¿Supone la falta de acogida la propia esterilidad de las sociedades occidentales? Por José Manuel Aparicio

La obra, titulada Abraham y los tres ángeles, es atribuida a Jan Victors, uno de los discípulos aventajados del maestro Rembrandt.

            El cuadro pone imagen a un pasaje tan desconocido como decisivo en el itinerario del antiguo testamento y que es conocido como «la teofanía de Mambré» o «el encuentro de Abraham y los ángeles». Se encuentra en el capítulo dieciocho del libro del Génesis, en un momento decisivo del itinerario de fe descrito en Abraham.

            Su nombre ya ha cambiado de Abram a Abraham como signo elocuente de la alianza establecida con Yahvé que se ratifica en el mandato de la circuncisión (cap 17). El pacto incluye una tarea: ser padre de un gran pueblo (Gn 17,10) lo que reclama una profunda actitud de fe por la avanzada edad tanto de Abraham como la de Sara (Gn 17,17).

            Sin embargo, el capítulo dieciocho parece menos optimista en el cumplimiento de esta esperanzadora promesa. Como si se tratara de un cambio de escena teatral, Abraham aparece en su tienda, junto a su familia, sentado en la ribera de un camino que, por el contexto del pasaje, se presupone que conduce hacia Sodoma (Gn 18, 22). Esta es, tradicionalmente, la ciudad pagana por antonomasia, icono de todas las prácticas y costumbres contrarias al judío.

            Quizá por ello la actitud de Abraham respecto a los tres viandantes debiera ser de precaución e incluso de distancia prudente para evitar una posible contaminación con lo impuro.

            El narrador, sin embargo, ofrece un sutil pero decisivo detalle en su relato. Lo hace en el primer versículo para aquellos lectores atentos dispuestos a tratar de comprender un comportamiento aparentemente anómalo: «era en el calor del día» (Gn 18,1). Este es un dato decisivo en la lectura de conjunto. El detalle parece activar la compasión de Abraham quien conoce, en sus propias carnes, los rigores propios del nómada exigido a caminar bajo las duras condiciones del sol en el desierto.

            Solo esta hipótesis da razón de la actitud de exquisita delicadeza y acogida por parte de Abraham quien invita a los visitantes, les lava los pies y completa el ritual judío con una copiosa comida que incluye un becerro «tierno y bueno» (Gn 18,7).

            El pintor se recrea en esta escena y lo hace con una hábil estrategia en la distribución de los personajes, estructurados en tres planos que implica también al espectador.

            En un plano remoto, casi sin volumen y en una aparente descripción en dos dimensiones, aparece Sara quien de forma discreta parece atenta a la conversación. En un plano central, volumétrico, los tres viandantes y Abraham, sentados a la mesa conforman un espacio que cierran con sus cuerpos y que describe una especie de esfera conducida por la comensalidad.

            Pero, en un tercer plano, solo perceptible por el espectador y no por Abraham, los viandantes parecen participar de una singular condición que el pintor expresa dotándolos de alas. Tradicionalmente, en la imaginería cristiana, los ángeles,del griego angelos, enviado; deben ser portadores de estos apéndices. Si el Dios lo es de la vida y si esta se alimenta de la lluvia para las sociedades agrícolas y ganaderas, Dios tendrá que habitar en el origen de esta vida, de esta lluvia: en el cielo. Por este motivo, la credencial inequívoca de que el interlocutor está realmente enviado por Dios es la posibilidad de retornar a la casa del padre lo que exige, necesariamente, la posibilidad de volar.

            Y en este punto el maestro el pintor es capaz de expresar la intencionalidad del texto. Abraham ve viandantes que caminan en la hora del calor. Su acogida viene impulsada por la hospitalidad propia de la cultura semita. Ve personas que requieren la misma atención que el judío demandaría. Pero, viendo personas, no sabe que son especialmente singulares: son los enviados por Dios. Confirmando la hipótesis, los protagonistas de este encuentro confirman ser enviados transmitiendo un mensaje por parte de Dios: «De cierto volveré á ti según el tiempo de la vida, y he aquí, tendrá un hijo Sara tu mujer» (Gn 18, 10).

            La promesa ya estaba enunciada en el capítulo diecisiete pero parece ahora confirmada: la acogida hospitalaria de Abraham ha desatado la bendición de Dios prometida sobre Abraham. En otros términos, la bondad acogedora, la empatía de Abraham ha posibilitado que la promesa divina se ejecute. Se establece así un íntimo diálogo entre las promesas divinas y las respuestas de los creyentes también recogida en los relatos vocacionales de Moisés, Jeremías, Isaías o María de Nazaret. También anticipa la necesaria conexión entre la fe y la caridad descrita por el relato del lavatorio de los pies o tematizada por la carta de Santiago en referencia a la necesidad de equilibrar el acto de fe con la caridad activa.

            Indudablemente, supone el origen de la profunda corriente hospitalaria indisociable de la fe judía. O quizá no solo de la judía. Es ya un lugar común hacer referencia a las llamadas religiones abrahámicas para referirse a las que otorgan un liderazgo espiritual al personaje protagonista del cuadro: islam, judaísmo y cristianismo. En otros términos, la hospitalidad se ofrece como patrimonio común de estas espiritualidades y en exigencia para todos sus seguidores. Por extensión, para todas las tradiciones y culturas que se sientan herederas de este patronazgo de Abraham.

            Por el relato, contemplado en otra óptica, permitiría afirmar que dejar pasar de largo a los tres viandantes, habría supuesto la propia esterilidad de Abraham y Sara. La ausencia de acogida habría impedido que las promesas de Dios adoptaran forma en forma del futuro Isaac.

            Siglos después, el panorama internacional exige contemplar el cuadro como hondo interrogante. ¿Supone la falta de acogida la propia esterilidad de las sociedades occidentales? ¿explicaría su decadencia cultural, ética y demográfica? ¿pueden los hijos de Abraham, judíos, islámicos y cristianos, distanciarse de la hospitalidad abrahámica? ¿no tendría que hablarse, más bien, de una religión distinta a la recibida en origen si no se participa de esta actitud de acogida y cuidado hacia quienes se aproximan «a nuestras tiendas»?

José Manuel Aparicio Malo es investigador del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones y sus líneas de investigación se centran en religiones y migración; ciudadanía; teología y migraciones.

jmaparicio@comillas.edu

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