Morir solos: por qué la sociedad moderna esconde la muerte

En un artículo de Jesús Romero Moñivas se rastrea uno de los textos más íntimos y a la vez más incómodos del sociólogo alemán Norbert Elias: La soledad de los moribundos, escrito ocho años antes de su propia muerte. No es casualidad que un pensador que dedicó su vida a explicar cómo se forman las sociedades acabara mirando de frente al hecho que todas ellas comparten y casi todas disimulan. Elias envejecía, y ese deterioro le hizo consciente de algo que la mirada joven suele pasar por alto: lo difícil que resulta para los vivos comprender de verdad la experiencia del que se está muriendo.

La muerte es un problema de los vivos

El punto de partida de Elias tiene la forma de una provocación: «la muerte es un problema de los vivos. Los muertos no tienen problemas». Si la muerte nos angustia, no es por lo que les ocurre a quienes ya no están, sino por lo que sabemos los que seguimos aquí. Solo el ser humano, entre todos los seres vivos, conoce de antemano que ha de morir. Por eso, según Elias, el verdadero problema no es la muerte —el puro no-ser, la nada, sobre la que no hay nada que entender— sino el morir: el proceso emocional y cognitivo de saber que voy a morir y que otros van a morir. Lo que pesa no es el final, sino la conciencia anticipada del final.

A partir de ahí, Romero Moñivas organiza el enfoque de Elias en tres grandes claves, que son también las tres aportaciones del artículo.

Primera clave: las emociones tienen historia

Elias fue un sociólogo profundamente histórico. Para él, ningún fenómeno social puede entenderse como algo fijo o eterno; todo está en proceso. Y eso vale también para nuestras emociones. Aunque las reacciones afectivas tengan una base biológica, la cultura modela qué se puede sentir, con qué intensidad y en qué circunstancias. No hay una actitud «natural» ante la muerte: hay actitudes históricas.

La que domina hoy en Occidente se explica, según Elias, dentro de lo que llamó el proceso de civilización: a lo largo de los siglos hemos ido aumentando el autocontrol sobre nuestros impulsos y emociones para poder convivir. Ese control creciente tiene un precio. La muerte se «higieniza», se aparta a hospitales y tanatorios estéticamente cuidados, y se vuelve invisible. Elias pone un ejemplo delicioso: los cementerios modernos se conciben cada vez más como zonas verdes integradas en la ciudad, de modo que «hasta los jardineros del cementerio evitan recordar que las tumbas tienen algo que ver con la muerte de las personas».

Ocultar la muerte y aislar al moribundo son, para Elias, las dos caras de la misma moneda. La muerte ajena nos recuerda la propia y derriba nuestras fantasías de inmortalidad; por eso preferimos no verla. Cuatro transformaciones explican este cambio: hemos prolongado mucho la vida (y con ello hemos alejado la muerte del horizonte cotidiano); concebimos la muerte como final natural de un proceso comprensible y técnicamente controlable; vivimos en sociedades relativamente más pacificadas, donde la muerte violenta es la excepción criminal; y, sobre todo, entendemos el morir como un acto radicalmente individual: se vive solo, se muere solo.

Conviene precisar qué significa aquí «controlar» las emociones. Elias advierte que en realidad no controlamos el sentimiento, sino el movimiento que lo expresa: no podemos detener lo que sentimos, solo impedir o retrasar que actuemos en consecuencia. De ahí su conclusión demoledora: ocultar el morir no es lo mismo que eliminar la muerte. Tarde o temprano, la muerte propia o ajena se presenta en toda su inexorabilidad, y las emociones afloran por mucho que hayamos intentado encapsularlas. Lo vemos en gestos cotidianos —ponerse gafas de sol en un funeral para que no se vean las lágrimas, evitar entrar en los tanatorios— y en fenómenos nuevos, como las aplicaciones que permiten «chatear» con un fantasma digital de un ser querido fallecido. Algunos usuarios en duelo confesaban que el bot les ayudaba precisamente porque «a la sociedad no le gusta el duelo»: nunca se impacientaba ni les imponía un calendario para superar la pérdida.

Segunda clave: desmitologizar la muerte

El segundo rasgo del enfoque eliasiano es cognitivo. Ante el hecho de que toda vida termina, Elias distingue tres caminos: mitologizar la muerte, evitar pensar en ella, o mirarla de frente como un dato de la propia existencia. Él opta sin matices por el tercero. «La muerte no tiene nada de terrible», sostiene; lo terrible son las fantasías que la rodean. No abre ninguna puerta ni encierra ningún misterio: es, simplemente, el final del ser humano.

Esta apuesta encaja con el conjunto de su obra. Elias quiso convertir la sociología en una «cazadora de mitos». Así como las ciencias naturales desmitificaron la naturaleza, las ciencias sociales debían hacer lo propio con la realidad social. Por eso desconfió tanto de la filosofía idealista en la que se había formado —demasiado abstracta, demasiado alejada de la vida concreta— como de la religión y el mito, no por desprecio, sino porque, a su juicio, paralizan la posibilidad de comprender y de ayudar de verdad. Para él, distorsionar la realidad para hacer feliz a la gente era «conocimiento corrompido»: la verdad, aunque desgarradora, siempre es preferible a la mentira dulcificada, porque al menos permite orientarse.

Aquí aparece lo que Romero Moñivas llama, con acierto, la dimensión «redentora» de la epistemología de Elias. No se trata de fundar una pseudorreligión ni de movilizar políticamente, sino de confiar en que el conocimiento sereno y ajustado a los hechos libera al ser humano de las cadenas del mito. La ciencia tendría así una misión casi soteriológica: confrontarnos con una realidad que, una vez conocida, permite cierto control y orientación en medio del desconcierto. El artículo no oculta las tensiones de esta postura —Elias nunca explicó del todo cómo se logra ese «distanciamiento» objetivo—, pero subraya la valentía de la apuesta: desmitologizar la muerte es analizarla con categorías despersonalizadas, sin permitir que las fantasías ocupen el lugar de un conocimiento honesto.

Tercera clave: la soledad y el sentido

El drama de fondo que mueve todo el planteamiento es la soledad del anciano y del moribundo. Y aquí Elias conecta su sociología con su antropología. Frente a la imagen del individuo cerrado en sí mismo —lo que él llama el homo clausus—, defiende que somos seres abiertos y relacionales: «no hay «yo» sin «tú», «él» o «ella», sin «nosotros», «vosotros» o «ellos»». La libertad misma no es una propiedad metafísica individual, sino algo que emerge de la red de relaciones en la que vivimos.

De esta antropología se sigue una tesis sobre el sentido que resulta iluminadora. El sentido no es algo que cada persona fabrique en soledad, como una mónada aislada; es una categoría social. La vida de alguien tiene sentido en relación con lo que esa vida significa para otros. Por eso el problema moderno de la muerte se concentra en una forma muy concreta de soledad: la que siente quien, viviendo aún rodeado de gente, percibe que ya no significa nada para ella. Como escribe Elias, «es comprensible que una persona que cree vivir como un ser aislado y carente de sentido muera también como tal».

La conclusión práctica es sobria y profundamente humana. La represión social y el encubrimiento del desasosiego sirven de poca ayuda. Quizá deberíamos hablar de la muerte de forma más abierta y clara, aunque solo sea para dejar de presentarla como un misterio, y sobre todo hacerle sentir al que se va que sigue importando. Frente a una época que prefiere mirar hacia otro lado, el viejo Elias dejó escrita una advertencia que sigue interpelándonos: lo más duro de morir no es morir, sino hacerlo sintiéndose ya fuera de la comunidad de los vivos.

*Resumen de Romero Moñivas, J. (2026). La epistemología redentora de la muerte en la sociología de Norbert Elias. Razón y Fe. https://doi.org/10.14422/ryf.vol290.i1468.y2026.001