Jerusalén. El caso de la estación vieja, por José María Marco

En plena ciudad de Jerusalén, entre la ciudad vieja y el centro, se levanta un edificio humilde, poco vistoso. Es la primera estación de ferrocarril de la capital. Hace tiempo que los trenes dejaron de llegar allí hasta que hace cinco años la estación fue abierta de nuevo como centro comercial. Ofrece, además de tiendas y restaurantes, actividades recreativas y culturales, dirigidas a un público muy general, mayoritariamente familiar.

No todos los restaurantes de la llamada First Station ofrecen comida kosher, algo más habitual en Tel Aviv que en Jerusalén y, además, el centro comercial permanece abierto todos los días de la semana, incluido el Sabbath, de obligado descanso para el judaísmo y ampliamente respetado en Israel, incluso en muchas zonas de las ciudades más secularizadas.

Contra la apertura apelaron los miembros ultraortodoxos de la junta de Gobierno del municipio de Jerusalén, que querían revocar el permiso concedido al centro. La junta de Gobierno aceptó la denuncia por 15 votos contra diez, lo que parecía determinar la suerte de las instalaciones en días festivos. La decisión última, sin embargo, correspondía a un departamento del Ministerio de Finanzas, que ha puesto el veto a la decisión del municipio y permite la apertura del centro. El alcalde de la ciudad, que no estaba de acuerdo con el cierre, ha acogido positivamente la decisión. Argumenta que Jerusalén es una ciudad abierta a todos y que esta clase de cuestiones deberían quedar fuera del debate político.

Puede ser, pero lo más probable es que el incidente se convierta en uno de los puntos más polémicos de las próximas elecciones municipales. No está del todo claro cuál será la decisión del electorado. Tendrá que elegir entre la fidelidad a las normas religiosas y la adaptación a un mundo con reglas propias, secularizadas y de aplicación forzosa en cualquier lugar del planeta, incluida la ciudad de Jerusalén, el lugar más santo del mundo.

La trivialidad del asunto no debe llamar a engaño. Cuanto más triviales son, más personas se sienten afectadas por el problema que plantea y más hondo cala el debate en la opinión pública (hace tiempo hubo otra polémica sobre las hamburguesas servidas por McDonald’s en la estación de autobuses de Jerusalén). De fondo, está el problema de la naturaleza del Estado de Israel, tradicionalmente definido como “Estado judío” desde su fundación. El Gobierno de Netanyahu, en particular en las negociaciones de hace cuatro años con la Autoridad Palestina, puso el asunto sobre la mesa. Más profundamente aún, se plantea la cuestión de la identidad judía, su relación con la religión y la de la pervivencia del judaísmo fuera de la religión.

La realidad es que Israel había conseguido, hasta ahora, un equilibrio entre una sociedad que quería seguir siendo judía —porque para eso se había fundado el Estado— pero se atenía a las reglas de la democracia liberal, con todo lo que esto implica de interiorización de normas universales. También ha abrazado un proceso de modernización acelerada, que lleva a algunas zonas del país a exhibir con orgullo formas de vida hipermodernas.

El equilibrio consiste en que ninguna de las dos opciones prevalece del todo, aunque la cuestión religiosa impregna toda la sociedad israelí, incluidos a los no creyentes, en la medida en que es difícil distinguirla de actitudes características: la solidaridad y la ayuda mutua, la disposición a contribuir al bien común (como el servicio militar), la noción de responsabilidad colectiva… todo ello compatible con un fuerte inclinación al individualismo y un gusto nunca desmentido por la libertad personal.

Israel, de fundación tan reciente (acabamos de festejar el 70 aniversario de su creación) no ha sido del todo un experimento de creación consciente de una comunidad política, como tal vez se podía esperar. Claro que ha habido debate, como corresponde a la tradición judía, pero nadie ha puesto en duda esas realidades éticas y políticas de fondo —lo que en la antigüedad se llamaba politeia— que constituyen la naturaleza de un país y condicionan sus usos políticos, su constitución en el sentido romano del término. Mal expresada, de forma casi siempre aproximativa, tal vez imposible de articular de forma racional —al menos en su totalidad—, su vigencia plantea un desafío conceptual y político al que la sociedad israelí ha sido capaz de responder hasta ahora y que contribuye a explicar el dinamismo del país.

 

José María Marco, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales (UPCO-ICADE), columnista de La Razón, socio fundador de SIRK Traducciones. Ha escrito biografías de Azaña ,Giner de los Ríos y Antonio Maura. Su último libro es Sueño y destrucción de España (Planeta, 2016). www.josemariamarco.com

Foto: Jerusalén

 

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