Teilhard de Chardin: El camino hacia una eucaristía cósmica

[Por Juan V. Fernández de la Gala] En este año 2023 celebramos el centenario de uno de los textos más conocidos del jesuita y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin. Fue escrito en tono de plegaria en dos momentos cruciales de su vida y sabemos que, en 1951, proyectaba ya una tercera versión. Él lo llamó La misa sobre el mundo (La Messe sur le Monde) y se recogió sucesivamente en dos de sus obras: El sacerdote e Himno del universo. Se trata, sin duda, de una de las piezas más impactantes de la literatura mística del siglo XX.

La primera versión está escrita en el frente de batalla de Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Teilhard fue camillero y su misión consistía en recoger a los heridos, prestarles los primeros auxilios físicos y espirituales y derivarlos al hospital de campaña o al cementerio. Aquello fue, en sus propias palabras, “un bautismo de realidad” en el barro de las trincheras, en el dolor y en la fragilidad humanas y, sobre todo, una pregunta acuciante sobre el sentido que podemos dar al sufrimiento y a la muerte. La segunda versión del texto está firmada en 1923 en China, en el desierto de Ordos, cerca de la frontera norte con Mongolia. Teilhard participaba entonces en una expedición científica que estudiaba las características geológicas de los barrancos y de las estepas más áridas de Asia. La guerra de Europa y el exilio de China fueron los dos paisajes de la desolación que marcan su escrito. Es verdad que, entre líneas, flota también sobre esos párrafos inolvidables el frescor de los bosques de álamos que bordean el río Aisne, cerca de Verdún, los castaños amarillentos de sus paseos en Sussex o los acantilados de la isla de Jersey. Todos estos paisajes conforman en la memoria del jesuita una “composición de lugar” que nos conduce a la presencia inefable de Dios en lo más agreste de la naturaleza y en la áspera desnudez de las rocas, imágenes que a un paleontólogo le hablan indefectiblemente de la larga y misteriosa historia de la Tierra y de la extensión inabarcable del tiempo geológico, que supera ampliamente la estrecha vida de un hombre.

En ambos casos se encontraba Teilhard inmerso en la escueta precariedad del nómada y, como sacerdote, privado de la posibilidad de celebrar la eucaristía. Trata entonces de celebrarla en el interior de su corazón, poniendo como altar el propio paisaje que aparecía ante sus ojos con las primeras luces del día, antes de sumergirse en las tareas de su jornada científica. Y ahí es donde sucede el milagro, porque descubre  ̶ y nos descubre también a nosotros ̶  que el sacrificio de la misa se extiende mucho más allá del templo o de la pequeña parroquia donde se celebra. Y se extiende, además, en todos los sentidos de la existencia: se extiende en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se extiende en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas y las futuras, en virtud de lo que la doctrina tradicional de la Iglesia ha llamado la “comunión de los santos”.

No es difícil intuir el peso que en esta devoción teilhardiana pudieron tener las catequesis domésticas que Pierre Teilhard y sus hermanos recibieron muy tempranamente de su madre, Berthe de Dompierre. Bajo la férula amable de su propio ejemplo, Berthe inculcó a sus hijos dos prácticas piadosas particulares: la comunión espiritual y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Como puede verse, la mística de Teilhard, con esa fama de heterodoxa y rompedora, se basa en estas dos devociones que la tradición católica asume desde antiguo, aunque es verdad que Teilhard las actualiza de acuerdo con los nuevos paradigmas y las eleva a una altura teológica antes no alcanzada.

Ya desde el Concilio de Trento, la tradición más piadosa del cristianismo recomendaba a los fieles la práctica de la “comunión espiritual”, una fórmula devocional que podía ser usada en caso de tener limitaciones materiales o morales para recibir el pan eucarístico de la comunión. San Alfonso María de Ligorio popularizó desde el siglo XVIII una de las oraciones más conocidas, que expresaba ferviente y llanamente el deseo de recibir a Jesús sacramentado con disponibilidad de corazón. Pienso que Teilhard fue puliendo el texto devocional de su Misa sobre el mundo basándose en esa misma idea. Para un místico como él, capaz de sentir la presencia de Dios de modo tan misteriosamente vívido, la ausencia del pan y el vino no podía impedir que un sacerdote pudiera, en el interior de su corazón, celebrar eucarísticamente la presencia de Dios en la materia, en los acontecimientos, en las creaturas, en el prójimo y en el interior de cada uno de nosotros, reviviendo y gustando interiormente su sentido de ofrenda, de consagración y de comunión.

Respecto a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, muy presente en el hogar de la familia Teilhard y difundida ampliamente por la Compañía de Jesús, basta con repasar las imágenes y tropos que Teilhard utiliza en su texto para desembocar abiertamente a la iconografía propia de esta devoción popular: el corazón como asiento de los sentimientos y el fuego en el que arde como expresión de su amor. Un amor extremo, como puntualiza el evangelio de Juan y “una devoción con la que mi madre no dejó jamás de nutrirme”, como afirma Teilhard en El corazón de la materia.

Hasta aquí los fundamentos devocionales de esta visión eucarística de Teilhard que a tantas personas ha conmovido, incluyendo a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI. Los dos primeros citaron sus palabras en diversas alocuciones públicas, pero evitando expresamente mencionar al autor, que estaba entonces bajo la alargada sombra de sospecha del Santo Oficio.

Siempre se ha dicho que una de las características de un texto sublime es que es capaz de arraigar de modo distinto en el ánimo de cada lector, colmando necesidades diversas. suscitando sugestiones y connotaciones diversas en cada persona y en cada momento. Si resumo aquí algunas de las mías, lo hago a sabiendas de que no agotarán las posibilidades de un texto tan sugestivo y lamentando que este medio no permita compartir también las intuiciones que el texto de La misa sobre el mundo habrá podido despertar seguro en quienes ahora leen amablemente estas líneas. Para poder valorar con justicia el grado de profetismo de Teilhard, no olviden que estamos entre 1918 y 1923, en el pontificado de Benedicto XV, un papa temeroso de la modernidad y de la ciencia, y que nos falta todavía medio siglo para arribar al soplo revitalizador del Concilio Vaticano II.

Aquí están algunos de los que intuyo como hallazgos teilhardianos:

  • Disolver viejas dicotomías escolásticas. Las visiones teológicas de Teilhard tratan de armonizar nuestra desconcertante pluralidad con la invitación divina a la unidad fraterna o la marea de los afectos que mueven el mundo con la convulsión de los odios y añadamos todas esas viejas dualidades platónicas que la escolástica no supo resolver: el cuerpo frente al alma, la materia frente al espíritu, Dios frente al mundo y el barro de la realidad terrena frente a ese mundo angélico y celeste que desde tiempos medievales nos gustaba señalar con el dedo en alto.

Teilhard, que se considera a sí mismo más hijo del suelo que del cielo, nos reconcilia con la materia, proclamando su bondad natural y su misterio evolutivo y no duda en darle rango de sacralidad, recordándonos la aceptación manifiesta de Dios que recoge el libro del Génesis: “y vio Dios que era bueno”. Llega a llamarla “mano de Dios y carne de Cristo” por sostener de modo tangible la presencia de Dios en el mundo.

 

  • Reconciliar ciencia y teología. Si en su ensayo El grupo zoológico humano intentó transitar un puente entre teología, biología y física, en La Misa sobre el mundo, brevísimo texto lleno de poesía y de mística, incorpora las intuiciones de tres paradigmas científicos que la doctrina de la Iglesia miraba aún con el recelo de la novedad. Por un lado la teoría evolutiva, que desde Darwin empieza a encontrar ya esos días formulaciones nuevas desde la bioantropología y la genética. Por otro, las ideas que, a partir de la teoría general de la relatividad, empezaban a debatirse sobre un universo en expansión desde una explosión de energía inicial, creadora de todo lo que existe. En tercer lugar, esboza ya la idea que empezaba a vislumbrarse en los círculos científicos de interpretar la biosfera como una entidad viva, como un gran cuerpo, como un superorganismo en el que todos los procesos están conectados para garantizar su autorregulación, una idea que después encontraría en James Lovelock su mejor formulación: la hipótesis Gaia.

 

  • Unificar la teología. Por primera vez, muchos conceptos teológicos que la tradición epistolar paulina y la reflexión escolástica medieval nos mostraban como un mosaico parcialmente inconexo de verdades de fe, independientes y bien diferenciadas, Teilhard acierta a conectarlos como la totalidad coherente de una sola verdad, dilatando su significado y su relevancia teológica. Descubrimos con él que la creación, la encarnación, la redención, la consagración, la centralidad de la eucaristía, la providencia, la comunión de los santos, la presencia de Dios en el mundo o el mandamiento del amor no son realidades distintas, sino aspectos indisolubles y necesarios de una misma visión y que, a su vez, encajan sin estridencia alguna con la evolución cósmica y biológica, la génesis histórica de las religiones, el misterio de la muerte y el sufrimiento, la investigación científica o el trabajo humano como prolongación libre y creativa del poder creador de Dios. Pocos autores poseen esta capacidad de Teilhard de generar modelos integradores de pensamiento o de formular explicaciones unificadas.

 

  • Expandir la teología. Además de unificarlos, Teilhard profundiza en la idea de que estos procesos (y su interpretación teológica) no son momentos puntuales en la historia de la salvación ni se limitan al ámbito espacial de la biosfera, sino que desbordan el espacio y el tiempo para devenir procesos cósmicos y continuamente actualizados.

 

Así, la metáfora paulina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, en donde las diversas partes anatómicas no pueden desentenderse, la extiende Teilhard, dilatándola, a toda la creación, que es, en efecto, un cuerpo material, biosférico, al mismo tiempo diverso y coordinado y necesitado de un alma que le otorgue consistencia y sentido.

Los símbolos eucarísticos del pan y el vino se expanden también más allá de su condición de frutos de la tierra, más allá de su presencia en aquella cena de la Pascua judía de hace más de dos milenios y se cargan de un sentido más amplio. El pan como representación de todo lo que esforzadamente germina, crece, florece, madura y se multiplica en el mundo. El vino como representación de todo lo que mengua o decrece, de la sangre derramada, de lo que nos causa dolor y sufrimiento, de la enfermedad, la decrepitud, la decepción, la traición y la muerte; ese cáliz que nos gustaría apartar, pero que asumimos siguiendo el ejemplo de Jesús en Getsemaní.

Estas y otras brillantes extensiones conceptuales de Teilhard no solo dan hondura espaciotemporal a los horizontes de la fe en Dios, sino que, además, los sustraen del contexto angélico en que los colocó la escolástica y los plantan en la realidad tangible de la materia. Así, por ejemplo, la consagración sacramental del pan y el vino se incardina en una interpretación mucho más amplia que refleja el modo en que la dimensión sobrenatural conecta con la realidad natural y la ilumina, es decir, nos habla de la consagración definitiva de toda la creación, que se reencontrará con Dios en su trayecto evolutivo hacia el punto omega.

De este modo, Cristo resucitado acabará siendo el alma del gran cuerpo místico que es la realidad universal. La cosmogénesis, la biogénesis y la propia historia del ser humano no son más que los pasos evolutivos previos a la cristogénesis, la gran consagración en la que todos estamos inmersos.

Para Teilhard, vivimos en el seno de una gran eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el punto omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Llegados a ese momento, nuestra desintegración física no será el final: será sólo el requisito para poder perdernos en el horizonte inmenso de la misericordia de Dios, ya sin la pesada oposición de nuestros átomos, para ser una sola cosa con Él.

 

PARA PROFUNDIZAR EN LA MISA SOBRE EL MUNDO:

El texto puede descargarse libremente en esta dirección: https://www.bubok.es/libros/238364/LA-MISA-SOBRE-EL-MUNDO-de-Pierre-Teilhard-de-Chardin

Aquí puede escucharse una videoadaptación abreviada del mismo: https://youtu.be/qjpEzrDuftU

Y la editorial Sal Terrae, en su colección El Pozo de Siquén, publicó en español la obra del jesuita Thomas M. King La misa de Teilhard: una aproximación a “La misa sobre el mundo” (Bilbao, 2022): https://gcloyola.com/testimonios-e-iglesia/3988-la-misa-de-teilhard-9788429330687.html