En un artículo de Juan Jesús Gutierro Carrasco se desarrolla una tesis tan incómoda como liberadora: que la mortalidad no es un defecto que la naturaleza debería corregir, sino el marco que hace posible que la vida tenga sentido. El punto de partida es un verso de Rilke, que pedía para cada hombre «su muerte», una muerte que brotara de su propia vida como su fruto. Esa intuición poética encierra el corazón del pensamiento de Hans Jonas: la finitud, lejos de ser una carencia, es la condición de la responsabilidad, del sentir y del significado.
La clave es una palabra doble. Para Jonas, la mortalidad tiene dos rostros inseparables: por un lado es una carga, la exposición permanente a la posibilidad de dejar de ser; por otro es una bendición, la necesidad de morir que paradójicamente da peso a la existencia. No son dos cosas distintas, sino el modo mismo de ser de la vida.
La tumba: el primer artefacto de la libertad
Antes de descender a la biología, Jonas observa algo en la historia de nuestra especie. Junto a la herramienta —extensión del poder práctico— y la imagen —anticipación de la representación—, identifica un tercer artefacto exclusivamente humano: la tumba. Y es el más enigmático, porque no sirve para nada útil. No produce, no comunica información práctica, no asegura la supervivencia del grupo. Ningún animal entierra a sus muertos ni conserva su memoria.
El enterramiento, desde sus formas más arcaicas, va acompañado de prácticas que sugieren una expectativa de continuidad: se prepara al muerto para un «viaje», se le rodea de objetos, se le confía a un espacio diferenciado. La muerte aparece así no como un puro final, sino como un umbral. Como recuerda el artículo, en el momento mismo en que el ser humano se descubre mortal, se piensa a sí mismo como algo que la muerte no agota. De las tumbas, sugiere Jonas, se elevan las dos grandes formas de la cultura: la metafísica, como pregunta por el ser más allá de lo dado, y la historia, como memoria de lo que fue. Ambas nacen de una misma negativa: la de aceptar que el sentido quede clausurado por la muerte.
El metabolismo: una libertad necesitada
Aquí el ensayo da su giro más original, situando la mortalidad en el plano ontológico. ¿Cuál es la manera de ser propia de un organismo vivo? Frente a la idea clásica del ser como sustancia que permanece idéntica a sí misma, Jonas responde que los organismos son entes cuyo ser es obra de ellos mismos. No están simplemente ahí: tienen que hacerse y rehacerse continuamente para seguir siendo.
A esto la biología lo llama metabolismo. Vivir es intercambiar materia con el entorno sin descanso: incorporar, transformar y expulsar. Lo asombroso es que el organismo no se conserva permaneciendo idéntico a su materia, sino sustituyéndola constantemente. Nuestra identidad no reside en los átomos que nos componen —que cambian— sino en la continuidad de una forma activa.
De ahí brota una primera paradoja decisiva. Una piedra no tiene que esforzarse por ser piedra: su identidad está garantizada por la mera inercia. El organismo, en cambio, tiene que ser; debe afirmarse activamente bajo la amenaza permanente del no-ser. Eso le concede una forma elemental de libertad: una emancipación del determinismo material inmediato. Pero esa libertad tiene un reverso inmediato. Precisamente porque no coincide con una materia fija, el ser vivo depende por completo del proceso que lo mantiene; si el intercambio se interrumpe, deja de existir. Por eso Jonas habla de una «libertad necesitada»: la libertad de la vida no es un privilegio estable, sino un éxito precario que debe renovarse a cada instante. La muerte no es entonces un accidente que llega desde fuera, sino la posibilidad permanente inscrita en la propia estructura de lo viviente. «La vida lleva en sí misma la muerte, su propia negación».
El sentir como recompensa
Si la vida está estructuralmente expuesta al no-ser, ¿qué obtiene a cambio de tanta precariedad? La respuesta de Jonas no apela a una utilidad externa, sino a una ganancia radical: la aparición de la interioridad y del sentir. Donde antes solo había procesos físico-químicos, surge un «para sí», una perspectiva desde la cual el mundo deja de ser neutral y se carga de significado. Lo que favorece la vida se experimenta como bueno; lo que la amenaza, como malo. La vida empieza a importarle a sí misma.
El sentir, sin embargo, no es un don sin sombra: cuanto más rica es la vida interior, más aguda es la exposición al dolor, al miedo y a la angustia. Surge entonces una objeción inevitable: ¿no sería preferible una existencia sin interioridad pero también sin sufrimiento? Jonas responde con un argumento tan simple como contundente: incluso en las condiciones más extremas de miseria, el ser humano rara vez desea sobrevivir desprovisto de sentir. Si quiere seguir viviendo, quiere hacerlo sintiendo y pensando, no como un mero mecanismo. Como escribe, «incluso el más enfermo entre nosotros, si es que realmente quiere seguir viviendo, quiere hacerlo pensando y sintiendo, no sólo digiriendo». El valor de la interioridad no se mide por la cantidad de placer que produce, sino por el hecho mismo de ser interioridad. La mera presencia de algo que «merezca la pena» en el universo compensa cualquier tributo de sufrimiento.
Morir para que el mundo siga siendo nuevo
La mortalidad no afecta solo al individuo: estructura la vida en su conjunto. Jonas se atreve a leer la propia selección natural como una utilización de la muerte para favorecer la diversidad y el ascenso hacia formas más complejas, hasta la aparición de la subjetividad. Sin muerte no habría relevo, sin relevo no habría novedad, y sin novedad la vida quedaría condenada a la repetición estéril.
En el plano humano, esto se intensifica. La historia es por definición un movimiento de relevo. Cada nacimiento introduce en el mundo a alguien que lo ve por primera vez, que se asombra donde otros se han habituado. Aquí Jonas dialoga con el concepto de natalidad de Hannah Arendt: el nacimiento es el «milagro» que salva al mundo de su ruina, porque introduce la capacidad de empezar algo nuevo. Pero para que ese nuevo comienzo sea posible —añade Jonas— tiene que haber un final. Una humanidad que no muriera quedaría atrapada en la inercia del pasado. «La juventud, con todas sus torpezas y necedades, con su afán y sus preguntas, es la eterna esperanza de la humanidad».
Por qué la inmortalidad sería una trampa
De aquí se sigue una crítica frontal a las aspiraciones contemporáneas de prolongar la vida indefinidamente. El problema no es solo demográfico, sino que afecta a la identidad misma. El ser humano no es solo un organismo que persiste, sino un sujeto que debe integrar narrativamente su pasado para mantener la unidad de su yo. Y ese espacio interior es finito. Una existencia interminable solo sería posible al precio de una de dos pérdidas: o desprendernos continuamente de nuestro pasado —una forma de amnesia estructural— o quedar atrapados en un pasado cada vez más pesado, convertidos en lo que Jonas llama un «anacronismo deambulante», alguien que ha sobrevivido a su propio tiempo y ya no reconoce el mundo como suyo.
Frente a ello, la conciencia de la muerte cumple una función ética positiva. Saber que el tiempo es limitado obliga a seleccionar, a priorizar, a comprometerse. La vida no se diluye en una sucesión infinita de posibilidades, sino que adquiere forma, densidad y dirección. La finitud es lo que permite que una biografía se convierta en una obra acabada y no en un borrador interminable.
La conclusión del artículo es de una belleza precisa. Pretender abolir la muerte equivaldría a desmantelar la estructura misma de la responsabilidad, porque el compromiso moral y la urgencia de los afectos solo florecen bajo la sombra de la vulnerabilidad. Aceptar la mortalidad no es una capitulación, sino la afirmación más alta de nuestra voz: como la música, cuya belleza reside en que el silencio la espera al final de la partitura. El sol, dice Jonas, solo brilla con tanta intensidad porque sabemos que ha de ponerse.
*Resumen de Gutierro Carrasco, J. J. (2026). La carga que nos hace sentir. Hans Jonas y la paradoja de la muerte. Razón y Fe. https://doi.org/10.14422/ryf.vol290.i1468.y2026.002