León XIV con Magnifica humanitas: método y horizontes interdisciplinares

[Agustín Ortega Cabrera] El ministerio, magisterio y testimonio de León XIV está siendo muy fecundo e intenso, por ejemplo, su reciente y esperada primera encíclica, la tan significativa Magnifica humanitas (MH), su viaje apostólico a España con sus Discursos u otras acciones, tales como su Mensaje para la X Jornada Mundial de los Pobres. Y recogiendo ya todo este legado del Papa, vamos a presentar su fundamentación, sus claves, camino (método) u horizonte integral e interdisciplinar tanto propio de la fe, de la razón, de la cultura, de las ciencias y del pensamiento en general, singularmente en la actualidad. Lo hacemos además con la emoción de mi experiencia, por haber tenido el regalo y la alegría de conocer personalmente a León XIV, durante mi misión y trabajo de profesor e investigador universitario en Perú y, ahora de nuevo, encontrarme con él en este viaje que le llevó hasta mi querida tierra canaria.

Primeramente, quiero recordar que el Papa eligió su nombre como sucesor de Pedro en memoria de su predecesor León XIII, con la misión especialmente relevante de seguir difundiendo y llevando a la práctica la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en la realidad histórica. Si en los tiempos de la Rerum novarum, con la que León XIII inicia la DSI, este Papa defiende la vida y dignidad del ser humano, del obrero, del pobre… frente a las desigualdades e injusticias del capitalismo industrial e ideologías materialistas, León XIV ahora prosigue ese camino. Esto es, defender la vida y dignidad de las personas, de los pueblos y de los pobres ante la creciente inequidad del capitalismo financiero-bancario u otros antihumanismos ideológicos, tecnocráticos, trans(o post)humanistas, tecnofascistas u otros peligros de estas nuevas tecnologías como es la inteligencia artificial (IA, cf. MH 161).

He aquí los fundamentos y claves de la DSI con MH, como mostró igualmente el Papa en España, de su método, de su enseñanza moral…. Ese encuentro entre la fe y su sentido antropológico-ético con la realidad social e histórica, como estudian las ciencias. La fe con su humanismo moral sin encanarse en lo real, sin el encuentro interdisciplinar con las ciencias que estudian esta realidad, se queda en unas ideas abstractas o etéreas; viceversa, lo real con sus ciencias propias o técnica sin dicho humanismo: se deshumaniza y se convierte en totalitarismo, barbarie y destrucción (MH 9 y 41).

Por ello, MH fundamenta la DSI, como ha de hacerse con toda esta realidad, en la antropología, con sus vertientes filosóficas y, particularmente, teológicas tal como se transmite de forma similar en otra remarcable enseñanza, Quo vadis humanitas? Este documento, realizado por la Comisión teológica internacional, hace memoria profundizando en todo este humanismo y antropología, como ya nos transmite el Concilio Vaticano II (GS; cf. MH 34).

De ahí que la sagrada e inviolable vida y dignidad del ser humano, como imagen e hijo de Dios (MH 48-51), con su protagonismo lo convierte en fin, no medio, y base sólida de la vida social, laboral, económica, política, cultural y tecnológica. En afinidad con ese otro humanismo que es el personalismo o lo mejor del pensamiento latinoamericano, tan inspirados por la fe, es inmoral e injusto que el mercado (capital) y el estado (autoridad-ley) atenten contra esta sacralidad de la vida y dignidad del ser humano. Frente a todos estos totalitarismos del neoliberalismo, del capitalismo, del comunismo colectivista, del colectivismo u otros materialismos economicistas y tecnocráticos que destruyen la existencia digna e integridad de la persona.

Ahí se visibiliza la constitutiva verdad y naturaleza humana, personal, solidaria, social y moral (MH 56) que expresa estos valores y principios no negociables e irrenunciables como son la vida, la familia, la libertad y el bien común en todas sus formas. La DSI transmite una ecología integral con su bioética global para proteger el primer derecho, la vida de toda persona en todas sus fases, desde el inicio con la concepción del niño no nacido hasta la muerte natural —como nos enseña la misma ciencia—, en todas sus dimensiones y aspectos inherentes (MH 55). En este sentido, surge la complementariedad y diversidad del hombre con la mujer, su amor fecundo y fiel que se abre a la vida, a los hijos y que conforma el matrimonio-familia, santuario de amor y vida, de sociabilidad y virtudes (MH 165). Y ello unido inseparablemente a la libertad, como la que tienen los padre y familias de optar por sus creencias e idearios educativos como, por ejemplo, los que se desprenden de la fe.

Todo ello va unido y conforma el bien común (MH 59), principio rector de la vida política, que establece todo tipo de condiciones intrínsecas a los derechos humanos, para la perfección y desarrollo humano integral. La verdadera solidaridad, otro principio o virtud indispensable, se ejerce en esta responsabilidad permanente por el bien común más universal, de todos y cada uno de los seres humamos que manifiesta la fraternidad solidaria de toda la familia humana. En esta dirección la fraternidad y solidaridad, tan propia del amor-caridad real, es inseparable de otro valor o principio básico, la justicia social que realiza la opción por los pobres (MH 77-81), promocionado el destino universal de los bienes por encima de la propiedad y el trabajo humano, que está antes que el capital; contra toda desigualdad e injusticia.

Así es, el bien común exige ese otro principio imprescindible que debe orientar a la economía y el mercado: el destino universal de los bienes que es “derecho natural” (primero) con respecto al secundario de propiedad, no absoluto ni intocable (MH 66). Y se cumpla la función (misión) solidaria y social, que es inherente a toda propiedad, a todo bien material e inmaterial, a la tecnología e IA. Esta justicia social con su distribución equitativa de los bienes, que Dios ha destinado a toda la familia humana, tiene como clave vital el trabajo humano y decente (MH 148-156). La vida digna del trabajador, con sus derechos como es un salario justo para toda su familia, tiene la prioridad sobre el capital (beneficio y ganancia), está por encima de la técnica e IA; se requiere igualmente un comercio mundial justo y un sistema financiero-bancario internacional ético, que se oponga la especulación y usura (MH 160).

Se va configurado pues una auténtica moral de la vida y democracia económica, con estas bases antropológicas, una economía social y cooperativa con su ética de la empresa, una verdadera responsabilidad social corporativa. Y que efectúa así otro principio elemental que es la subsidiariedad (MH 70). Esto es, el control (regulación) y protagonismo moral de las personas, de los trabajadores y los pueblos en la gestión, marcha, socialización, propiedad y destino de la economía, del mercado, de la empresa, de los medios de producción, de la propiedad, de la técnica, de los estados, la vida pública, etc. La sustancial y verdadera opción por los pobres, indisociable de la subsidiariedad, significa todo este protagonismo de los pueblos, de los movimientos populares y los empobrecidos como sujetos y gestores de su promoción liberadora e integral, contra todo paternalismo o asistencialismo. Tal como nos enseña todo ello lo más valioso de los estudios y ciencias sociales o humanas.

Por tanto, todo lo anterior se condensa y expresa en la virtud principal, la caridad política que busca la civilización del amor (MH 38), la mundialización de la solidaridad, de la paz y ecología integral, del dialogo intercultural e interreligioso; opuesta a la globalización del capital, de la guerra, de la destrucción medioambiental, del nacionalismo y racismo insolidario, de los fundamentalismos e integrismos que polarizan o excluyen (MH 192).

Esta ecología integral apunta un genuino buen vivir. Esa comunión solidaria de vida, de bienes y acción por la justicia con los otros, con los pobres y la hermana tierra, frente a los falsos dioses de la riqueza-ser rico, del poder y la violencia (MH 243-245), a todo este pecado personal y estructural (MH 31 y 79). Como nos indica lo mejor de estas ciencias y conocimientos interdisciplinares, la propia razón y la misma fe con la espiritualidad, la santidad (por ejemplo) de un San Ignacio de Loyola u otros tantos santos españoles. Desde esa entraña que es el Dios Trinidad revelado (encarnado) en Jesús, esencia y modelo o paradigma de toda esta vida en comunión, santidad, justicia, solidaridad, esperanza, transcendencia plena y eterna (MH 88 y 147).

*Agustín Ortega Cabrera PhD es colaborador de Fronteras CTR, profesor en la Universidad Católica de Chimbote (Perú) e investigador asociado de la Universidad Anáhuac (México).