[Marta Medina Balguerías] Resulta llamativo que, a pesar del crecimiento exponencial del saber humano en la actualidad, seamos tan vulnerables como antaño a la hora de creer las ideas más inverosímiles. Cualquiera diría que el aumento del conocimiento a nuestra disposición nos haría menos crédulos y más cautos, pero tenemos muchos ejemplos de que no siempre es así. No deja de ser una paradoja que nuestra mente sea capaz de las teorías, las reflexiones y los descubrimientos más complejos, pero que al mismo tiempo permanezca vulnerable a la desinformación, el (auto)engaño e, incluso, la irracionalidad. ¿Cuál puede ser el motivo? ¿Significa esto que la fragilidad de nuestra mente nos impide lograr un conocimiento seguro?
Dos recientes publicaciones nos pueden ayudar a profundizar en esta paradoja. La primera es La psicología de la estupidez (Península, 2025), una obra coral coordinada por el psicólogo francés Jean-François Marmion. La segunda, Los demonios de la mente. Relato de una época en la que no se confía en nada, pero se cree en todo (Encuentro, 2025), del periodista italiano Mattia Ferraresi.
De la estupidez a la docta ignorancia
Desde un punto de vista eminentemente psicológico, aunque con incursiones en otras áreas del saber, en La psicología de la estupidez un grupo variado de especialistas se han planteado cómo explicar o, al menos, abordar la estupidez humana.
Es una obra refrescante por el tono humorístico en el que está escrita y por la capacidad que tiene de ponernos ante nuestra propia fragilidad desde la aceptación que permite bromear sobre ella. Además, la edición es estética, cuidada y da mucha unidad a intervenciones que, por otra parte, son muy diferentes. En unas ocasiones los autores elogian la estupidez, en otras la critican. A veces se intenta explicar por qué surgen determinados tipos de estupidez, mientras que otras veces se pretende simplemente describir los distintos tipos de imbecilidad que existen. Unos textos son de tipo ensayístico, otros, entrevistas; también los hay muy breves, centrados en aclarar puntos concretos.
Por ello resulta difícil llegar a una conclusión general del libro. Es como un gran mosaico que invita a pensar en todas las aristas de la cuestión y a no formarse ideas excesivamente fáciles sobre el tema, pues esto constituiría, casi seguro, una estupidez. No obstante, en mi opinión la reflexión que hace Ewa Drozda-Senkowska es una de las grandes conclusiones del libro que funciona como corolario a todo lo dicho en él:
“La ignorancia es la ausencia de conocimiento (sobre lo que es el conocimiento y sobre uno mismo). Si la ignorancia es un vacío, una posible ausencia que puede ser llenada, sobre todo a través de la educación, la estupidez es su opuesto: es una suficiencia o soberbia intelectual donde no hay nada que llenar porque ya está desbordada” (p. 92).
Y es que, más allá de saber los mecanismos psicológicos subyacentes a nuestra estupidez, la inquietud filosófica nos lleva a preguntarnos por su raíz última y por el modo de atajarla, si es que es posible. Así, me parece que esta distinción entre ignorancia y estupidez puede ser fructífera para responderla. Desde esta perspectiva, la gran fragilidad de nuestra mente no sería tanto el hecho de que desconoce muchas cosas (ignorancia), sino la arrogancia de pensar que ya sabe lo que debe saber o que conoce lo que realmente desconoce, y esto sería precisamente la estupidez.
Quizá el modo de no ser hoy estúpidos es comenzar por reconocer lo que no sabemos, una actitud de humildad epistemológica a la que ya nos invitó Sócrates hace tantos siglos y que, sin embargo, no es tan cultivada como se debiera. Si somos conscientes de lo que no sabemos o de los límites de lo que sí creemos saber, será mucho más fácil que podamos seguir avanzando en el conocimiento. De lo contrario, nos estancaremos. Y la verdad, que es un camino más que una posesión, no se encuentra estancándose, sino poniéndose en movimiento.
De los demonios a la confianza mental
Lo que Mattia Ferraresi defiende en su ensayo entronca fácilmente con lo que estábamos diciendo. En Los demonios de la mente el periodista plantea que nuestras mentes no son inmunes a la manipulación, los sesgos y las distorsiones de diverso tipo, y narra unas cuantas historias (bastante actuales) para mostrarlo. A través de estos relatos Ferraresi te hace ver cómo es posible que alguien que se muestra muy crítico con el sistema y pretende desconfiar de todo acabe creyendo de manera fanática en ideas cuanto menos dudosas. Pero, como dice con mucho acierto el autor:
“La vida es una cadena interminable de actos de fe. Cada uno de nosotros profesa continuamente, sin siquiera darse cuenta, su propia confianza en cosas que no ve, que no es capaz de juzgar ni demostrar. Cuando nos ponemos al volante confiamos en que el mecánico haya arreglado correctamente las ruedas tras la última revisión […]. En la práctica, vivir evitando fiarse de los otros es imposible. Aunque alguien se empeñara obstinadamente en comprobar por sí mismo todas las circunstancias en las que normalmente confía en la experiencia de los demás, no lo conseguiría” (p. 133).
Pretender ponerlo absolutamente todo en tela de juicio no solo es inviable, sino, para Ferraresi, irrazonable.
Aunque todo el ensayo es interesante y lúcido, me parece que el breve capítulo conclusivo es el que destila su principal aportación de fondo y nos anima a seguir pensando. Allí, Ferraresi propone dejar de partir primordialmente del sujeto para conocer (lo que nos ha llevado a menudo al subjetivismo) y situar el punto de partida en el objeto, de manera que este nos muestre el método correcto para conocerlo.
También anima a ensanchar la concepción de la razón como algo que incluye, pero no queda relegado a la lógica o el raciocinio, pues se compone también del “conocimiento por fe, la categoría de posibilidad, el afecto, las certezas morales, etcétera. Es experiencia común que muchos juicios que nos parecen razonables no superarían un examen severo del raciocinio, y al mismo tiempo no están dictados solo por una emoción pasajera” (p. 158).
La última provocación del autor antes de terminar el libro es “apostar a que el mundo es conocible, que la razón humana está hecha para aferrar los objetos y que la realidad es, en última instancia, una promesa buena, no un engaño dispuesto para condenar a la humanidad a la infelicidad” (pp. 158-159). Es una interesante defensa del papel de la fe para la razón, de la confianza para la mente, al que el autor apunta, pero que no desarrolla. Su ensayo pretendía, y lo logra, mostrar los dramáticos excesos a los que lleva el desconocimiento de la dimensión de confianza que es inherente a nuestra mente. Ese desconocimiento es, como decíamos antes, una estupidez que nos encierra crédulamente en aquello a lo que decidimos dar nuestro asentimiento, en lugar de una ignorancia abierta a ser llenada a través de un camino que nos llevaría a profundizar en esa confianza.
La mente como don frágil
Pretender que no confiamos o que podemos no hacerlo es una quimera, así como pretender que lo sabemos todo es absurdo; estos dos libros ayudan a profundizar en ello. En mi opinión, esto no tiene por qué llevarnos al pesimismo. La mente es capaz de grandes cosas, como ambas obras también subrayan. Como decía Pascal, la grandeza del ser humano es precisamente que conoce su miseria. Así, la primera grandeza de nuestra mente es que es o puede ser consciente de sus propios límites. Para ello, hay que cuidarla. No se sale de la estupidez ni se evitan los demonios sin un adecuado cultivo mental. Y, en mi opinión, no puede darse un adecuado cultivo mental sin una actitud básica que es la humildad. Sin reconocer la propia ignorancia, las propias heridas, los propios sesgos e, incluso, las propias irracionalidades, no podemos crecer: ni en conocimiento, ni en otros ámbitos.
La mente es un don, pero un don frágil. Cuidarlo requiere higiene mental, pero también espiritual, porque la humildad supone una profundización radical en nuestro propio ser. Así, el “conócete a ti mismo” del oráculo es un primer paso irrenunciable para eludir los demonios que nos hacen imbéciles.
Cultivar esta humildad que abarca todo nuestro ser, incluyendo nuestra razón, es una forma de sabiduría. Nuestra mente no es perfecta, pero sí perfectible; no es infalible, pero sí capaz de verdad, si está dispuesta a adentrarse por su senda. Cuidarla —con rigor, confianza y lucidez— es una de las tareas más apremiantes hoy. ¿Y si aprender a pensar bien no fuera solo una tarea intelectual, sino también espiritual?