[Alejandro Sanchez García] El libro que aquí se reseña y publicado por la editorial Sígueme en el año 2025 es la edición española del libro de Alister E. McGrath publicaba en 2024 bajo el título The Nature of Christian Doctrine: its Origins, Development and Function. Como el propio autor explica en el prefacio, la redacción de este libro se vio motivada por la lectura de algunas publicaciones sobre la doctrina cristiana como la obra de Maurice Wiles, The Making of Christian Doctrine (Cambridge University Press, 1966); o la más reciente de Christoph Markschies, Kaiserzeitliche christliche Theologie un ihre Institutionen (Mohr Siebeck, 2007). McGrath, doctorado en ciencias biológicas antes de dedicarse a la Teología, encontró en las lecturas de Wiles y Markschies algunas ideas que marcarían sus líneas de investigación en cuanto al desarrollo de la doctrina cristiana.
El modo en que Wiles y Markschies abordaban el origen de la doctrina cristiana en los primeros siglos del cristianismo hizo descubrir a McGrath un paralelismo entre la creación de nuevas teorías cristianas y el método científico. Este es, quizás, el punto más original de toda la obra y sobre el que se articula su exposición que llevó al autor a acuñar el término de “laboratorio teológico” para referirse al proceso que tuvo lugar durante los primeros dos siglos del cristianismo con la creación de distintas teorías que nacían, se discutían y rechazaban al abrigo de la paulatina creación de la doctrina cristiana. A pesar de que puedan parecer contrarias a primera vista, McGrath logra identificar con precisión las similitudes en los patrones de pensamiento que comparten teólogos y científicos, revelando una conexión profunda entre ambas realidades.
McGrath comienza su exposición destacando la importancia de la creación de una doctrina cristiana en los inicios de la historia del cristianismo. Pero utiliza el concepto de theoria, palabra clave de toda la obra, para referirse a ella. ¿Por qué fue necesario que surgiera? Para el autor la causa principal hay que buscarla en la irrupción de la persona de Cristo, de sus enseñanzas, su muerte y su resurrección. McGrath lo describe recurriendo en varias ocasiones a la parábola evangélica de los odres de vino: los antiguos marcos de interpretación, a modo de odres viejos, eran sencillamente incapaces de contener el vino nuevo que suponía “la completa experiencia cristiana de Cristo”. La “conmoción del Evangelio”, tomando las palabras de John Webster, supone para el cristianismo un cambio de paradigma que le obliga a buscar nuevos marcos teóricos de definición. Y el ejemplo más claro lo encontramos en el nuevo modo de imaginar las Escrituras, como titula McGrath uno de los epígrafe del primer capítulo.
Después de ese capítulo introductorio dedicado al porqué de la doctrina cristiana, el segundo capítulo está dedicado al pilar fundamental del cristianismo, Cristo. McGrath considera el siglo II como el momento clave en la formación de la theoria acerca de la identidad de Cristo. Es en este capítulo donde desarrolla la metáfora del laboratorio teológico en base a los planteamientos de otros investigadores como Rowan Williams, Judith Lieu o Winrich Löhr. Entender las diferentes comunidades cristianas locales como laboratorios donde se operaba y experimentaba con distintos materiales, influencias y convenciones culturales nos hace ver los primeros siglos del cristianismo como un hervidero de teorías que fueron constituyendo el núcleo doctrinal de la fe a base de prueba-error.
Esta concepción le lleva a replantear la lectura tradicional de Walter Bauer acerca del surgimiento de la herejía y la ortodoxia que redefinió los estudios sobre esta temática en la segunda mitad del siglo pasado. La dicotomía que establece Bauer entre ortodoxia y herejía supone una perspectiva reduccionista, a ojos de McGrath, de la realidad teológica que supuso el siglo II. En este sentido, me parece una apuesta interesante que vendría a enriquecer y proponer una nueva visión a un campo de estudio iniciado por Bauer y continuado por otros autores como Henry E. W. Turner o Alain Le Boulluec. Sin embargo, ¿cómo conjugar esta perspectiva con la terminología de “herejía” y “ortodoxia” en los estratos más antiguos del cristianismo? Es cierto, como explica el propio McGrath, que se trata de conceptos complejos a la hora de utilizarlos porque implican en muchas ocasiones un cierto juicio de valor. Pero, por otro lado, se trata de realidades que existían y a las que los autores recurrirían; aunque no poseían la carga subjetiva que caracterizará su significado a partir del siglo IV.
Mención especial merecen los tres últimos capítulos del libro. En ellos, McGrath nos advierte el carácter histórico y actual de la doctrina cristiana a través del análisis de la comprensión de la encarnación, la Trinidad y la salvación. En el desarrollo de su discurso, McGrath no busca quedarse en los aspectos teóricos de una doctrina concreta como puede suceder, por ejemplo, en el caso de la encarnación y su importancia en la teoría del icono y la representación de Dios. Busca desentrañar la implicación actual de la encarnación en nuestro presente y cómo da sentido a nuestra experiencia cristiana. Lo mismo podemos decir de la manera de entender la Trinidad o la salvación actualmente. A propósito de este último aspecto, McGrath dedica el último capítulo del libro a los distintos lenguajes de la salvación codificados en las metáforas soteriológicas del Nuevo Testamento. Es precisamente esa diversidad de lenguajes la que construye un “rico territorio” sobre las que se vayan asentando distintas theorias sobre la salvación; que, en algunos casos, constituyen un elemento de identidad, como fue el caso de la doctrina de la justificación por la fe en el surgimiento de las primera comunidades reformadas.
En mi opinión, este es uno de los méritos del autor en esta obra, algo que quizás algunas veces los investigadores, e incluso los cristianos de hoy en día, pasamos por alto. La formación de la doctrina no es un unicum del cristianismo antiguo. Sino que es un proceso continuo ligado a su propia historia hasta el día de hoy como elemento definitorio de la identidad de la comunidad cristiana. Esta idea del papel actual de la doctrina en la historia del cristianismo queda definida en una frase del propio autor en el tercer capítulo: “la doctrina no consiste en la mera repetición de pasajes bíblicos, sino en su interpretación, para que puedan hablar en los debates y preocupaciones actuales”.
El libro se cierra con un breve apartado de conclusiones donde reflexiona sobre el futuro de la doctrina en un mundo cada vez más secularizado donde se da lo que denomina como un “declive del cristianismo cultural”. ¿Cómo transmitir La doctrina cristiana en un mundo que cada vez mira menos hacia Cristo? La respuesta la encontramos en la manera en que transmitimos esa doctrina. No debemos entenderla como una serie de enseñanzas antiguas y anquilosadas, sino como un mensaje que articula y da sentido a nuestra propia realidad.
Después de la lectura de este libro, podemos concluir que nos encontramos ante una obra fruto de años de trabajo e investigación, experiencia que se ve reflejada en el extenso aparato bibliográfico al que el autor recurre para sustentar su discurso. Además, los paralelismos que McGrath identifica entre el desarrollo de las teorías científicas y la doctrina cristiana constituyen un marco discursivo innovador que dota de coherencia y originalidad a este libro, aunque las explicaciones de ciertas teorías científicas puedan dificultar la lectura en diversos pasajes. No obstante, a pesar de que algunos investigadores puedan discrepar de la visión que McGrath expone en esta obra, no cabe duda de que contribuye a enriquecer nuestra comprensión del desarrollo y la evolución de la doctrina cristiana. Se trata, pues, de un libro escrito por un teólogo, pero de interés para investigadores de otras disciplinas dedicados al estudio del cristianismo.