Sostenibilidad, la Academia Pontificia de las Ciencias y el giro ecológico de la Iglesia Católica

(Por Jaime Tatay) La promulgación de la encíclica Laudato si’ (2015) por el Papa Francisco ha sido interpretada como la fase final en la integración de las cuestiones ambientales en el pensamiento social cristiano. En este reciente desarrollo histórico, la investigación académica ha prestado especial atención a la forma en que las diferentes corrientes eco-teológicas, los desarrollos culturales y las iniciativas comunitarias influyeron en el giro ecológico de la Iglesia. Sin embargo, no se ha estudiado a fondo el papel clave desempeñado por las instituciones eclesiales intermedias, en particular por interlocutores altamente cualificados como la Pontificia Academia de las Ciencias (PAS). En este artículo (publicado originalmente en la revista Religions) se argumenta que, en los últimos 60 años, una institución epistémica como la PAS ha sido fundamental en este desarrollo: advirtiendo de la gravedad de las cuestiones socioambientales, promoviendo la alfabetización ecológica, fomentando la reflexión ética y catalizando un diálogo interdisciplinar orientado a la incidencia política.

 

 

Introducción

A pesar de haber estado históricamente marginada de la reflexión académica y de los principales foros internacionales sobre el medio ambiente, la religión ha emergido en las últimas décadas como un actor relevante en el debate sobre el desarrollo sostenible (Glaab y Fuchs 2018; Rakodi2012; Deneulin y Bano 2009) y la sostenibilidad (Beling y Vanhulst 2019; Johnston 2014; Martínez de Anguita 2012). Los mitos, los tabúes, los códigos éticos y los valores culturales transmitidos por las narrativas religiosas y sus cosmovisiones se consideran de forma creciente recursos valiosos para la conservación de la naturaleza (Colding y Folke 2001; Berkes 1999), la transición a la sostenibilidad (Ives y Kidwell 2019) y como palancas culturales con el potencial de contribuir a un cambio social sistémico (Otto y otros 2020; Rolston 2006).

Las expresiones, rituales y narraciones religiosas, lejos de desaparecer, están mutando (Davie 2000; Heelas et al. 2005), resurgiendo en formas fundamentalistas (Almond et al. 2003) y diversificándose (Berger 2014). Aunque la hipótesis de la “de-secularización” (Berger 1999) y los diferentes significados del término “post-secular” (Beckford 2012) siguen siendo objeto de un intenso debate académico, la transformación contemporánea de las manifestaciones espirituales descritas por los sociólogos de la religión muestra tanto la existencia de aspectos “religioides” (Benthall 2008) en el movimiento ambientalista contemporáneo (Harvey 1994; Orr 2003; Taylor 2009) como una mayor conciencia ecológica en la mayoría de las religiones del mundo (Gottlieb 2006; Tucker 2003), lo que a menudo difumina las líneas entre las organizaciones seculares y las religiosas (Berry 2014; Johnston 2013).

Además, el ambientalismo ha sido descrito como un “movimiento de revitalización” (Rappaport 1971; Orr 2003), una “fe secular” (Dunlap 2006), una “fe global” (Johnston 2014) y una “fe verde” (Glaab y Fuchs 2018). No sólo “la religión ha sido históricamente una parte importante de muchas visiones de la sostenibilidad” (Johnston 2013, pág. 4), sino que el concepto mismo de sostenibilidad se enriquece y profundiza constantemente gracias a las ideas teológicas. Este concepto transdisciplinar articula elementos ecológicos, políticos y socioeconómicos, así como dimensiones culturales, éticas y teológicas (Vogt y Weber 2019).

En la década de 1960, el antropocentrismo religioso se percibía como un obstáculo para el desarrollo de una civilización ecológica (White 1967). Hoy en día, el escepticismo sobre el cambio climático no es raro entre ciertas denominaciones religiosas. A pesar de ello, desde una perspectiva global, no resulta exagerado afirmar que la religión se ha convertido en un “actor emergente” (Beling y Vanhulst 2019) y un “estímulo intelectual” (Christie y otros 2019) para la reflexión secular en el debate planteado por la Agenda 2030 (ONU 2015).

En este nuevo contexto, la creciente participación religiosa en el foro de la sostenibilidad, así como las numerosas declaraciones confesionales, ecuménicas e interreligiosas que han emanado de él (Tatay y Devitt 2017), en particular la carta encíclica Laudato si’ del Papa Francisco (2015), han sido recibidas por la comunidad científica como una contribución oportuna y necesaria (McNutt 2014; Schiermeier 2015; Jamieson 2015; Cafaro 2015; Raven 2016; Sánchez-Sorondo y Ramanathan 2016).

Ahora bien, los numerosos análisis de la influyente declaración pontificia se han centrado principalmente en sus implicaciones políticas (Pasquale 2019; Rowlands 2015), su lugar en la historia de la Doctrina Social de la Iglesia (Tatay 2018), las diversas teologías que convergen en el documento (Miller 2017), así como en la influencia que las éticas ambientales y las ciencias naturales (Deane-Drummond 2016) tuvieron en su redacción.

En este documento, quiero destacar el papel central, aunque no suficientemente reconocido, que ciertas instituciones intermedias no magisteriales, en particular la Pontificia Academia de las Ciencias (PAS), han desempeñado como foros híbridos de diálogo interdisciplinar, lugares de reflexión ética y correas de transmisión entre los pronunciamientos magistrales y la investigación académica.

Con el fin de llenar esta laguna académica, me centraré primero en la historia reciente de la PAS en relación con los desafíos socioambientales que han surgido a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. En segundo lugar, describiré las principales funciones ejercidas por la PAS para comprender su influencia en los pontífices y el papel clave desempeñado como catalizador del “giro ecológico” en el pensamiento social cristiano. Sostengo que, dentro de la compleja red institucional de actores y protagonistas eclesiales que han facilitado el “reverdecimiento” de la Iglesia Católica, la PAS ha desempeñado un papel cuádruple: 1. concienciando sobre los problemas socioambientales; 2. promoviendo la alfabetización ecológica; 3. fomentando la reflexión ética; y 4. catalizando la investigación interdisciplinar. Por último, sugiero que el diálogo ciencia-religión que tiene lugar en la PAS desde su refundación ha sido fundamental en este desarrollo.

 

El nuevo desafío de la sostenibilidad y la Pontificiae Academiae Scientiarum

La primera institución eclesiástica que contribuyó de manera significativa a la consideración de los desafíos ecológicos en la Iglesia Católica fue la Pontificiae Academiae Scientiarum. Su remota predecesora, la Accademia dei Lincei, fue creada en 1603 bajo el patrocinio de Clemente VIII y fue una de las primeras academias científicas de Occidente (Ladous 1994). Tras su restauración por Pío XI en 1936, se transformó en un foro académico para el diálogo interdisciplinar y en un lugar de encuentro privilegiado entre la Iglesia Católica y el mundo científico.

La misión de la PAS es promover el progreso de las ciencias, así como establecer un diálogo sobre los problemas epistemológicos derivados de la investigación interdisciplinar (Sánchez-Sorondo 2003). Los documentos generados durante las semanas de estudio patrocinadas por la PAS no se consideran enseñanza magisterial, pero son relevantes por la influencia que tienen en los pontífices, por su rigor académico y por el interés que suscitan en la comunidad científica. La labor de los académicos, junto con la que desarrollará a partir de 1994 la Pontificiae Academia Socialum Scientiarum(PASS), la academia hermana de la PAS, es esencial para comprender el papel clave que desempeñan estas “instituciones epistémicas” (Meyer 2013) en el aumento de la conciencia ambiental dentro de la Iglesia Católica.

En el 50 aniversario de su restablecimiento, G. B. Marini-Bettòlo, químico italiano y presidente de la PAS de 1988 a 1993, declaró:

“La Academia desempeñó un papel importante sugiriendo respuestas a las preguntas presentadas a la Santa Sede por organizaciones internacionales o por científicos individuales, no sólo en el plano técnico y científico, sino también en el plano ético y moral. Por ejemplo, sobre cuestiones relacionadas con la desertificación, el abastecimiento de agua, el uso correcto de las computadoras, la ética de la investigación científica […]” (Marini-Bettòlo 1987, pág. 79).

Además, “teniendo a su disposición autoridades de tan alto nivel, la Academia estaba en condiciones de hacer pronunciamientos y contribuciones en campos interdisciplinares avanzados” (Marini-Bettòlo 1987, pág. 50). Así lo confirma Peter H. Raven, ex presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y miembro durante mucho tiempo de la PAS:

“Debido a la existencia de la PAS y a su constante aportación y asesoramiento científico objetivo, la Iglesia Católica ha aceptado tanto la evolución biológica y cósmica desde los años treinta como el calentamiento global desde que se estableció como un importante factor determinante de nuestro futuro común” (Raven 2016, pág. 253).

En los últimos 60 años, la PAS convocó semanas de estudio, organizó simposios y estableció grupos de trabajo sobre una amplia gama de temas relacionados con el desarrollo sostenible y la ecología (Tabla 1). El fructífero diálogo entre el Vaticano y los académicos ha sido el principal lugar de encuentro de los católicos con la ciencia moderna. Según Christiana Z. Peppard (2015), la larga historia de este encuentro ha pasado por cuatro fases diferentes: La astronomía y la física en los siglos XVI a XVIII; la geología y la teoría de la evolución en el siglo XIX y principios del XX; la bioingeniería a mediados y finales del siglo XX; y, por último, la ecología y la sostenibilidad a principios del siglo XXI.

Año Tema
1968 Organic Matter and Soil Fertility
1976 Natural Products and the Protection of Plants
1978 Science and the Modern World
1978 Use of Fertilizers and its Effect in Increasing Yield with Particular Attention to Quality and Economy
1980 Mankind and Energy: Needs, Resources, Hopes
1983 Chemical Events in the Atmosphere and their Impact on the Environment
1984 Energy for Survival and Development
1987 Modern Approach to the Protection of the Environment
1989 Science for Development in a Solidarity Framework
1990 Man and his environment. Tropical forests and the conservation of species
1993 Chemical Hazards in Developing Countries
1994 Population and Resources
1998 Changing Concepts of Nature at the Turn of the Millennium
1998 Geosphere-Biosphere Interactions and Climate
1999 Science for Survival and Sustainable Development
2001 The Challenges for Science. Education for the Twenty-First Century
2004 Interactions between Global Change and Human Health
2005 Water and the Environment
2010 Nuclear Disarmament, Non-Proliferation and Development
2011 Fate of Mountain Glaciers in the Anthropocene
2013 The Emergency of the Socially Excluded
2014 Sustainable Humanity, Sustainable Nature: Our Responsibility
2015 Climate Change and the Common Good: A Statement of the Problem and the Demand for Transformative Solutions
2015 Protect the Earth, Dignify Humanity: The Moral Dimensions of Climate Change and Sustainable Development

 Tabla 1. Semanas de estudio, jornadas de estudio, simposios y grupos de trabajo relacionados con la sostenibilidad, organizados o patrocinados por la Pontificia Academia de las Ciencias (1968-2015)

 

Como afirma Marcelo Sánchez-Sorondo, su actual presidente: “La Academia Pontificia de las Ciencias se ha convertido así en uno de los foros privilegiados para el diálogo entre el Evangelio y la cultura científica” (Sánchez-Sorondo 2003, p. 18). Según Régis Ladous (1994), desde la época de Pío XI, que restableció la PAS para tener un senado científico paralelo al cardenalicio, sus sucesores se han beneficiado ampliamente de la aportación de los científicos. De hecho, es en el intercambio con los académicos donde “el Papa tiene acceso a la experiencia científica de las personas que están en la cima de sus campos” (Seife 2001, p. 1472).

Sin embargo, cabe señalar que la PAS no es una institución orientada a la investigación, sino más bien a la incidencia política. Su influencia espiritual, política y moral a nivel mundial es una de las razones por las que tantos científicos de talla mundial, de cualquier orientación religiosa o de ninguna, están deseosos de participar, debatir y compartir sus conocimientos (Jamieson 2015; Seife 2001; Gould 1997; Singer 1991). El carácter no confesional de la Academia y “el clima de escucha mutua y de encuentro sereno sobre temas de gran relevancia” (Sánchez-Sorondo 2003, pág. 20), se señalan también como otro rasgo definitorio de este lugar único. La naturaleza de la interacción entre la PAS y el Magisterio oficial es de mutua influencia y diálogo permanente. El Vaticano ha establecido ocasionalmente la agenda de la PAS, pero más a menudo han sido los académicos quienes han elegido libremente el tema de sus reuniones atrayendo la atención de los pontífices.

Al facilitar el establecimiento de puentes interdisciplinares y foros híbridos de diálogo, la PAS no sólo ha informado a la Santa Sede sobre diversos aspectos técnicos y científicos; también ha promovido la alfabetización ecológica, influyendo indirectamente, pero de manera significativa, en la recepción y formulación eclesial de cuestiones socioambientales muy diferentes, como el uso de fertilizantes y pesticidas en la agricultura (1976), la ética de la investigación científica (1978), el papel de los combustibles fósiles en la generación de energía (1980, 1984), la destrucción de la capa de ozono (1983), la contaminación química (1983, 1993), la utilización de los recursos naturales y la protección del medio ambiente (1987, 1989), la centralidad de la energía para el desarrollo (1980, 1984), la conservación de la biodiversidad en los bosques tropicales (1990), la conexión entre el crecimiento demográfico y el agotamiento de los recursos (1994), la pérdida de la biodiversidad (1998), la enseñanza de las ciencias (1998, 2001), el cambio climático (1983, 1998, 2011, 2015), el desarrollo sostenible (1999), el agua (2005), el desarme nuclear (2010) y la exclusión social (2014, 2015).

En resumen, el papel de la PAS ha sido fundamental para atraer la atención de la Iglesia a los debates que tienen lugar en la comunidad científica y para ofrecer, desde una voz académicamente autorizada, posibles respuestas éticas y políticas ante el desafío de la sostenibilidad. Existen amplias evidencias históricas de que así ha sido.

 

El papel histórico de la PAS en la sensibilización sobre cuestiones ambientales en la Iglesia Católica

No es casualidad que, desde su restablecimiento en 1936, los sucesivos papas hayan mostrado gran interés en la labor de la PAS, considerándola una interlocutora autorizada con la que establecer un diálogo, así como una valiosa fuente de conocimientos con la que elaborar sus discursos, exhortaciones y encíclicas sobre una amplia variedad de cuestiones. Un ejemplo de ello son las numerosas intervenciones papales dirigidas a los académicos en la Casina Pío IV, sede de la Academia en el Vaticano (PAS y PASS 2003).

Durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que surgiera la nueva conciencia ecológica, Pío XII ya advirtió, sin saber todas las consecuencias de ese terrible conflicto, que los nuevos avances científicos podrían “convertirse en un arma de doble filo y traer tanto la salud como la muerte” (Pío XII 1941). Después de la guerra, en 1968, la PAS organizó una semana de estudio para analizar la cuestión de la fertilidad del suelo e, indirectamente, el uso de fertilizantes y pesticidas en la agricultura industrial (PAS 1968,1978b), haciéndose eco del problema que motivó a Rachel Carson a escribir Primavera silenciosa(Carson 1962), el ensayo que dio inicio al movimiento ecologista.

En 1972, el año de la histórica Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, el primer presidente secular de la PAS, el biofísico brasileño Carlos Chagas, fue elegido. En palabras de Marini-Bettòlo, fue entonces cuando la PAS se reorientó para “convertirse en un centro activo de interacción entre los académicos y la comunidad científica internacional, capaz de enfrentar los problemas científicos y aplicar las soluciones resultantes a los problemas del mundo moderno” (Marini-Bettòlo 1987, p. 53).

Durante las numerosas semanas de estudio organizadas por la PAS, las dimensiones científicas, técnicas y económicas interrelacionadas de las cuestiones previamente seleccionadas por los académicos se abordaron juntamente con las implicaciones políticas, sociales, culturales y éticas que también son esenciales para hacer frente a la complejidad de los desafíos contemporáneos (PAS 1978a). Durante el período 1970-1990, comenzaron a establecerse las bases de la ecología integral. Problemas tan diversos como la pobreza extrema, la desigualdad económica y la gestión ineficiente de los recursos naturales fueron relacionados cada vez más por los académicos con la necesidad de la gobernanza ambiental, el desarrollo ético, los conocimientos indígenas y la alfabetización ecológica.

Como reconoció el propio Juan Pablo II (1989, págs. 4 y 5), durante su pontificado la PAS se transformó lentamente en un canal de comunicación de doble sentido: por un lado, llevó al Vaticano el conocimiento científico sobre el medio ambiente; por otro, se convirtió en un lugar único para el diálogo interdisciplinar capaz de influir en los pensadores seculares sobre cuestiones éticas. En la década de 1990, tras la histórica Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro (1992) y la publicación de una influyente declaración firmada por 1700 destacados científicos,The World Scientists’ Warning to Humanity(UCS 1991), la PAS siguió ocupándose de varias cuestiones socioambientales apremiantes.

Por ejemplo, al examinar la transferencia de industrias contaminantes a países en desarrollo con poca capacidad para tratar, almacenar y transportar desechos tóxicos (Dardozzi y Ramel 1996; PAS 1994), Juan Pablo II denunció el aumento de los riesgos químicos de las personas expuestas y la injusticia ambiental oculta:

“Los graves abusos y delitos contra la solidaridad humana cuando las empresas industriales de los países ricos se aprovechan de la debilidad económica y legislativa de los países más pobres para ubicar sus plantas de producción o para localizar residuos que tendrán un efecto degradante en el medio ambiente y en la salud de las personas” (Juan Pablo II 1993, pág. 2).

También señaló que la reflexión que emana de la PAS no es, propiamente, magisterial, “pero es pontificia”, y “el análisis científico es precisamente lo que los pontífices siempre le han pedido y lo que la Academia les ha dado a lo largo de su historia” (Juan Pablo II 1993, p. 3). Además, como señaló dos años antes en el mismo lugar:

“Los datos que surjan de sus investigaciones y discusiones serán, por lo tanto, importantes y muy útiles para ayudar a la Santa Sede a formular y aclarar -de acuerdo con su propia misión y responsabilidad- directrices y sugerencias apropiadas” (Juan Pablo II 1991, p. 1).

Las dos cuestiones abordadas por la PAS en 1998, una de carácter epistemológico -el concepto de naturaleza- y la otra de carácter global -la interacción entre la geosfera, la biosfera y el clima- también ofrecen la oportunidad de ver la dinámica en juego en la Academia (PAS 2000). Ambas reuniones estimularon indirectamente la reflexión ética, filosófica y teológica sobre las metáforas antropológicas que han transmitido el paradigma cultural dominante en Occidente y sobre la necesidad de adoptar un marco planetario espacial y temporal más amplio: “El esclarecimiento de los ciclos biogeoquímicos de la naturaleza es uno de los grandes desafíos científicos de nuestro tiempo”, afirmaron los académicos; el estudio de estos ciclos “exige la comprensión del complejo sistema de interacciones que sostiene la vida en la Tierra” (Bengtsson y Hammer 2001, pág. xi; Marini-Bettòlo1994). Ambas series de preguntas, instrumentales en el desarrollo de la ciencia de la sostenibilidad como una disciplina integral (Odum 1977), atrajeron la atención de Juan Pablo II (1991, p. 4).

Otro conjunto de cuestiones destacadas por la PAS en el cambio de milenio, y que serán fundamentales para la formulación de la ecología integral, es la necesidad de un acercamiento interdisciplinar al concepto de desarrollo sostenible (PAS 1999; Keilis-Boroky Sánchez-Sorondo 2000) y la centralidad de la educación para hacer frente a los desafíos de la ciencia (PAS 2001). Para los académicos, también es esencial una visión holística de la educación, “para ser conscientes de la interdependencia con el medio ambiente y el universo” y “para permitir la contribución a la solución de los graves problemas a los que se enfrenta la humanidad (pobreza, alimentación, energía y medio ambiente)” (PAS 2002, pág. 291).

Una vez más, Juan Pablo II se dirigió a los académicos para reconocer “los crecientes daños causados por la civilización moderna a las personas, el medio ambiente, las condiciones climáticas y la agricultura” y, observando que algunos son antropogénicos, argumentó que “es responsabilidad del hombre limitar los riesgos para la creación” (Juan Pablo II 1999, pág. 2). Haciéndose eco del interés de los científicos, también propuso “una educación en valores humanos y morales” e hizo un llamamiento a la conversión: “Una profunda conversión personal en la relación con los demás y con la naturaleza” que “permitirá una conversión colectiva y una vida en armonía con la creación” (Juan Pablo II 1999, pág. 7).

Tras la formulación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, las Naciones Unidas iniciaron el proceso de deliberación que conduciría a la Agenda 2030 (UN 2015) y al establecimiento de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDG). Durante este período, los académicos centraron sus intereses en varios desafíos relacionados con la sostenibilidad, como la salud humana y el cambio global (2004), el medio ambiente y el agua (2005), la proliferación nuclear (2010) y el cambio climático (2011, 2015).

Al igual que antes, la PAS se ocupó de tres cuestiones interrelacionadas -el desarrollo económico, el cambio biogeofísico mundial y las consecuencias de ambos para la salud humana y animal-señalando que “la actividad humana y el medio ambiente mundial se han vuelto inseparables” (PAS 2006, pág. xv). El taller de 2005, titulado El agua y el medio ambiente, enmarcó el debate técnico sobre la gestión del agua en una visión socioambiental amplia que conectaba cinco cuestiones relacionadas: La biodiversidad, la hidrología, el cambio climático, las interacciones entre la tierra y la atmósfera y la gestión de las cuencas hidrográficas (Rodríguez-Iturbey Sánchez-Sorondo 2007).

Durante el pontificado de Benedicto XVI, los académicos abordaron nuevamente el desafío de la proliferación de las armas nucleares teniendo en cuenta sus implicaciones para el desarrollo, la economía, la energía y el cambio climático (PAS 2010, p. 15). Al año siguiente, un breve informe preparado por la PAS (2011) sobre el derretimiento de los glaciares de montaña advirtió de las implicaciones de este fenómeno para las poblaciones que dependen de estas reservas vitales para su supervivencia. El neologismo “antropoceno”, acuñado en 2002 por el académico y premio Nobel Paul Crutzen, fue utilizado por primera vez en un documento eclesial (PAS 2006) asumiendo las conclusiones del IPCC, haciéndose eco de su llamada de atención sobre los efectos del cambio climático y pidiendo una acción política.

A petición de Francisco, en el período previo a la promulgación de la carta encíclica Laudato si’, la PAS y la PASS (2014, 2015) estudiaron el problema de la exclusión social vinculando el desafío de la pobreza y la marginación al cambio climático y el acceso a la energía (PAS et al. 2015; Sánchez-Sorondo 2015; PCJP 2014). Jeffrey Sachs (2015), arquitecto de la Agenda 2030 y director de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, enmarcó el debate en el paradigma emergente de los ODS, subrayando la necesidad de un análisis ético del desafío de la sostenibilidad.

De igual manera, en el taller Humanidad Sostenible, Naturaleza Sostenible(2014), los académicos tanto de la PAS como de la PASS reflexionaron sobre el paradigma de los sistemas socioambientales y el nuevo y emergente marco conceptual de los ODS. En su opinión, las tres crisis interrelacionadas de la pobreza económica, la exclusión social y la degradación del medio ambiente no se resolverán con instrumentos económicos e innovación técnica a menos que haya también un compromiso ético compartido y una acción política coordinada (PAS y PASS 2014, pág. 3; Archer y Donati 2008).

Un año más tarde, justo antes de la promulgación de Laudato si’, ambas academias abordaron conjuntamente la emergencia climática en una declaración (PAS y PASS 2015) preparada en el período previo a la COP21. El documento cita los últimos informes del IPCC y del Banco Mundial, proponiendo como solución a las “crisis entrelazadas de la pobreza, la exclusión y el medio ambiente” una “estrategia holística cooperativa” basada –como sugería la Declaración final de Río+20 (2012) — en el trípode del progreso económico, la inclusión social y la sostenibilidad ambiental. Sin embargo, en comparación con la Declaración de Río+20, los científicos mencionaron explícitamente la necesidad de una “revolución moral” o “reorientación de las actitudes” capaz de repercutir en el plano cultural. Junto con un amplio conjunto de reformas institucionales, políticas, técnicas y financieras que permitirían reorientar nuestra civilización hacia los ODS, los científicos hicieron hincapié en el papel que las tradiciones religiosas desempeñan en el tipo de transformación cultural necesaria para hacer frente a la crisis de la sostenibilidad.

Este resumen histórico muestra que, en los últimos 60 años, la PAS ha jugado un papel cuádruple en el “reverdecimiento” de la Iglesia Católica: sensibilizando sobre cuestiones socioambientales, promoviendo la alfabetización ecológica, fomentando la reflexión ética y catalizando el diálogo interdisciplinar. En gran medida, el papel instrumental desempeñado por la Academia ha sido posible gracias a su peculiar ubicación y estructura institucional, así como a su interés en el diálogo entre la ciencia y la religión.

 

Conclusiones

Según Christiana Z. Peppard, la cuestión, tanto para el Vaticano como para los académicos, “no es si la ciencia y la religión pueden coexistir. La pregunta es cómo el avance científico informa la interpretación teológica y el razonamiento ético en un mundo de innumerables dependencias mutuas” (Peppard 2015, p. 37). Desde su refundación en 1936, los académicos se han preocupado por estudiar los nuevos desafíos científicos y técnicos, pero también por promover la reflexión ética para orientar la política y guiar el magisterio de la Iglesia.

Dado el carácter profundamente interdisciplinar de la ciencia de la sostenibilidad (Odum 1977; Rolston 2006; Thorén y Persson 2013; Annan-Diab y Molinari 2017), los científicos de la PAS — y, desde 1994, junto con los científicos sociales de la PAS — se han convertido en socios en un diálogo significativo entre las ciencias naturales, las ciencias sociales, la filosofía y la teología. De hecho, la Academia ha funcionado extraoficialmente como el consejo científico de referencia para la Iglesia Católica. No es de extrañar que fuese la primera institución eclesial que prestase una atención cuidadosa y sostenida a los nuevos desafíos socioecológicos a los que se enfrenta la humanidad, transmitiendo las apremiantes cuestiones éticas planteadas por los académicos a los pontífices y, a través de su alcance mundial, a los políticos, los líderes religiosos de otras tradiciones religiosas y la sociedad civil en su conjunto.

Si, como afirma Elinor Ostrom, “la diversidad institucional puede ser tan importante como la diversidad biológica para nuestra supervivencia a largo plazo” (Ostrom y otros, 1999, pág. 278), podríamos argumentar que la diversidad institucional interna de una religión global como la católica ha desempeñado un papel clave y puede ser tan importante como el propio magisterio oficial para hacer frente al desafío de la sostenibilidad, la mayor amenaza individual para nuestra supervivencia a largo plazo.

Christopher D. Ives y Jeremy Kidwell afirman “que, si bien hay mucho apoyo potencial para los valores humanos de la sostenibilidad dentro de las tradiciones religiosas, es esencial que la religión sea vista como un fenómeno institucional complejo, de múltiples escalas y multidimensional” (Ives y Kidwell 2019, pág. 1355). Estos investigadores distinguen entre el individuo, la comunidad y la escala institucional formal. Los tres niveles interactúan entre sí y son permeables al contexto sociocultural y ecológico en el que se insertan. Para Ives y Kidwell, la escala institucional formal incluye “declaraciones públicas de las principales religiones o denominaciones”, como Laudato si’; la escala comunitaria representa “las enseñanzas y puntos de vista de iglesias, templos o comunidades religiosas particulares”; y la escala individual “son los valores que poseen los miembros individuales de estas comunidades, que pueden ser muy diversos y entrar en conflicto a veces con los valores propugnados en las otras escalas” (Ives y Kidwell 2019, pág. 1358).

Este esquema de tres capas es útil para entender cómo los valores sociales, los conceptos éticos y las percepciones teológicas se reciben, reinterpretan y transmiten dentro de las religiones a diferentes niveles. En su análisis de Laudato si’, la declaración católica más autorizada sobre ecología hasta la fecha, Kevin O’Brien concluye: “A partir de la encíclica, las éticas ecológicas cristianas pueden aprender la importancia de identificar las escalas espaciales y temporales en términos morales y la utilidad de los niveles jerárquicos que distinguen entre las preocupaciones locales, comunitarias y mundiales” (O’Brien 2019). Sin embargo, respecto a la sostenibilidad, no sólo los especialistas en ética pueden aprender acerca de la centralidad del pensamiento multiescalar y de las organizaciones jerárquicas. A fin de entablar un diálogo interdisciplinar y cooperar, los teólogos, filósofos, historiadores, economistas y encargados de la formulación de políticas también pueden aprender de de esta experiencia. Como dice Nathan Schneider, la cooperación es “organización en profundidad” (Schneider 2019, pág. 146).

La cuestión de si el principio de subsidiariedad ha desempeñado un papel importante en el desarrollo institucional de la Iglesia y en el surgimiento de un campo de juego interdisciplinar, y una “perspectiva multiescalar” (O’Brien 2008) sobre cuestiones ambientales, sigue abierta. Sin embargo, hay pruebas suficientes para sostener que las instituciones intermedias eclesiales, como la PAS (y también, en menor medida, Caritas Internationalis, la Academia Pontificia para la Vida, el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales), deben considerarse instituciones epistémicas o legítimas “comunidades de discurso” (Shiffman 2019, pág. 92) dentro de la estructura de la Iglesia y, por lo tanto, actores relevantes, no magistrales, en la jerarquía eclesial.

También cabe señalar la interacción entre la PAS, una “institución epistémica” basada en la igualdad y el diálogo que “asimila la investigación científica y técnica básica y la aplica a problemas jurídicos o políticos específicos” (Meyer 2013, pág. 17), y el Vaticano, una institución jerárquica basada en la tradición y la autoridad que promulga Magisterio oficial y ofrece directrices morales. La interacción asimétrica entre ambas instituciones requiere una investigación más a fondo, ya que podría arrojar luz sobre la forma en que otros actores en el ámbito del medio ambiente pueden participar en procesos deliberativos. Si, como sostiene Johnston, “en definitiva la sostenibilidad no es un objetivo o un punto final, sino algo más cercano a un proceso de discernimiento comunitario, y una estrategia para comprometerse con otros que no comparten los mismos valores o la misma visión del futuro” (Johnston  2013, pág. 5), entonces la larga historia del compromiso con diferentes ciencias, filosofías y tradiciones éticas en la PAS se convierte en un estudio de caso paradigmático en el proceso de discernimiento global estimulado por la Agenda 2030.

La acción coordinada entre movimientos religiosos y seculares medioambientales sigue siendo poco frecuente. El intercambio de información está muy difundido entre estos dos grupos, pero los vínculos entre las organizaciones y las estrategias coordinadas de promoción no son la norma (Ellingson et al. 2012). A la luz de estas dificultades, la historia de la PAS muestra que los muy diferentes antecedentes espirituales y académicos de los académicos no han sido un obstáculo, sino más bien un catalizador para el discernimiento comunitario, el razonamiento ético, la investigación interdisciplinar y, en menor medida, la incidencia política. La lección aprendida del diálogo histórico entre la PAS y el Vaticano indica que los marcos institucionales son importantes y pueden conducir a fructíferos procesos comunitarios de discernimiento y colaboración. Se trata de una forma de proceder que podría ampliarse para “fortalecer los medios de aplicación y revitalizar la asociación mundial para el desarrollo sostenible” (ODS17).

 

Bibliografía

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Artículo elaborado por Jaime Tatay Nieto, SJ. Universidad Pontificia Comillas – Cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión. Este artículo fue publicado originalmente en inglés: “Sustainability, the Pontifical Academy of Sciences, and the Catholic Church’s Ecological Turn”, Religions 10/11 (2020) 1-11].

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