¿Nuevos patrones de emigración en países del norte? Los casos de España e Italia durante la crisis económica. Por Mercedes Fernández.

 

 

El estallido de la crisis financiera en 2008 afectó profundamente al sur de Europa desde los puntos de vista económico, político y social. Las altas cifras de desempleo, la reducción la actividad económica y los crecientes niveles de deuda pública trajeron consigo un aumento de los niveles de inestabilidad política y social en países como España e Italia. Desde el punto de vista político, la crisis contribuyó al surgimiento de partidos populistas (de derechas o de izquierdas) en ambos países. Desde el punto de vista social, entre otros aspectos, resurgieron algunas dinámicas emigratorias que habían quedado olvidadas en estos dos países, atractores de inmigrantes en las últimas décadas.[1]

Durante el período 2008-2015, España e Italia experimentaron cambios significativos en su saldo migratorio anterior a la crisis. Una comparación de los datos de migración anterior y posterior a la recesión muestra un cambio radical en las tasas de migración neta en ambos países, con una disminución de la inmigración y un aumento simultáneo de la emigración. Este cambio de escenario ha potenciado el debate sobre el surgimiento de una era de “nueva emigración”.

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Integración social. Por Juan Iglesias

 

La población de origen inmigrante se ha mantenido estable durante la crisis, pasando de los 6,4 millones en el año 2009, el 13,8% de la población española, a los 6,6 millones en 2017, 14,24% del total. Así, a pesar de que se agitó el “fantasma” del retorno al comienzo de la crisis, los inmigrantes han apostado claramente por continuar sus proyectos de arraigo en España, a pesar de las malas condiciones. Un dato representativo de esta situación es el crecimiento en el número de naturalizaciones en España. Así, si en 2008 el porcentaje de inmigrantes nacionalizados en España era del 17%, en el año 2016, ese porcentaje casi se ha doblado, y ya es del 34%. (INE, 2017).

Eso sí, los inmigrantes permanecen pero emergen de la crisis bajo muy diferentes condiciones sociales de integración:

En primer lugar, se ha acelerado el proceso de etno-estratificación social. La población inmigrante sigue estando concentrada en las posiciones más bajas del mercado de trabajo y de la sociedad española. Así, por ejemplo en la encuesta nacional realizada a mujeres inmigrantes por el Instituto de Migraciones (Univ. P. Comillas) y la OIM en el año 2015, un 84% de las mujeres ganaban menos de 999 euros mensuales, y un 54% menos del salario mínimo profesional (650 euros). Un 45% de las mujeres inmigrantes trabajaban en el sector de cuidados domésticos, y entre las que tenían trabajo, solo un 34% trabajaban con contrato indefinido. Parecidas situaciones, se hallaron en una encuesta similar a inmigrantes ecuatorianos del año 2015, realizada por Ikuspegui (UPV) e Instituto de Migraciones (Comillas).

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Narrativas y la comunicación de la inmigración en medios. Por Cecilia Estrada Villaseñor

La historia de la comunicación está ligada a la de la humanidad, justo como la de la inmigración. No estaríamos aquí de no haber logrado entablar determinados entendidos fundamentales para que el entorno que tenía la capacidad nos comprendiera y poder así sobrevivir.

Desde el principio de esta interacción vital hasta nuestros días, ha pasado mucho tiempo y hemos logrado establecer nuevos canales, nuevas formas de interacción, nuevas redes. Pero el mensaje, esa esencia, siempre refleja lo mismo: una necesidad.

Los medios de comunicación nos transmiten información, la venden porque somos una sociedad consumidora de información. La necesitamos para saber qué es lo que está ocurriendo en el mundo, porque también esta información forma parte de nuestro presente.

A menudo, vemos reflejado en los medios y las noticias cómo se presenta al inmigrante ligándolo a conceptos de ilegalidad, irregularidad. Lo unen a la persona que acaba de llegar en una patera lo mismo que la que busca huir de una guerra. Todos son migrantes para algunos medios.

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Rabia, temor y culpa en población refugiada: el perdón como alternativa. Por Ángela Ordóñez

Los contextos de guerra y persecución que llevan a la población refugiada a huir de su tierra conllevan pérdidas de elementos valiosos que configuraban la vida de las personas. Aunque la experiencia de cada refugiado es única en sí misma, podemos afirmar que hay ciertos lugares comunes en lo relativo a su vivencia emocional y en las consecuencias que se derivan a largo plazo. Las agresiones y la soledad a la que tienen que hacer frente durante su huida y en el camino, como toda experiencia de injusticia, suelen despertar dos grandes tendencias de respuesta: la venganza, consecuencia de la necesidad básica de equilibrar la balanza, o la evitación, como respuesta a la necesidad de sentirse seguros y poner todos los medios posibles para que la situación temida no se vuelva a repetir.

Estas tendencias de respuesta, venganza y evitación, son típicas ante cualquier situación que ponga en riesgo la vida de una persona y, por tanto, no podemos juzgarlas como moralmente incorrectas en sí mismas. Sin embargo, sí pueden traer asociadas emociones que, sostenidas en el tiempo, dificultan la puesta en marcha de los mecanismos necesarios para asumir las demandas de ajuste de la nueva vida a la que los refugiados se enfrentan tras su huida. Los sentimientos de venganza por aquello que han sufrido y la evitación de todo aquello que se asocie a la situación temida pueden traer asociados sentimientos de angustia, ira, sufrimiento y sensación de abandono. Con frecuencia también podemos encontrar culpa y vergüenza derivadas de las humillaciones vividas o del sentimiento de impotencia e indefensión. Por último, es habitual también que se despierten sentimientos de odio y rencor hacia la persona o grupo que identifican como culpable de su situación actual.

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Una realidad intolerable. Por Sergio Barciela y Alberto Ares, SJ

 

 

Entre las profundas transformaciones que ha sufrido el medio rural español (implantación de nuevos cultivos, producción intensiva, flexibilización relaciones laborales, etc.), una de las circunstancias que más preocupa a nuestros alcaldes, y sobre la que vienen llamando la atención los medios de comunicación locales es la situación en la que se encuentran los temporeros agrícolas inmigrantes.

En nuestro país, las Comunidades Autónomas (CCAA) que realizan campañas agrícolas de temporada que requieren un alto número de temporeros agrícolas inmigrantes, son mayoritariamente Andalucía, Aragón, Cataluña, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Extremadura y La Rioja. Y las provincias más afectadas por la afluencia de estos trabajadores son Albacete, Almería, Cáceres, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Jaén, Huelva, Lérida, Logroño, Valencia, Toledo y Zaragoza.

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Hacia una juventud pos migrante. Por Joaquín Eguren

Hace unos días visitando a un amigo marroquí-español, que es profesor de lengua árabe y religión en una asociación cultural en el norte de Madrid, me comentaba que todos sus alumnos descendientes de marroquíes eran ya españoles. Es decir, no solo que tenían nacionalidad española, sino que habían nacido en España. Este dato me hace reflexionar sobre los cambios “demográficos” que ha sufrido la denominada segunda generación de inmigrantes en España en las últimas dos décadas. Y lo expresado por este profesor refleja lo que hace nueve años ya se percibía en nuestras investigaciones desde el IUEM respecto a los descendientes de dominicanos y peruanos. Que el 80% contaban con la nacionalidad española.

Esta nueva fotografía de esta generación rompe con la idea de la metodología nacionalista que nos hace pensar que los inmigrantes y sus hijos son el “otro diferente”, como socialmente marginados. Estos niños y jóvenes son ya parte del “nosotros” aunque a menudo se les vea como foráneos, extraños, como diferentes, distinguiéndoles por sus rasgos fenotípicos, el color de la piel, etc., su genealogía, su religión, …

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Niños y niñas extranjeros en España ¿Nos comprometemos?

 

Las conclusiones del Comité de los Derechos del Niño para España sobre la Convención de los Derechos del Niño -publicadas por Naciones Unidas el pasado 2 de febrero de 2018- instan a España a tomarse en serio la protección de la infancia contra la pobreza, la violencia y la discriminación. En este contexto, una de las formas de discriminación más frecuentes viene determinada por la condición de extranjero, que en el mejor de los casos justifica un trato diferenciado respecto a los niños y niñas españoles y en el peor de los supuestos tratarlos como si fueran personas mayores de edad.

Precisamente, como tuvo ocasión de explicar el experto en infancia Alejandro Morlachetti durante la formación organizada por UNICEF sobre las nuevas Observaciones Conjuntas del Comité de Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares y del Comité de los Derechos del Niño –OGC, número 3 y 22 (2017) y OGC, número 4 y 23 (2017)– celebrada el pasado 16 de febrero en la sede del Consejo General de la Abogacía Española, la determinación de la edad y las devoluciones en caliente son dos de los puntos más acuciantes de las recomendaciones elaboradas para España por el Comité de los Derechos del Niño.

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