¿Cómo ayudar?

¿Cómo ayudar? Desde la experiencia del trabajo con migrantes y refugiados de un contexto diferente pero de una misma realidad

Por Anali Briceño, Becaria del IUEM y alumna del Máster de Cooperación Internacional al Desarrollo

En estos cortos párrafos quisiera entregar a ustedes mi experiencia personal en el trabajo con migrantes y refugiados. Quisiera empezar señalando que no se trata de una lección de ética o moralidad, se trata más bien, de una reflexión ante la pregunta que muchos de nosotros nos hacemos cuando contemplamos con frustración las situaciones de desigualdad, abuso, intolerancia, violencia,… En fin, la lista es grande pero el sentimiento es el mismo.

 

Migrantes en la frontera
Migrantes en la frontera

Hace tres años comencé mi trabajo en la oficina del Servicio Jesuita a Migrantes de Tacna, ciudad fronteriza entre Perú y Chile. Como en toda ciudad fronteriza, la dinámica migratoria es vasta y con dinámicas complejas. Cuando inicié esta empresa sentía que tenía todo controlado, aunque era mi primera experiencia laboral, tenía la convicción de que todo sería simple. ¡Claro, en conceptos sabía quién era quién! ¡Y hasta debo reconocer que me sentía orgullosa porque iba a “ayudar” a migrantes y refugiados! Qué equivocada estaba. Equivocada en todos los sentidos; no fue un trabajo sencillo, no sabía nada de migrantes ni refugiados y no ayudaba a nadie. Tengo que reconocer que he fracasado estrepitosamente.

Antes de continuar, contaré que es lo que pasaba en Tacna y cuál era mi trabajo en el Servicio Jesuita a Migrantes.

Las fronteras son zonas particulares, en donde conviven tantas lenguas, creencias, costumbres como sea posible imaginar, y el caso de Tacna no era diferente. Aún conociendo la particularidad que la frontera presupone, no estábamos listos para lo que se dio y continúa dándose desde hace algunos años. Una masa de personas, la mayoría de nacionalidad colombiana, que cansados de la violencia, delincuencia, del miedo de vivir en un sitio en donde reclutan a los jóvenes para convertirlos en sicarios, en donde se paga “cupos” para que los delincuentes de la zona te den protección ante otros delincuentes, donde la vida no vale nada y los obstáculos para tener una vida en paz en su país son incontables, decidieron salir del mismo a encontrar una oportunidad de vida en tierras lejanas, específicamente en Chile.

Venían alimentados por un sueño, una esperanza, la idea de que lo único difícil, que ya de por si es increíblemente doloroso, sería salir de casa y dejar todo lo que habían construido en sus vida. Lamentablemente eso no sería ni lo único ni lo más difícil que tuvieran que vivir para cumplir su sueño. No contaban con que no serían bienvenidos a la tierra prometida; no contaban con que el color de piel determinaría su posibilidad de ingresar de manera legal; no contaban con que se quedarían varados justo en la puerta de ingreso de su sueño, sin dinero, sin recursos, sin redes de apoyo; no contaban que tendrían que someterse a mafias de traficantes para poder lograr cumplir su meta. Nadie contaba con eso, menos yo. Pero ahí estaba, era mi trabajo atender a esa población, era mi trabajo escuchar sus reclamos, sus historias y sus miedos. Era mi trabajo y mientras más tiempo pasaba menos lo comprendía, no podía entender tanto dolor.

No ha sido un camino fácil. El primer paso consistía en dejar atrás todo lo que antes comprendía. Lo bueno y lo malo. Parece simple, pero no resulta tan sencillo. En la medida en que he sido capaz de aceptar este insólito panorama, he tenido la oportunidad de descubrir lo básico de la vida, lo más auténtico y sencillo, y hacerlo con pasión. He comprendido que cada uno tiene la oportunidad de hacer lo correcto, que los sentimientos de frustración ante la pregunta ‘¿Cómo puedo ayudar?’ tiene muchas respuestas, respuestas transformadas en acciones. En mi caso me tocó salir al encuentro de las personas más necesitadas, al menos en ese momento, y que con poco o mucho, no lo sé en realidad, di lo que sentí que debía dar, liberada de prejuicios, buscando sentirme libre para acercarme al otro.

Al final de la experiencia descubro que el Servicio Jesuita a Migrantes, no fue un trabajo; ni un deber, social o moral, fue un  encuentro con la vida, a la cual no puedes dominar, no puedes marcar su ritmo, y muchas veces no puedes entendera. Qué extraordinario regalo y qué extraordinaria bendición han sido estos años.

Finalmente, regreso al punto de inicio: ¿Cómo puedo ayudar? Hoy que vemos tantos actos de crueldad causado por el propio hombre, no te desanimes, no caigas en el temor de que no tiene sentido hacer lo poco o mucho que crees puede ayudar a alguien, como dice una canción… yo vengo a ofrecer mi corazón.

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