¡Hola de nuevo!
Escribo después de varios meses desde mi último post, en un momento en el que me siento mucho más situada, adaptada y consciente del contexto en el que estoy viviendo. Colombia ya no es solo el país al que llegué con expectativas y nervios, sino un espacio cotidiano que poco a poco se ha ido volviendo familiar. Mis compañeros de trabajo se han convertido en amigos, y la oficina, entre reuniones, cafés improvisados y pilas de documentos, se ha transformado también en una especie de hogar. Han sido meses intensos, llenos de trabajo, aprendizajes y cambios constantes. Cambios que nos han exigido adaptarnos rápidamente, reorganizar prioridades y dar lo mejor de nosotras mismas en un contexto institucional y humanitario que no deja de transformarse.
Uno de los acontecimientos que más ha marcado este periodo ha sido lo ocurrido con USAID, que ha tenido un impacto directo en la financiación de varios proyectos. Esto nos ha obligado a buscar de manera mucho más activa nuevas fuentes de financiación. En mi caso, una de mis principales funciones ha sido mapear potenciales donantes, organizar calendarios de convocatorias y explorar las políticas exteriores de distintos países para identificar oportunidades de cooperación. Este trabajo me ha permitido comprender de forma muy concreta cómo se sostiene el trabajo humanitario en la práctica, y cómo las decisiones políticas globales tienen efectos directos en el terreno.
Paralelamente, estoy trabajando en el programa de hospitalidad y reconciliación, un área que me ha permitido acercarme de manera más directa a la realidad de las personas desplazadas por la violencia. Junto con mis compañeras, hemos reflexionado sobre el poder de la hospitalidad como herramienta de transformación social y sobre cómo acompañar a las comunidades desde un enfoque sensible, participativo y contextualizado. Es un proceso muy enriquecedor, pero también desafiante, porque implica cuestionar nuestras propias formas de entender el acompañamiento y la intervención.
Además, estoy apoyando el área de educación, donde estamos desarrollando herramientas y materiales para trabajar con jóvenes en temas educativos. Este trabajo combina contenidos pedagógicos con enfoques de derechos humanos, convivencia y construcción de paz, y me ha permitido explorar la intersección entre educación, reconciliación y prevención de violencias. También estoy a la espera de participar en la formulación de un proyecto, algo que me genera mucha ilusión porque implica pasar de la teoría a la práctica en el diseño de intervenciones concretas.
A nivel interno, la organización también ha atravesado cambios estructurales. Han llegado cajas y más cajas de materiales, nuevos recursos, documentos y equipos…y hemos tenido que reorganizar la oficina colectivamente ¡porque no cabemos! Puede parecer un detalle menor, pero estos momentos reflejan muy bien la dimensión logística del trabajo en terreno y la importancia del trabajo en equipo en lo cotidiano, y el cuidado a la casa común a la vez de tener nuestro propio trabajo.
Pero no todo es oficina. Parte fundamental de estas prácticas es también involucrarse en actividades públicas y simbólicas que apoyan nuestro trabajo. Una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido fue asistir al Día de las Manos Rojas, una jornada de sensibilización contra el reclutamiento de niños y niñas en el conflicto armado. Fue un evento muy potente, tanto a nivel emocional como político, que me permitió dimensionar de otra manera la gravedad de esta problemática. El reclutamiento infantil sigue siendo una realidad alarmante en Colombia. Algunas cifras son especialmente difíciles de ignorar:
· El reclutamiento de menores ha aumentado un 300 % en los últimos cinco años, según casos verificados por Naciones Unidas y UNICEF.
· En promedio, un niño o niña es reclutado cada 20 horas por grupos armados.
· Más de 1.200 menores han sido reclutados entre 2019 y 2024, aunque se estima que la cifra real es mayor debido al subregistro y a la dificultad de acceso a ciertas zonas.
Desde JRS trabajamos en la prevención y atención de esta problemática, y aunque el desafío es enorme, mantener la esperanza y el compromiso es parte esencial de nuestro trabajo.
El tiempo aquí pasa muy rápido. A veces siento que los días se multiplican entre reuniones, lecturas, tareas y aprendizajes, pero al mismo tiempo soy muy consciente de todo lo que estoy absorbiendo. Cada semana me siento un poco más formada, un poco más crítica y un poco más consciente de la complejidad del trabajo humanitario. Quiero seguir aprendiendo, creciendo y construyendo una práctica profesional más ética, reflexiva y comprometida con la justicia social.
Seguimos.
¡Hasta pronto!