En un artículo reciente, Josep Otón pone a conversar dos planos que a menudo se han opuesto: psique y espíritu. El inconsciente no compite con la mística, la media. Ni todo es gracia “pura” sin huella psíquica, ni todo es psique sin trascendencia: entre ambos extremos, Otón propone una vía de discernimiento que integra tradición cristiana, psicología profunda y la sensibilidad postsecular contemporánea. Experiencia y criterios son los dos focos que se corrigen: la primera abre, los segundos purifican.
La pregunta que atraviesa el texto es simple y a la vez incómoda: ¿podemos hablar de experiencia de Dios sin confundirla con autosugestión? Otón inclina el fiel hacia un “sí, pero”: sí, cuando se asume que toda experiencia viene mezclada con elementos psíquicos y se somete a criterios (Palabra, comunidad, frutos, tiempo). Nada de atajos “inmediatos”, nada de cinismos reductores: manifestación más que verificación, caridad como prueba, discernimiento como método.
El inconsciente que da vida
¿Es posible distinguir una experiencia espiritual de un simple fogonazo emocional? No siempre. Un sueño reparador y una visión luminosa pueden compartir forma; lo que las separa son sus frutos. Otón recupera una intuición de Paul Ricoeur: más que “verificar” como en laboratorio, la fe reconoce manifestaciones, signos en los que se muestra algo que desborda el signo. La tarea espiritual consiste en despojar el signo del ídolo: agradecer la huella sin absolutizarla.
Este enfoque casa con las Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales (2024) del Dicasterio para la Doctrina de la Fe: Dios puede actuar a través de expresiones imprecisas, errores no malintencionados e intereses humanos. Por eso el discernimiento no es un “sí/no” instantáneo, sino un proceso: se acompaña, se contrasta, se depura.
Manifestación, no espectáculo
Los fenómenos religiosos, desde la paz serena hasta lo extraordinario, no son fines en sí. Son huellas. La fe no consiste en coleccionarlas, sino en dejarse transformar. Si el signo se convierte en centro, tenemos un ídolo. Si remite a Otro y nos vuelve más verdaderos, humildes, compasivos, entonces ha sido mediación.
Otón añade una pista práctica: escribir. Nombrar lo vivido baja la fiebre del yo, permite ver patrones de autoengaño y ofrece materia a un buen acompañamiento. La transparencia autobiográfica, sin exhibicionismos, es ya un gesto espiritual.
La noche que purifica
La tradición mística conoce bien esta mezcla. Teresa de Jesús habla de “culebras” en los primeros aposentos: lo viejo se resiste. Juan de la Cruz llama “noche” a la luz que, al entrar, deja ver el polvo. Ignacio nombra desolación a la turbación que pide interpretación, no pánico. En todos late la misma convicción: Dios no nos ahorra la psique; la atraviesa. Y la purifica amándonos en nuestra fragilidad.
También el eros entra en esta escuela. Benedicto XVI lo decía sin complejos: no se niega la pasión, se disciplina para elevarla. La psicología, Jung, por ejemplo, recuerda que lo profundo puede parir sentido o narcisismo; la diferencia la marca la apertura al otro. Por eso, recuerda Juan de la Cruz, un acto de caridad pesa más que cualquier visión: allí se mide la verdad de lo vivido.
Entre el fervor crédulo y el escepticismo estéril
Hay quien, por miedo al fraude, se refugia en la negación sistemática. Pero, como recuerda Hannah Arendt, la mentira masiva no busca que creas algo falso, sino que no creas en nada. El remedio no es el cinismo, es el discernimiento. Se trata de reconocer lo bueno sin tragarse lo dudoso; de probar los espíritus sin apagar la mecha humeante.
Y hay, también, quien convierte cada emoción en Dios al instante. El riesgo aquí es fabricar una fantasía sagrada: todo gira en torno al “yo espiritual”. Otón insiste: comunidad, Palabra y tiempo. El yo no es juez único de sus experiencias.
Atrios y búsquedas
La propuesta dialoga con las nuevas espiritualidades. Karl Rahner profetizó que el cristiano del futuro sería místico o no sería; Benedicto XVI aterrizó esa profecía en la palabra encuentro. Pero ese encuentro hoy sucede muchas veces fuera de etiquetas: hay sed de belleza, justicia, amistad que, como intuyó Simone Weil, puede ser amor indirecto a Dios. También Viktor Frankl habló de una fe inconsciente que late en lo más hondo de la búsqueda de sentido.
¿La tarea pastoral? Abrir atríos: espacios de acogida y conversación donde esa búsqueda pueda respirar sin ser sofocada por fórmulas previas, pero orientada por criterios de verdad y bien. No todo vale, pero tampoco todo se descarta: acompañar es la palabra.
Coda final
El texto de Otón no toma partido entre “místicos” y “psicólogos”: enseña a mirar. En el inconsciente, esa “morada” teresiana donde se mezclan deseo, heridas y símbolos, Dios puede hacerse presente. Pero pide diques: criterios que contengan la fascinación y conviertan la experiencia en caridad concreta. Es una espiritualidad que no huye del mundo ni se rinde a él: encuentro exigente, yo purificado, comunidad que acompaña. Menos espectáculo, más fruto. Menos prisa, más verdad. Experiencia con criterio
*Resumido del artículo: Otón Catalán, J. (2025). Inconsciente, mística y espiritualidad. Razón Y Fe, 289(1466), 163–180. https://doi.org/10.14422/ryf.vol289.i1466.y2025.007