El ex coordinador de la AECID en Afganistán reflexiona sobre la crisis en la región

Ignacio Álvaro Benito, el antiguo coordinador de la misión AECID en Afganistán reflexiona sobre su experiencia y la actual crisis de la región.

Pregunta.— ¿En qué consistió su labor en Afganistán?

Respuesta.— Entre 2007 y 2010 coordiné la misión de la Agencia Española de Cooperación Española de Cooperación AECID en Afganistán. Nuestra labor estaba encuadrada dentro del equipo de reconstrucción provincial (PRT) situado en Qala-i-Nao, la capital de la provincia de Badghis (Noroeste). Anteriormente trabajé también con Naciones Unidas (OIM) en dicho país entre 2005-2007 como responsables de un programa de construcción de escuelas y clínicas financiado por USAID.

Cuando la Cooperación Española llegó allí, en 2006, la foto de Badghis era la de una provincia sin ningún kilómetro de carretera asfaltada, ninguna infraestructura rural de comunicación, ningún tendido eléctrico operativo funcionando, solo un viejo sistema de agua ineficiente en Qala-i-Nao y apenas una frágil economía rural de subsistencia.

Nuestra labor conjunta y coordinada con las autoridades, las “shuras locales” y el pueblo afgano, fue un ejemplo de trabajo bien hecho, reconocido por la sociedad local, nuestras contrapartes ministeriales, y valorado muy positivamente entre el resto de Agencias e Instituciones
Internacionales.

Gracias al trabajo de la Cooperación Española, los indicadores de salud, educación y acceso al agua crecieron sustancialmente. Según el Banco Mundial, la asistencia a la escuela primaria casi se duplicó entre 2007 y 2011, alcanzando la media del país y la atención materna infantil pasó de ser prácticamente inexistente a alcanzar valores próximos al 15%. Los efectos fueron numerosos. Mahjabin Ahey, por ejemplo, se graduó como matrona comunitaria en 2008 dentro del programa de formación de AECID. Posteriormente, retornó a la clínica pública de Qades donde trabajó atendiendo a más de 1.000 mujeres al año.

En 2010, Halima Rasul, madre de 7 hijos y cuyo marido estaba en prisión, fue capacitada a través del programa de economía doméstica. AECID proporcionó semillas y fertilizantes. Unos meses más tarde cultivaba verduras suficientes para alimentar a su familia, pudiendo incluso vender los excedentes en el mercado local. Esto permitió que cuatro de sus hijos asistieran a la escuela. Durante los tres años que estuvimos allí construimos escuelas para 20.000 alumnos, infraestructuras y servicios de salud para 150.000 personas, más de 160 km de carreteras rurales y se contribuyó a mejorar los rendimientos agrícolas de más de 30.000 agricultores.

Y todo esto fue, fundamentalmente, gracias al apoyo del personal local que trabajaron con nosotros, no como traductores, sino como técnicos y responsables de proyectos de salud, desarrollo rural, genero, infraestructuras, educación, buen gobierno y otros programas.

El personal local de la AECID contribuyó al desarrollo de una relación cercana y confiable con las contrapartes del gobierno afgano, basada en la transparencia y en la rendición de cuentas de las actividades españolas. Esto, no solo aseguró la efectividad de nuestros esfuerzos en aquel momento, sino que ayudó a construir la confianza de la gente en su gobierno.

P.— Si tuviese que resumir sus vivencias en Afganistán y lo aprendido en una palabra, ¿Cuál elegiría?

R.— Intensa creo que sería la palabra. Intensa por los retos que afrontábamos, lo gratificante del los logros, y la dedicación sin descanso durante mi estancia allí.

P.— Tras haber conocido de manera cercana la realidad afgana ¿Cómo vivió la retirada de Afganistán?

R.— Cuarenta años de conflicto no sólo ha destruido las estructuras básicas del Estado y gran parte de la infraestructura física, también ha causado graves daños al tejido social del país. Este es el tipo de daño que es casi imposible de ver, pero es probablemente más importante que el tipo de daño que puede ser fotografiado y medido. Migraciones masivas de población durante los últimos 40 años han destruido muchos de los métodos tradicionales de regulación social y resolución de conflictos, y la lucha constante ha dejado a la población en una situación de trastorno psicológico colectivo.

En este contexto, la primera retirada de España en 2013, cuando se retiró la AECID y gran parte del contingente militar, lo viví como un pequeño fracaso con una gran sensación de frustración y tristeza. Creo que en ese momento no había pasado tiempo suficiente, solo 8 años, para que los logros fueran sostenibles, ya que las autoridades locales no estaban suficientemente preparadas para mantener los proyectos cuando la AECID dejó Qala-i-Nao. Los fondos que llegaban del gobierno central en Kabul a una provincia tan remota como Badghis, eran mínimos.

Pero mucho más frustrante fue la salida general el pasado verano de toda la comunidad internacional. Lamentablemente, la ayuda internacional, de la que hemos sido parte, no había logrado construir suficientes capacidades de gobierno en 20 años. En consecuencia, la retirada esta suponiendo el “descenso al caos y sufrimiento” en un país que lleva más de 40 años de conflicto.

En la actualidad se habla de corrupción y falta de capacidad, que seguramente es cierto, pero el problema fundamental es que construir capacidad de estado e institucionalidad es un proceso largo y complejo. La corrupción es un mal humano, que no solo ocurre en Afganistán. Lo que si es cierto, es que viniendo de una situación terrible, construir estado requiere continuidad y recursos.

Llevo varios meses recibiendo continuamente correos y llamadas del personal local que trabajaba con nosotros. Muchos de ellos están siendo amenazados por los insurgentes talibanes y algunos han resultado heridos físicamente a través de ataques en sus casas. Casi todos se han
visto obligados a dejar su casa en Qala-i-Nao y migrar a Herat o Kabul.

P.— En verano, Afganistán se convirtió en el principal titular de la prensa ¿Cree que va a volver a convertirse en un tema clave de actualidad internacional?

R.— Pues el efecto durante el mes de agosto fue también consecuencia del periodo vacacional con ausencia de noticias políticas, y de la importancia por tratarse de EE. UU. y los socios los que se retiraban después de una operación de 20 años y mucho dinero y vidas dedicadas. La situación, además, trajo imágenes de episodios pasado en la historia de EEUU, como fue la retira de Vietnam.

P.— ¿Cuál es su opinión ante la cobertura de los medios de la situación y su evolución?

R.— Pues fue positiva, pero puntual. Los medios actuales, o la sociedad como consumidora de noticias, solo busca la inmediatez. Esto provoca que la atención fuese mucha e intensa durante un mes, pero que ahora apenas podamos leer o conocer sobre la tragedia actual que el país está viviendo.

Además, el régimen talibán ha facilitado el ingreso de periodistas, con objeto de blanquear su imagen, pero la situación está empeorando rápidamente.

Unos compañeros que trabajamos allí y yo seguimos muy preocupado por los colaboradores que tanto y tan bien trabajaron con nosotros  contribuyendo a las recientes mejoras de ese país, ahora seriamente amenazadas por la barbarie talibán. Algunos han logrado venir ya, pero son muchos más los que aún continúan allí. A través de ellos vivimos como la situación está empeorando día a día, lo que nos hace más participe de la tragedia que está viviendo el país.

P.— Según su experiencia en cooperación ¿Cuál cree que es el principal problema de la región?

R.— Muchos y muy complejos:

  • Hay un conflicto interno tribal en Afganistán entre etnias que compiten por el poder.
  • Hay un conflicto regional, fundamentalmente entre India y Pakistán.
  • Hay un conflicto político dentro del Islam entre las diferentes formas de entender el Islam: Sunís y Chiíes, teocracias e islam político…
  • Y hay un conflicto creciente geopolítico global entre China, Rusia y Estados Unidos.

P.— ¿Cómo cree que puede contribuir la sociedad civil española a la ayuda al país?

R.— En el contexto International, creo que tenemos educar a la sociedad española para darnos cuenta de que tendremos que participar más activamente en conflictos exteriores, porque los problemas globales nos afectan a todos. Tenemos que ser conscientes de que necesitamos
desarrollar nuevas capacidades y apoyo social para incidir y apoyar a países frágiles, vulnerables, o con amenaza radical o conflicto a través de una cooperación, diplomacia y defensa reforzadas -para trabajar mejor juntos.

En el contexto local, creo que tenemos un reto moral como sociedad de contribuir al éxito de la integración de la comunidad afgana. Dicha integración depende de las autoridades, pero sobre todo de la sociedad. Nuestro deber moral con ellos es grande, porque ofrecimos una esperanza que no hemos sido capaces de dar respuesta. Muchos de estas personas trabajaron con nosotros durante mucho tiempo.

 

Clara Sánchez Portela

Estudiante 4º RRIICOM