Neurohermenéutica: el cerebro como creador de cultura e intérprete del mundo

(Por Tomás Domingo Moratalla) En estas páginas se pretende evaluar el alcance de lo que podemos denominar “neurohermenéutica”. ¿Qué es? ¿Cómo puede caracterizarse? ¿Qué se esconde detrás de la invención del término? Se trata de aplicar el desarrollo de las cuestiones de neurociencia y de las ciencias cognitivas –tan emergentes en el ámbito científico– al desarrollo de la hermenéutica contemporánea, emergente también en la filosofía actual. Dos son las estrategias posibles: 1) “hermenéutica de la neurociencia”, y así mostrar los presupuestos de la neurociencia, su estrategia conceptual y analizar sus implicaciones sociales y culturales, y a la vez, en general, mostrarla como ámbito de interpretación de nuestro propio mundo (nos moveríamos en el terreno de una teoría crítica de la cultura), y 2) “neurociencia de la hermenéutica”, e intentar analizar el sustrato mental (neurológico) de nuestras interpretaciones del mundo; así es como se ha desarrollado, por ejemplo, la llamada neurología de la narración. Ponderamos la consideración (doble) que afirma que nuestro cerebro es creador de cultura (interpretador del mundo) y que, a su vez, él es producto cultural. Decir “neurohermenéutica” es preguntarnos, por tanto: ¿Qué interpretación del mundo y de nosotros mismos nos ofrecen la neurociencias? ¿Cuáles son las bases neurológicas de nuestra de definición de seres hermenéuticos e interpretadores? 

En este escrito pretendemos evaluar el alcance de lo que podemos denominar “neurohermenéutica”. ¿Qué es? ¿Cómo puede caracterizarse? Se trata de aplicar el desarrollo de las cuestiones de neurociencia y ciencias cognitivas al desarrollo de la hermenéutica contemporánea. Dos son las estrategias posibles: 1) “hermenéutica de la neurociencia”, y mostrar sus presupuestos, su estrategia conceptual y analizar sus implicaciones sociales y culturales (nos moveríamos en el terreno de una teoría crítica de la cultura), y 2) “neurociencia de la hermenéutica”, e intentar analizar el sustrato mental (neurológico) de nuestras interpretaciones del mundo; así se ha desarrollado la llamada “neurología de la narración”. Ponderamos la consideración (doble) que afirma que nuestro cerebro es creador de cultura y que a su vez él es producto cultural. Decir “neurohermenéutica” es preguntarnos, por tanto: ¿Qué interpretación del mundo y de nosotros mismos nos ofrecen las neurociencias? ¿Cuáles son las bases neurológicas de nuestra definición como seres hermenéuticos e interpretadores?

Una cuestión no sólo de nombres

Ha pasado a ser habitual hablar de “hermenéutica” para referirnos a muchas prácticas, formas de comportamiento o producciones culturales. La hermenéutica se ha convertido en un enfoque, en una perspectiva o una forma de saber adecuada para plantear muchos de los problemas de nuestra época. Entendida, en primer lugar, como proceso de interpretación, pasó, después, a denominar la técnica o la teoría de la interpretación; y así, de una práctica filológica pasó a constituirse en una metodología centrada en la comprensión, algo propio de las ciencias del espíritu, frente a los modelos explicativos, propios de las ciencias de la naturaleza. Y, ya entrado el siglo XX, giró sobre sí misma para encontrar el fundamento de las actividades interpretativas (ciencia, teorías, etc.) en el carácter interpretativo mismo del propio ser humano. Interpretamos porque somos seres que viven en interpretaciones y auto-interpretándose. La hermenéutica no designa sólo una práctica, una teoría, o una metodología sino, prioritariamente, un modo de ser. Desde este giro existencial la hermenéutica ha pasado a estar presente en todos sitios, en todos los debates, hasta el punto de constituir lo que con expresión afortunada G. Vattimo denominó la “nueva koiné”, la lengua común de nuestro tiempo.[1]

Pero hay que reconocer el posible uso indiscriminado del término “hermenéutica”, que muchas veces sirve para confundir o, simplemente, para no decir nada. De hecho, el término fue utilizado por Bricmont y Sokal para denunciar la charlatanería insustancial de muchos trabajos de revistas de ciencias sociales y humanas.[2]Por eso hay que ser muy precisos y rigurosos siempre, pero mucho más cuando hablamos de hermenéutica.

Y algo parecido podemos decir de la aplicación del prefijo “neuro-“. Parece como si la “nueva koiné” fuera ahora la ofrecida por las ciencias cognitivas bajo la impronta “neuro”. Es una moda, y con razón; no faltan argumentos. Como dice A. Cortina: “lo ‘neuro’ está de moda. Y lo está porque crece la convicción de que el saber neurocientífico es transversal a todos los demás, que estudiar las bases cerebrales de nuestra forma de saber y obrar es dar con el núcleo del quehacer humano en todas sus dimensiones”.[3]

Para explicar el origen de este interés por la expansión de lo “neuro”, hasta llegar a lo que estamos llamando aquí “neurohermenéutica”, hay que mencionar de manera obligada el trabajo pionero de Patricia S. Churchland, Neurophilosophy[4].Buscando estudiar las relaciones mente-cerebro, la autora se decantará por una reducción quizás exagerada de la mente al cerebro, cayendo en un materialismo eliminativo. Quizás lo fundamental de este trabajo, y otros que prosiguieron, es que ya no podemos hablar de temas que han preocupado a la filosofía ancestralmente, como el yo, la conciencia o nuestra identidad sin tener en cuenta los avances de las neurociencias.

El campo “neuro” con más impacto y actualidad es la llamada neuroética, o neurofilosofía práctica, porque lo más acuciante es la orientación de nuestras acciones, cómo, por qué, de qué manera actuamos. La neurohermenéutica se situaría en la misma línea. Me atrevería a decir que la neurohermenéutica es la neuroética ampliada.

Pero si a propósito de la hermenéutica ya hemos señalado los usos y abusos y, por ende, la necesidad de rigor, y vemos también como se dispersa ambiguamente la aplicación del prefijo “neuro” por doquier, tendremos que ser doblemente cautos y caminar despacio; mucho más en este pequeño trabajo que pretende ser programático e inaugural.

¿De qué hablamos?

Pocos son los trabajos o estudios que llevan el nombre de neurohermenéutica. El más citado es el breve artículo de Alexander Grau llamado “¿Hacia una neurohermenéutica?”.[5]Y su desarrollo bien puede ser catalogado de decepcionante. Parte del reconocimiento del poder creativo de nuestro cerebro afirmando que el mundo construido culturalmente depende de él. Los logros culturales dependen de nuestra disposición cerebral. Tras esta afirmación se recogen estudios que han adoptado esta perspectiva que podríamos llamar “neurohermenéutica”. El planteamiento que subyace es claro: dado el auge de la neurología y sus grandes desarrollos no estaría de más que otras disciplinas pudieran beneficiarse de ello. Así pueden abordarse pertinentemente cuestiones culturales desde una óptica biológica. Tal es el caso de Kay Young –catedrática de filología inglesa– y Jeffrey L. Saver –neurólogo–, ambos de California, que en el año 2001 escribieron un artículo pionero y ampliamente citado. El artículo abordaba la cuestión de la “neurología de la narración”.[6]Se trata de una neurobiología de la narración, una neurobiología de nuestras interpretaciones del mundo.

La tesis es sencilla. Tenemos estructuras cerebrales responsables de nuestra capacidad de crear relatos. El relato se basa en determinadas estructuras cerebrales, así, si estas fueran dañadas en un individuo éste perdería su capacidad de hilar acontecimientos narrativamente. Tanto este trabajo como el del propio Alexander Grau se basan en los estudios de Karl Eibl sobre teoría evolutiva de la cultura en que afirmaba que nuestra capacidad evolutiva se sustenta en nuestra riqueza cultural dada por las “memorias de saber externo”, es decir, cuentos, leyendas y tradiciones. Toda esta memoria externa configura un mundo virtual junto con el mundo real. Esto nos lleva también a pensar que nuestro mundo podría ser muy distinto a como es si este caudal memorístico fuera distinto.

Alexander Grau considera estos trabajos, sin duda incipientes, “meros fuegos de artificio”. Reconoce que las creaciones humanas como novelas, cuentos y dramas, suponen un importante logro cognitivo, pero no ve la ganancia para la interpretación de estas mismas producciones humanas, y así nos dice: “Aun cuando los neurólogos consiguieran describir los pormenores de los procesos neuronales que se desarrollan en el cerebro al narrar o crear un poema, ello resultaría irrelevante para la interpretación de las obras artísticas que han surgido de ellos. La neurobiología no proporcionaría ningún tipo de ayuda a la interpretación”.[7]Lógicamente debe ser así; la neurología no puede trasponer su ámbito de explicación, ni pensar que vamos a interpretar completamente una obra cultural por conocer su constitución físico-material (del tipo que sea). Pensar que conocer la composición química del óleo con el que fue pintado el cuadro Las Meninasde Velázquez me va a dar la interpretación correcta, o va a mejorar mi juicio estético sobre ella, no deja de ser una ingenuidad.[8]

Uno de los autores que más insistentemente ha hablado de neurohermenéuticaes el antropólogo social S. Reyna, con un estilo altamente provocativo.[9]El gran tema sobre el que ha centrado su trabajo es el de las conexiones; la manera de pensar la realidad, también la realidad social y cultural, es mediante el paradigma de la conexión, todo está conectado. La “conexión” (la relación) es lo que explica tanto un mundo como otro, el mundo de la naturaleza y el mundo del espíritu.

Su pretensión es llevar cabo de una crítica al dualismo cartesiano, y las implicaciones que ha tenido, y de esta manera establecer una continuidad entre los sistemas neuronales, que constituyen nuestro cerebro, y la realidad socio-cultural exterior. Insiste en la inutilidad de distinguir entre lo material e inmaterial, pues lo más importante para explicar no es la sustancia (las realidades), sino los procesos, las conexiones –independientemente del material que conecten–. Distingue entre un espacio interior (I-space), configurado por las estructuras biológicas y un espacio exterior (E-space), estructuras socio-culturales. Son facetas interconectadas de una misma realidad. Su gran propuesta es la de un monismo social. Explica el funcionamiento del cerebro como estructura material interpretadora de significados, de conexiones, en y a partir de sus propias conexiones. El cerebro, como órgano donador de sentido, de conexión, es denominado por Reyna “cultural neurohermeneutic system”. Defiende así una concepción neurohermenéutica de la cultura que descansa en la distinción entre cultura neuronal (I-space) y cultura discursiva (E-space).

El objetivo es repensar las relaciones entre lo biológico y lo cultural, entre lo cognoscitivo y lo social. Para ello quiere evitar el modelo hermenéutico (piensa en la antropología cultural hermenéutica de C. Geertz), pues lo considera “débil”, blando, y apuesta por una interpretación desde modelos sólidos, nacidos de las ciencias cognitivas. Es una obra muy interesante al estar inscrita en el cruce entre materialismo, estructuralismo y hermenéutica; aunque no deja de ser un trabajo programático, que lamentablemente no ha sido continuado.

De este trabajo pionero hemos de valorar la descripción que nos propone de un cerebro que interpreta la realidad y construye cultura. Pero lo mismo que sucedía con el libro P. Churchland vemos cómo el planteamiento inicial se desliza desde una visión general y comprensiva a posiciones reduccionistas en donde los procesos culturales pasan a ser simplemente señales eléctricas del cerebro. Intentando evitar el idealismo hermenéutico se inclina por un materialismo que podemos considerar, ya en nuestra época, un tanto trasnochado. Busca superar el dualismo, pero parece caer en sus mismas trampas, y huyendo de la “construcción social de la realidad” acaba en la “construcción neuronal de la sociedad”. La propuesta hermenéutica (neurohermenéutica) exige ir más despacio, confrontándonos con la ambigüedad y la complejidad y, lo que resulta más difícil, manteniéndola.

Un programa de investigación

Estas líneas no dejan de ser programáticas. Creo que el desarrollo de la neurohermenéutica, o quizás otra palabra o expresión –lo importante es la ‘cosa misma’–, puede aportar luz sobre cuestiones cruciales de la filosofía y que marcan nuestra vida actual. Recogiendo las ideas anteriores creo que es fundamental en esta propuesta programática responder claramente a dos preguntas: ¿Qué aportan las neurociencias a la hermenéutica? ¿Qué aporta la hermenéutica a las neurociencias y a los saberes “neuro-“?

Las neurociencias aportan a la hermenéutica: 1) una ampliación y profundización del concepto de experiencia, algo que la misma hermenéutica preconiza; 2) ayuda para descartar las visiones puramente idealistas; 3) una crítica a todo planteamiento ingenuo en cuestiones sociales, culturales, religiosas, etc. Lejos de lo que pueda pensarse, las neurociencias no cuestionan o diluyen la hermenéutica, sino que le recuerdan su tarea e, incluso, su pretensión originaria.

La hermenéutica aporta a las neurociencias: 1) instrumentos conceptuales para hilvanar modelos explicativos y modelos comprensivos; 2) una historia (amplia) de debates metodológicos y ontológicos, que pueden ser muy iluminadores en la actualidad; 3) una puesta de relieve de las condiciones contextuales (prejuicios) tanto de las neurociencias como de sus expansiones y pretensiones. La hermenéutica viene a recordar que la ciencia (en este caso las neurociencias) no sólo es cuestión de los científicos, sino de todas las personas. Si la ciencia determina y condiciona la vida moderna, y si la neurociencia parece ser la gran ciencia dominante de la actualidad, comprenderla y darle su lugar en la vida humana es una tarea ineludible; es una tarea hermenéutica.

Neurociencia de la hermenéutica y hermenéutica de la neurociencia se entrecruzan productivamente en lo que denominamos neurohermenéutica. Las neurociencias se amplían y alcanzan una dimensión cultural y la hermenéutica se potencia en un campo antes insospechado. La neurociencia que acepta la lucidez crítica no puede dejar de tener en cuenta la dimensión hermenéutica (social, cultural, etc.); la hermenéutica crítica no puede esquivar los desafíos neurocientíficos. Neurociencia y hermenéutica constituyen así un espacio de y para la crítica. Neurohermenéutica es, por tanto, nuestro horizonte, quizás también nuestro destino.


[1]Cfr. Vattimo, G., “Hermenéutica: nueva koiné”, en Ética de la interpretación, Paidós, Barcelona, 1991, pp. 55-71.

[2]Cfr. BricmontJ., SokalA., Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona, 1999. En este libro cuentan cómo mandaron un artículo absurdo, lleno de jerga filosófica y referencias científicas, a una revista norteamericana de “calidad”, y cómo fue aceptado. El artículo llevaba como título: “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”.

[3]En Cortina, A.(ed.), Neurofilosofía práctica(Guía Comares), Comares, Granada, 2012, p. 1.

[4]Churchland, P., Neurophilosophy: Toward a Unified Science of the Mind-Brain, MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1986.

[5]A. Grau, “¿Hacia una ‘neurohermenéutica’?”, en: Mente y cerebro, nº 25, 2007, p. 51

[6]Young, K.y Saver, J. L., “The neurology of narrative”, en: Substance, 94/95, 2001, pp. 72-84.

[7]Grau, A. op. cit., p. 51.

[8]Para un debate sobre la ingenuidad y la crítica de los planteamientos de las neurociencias es fundamental el libro Changeux, J.P. y Ricoeur, P., Lo que nos hace pensar. La naturaleza y la regla, Península, Barcelona, 1998. Por otra parte nos encontramos con un trabajo también fundamental y pionero en esto que denominamos “neurohermenéutica” (véanse, sobre todo, los debates de la última parte).

[9]Reyna, S., Connections: brain, mind and culture in a social anthropology, Routledge, London-New York, 2002.

Artículo elaborado por Tomás Domingo Moratalla, UNED. Este artículo es una adaptación para FronterasCTR de un artículo publicado en la revista Pensamiento, vol. 73 (2017). 

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