Cuando no hay palabras (y aun así las buscamos)

[Marta Medina Balguerías] Resulta paradójico hablar tanto de la muerte como tabú; ¿no implica, en el fondo, que estamos empezando a romperlo? Sea como fuere, la muerte es una realidad con la que tarde o temprano nos topamos y ante la que, casi siempre, necesitamos respuestas.

Ciencia, tecnología y misterio

La ciencia y la tecnología nos han ayudado a conocer mejor el proceso biológico del morir y a tratar de ponerle el mayor freno posible. Los avances médicos han retrasado mucho la muerte, aumentando la esperanza de vida, y quizá haciéndonos percibirla como algo más lejano e imposible de lo que realmente es.

En cualquier caso, la muerte siempre trae consigo cuestionamientos existenciales profundos para los que no existe una respuesta científica. Con ella entramos en el terreno del misterio, del sentido, de lo trascendente (al menos, como pregunta). ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hacia dónde? ¿Qué nos espera? Podemos intentar evitar estas preguntas durante gran parte de nuestra vida, pero cuando una muerte significativa irrumpe es casi imposible no toparse de lleno con ellas.

Es curioso cómo en muchas ocasiones las preguntas que surgen a raíz de la muerte tienen más que ver con la propia vida. Ponernos ante la posibilidad del final nos reclama una justificación de por qué vivimos como lo hacemos y si tal orientación tiene sentido. Como dice el refrán, “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. En no pocas ocasiones, es la muerte la que nos ha hecho capaces de valorar la vida y aprender a vivirla de un modo más sano.

Ante el caos del duelo

Esa desestabilización que viene con la muerte de alguien querido está especialmente bien narrada por Sloane Crosley en Anatomía del duelo. Viviendo con la ausencia de los que amamos. La autora cuenta que le robaron las joyas que había heredado de su familia de su piso en Nueva York y que poco después se suicidó su mejor amigo, Russell. Con ironía, pero no con menos verdad, Crosley reivindica el duelo por los objetos físicos, que pueden tener un significado mayor que su mera materialidad. La narración va haciendo paralelismos entre ambos duelos y provocando al lector, porque a veces puede parecer contradictorio que la autora les dé una importancia pareja. En realidad, al término del libro se nota que la pérdida mayor es la de su amigo, pero el robo ha quedado de alguna manera incorporado a ella, casi como parte de la misma pérdida.

Anatomía del duelo tiene la asombrosa capacidad de narrar la pérdida tal y como la está experimentando su autora: con idas y venidas, con humor negro para pasar el trago, con pensamientos y situaciones que pueden parecer absurdos y que tienen su explicación (no siempre explícita)… Es un libro vivo: casi un acceso directo a su proceso mental durante el duelo. Esa es su gracia, que no pretende llegar a una conclusión, sino mostrar la lucha que supone para alguien lidiar con una pérdida tan importante.

El suicidio de Russell lleva a Sloane a plantearse que la pregunta radical no es tanto por qué alguien no debería elegir la muerte, sino más bien por qué debería seguir viviendo. A pesar de que no entiende la decisión de su amigo y de que le afecta de una manera íntima y muy dolorosa, muestra empatía hacia quienes se ven en esa encrucijada. El suicidio trae la pregunta por el sentido de la vida. Crosley no intenta dar una respuesta teórica cerrada, sino más bien su aproximación vital a este cuestionamiento. Al final del libro, se plantea que hay respuestas que nunca tendrá y que quizá es imposible tenerlas… y que le toca “aprender a estar en el lado de los vivos” (p. 196).

El límite del lenguaje

De un modo muy diferente, Francesc Torralba también ha narrado su experiencia de duelo por la muerte de su hijo en No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo. Muchos de los temas que él aborda aparecen también, a su manera, en el relato de Crosley: el absurdo, la culpa, el sufrimiento, la imposibilidad del lenguaje, la tristeza, la desesperación, la falta de certezas… la diferencia es que ella los aborda como narradora, él como filósofo. Se nota que, incluso cuando habla del sinsentido o de la ausencia de palabras, Torralba intenta encontrar cómo hablar de todo ello de la manera más cabal posible.

No hay palabras es un libro muy personal, especialmente por el primer capítulo, donde el autor narra el último día en la vida de su hijo Oriol. En mi opinión, son las páginas más íntimas de todo el ensayo y las que resignifican todo lo demás. La segunda y la tercera parte podrían interpretarse de una manera más genérica, pero precedidas de una experiencia tan personal y honda, ganan una dimensión nueva. El lector sabe que no está hablando de culpa en general o de dolor en general, sino desde lo que él mismo ha vivido y sigue viviendo, aun cuando a veces lo narre con cierta distancia aparente. El subtítulo elegido para la obra es muy certero: asumir la muerte de un hijo. Asumir, porque a veces no podemos explicar ni podemos sanar del todo, pero podemos aprender a vivir con ello. Desde un estilo radicalmente distinto, apunta a lo mismo que descubrió Crosley: la muerte de alguien tan querido los ha llevado a ambos a profundizar en el sentido de la vida, a querer aprender a estar en el lado de los vivos.

Hallando sostén

Pese a la ausencia de palabras, las seguimos necesitando. Es una tentación pensar en la palabra únicamente como respuesta o resolución de las dudas, pero la palabra también acompaña, consuela y sostiene. Esta es la perspectiva del último libro de Francesc Torralba sobre el duelo: La palabra que me sostiene. Meditaciones de un teólogo en tiempos de duelo. Aquí sigue presente la experiencia de la muerte de Oriol, pero es una reflexión más calmada y reposada (aunque ya el libro anterior transmitía esta paz, a pesar del dolor).

El filósofo catalán cuenta cómo la Palabra de Dios, la Biblia, lo ha animado y sostenido en todo este proceso, aunque no le quitaba el dolor ni resolvía todas sus preguntas. “Sostener” es un gran verbo para referirse a la fe: no hace necesariamente más fácil la vida, ni elimina el dolor, ni tiene siempre respuestas para todo, porque los misterios siguen siendo eso: misterios, y nosotros incapaces de desentrañarlos del todo. La fe da un suelo para sostenerse, da confianza y esperanza en que, a pesar de la muerte, la que tiene la última palabra es la vida, y que todo lo que hemos amado de verdad en ella no caerá en el abismo de la nada.

Seguir pensando la muerte… y reverenciando su misterio

Tanto Crosley como Torralba nos dicen que, aunque no podamos responder todos nuestros cuestionamientos sobre la muerte, la palabra puede ser un lugar de sanación. Ambos han narrado su proceso de duelo y al hacerlo se han encontrado con la pregunta por sus propias vidas y por cómo van a decidir vivirlas. Torralba, además, ha encontrado qué Palabra lo sostiene en una crisis así.

La palabra sigue siendo nuestra aliada, aunque resulte insuficiente. La palabra de la ciencia nos seguirá ayudando a entender mejor la vida y la muerte; la de la filosofía nos seguirá cuestionando sobre ambas realidades y su sentido; la de la religión nos ofrecerá consuelo, sentido y soporte, aunque también misterio; la palabra que nos decimos a nosotros mismos y a otros y que de ellos recibimos nos acompaña para vivir la muerte como algo humano, de manera que pueda llegar a engendrar más vida. Por eso es bueno romper el tabú y creo que ya empezamos a hacerlo. Hay que hablar de la muerte y de la vida a todos los niveles y hay que dialogar sobre ellas. El nuevo monográfico, recién publicado, de Razón y Fe sobre la muerte en perspectiva interdisciplinar ha querido ser un espacio para este diálogo sobre la muerte y la vida y, en definitiva, sobre quiénes somos y para qué estamos aquí.

*Marta Medina Balguerías es profesora de Teología en la Universidad Pontificia Comillas y editora de la revista Razón y Fe.