Grandes problemas científicos sin resolver y transformación del pensamiento (I). La crisis de la certeza científica

[Adolfo Castilla] En los últimos posts del que esto escribe en su blog “Cognotecnología y consciencia”1 se ha mencionado el libro de Sonia Contera: Seis problemas que la ciencia no puede resolver (arpa 2025). Un resumen biográfico de esta autora obtenido de Wikipedia es el siguiente: “Sonia Antoranz Contera (1970, Madrid) es una física y nanotecnóloga española; es Catedrática de Física (especializada en la física de procesos biológicos, en inglés Biological Physics) en el departamento de Física de la Universidad de Oxford, fue codirectora del programa de Nanotecnología de la Oxford Martin School, y es «Senior Research Fellow» del Green Templeton College. Actualmente es vicedecana del departamento de Física de la Universidad de Oxford”. 

Hemos utilizado su libro, junto a muchos otros, para saber de la situación actual de los conocimientos en relación con la Consciencia. La conclusión que alcanza esta autora es que hay muchas teorías, pero pocos resultados concretos en cuanto a este fenómeno característico del ser humano. No sabemos con precisión cómo de lo material, físico y objetivo se produce lo subjetivo.  

Y lo mismo ocurre con otras grandes áreas de la ciencia actual en relación con lo más básico de la naturaleza del mundo en el que vivimos. 

Incluimos en este trabajo unos breves resúmenes sobre cada uno de los seis temas científicos tratados por Contera y añadimos algún otro, hoy por hoy bastante inexplicables o, por lo menos, inexplicados de momento. 

Para una lectura más fácil se ha dividido lo escrito en una serie de seis entregas. La presente es la primera de ellas.

Comenzamos recordando la obsesión por la ciencia como única forma de saber y conocer que se ha difundido entre los hombres cultos en los tres últimos siglos (XVIII, XIX y XX) y que parece estar desapareciendo en el XXI. 

De la Ilustración al cientificismo 

La Ilustración fue un gran movimiento intelectual y cultural que tuvo lugar en Europa desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX. Con más precisión se la suele situar en el XVIII, al que se denomina Siglo de las Luces. Fue la culminación de un largo periodo de tiempo que comenzó en el siglo XV europeo con el Renacimiento, caracterizado a veces como un grito de libertad de la humanidad que tomó las riendas de su destino, después de muchos años de dependencia casi total de Dios y de las creencias religiosas.  Del teocentrismo medieval se pasó al antropocentrismo con una fuerte orientación al desarrollo de las artes y también de las ciencias en general. Hubo en este movimiento un interés especial por el humanismo y una cierta vuelta a la cultura clásica griega y romana. El propio término, Renacimiento, acuñado a posteriori en el siglo XIX, hace referencia a ello.  

La Ilustración profundizará en estos valores y se aferrará de forma importante a todo lo llevado a cabo en la revolución científica europea de los siglos XV, XVI y XVII, a la cual siguió pronto la I Revolución Industrial. Los grandes avances tecnológicos e industriales del siglo XIX que siguieron en el XX y se mantienen en el XXI han dado lugar al mundo de cambios científicos, tecnológicos, económicos y sociales acelerados en el que nos encontramos. 

La Ilustración como punto de partida fue un movimiento muy positivo que introdujo en nuestro mundo ideas e ideales de gran valor, como, la importancia de la ley natural, la libertad, la igualdad, el progreso, la tolerancia, la fraternidad, el gobierno constitucional y la separación Iglesia-Estado. 

El predominio de la ciencia como único saber 

Trajo consigo también, un interés extremo por la ciencia y un abandono de la Filosofía, con especial referencia a la Metafísica. En la primera mitad del siglo XIX, por ejemplo, surge el positivismo de Auguste Conte (1787- 1858), probablemente uno de los primeros filósofos de la ciencia y padre de la Sociología. Su sistema pretendía superar o ser la síntesis del racionalismo y del empirismo previos y afirmó que: “la información derivada de la experiencia sensorial, interpretada a través de la razón y la lógica, constituye la fuente exclusiva de todo conocimiento cierto”. 

Las dudas sobre la Filosofía y la imposibilidad de utilizar en ella el método científico, las demostraciones y las mediciones que habían capturado en esas épocas las mentes de los pensadores, llevaron a posicionamientos extremos a finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX. Y eso a pesar de la labor de Immanuel Kant (1724 – 1804) que, aunque dio mucha importancia a la experiencia, indicó que no todo procede de ella, dando a entender que la razón juega un papel importante. Argumentó que la experiencia, los valores y el significado mismo de la vida serían completamente subjetivos si no hubiesen sido subsumidos por la razón pura, y que usar la razón sin aplicarla a la experiencia, nos llevaría inevitablemente a ilusiones teóricas. Kant fue, por otra parte, el que llevó a cabo la primera y verdadera síntesis del racionalismo y del empirismo.  

Por qué hoy esa confianza empieza a resquebrajarse 

La ciencia, la tecnología y la industria continuaron desarrollándose en el siglo XIX y de ahí vino el interés profundo por los conocimientos científicos, así como, y en otro orden de cosas, por la historia, la sociedad y la libertad. 

El pragmatismo americano de mediados de ese siglo fue una de las reacciones de los filósofos. “Su concepción central es que el valor de una idea depende de sus consecuencias prácticas: una creencia o teoría tiene sentido si ayuda a explicar, resolver problemas o actuar eficazmente en el mundo”.  

La Filosofía Analítica anglosajona surgida a finales del siglo XIX de la mano de personajes como Bertrand Russell y Alfred North Whitehead, Gottlob Frege, G. E. Moore y Ludwig Wittgenstein, canalizó en el terreno del pensamiento estas orientaciones. Su objetivo inicial era abordar los problemas filosóficos mediante un análisis riguroso del lenguaje y los conceptos, utilizando la lógica formal como herramienta principal.  

Algo más adelante (1921-1936), el Círculo de Viena promovió el empirismo lógico y la unificación de las ciencias, dando lugar a lo que también se denominó positivismo lógico o neopositivismo. Fueron algo extremistas en este sentido, buscando, “que la filosofía se centrara en la verificación empírica y el análisis lógico del lenguaje, descartando la metafísica como carente de sentido. Su objetivo era crear un lenguaje común para todas las ciencias, basándose en los avances de la lógica y la física, y establecer criterios claros para distinguir lo que es ciencia de lo que no lo es” 

El núcleo de sus miembros está constituido por Moritz Schlick (1882-936), su fundador, Rudolf Carnap (1891-1970), Otto Neurath (1882-1945), Charles Morris (1901-1979) y otros personajes cercanos como Karl Popper (1902-1994) o el mismo Ludwig Wittgenstein (1889-1951). 

Mientras tanto, la filosofía continental de la mano de Husserl (1859-1939), Nietzsche (1844-1900), Heidegger (1889 -1976) y otros, abandonaba también la metafísica y la religión para dedicarse al estudio de la conciencia, la subjetividad, el ser y la existencia como fenómenos físicos y objetivos. Es, en gran manera, lo que se llamó fenomenología y posteriormente dio lugar al existencialismo. 

(Continúa)