EL DERECHO AL OCIO

Una vez más agradecemos a nuestro colaborador Iago Pérez Santalla por su nueva aportación a este blog, con su interesante artículo: “El derecho al ocio”.

El ocio es, quizás, el campo más complicado de la inclusión. En el desarrollo humano existe un vacío que va, más o menos, de los 30 a la etapa de jubilación. Esta etapa central de la vida se caracteriza por el desarrollo de la vida en pareja, la crianza de los hijos y el desarrollo de relaciones profesionales y de amistad. Es la etapa de plenitud, de la consecución de una estabilidad que conlleva la estabilización de relaciones y la programación periódica de actividades de ocio ya sea en el seno familiar o en el grupo de pares.

Está claro que el hecho de tener trabajo estable y fundar una familia facilita el establecimiento de unas rutinas que nos llevan a tener nuevas relaciones y a cubrir nuestro tiempo libre; pero, ¿qué pasa cuando no se tiene ni familia propia ni trabajo? Se entra en un círculo de aislamiento en el que, muchas veces, resulta complicado compartir pensamientos y emociones. Poco a poco, las vivencias de quien está en esta situación se van distanciando de las de su entorno y resulta difícil establecer confianzas e incluso conversaciones.

¿Cómo podemos hacer frente a este vacío? Quizás necesitamos crear espacios de convivencia y para esto tenemos que convertir la soledad en un problema social que tiene que generar iniciativas públicas y privadas que nos permitan combatirlo en todos sus frentes. Las soluciones no tienen que ser específicas, deben de ser inclusivas. Tenemos que reflexionar sobre cuánta gente no puede ir de vacaciones por limitaciones físicas o psíquicas e idear programas que no solo les dé acceso al ocio, sino que, además, contribuya a ponerlos en contacto forjando relaciones de distinta índole.

En este punto, el derecho al ocio se convierte en un derecho tan fundamental como el derecho a la sanidad o a la autonomía personal que servirá para materializarlo. La inclusión educativa y laboral tiene como objetivo generar una vida plena y no existe plenitud sin distensión. Por lo tanto, debemos establecer políticas de ocio.

Yendo de nuevo  al paradigma utilitarista que domina nuestra sociedad, estos programas son una fuente de empleo nada despreciable tanto para asistentes personales como para educadores y trabajadores sociales. Su puesta en marcha está plenamente justificada y sería una forma de dar libertad e independencia tanto a la familia como a los posibles usuarios potenciales y, al mismo tiempo, podría ser una primera forma de contacto y empleo para aquellos que enfocan su formación hacia profesiones relacionadas con el tercer sector.

Dada esta idea y siguiendo en el paradigma utilitarista, cabe hacerle una pregunta ya hecha en artículos anteriores: ¿cuándo empezaremos a hablar de inversión social?  

Iago Pérez Santalla
Doctor en Humanidades, Educador social y coach
www.iagoperezsantalla.com

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