[Raquel López y Guzmán Gila]
Entre los días 17 y 19 de septiembre de 2026, la Cátedra Hana y Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia Comillas acogió en Madrid el V Congreso de la Sociedad de Científicos Católicos de España (SCCE), tres jornadas dedicadas al encuentro entre investigación científica, filosofía y fe. La SCCE constituye la sección española de la Society of Catholic Scientists, organización nacida en 2016 que reúne a una comunidad internacional de más de 2.500 científicos y que busca ofrecer un espacio de encuentro para quienes entienden la razón científica y la fe no como realidades enfrentadas, sino como vías complementarias de aproximación a la verdad. Entre sus objetivos se encuentran fomentar la fraternidad entre científicos católicos, dar testimonio de la compatibilidad entre la vocación científica y la vida de fe y promover un diálogo abierto no solo entre creyentes, sino también con científicos de otras confesiones y con quienes no profesan ninguna. La sección española, creada en 2022, ha desarrollado además grupos de trabajo en cuestiones tan diversas como la inteligencia artificial, la bioética, el medioambiente, la Sábana Santa, la epistemología, la vida después de la muerte o la historia de los científicos católicos.
El Congreso tuvo su apertura en la jornada del jueves 17 de septiembre, que permitió plantear desde el comienzo algunas de las cuestiones más delicadas de esa frontera entre el conocimiento científico y la reflexión filosófica y religiosa. Tras la abertura del congreso, tuvo lugar la primera conferencia por parte de José Augusto Díaz sobre la biografía del biólogo Richard Dawkins. Junto a esta reflexión tuvo un lugar destacado Mujeres de ciencia y fe, de Ignacio del Villar, autor del libro homónimo publicado en 2026. A través de figuras como Hildegarda de Bingen, Elena Cornaro Piscopia, Laura Bassi, Agnes Mary Clerke, Dorothy Garrod, Miriam Michael Stimson o Guadalupe Ortiz de Landázuri, Del Villar recupera una historia en la que la dedicación científica y una intensa vida religiosa no solo coexistieron, sino que en numerosas ocasiones se alimentaron mutuamente. En el caso de Laura Bassi, por ejemplo, recuerda el decisivo apoyo del entonces cardenal Próspero Lambertini —futuro Benedicto XIV— en una trayectoria que acabaría llevándola a ocupar una de las primeras cátedras universitarias concedidas a una mujer. Jesús Maíz abordó la figura de Hipatia de Alejandría, una de las personalidades que, en sus palabras, más han sido manipuladas históricamente. Su lectura busca separar la muerte brutal de la filósofa —que no pone en cuestión— de la interpretación posterior que la convirtió de manera simplificada en una mártir de la ciencia asesinada por su paganismo o por su condición de mujer. Maíz sitúa el episodio, en cambio, en las violentas tensiones políticas de la Alejandría del siglo V y en el enfrentamiento entre el prefecto Orestes y el obispo Cirilo, sin que ello elimine la responsabilidad de los cristianos implicados en su asesinato. Otra mirada histórica estuvo dedicada a Francisco Javier Balmis y la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, aquella empresa que entre 1803 y 1806 permitió llevar la vacuna contra la viruela a territorios de América y Asia. El médico alicantino no se limitó a transportar la vacuna: su proyecto buscaba crear estructuras locales capaces de conservarla y continuar administrándola, lo que convirtió aquella expedición en una de las grandes iniciativas sanitarias internacionales de comienzos del siglo XIX. Tras la pausa, tuvo lugar el siguiente grupo de ponencias. En primer lugar estuvo El problema de la muerte, a cargo del investigador Daniel G. Ovejero, quien se detuvo en algo aparentemente evidente y, sin embargo, extraordinariamente complejo: qué significa afirmar médicamente que una persona ha muerto. La determinación resulta especialmente problemática cuando existen ventilación mecánica, soporte vital o procesos de donación de órganos, pues el criterio cardiorrespiratorio, el neurológico y la necesidad de preservar la viabilidad de los órganos obligan a precisar con enorme cuidado qué se entiende por irreversibilidad. Como el propio Ovejero ha explicado al abordar esta cuestión, la certeza absoluta que proporcionaría esperar durante horas tras el cese cardiorrespiratorio resulta incompatible con las condiciones necesarias para determinados trasplantes, lo que convierte la muerte no únicamente en un hecho biológico, sino también en un problema médico, ético y antropológico. El ingeniero Santiago López Linares defendió el software libre como modo de aplicar la doctrina social de la Iglesia y el matemático Miguel Recio presentó una formulación en lógica matemática del argumento ontológico. La jornada terminó con ponencia de la ingeniera e investigadora Sara Lumbreras donde presentaba una nueva forma del argumento del diseño inteligente mediante la metáfora de la computación cuántica.
La primera jornada acogió igualmente intervenciones sobre física y trascendencia, mecánica cuántica, los orígenes medievales de la ciencia moderna y la posibilidad misma de pensar la existencia de Dios desde el lenguaje de las matemáticas, además de las contribuciones y pósteres de jóvenes investigadores. Una de ellas, ¿Acaso Dios juega a los dados?, presentada por Nerea Diez y Nadia Macho, abordó precisamente la aparente incompatibilidad entre ciencia y religión a partir de figuras como Hildegarda de Bingen, Lise Meitner o Dorothy Hodgkin. En conjunto, las intervenciones del primer día situaron una pregunta que atravesaría de diferentes maneras todo el congreso: hasta dónde alcanza aquello que puede decir la ciencia y qué tipo de preguntas permanecen cuando termina la descripción estrictamente empírica de la realidad.
El viernes 18 de septiembre amplió el diálogo hacia la cosmología, la historia, la sociología de la ciencia y la propia experiencia de los científicos creyentes. La primera ponencia de Lluc Torcal dialogó entre la relación de mecánica cuántica y Dios. La siguiente intervención fue La eternidad: entre cosmología y espiritualidad, de Gonzalo Génova, quien partió de la necesidad de distinguir la eternidad de una mera duración temporal infinita. En sus reflexiones previas sobre el tema, Génova ha insistido precisamente en que hablar de creación no equivale a situar a Dios simplemente en el primer instante del universo: siguiendo una distinción ya presente en Tomás de Aquino, el comienzo temporal del cosmos y su dependencia ontológica son cuestiones diferentes. De ahí también su advertencia frente al uso del Big Bang como supuesta demostración científica de la existencia de un creador. También tuvo lugar la ponencia de Francisco Javier Díez llamada Argumentando la existencia de Dios: de los agujeros de la ciencia al universo evolutivo.
La IA tuvo también un papel en el congreso. Las siguiente ponencia de Rafael Lahoz-Beltra, discurrió sobre el mito de la conciencia artificial; la siguiente de Enrique Pelayo, sobre los modelos de lenguaje; y la última de Carmen Sánchez Carazo sobre la IA y las nuevas religiones personalizadas.
Uno de los momentos singulares de la jornada fue además la presentación del primer análisis sistemático de las creencias, prácticas y opiniones religiosas de la comunidad científica en España, acompañado de un segundo estudio acerca de las percepciones de los estudiantes de ciencias sobre la relación entre ciencia y religión; hasta ahora no se habían realizado en España estudios de estas características con esta población.
Tras la comida, tuvo lugar la ponencia de Carlos Casanova titulada Los orígenes de la Ciencia moderna en la Escolástica medieval. En ella, hacía un repaso histórico de los conocimientos del medievo que fundaron la base de la ciencia experimental. La última actividad consistió en una mesa redonda formada por Jerónimo José Martín, Eduardo Navarro y María Ángeles Almacellas sobre la relación entre ciencia y fe en el cine. Se discutió sobre el papel de la fe en películas como Inteligencia Artificial, El árbol de la vida y Contact.
La jornada terminó con el anuncio de los ganadores del IV Concurso SCCE para colegios y, tras una pausa para café, dio lugar la Asamblea General SCCE.
El sábado 19 de septiembre llevó el congreso hacia la historia de la ciencia, sus relatos y también la forma en que estos relatos construyen nuestra percepción contemporánea de la relación entre cristianismo y conocimiento. Se debatió sobre la Justicia ambiental con la intervención de Roberto Cantoni. También se reivindicó el papel de John Henry Newman y su concepción de las ciencias y la Universidad. La última jornada recuperó asimismo la cuestión de la Sábana Santa, la presencia de la ciencia y la fe en las redes sociales y las distintas formas en que la divulgación cultural configura nuestra imagen de la ciencia. La mesa dedicada a las redes sociales contó con Enric Gel y Pascal Wojtaszczyk, y planteó precisamente hasta qué punto la pantalla puede reforzar el relato de un enfrentamiento inevitable entre religión y conocimiento científico o, por el contrario, abrir espacios para interrogantes que ninguna de las dos disciplinas agota por sí sola. La jornada terminó con la exposición de los trabajos ganadores del concurso.
A lo largo de las tres jornadas, disciplinas aparentemente alejadas —la física, la medicina, la cosmología, la historia, la informática, la sociología o la comunicación— terminaron encontrándose alrededor de interrogantes compartidos. El valor de encuentros como este quizá resida precisamente en no pretender responder todas estas preguntas desde una única disciplina. La ciencia posee su propio lenguaje, sus métodos y sus límites; la filosofía y la teología plantean preguntas diferentes y trabajan con herramientas distintas. Reconocer esas diferencias no obliga, sin embargo, a levantar fronteras infranqueables entre ellas.
El V Congreso de la Sociedad de Científicos Católicos mostró, de esta manera, que el diálogo entre ciencia y fe no tiene por qué consistir en utilizar una para demostrar la otra. Más bien puede comenzar por algo aparentemente mucho más sencillo: permitir que ambas formulen sus preguntas con rigor, reconociendo aquello que cada una puede aportar y aquello que excede su propio ámbito. Quizá sea precisamente en esas fronteras —entre lo conocido y lo desconocido, entre lo medible y aquello que todavía exige interpretación— donde el diálogo resulta más fecundo. Como recuerda la propia misión de la SCCE, hacer ciencia y preguntarse por el sentido no son necesariamente movimientos opuestos: pueden formar parte de una misma búsqueda de la verdad.