Irán ante el Plan Integral de Acción Conjunta: ¿Y Ahora Qué?, por Alberto Ballesteros de Santos

El 17 de julio de 2015, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Alemania, la Unión Europea e Irán firmaron con optimismo el Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), con el objetivo de frenar el desarrollo de armamento nuclear en Irán.

El acuerdo establecía límites al enriquecimiento de uranio en el país, tan necesario para la fabricación de armamento nuclear. Irán se comprometió a mantener, durante los 15 años de vigencia del JCPOA, unas reservas de tan solo 300 kg de uranio enriquecido al 3,7%, lo que suponía una importante reducción de su stock.  También se pactó la reducción del número de centrifugadoras, que deberían usarse para producir las cantidades de material nuclear que fuesen estrictamente necesarias para responder a sus necesidades comerciales. Para garantizar que el programa nuclear sirviese puramente a objetivos pacíficos y evitar que se llevaran a cabo actividades clandestinas, se dio potestad al Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) para supervisarlo.

El acuerdo se concibió desde la perspectiva del win-win: la Comunidad Internacional evitaba ver una escalada armamentística en Oriente Medio, ya de por sí tremendamente inestable, a la vez que Irán se beneficiaba del levantamiento de las duras sanciones económicas que durante años le habían impuesto las Naciones Unidas, Estados Unidos y la Unión Europea. Así, el Gobierno de Hassan Rouhaní recibía una bocanada de aire, haciendo de la apertura económica su estandarte político. Todos salían ganando.

Sin embargo, menos de tres años después, el presidente Trump ha puesto punto final al cumplimiento del acuerdo por parte de EE. UU., el jugador con más peso en la partida. Auspiciado por Israel, que ve con preocupación el avance de las posiciones iraníes en Siria; y por Arabia Saudí, principal competidor de Irán por la hegemonía en la región, el magnate norteamericano ha decidido volver a imponer sanciones al régimen de los Ayatolás.

A la presión recibida por parte de sus dos principales socios en Oriente Medio se suma la influencia de dos pesos pesados en Washington: el consejero de seguridad nacional John Bolton y el secretario de Estado Mike Pompeo. Bolton, viejo conocido en la política norteamericana por haber formado parte de varias administraciones republicanas, ha manifestado en varias ocasiones su deseo de ver un cambio de régimen en Irán incluso antes de 2019, cuando la República Islámica cumpliría 40 años. Por otra parte, Pompeo, a diferencia de su predecesor en el cargo, ha cerrado filas con Trump y ha tensado más la cuerda con el régimen iraní tras anunciar la imposición de las sanciones más duras de la historia en su contra. Todo este movimiento ha sido enmarcado bajo acusaciones al régimen del ayatolá Alí Jamenei de promover la actividad de grupos terroristas e insurgencias en la región, hecho que, si bien es cierto, no entra dentro de las competencias del JCPOA. Es más, la OIEA ha remarcado que Irán ha cumplido hasta ahora con su parte del acuerdo.

Las autoridades iraníes no tardaron en advertir que volverían a aumentar su capacidad de enriquecimiento de uranio si no se cumplía el acuerdo en su forma original. Ante esta perspectiva, el resto de los firmantes se apresuraron a asegurar que era su intención salvar el acuerdo. Pero no será tarea fácil, especialmente para la UE: las sanciones impuestas por EE. UU. afectarán a muchas compañías europeas, que tendrán que elegir entre operar en suelo norteamericano o realizar sus negocios en la teocracia iraní. La perspectiva es complicada, y la UE deberá decidir si emprende un nuevo rumbo, reforzando su autoridad y capacidad de decisión al margen de lo que dicten unos Estados Unidos que cada vez dejan más de lado al viejo continente.

Mientras tanto, en Irán, la Guardia Revolucionaria Islámica presiona por dinamitar el acuerdo y proseguir con su programa expansionista. De ser este el caso, los iraníes se encaminarían a un más que posible enfrentamiento directo con Israel, que no está dispuesto a permitir, como ya ocurre en El Líbano con Hezbolá, la formación de una milicia proiraní en su frontera del Este.

Como siempre, los más afectados son los ciudadanos de a pie, que llevan tiempo demandando mejoras en su calidad de vida y que en 2017 volvieron a elegir a Rouhaní para liderar la recuperación económica. Ahora, está por ver la capacidad de este para contener a sus adversarios políticos a la vez que apacigua las relaciones con el exterior. En muchos sentidos, el futuro de Oriente Medio está en sus manos.

 

 

 

Alberto Ballesteros de Santos es alumno de 5º de E6 en ICADE. Ha completado unas prácticas en la Dirección General para el Magreb, Mediterráneo y Oriente Próximo del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, así como en el S. Rajaratnam School of International Studies (RSIS), en Singapur.

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