Campamentos de verano: de la convivencia a la superación

Agradecemos a nuestro habitual colaborador, Iago Pérez Santalla, esta entrada, que nos acerca una visión de los espacios de campamento como lugares de ocio saludable y educativos para los menores, adolescentes y jóvenes de cara al verano, como espacios de experiencias y vivencias vitales que favorecen la inclusión y la convivencia entre iguales.

CAMPAMENTOS DE VERANO: DE LA CONVIVENCIA A LA SUPERACIÓN

Un año más, la juventud tiene la oportunidad de disfrutar de unas semanas de convivencia alrededor de la actividad que más le gusta desarrollar. En estos campamentos se reservan un número de plazas para personas con diversidad funcional dándoles la posibilidad de disfrutar unos días de independencia y libertad sin su familia. Este aspecto es muy importante, tanto para las personas usuarias que miden su capacidad de desarrollo lejos de la protección familiar que muchas veces es sobreprotección, como para la propia familia que, por un lado, goza de unos días de respiro y, por otro, se acostumbra a ver lo que la persona es capaz de hacer por sí misma.

Los campamentos suponen para muchas personas la primera salida sin su familia. Esta experiencia empieza cuando se quedan solos en un grupo totalmente desconocido pero con una clara conciencia inclusiva y que, además, comparte la afición por la actividad elegida para realizar. Con estas premisas comienza la aventura de convivir 24 horas con unos desconocidos que, de pronto, se hacen imprescindibles tejiendo fuertes lazos emocionales. Luego, el tiempo une o separa, no todos estos lazos se mantienen; sin embargo, en el contexto de la actividad se hacen imprescindibles para el éxito y disfrute de la misma.

El campamento representa unos días intensos y totalmente rompedores en la vida del usuario que acostumbra a grabar un recuerdo perenne que idealiza este periodo. Esto se debe a que la actividad supone una ruptura total con la rutina haciendo vivir las horas con una intensidad a la que no estamos acostumbrados. Es esta intensidad la que nos hace sentir que nuestros compañeros son amigos de toda la vida, aun cuando los acabamos de conocer y cuando probablemente con muchos no mantengamos el contacto. En esta intensidad la persona carga sus pilas emocionales y muchas veces encuentra su sentido y razón de ser, de modo que, aunque a posteriori vuelva a su rutina, no es la misma porque se conoce de una manera más exhaustiva.

Otro aspecto que debemos tener en cuenta en relación con el anterior es que el cuidado del monitor nos deja un amplio espacio para explorar nuestros propios ilímites en dónde la familia nos suele sobreproteger; por ejemplo, en la comida o en la ducha el monitor llegará a dónde la persona no pueda pero dejará que compruebe si realmente puede o no. Recuerdo que en mi primera experiencia como usuario de campamentos intenté comer solo un plato de caldo. Esto me sirvió para medir lo que realmente podía hacer, convenciéndome de mis verdaderos límites e ilímites que son los comprobados y verificados, no los presentidos.

No se puede olvidar que el ocio es el centro del campamento, ya que en el fondo son unas vacaciones. Es fundamental participar en todas aquellas actividades informales que ofrece el hecho de pasar quince días intensivos con un grupo humano. Esto supone fiesta y diversión. Si hablamos de inclusión, no podemos prescindir de esta parte en la que los lazos antes citados se estrechan mucho más. Ahora la actividad no sólo tiene como fin el disfrute de los participantes, sino la interacción y el hecho de conocer realidades distintas, interviniendo en su desarrollo. En este sentido, más importante que el hecho de que la relación perdure es el hecho de que todos saquemos un aprendizaje de dicha relación. El aprendizaje es desterrar el prejuicio y acercarse a conocer de modo que surja una experiencia común. En esa experiencia no todos empatizaremos de la misma forma, habrá compatibilidades e incompatibilidades pero, lo importante, es reconocer al otro y reconocer que supone para nosotros un nuevo aprendizaje que acumular en nuestra mochila. En el reconocimiento del otro surge la empatía sobre la que forjamos la amistad que crece  en la experiencia compartida cristalizando en un recuerdo.

Un campamento es pura interdependencia en dónde todos reciben y todos dan porque, al final, independientemente de la actividad es un espacio en el que confluyen historias de vida que esperaban ser contadas y compartidas. Aquí está el verdadero aprendizaje de los campamentos: el surgido de la empatía y la apertura emocional que nos lleva a mirar a nuestros compañeros valorando distintas formas de desarrollarnos. En ninguna de esas formas está la panacea pero en todas está la lucha humana por la superación personal y, aquí está el vínculo fundamental que comparten todas estas experiencias.

Estas actividades resultan fundamentales para aprender de la vida y con la vida, recogiendo de dicho aprendizaje nuestra forma de ser, estar y construir un futuro propio que tenga en cuenta todo lo que nos rodea.

 

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