Una realidad intolerable. Por Sergio Barciela y Alberto Ares, SJ

 

 

Entre las profundas transformaciones que ha sufrido el medio rural español (implantación de nuevos cultivos, producción intensiva, flexibilización relaciones laborales, etc.), una de las circunstancias que más preocupa a nuestros alcaldes, y sobre la que vienen llamando la atención los medios de comunicación locales es la situación en la que se encuentran los temporeros agrícolas inmigrantes.

En nuestro país, las Comunidades Autónomas (CCAA) que realizan campañas agrícolas de temporada que requieren un alto número de temporeros agrícolas inmigrantes, son mayoritariamente Andalucía, Aragón, Cataluña, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Extremadura y La Rioja. Y las provincias más afectadas por la afluencia de estos trabajadores son Albacete, Almería, Cáceres, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Jaén, Huelva, Lérida, Logroño, Valencia, Toledo y Zaragoza.

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Hacia una juventud pos migrante. Por Joaquín Eguren

Hace unos días visitando a un amigo marroquí-español, que es profesor de lengua árabe y religión en una asociación cultural en el norte de Madrid, me comentaba que todos sus alumnos descendientes de marroquíes eran ya españoles. Es decir, no solo que tenían nacionalidad española, sino que habían nacido en España. Este dato me hace reflexionar sobre los cambios “demográficos” que ha sufrido la denominada segunda generación de inmigrantes en España en las últimas dos décadas. Y lo expresado por este profesor refleja lo que hace nueve años ya se percibía en nuestras investigaciones desde el IUEM respecto a los descendientes de dominicanos y peruanos. Que el 80% contaban con la nacionalidad española.

Esta nueva fotografía de esta generación rompe con la idea de la metodología nacionalista que nos hace pensar que los inmigrantes y sus hijos son el “otro diferente”, como socialmente marginados. Estos niños y jóvenes son ya parte del “nosotros” aunque a menudo se les vea como foráneos, extraños, como diferentes, distinguiéndoles por sus rasgos fenotípicos, el color de la piel, etc., su genealogía, su religión, …

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Desplazamiento en refugiados y proceso de solicitud de asilo: factores de riesgo para la salud mental . Por Ángela Ordóñez

Las numerosas crisis humanitarias acontecidas en los últimos años, la persistencia de condiciones de guerra y la vulneración sistemática de los derechos humanos, han obligado a millones de personas a huir de sus países de origen asumiendo largos viajes en los que, con frecuencia, se ven expuestos a riesgos tan graves como aquellos que intentaban evitar al marcharse (Médicins Sans Frontières, 2016).

Dados los motivos de guerra, persecución y violencia que llevan a las personas a huir de sus países de origen y solicitar asilo, cabría esperar que la situación de refugio en el país de acogida fuera suficiente para garantizar el bienestar de los refugiados. Sin embargo, la investigación reciente muestra cómo las dificultades en el trayecto y la llegada y las demandas para la integración son en ocasiones, tan elevadas, que la salud mental de los solicitantes se ve afectada ostensiblemente. Llegando a registrarse en los últimos años incrementos preocupantes en las tasas de suicidio en población refugiada reasentada (Sundvall, Tidemalm, Titelman, Runeson y Bäärnhielm, 2015). Se observa así la necesidad de diseñar intervenciones para ofrecer apoyo psicológico y paliar las posibles dificultades que encuentren los solicitantes a su llegada, potenciando los recursos y habilidades con los que cuentan para la superación de las problemáticas asociadas al exilio.

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Pedimos mano de obra y llegaron personas. Por Alberto Ares, SJ y Sergio Barciela.

Vivimos en las sociedades occidentales un serio debate sobre la diversidad y la cohesión social. En numerosos contextos se plantea la cuestión: ¿Podremos vivir juntos? Una disyuntiva que nos introduce en el diálogo sobre la integración y la cohesión social.

Formamos parte de sociedades diversas donde la migración se ha convertido en la cara más humana de la globalización. La diversidad -que ha enriquecido a lo largo de la historia de la humanidad a las sociedades más plurales-, está llegando a ser en muchos casos en un arma arrojadiza, abanderada del miedo y de la violencia, sobre los que se asientan la creación de muros y de proteccionismos, y donde las políticas proactivas sobre integración han pasado a un segundo plano.

 

 

Uno de los elementos que muchos observamos con preocupación es el progresivo envejecimiento y las bajas tasas de natalidad de nuestras sociedades occidentales. Un estudio reciente de la OCDE –Pensions at Glance 2017-, plantea que en el año 2050, España tendrá 76 personas mayores de 65 años por cada 100 entre 20 y 65 años. De esta investigación se desprende que España será después de Japón el país con la ratio más alta de los países de la OCDE. El estudio reconoce que esto supondrá un desafío “sobre la sostenibilidad financiera y la adecuación de los ingresos de los sistemas de pensiones”.

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