones de posibilidad de la inmoralidad ordinaria. ‘Salvaguardar la casa común’ significa circunscribir la violencia, no abolirla; montar un ruedo, no instalar un jacuzzi” (p. 59), o que la paradoja de la selección natural es que “es necesaria una gran destrucción para evitar la destrucción total” (p. 69).

Tragedia y esperanza escatológica

Que percibamos lo negativo como tal se debe a que hay en nosotros un sí mayor a la vida, una esperanza mayor que la destrucción y la indiferencia. La esperanza nos abre a lo escatológico. Aunque nos quedamos con ganas de que hubiera desarrollado más esta dimensión última, Hadjadj parece vincular a lo largo de todo el escrito la ecología con la tragedia, esta con el sacrificio, y este con la apertura escatológica. Resuena, así, la lógica pascual. Y es que, para el filósofo francés, el sentido del cosmos está más allá de sí mismo, en Dios. El ser humano es el que se eleva al Eterno y al hacerlo eleva todo el mundo con él. Esta es la dimensión de liturgia cósmica a la que Hadjadj alude a menudo en estas páginas.

“…el triunfo de la ecología no impedirá que la creación siga gimiendo” (p. 91). Porque la tragedia se sitúa en otra dimensión, que permanece aunque los problemas ecológicos sean atajados: es la tragedia del pecado. En este sentido, a Hadjadj le parece que el “dogma del pecado original afirma la bondad de la creación. Remonta el mal de la creación a una tragedia inicial, cuyo desenlace asumimos” (p. 135). Esta doctrina nos hace responsables de nuestra libertad, aunque comprendiendo que está restringida. Es signo de la solidaridad entre nosotros y los demás seres vivos. Así, aunque es un pensamiento trágico, abre a la esperanza. La perspectiva de Hadjadj recuerda a la de Blaise Pascal: nuestra grandeza está en reconocer nuestra miseria. Por eso “el sufrimiento es un signo de dignidad, la dignidad de un ser que se abre al mundo y lo afronta cara a cara” (p. 144).

En suma, “no es buscando la Naturaleza, sino buscando el reino, como salvamos la creación” (p. 185). Y en el actual estado de cosas, todo es ambiguo. Como los toros: no se puede justificar moralmente el toreo, pero nos atrae y escenifica una pulsión originaria. Hadjadj piensa que en la tierra no podemos acabar con la violencia, sino solo contenerla, calmarla o llevarla al templo. La tauromaquia es el símbolo de la ecología trágica: trágica, sí, pero abierta a la esperanza escatológica. Porque la liberación que esperan todas las criaturas es vertical, no horizontal.

No hemos hecho más que un resumen somero de las ideas principales, pero son muchas las cuestiones que el genio de Hadjadj remueve con este ensayo y que lleva a meditar. Cuando se termina la lectura, quedan muchas preguntas teológicas y filosóficas abiertas, pero también queda la sensación de que el autor ha hecho un esfuerzo serio por abrazar la realidad en su propia —y trágica— verdad, algo que a menudo rehuimos por preferir pensar en el mundo ideal que nos gustaría habitar. Con todo, creemos que profundizar más en la propuesta escatológica de la mano de la esperanza ayudaría a orientar esa ecología para que no se quede en la tragedia del viernes santo, sino que pueda entrever ya la luz del domingo de resurrección.