Angela Merkel y la gestión de crisis

José M. Sáenz Rotko

Hace pocas semanas, el Financial Times titulaba “Germany’s crisis manager is back”. En 14 años a la cabeza del gobierno alemán, Angela Merkel se ha enfrentado a numerosas crisis de envergadura continental entre las que destacan la crisis financiera de 2008, la económica y la de la deuda en los años posteriores y la crisis de los refugiados en 2015. En ellas se ha fraguado la reputación de eficaz gestora en tiempos convulsos, capaz de capitanear al país contra viento y marea y llevarlo a puerto seguro. Al final de su abultada trayectoria como canciller se enfrenta ahora a la prueba más difícil. Cuando media Alemania –y todos en su propio partido– consideraba que el mayor servicio al país que le quedaba por hacer era retirarse cuanto antes, Angela is back.

Los más críticos con Merkel le han achacado desde siempre la falta de un posicionamiento político sólido que dotara de identidad política a sus gobiernos y definiera el rumbo de Alemania respecto de Europa y el mundo. La describían despectivamente como gestora apolítica que no afrontaba los problemas de envergadura con soluciones de calado ideológico sino con una estrategia de pequeños pasos pragmáticos. Pragma frente al dogma. Precisamente ese ADN político –que no apolítico– el capacita mejor que otros para liderar una sociedad en tiempos de crisis existencial como la de la epidemia del Covid-19. 

Hay una serie de elementos identificativos del estilo de liderazgo de Merkel en la lucha contra la coronacrisis: una toma de decisiones basada en datos científicos, la máxima transparencia sobre el desarrollo pandémico y la actuación del gobierno, la búsqueda activa de un consenso social amplio que soporte cada medida, su manifiesta confianza en el pueblo y una comunicación empática y directa con los ciudadanos.

Quizás por deformación profesional –es doctora en Química–, el estilo merkeliano es analítico. Se le conoce como maestra del titubeo, por no querer tomar decisiones que no estén sólidamente informadas. Ha sido el análisis aséptico de datos y evidencias proporcionados y actualizados constantemente por equipos transdisciplinares compuestos por destacados científicos en ámbitos tan variados como virología, salud pública, gestión sanitaria, psicología social, ética o economía o las ciencias empresariales que le han permitido identificar tempranamente la dimensión de lo que se le estaba viniendo encima al mundo por el Covid-19. Y tomar decisiones al margen de cálculos políticos, de manera rápida, vehemente, coherente y coordinada. Un estudio del Deep Knowledge Group sitúa a Alemania en el primer lugar mundial respecto de la eficacia en la respuesta sanitaria frente a la pandemia, y en el segundo puesto, tras Israel, respecto de las medidas preventivas para limitar su propagación. El ranking compara 78 parámetros de cerca de 150 países.

Merkel ha impuesto una gestión transparente de la crisis que permite al ciudadano conocer a diario más allá de la evolución de las infecciones la valoración que sobre ella realiza el gobierno, la estrategia que adopta como consecuencia y las medidas mediante las que la implementa. Cada día se realiza una valoración crítica de la eficacia de las mismas que permite ajustes sobre la marcha.Un elemento destacado de la gestión de crisis al estilo Merkel es la búsqueda de un respaldo amplio a cada medida que se adopta. La rapidez y eficacia con la que Alemania ha sacado adelante en tanto las medidas para reforzar las capacidades sanitarias como los programas para paliar los efectos económicos sobre empresas y trabajadores no ha estado reñido en ningún momento con el debate parlamentario y las consultas políticas orientadas a fraguar el consenso social más amplio. En primer lugar, en el seno de la coalición. Pero también con los partidos de la oposición, los agentes sociales y –por la estructura federal alemana– con los 16 gobiernos de los lander, de diversos signos políticos. No ha hecho falta recentralizar el poder en Berlín. Además, el mantener activa la toma de decisiones políticas en los niveles más cercanos al ciudadano dentro de una línea de actuación consensuada desde la Cancillería ha contribuido a fortalecer la confianza de la ciudadanía en el conjunto de su clase política. 

Quizás el rasgo más particular de liderazgo ha sido la cercanía con la que de la “madre” (Mutti) de Alemania se ha mostrado con su pueblo. Por primera vez en los 14 años a la cabeza del gobierno –obviando las felicitaciones obligadas de Año Nuevo–, Merkel se ha dirigido a los alemanes mediante un mensaje televisivo. Sin grandilocuentes palabras y gestos teatrales sino de manera sensible, explicativa, tranquilizadora y al mismo tiempo insistente fue preparando al país para la prueba “más difícil desde la Segunda Guerra Mundial”. Contrariamente a su habitual estilo amable pero distante quiso hacer una referencia a su propia experiencia vital. Cuando vivía en la RDA carecía de libertad de movimiento lo que le hace conocedora del enorme valor que representa. La humanidad y empatía de esa frase le fundió con su pueblo, hizo creíble su mensaje y le dio la autoridad moral para exigirle sacrificio y disciplina. Merkel prefirió confiar en la sensatez de su sociedad como lo hace una madre y optar por la vía de las recomendaciones frente a las prohibiciones impuestas mediante sanciones y control policial. El pueblo respondió a la confianza desplegada con comprensión y seguimiento. 

A día de hoy, el 89% de los alemanes respalda la gestión de la crisis del Covid-19 por parte gobierno que preside Angela Merkel. Con un 74% de aprobación es la líder mejor valorada del país. Los alemanes confían en su gobierno y su canciller. Reconocen el esfuerzo realizado por sus políticos aun a sabiendas de que el nivel de bienestar bajará y que muchos perderán sus empleos. Los líderes políticos demuestran su valía en tiempos de business as usual. Es en momentos de extraordinarios retos cuando se desvela su excepcionalidad. Algunos piden ya un cuarto mandato de Angela.

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