La democracia representativa y los retos del siglo XXI: globalización, representatividad y calidad del debate público, por Carlos Rico

La Constitución Española de 1978 cumple 40 años en medio de una sensación de agotamiento del sistema político alumbrado en la Transición. Sin embargo, una mirada a los países de nuestro entorno nos permite contextualizar la “crisis de los cuarenta” del entramado institucional español. En buena parte de Europa, la gran recesión económica iniciada en 2008 ha acelerado dramáticamente el declive de la confianza ciudadana en las instituciones más íntimamente relacionadas con el modelo de la democracia representativa liberal. Esta crisis de legitimidad se manifiesta a lo largo del continente en forma de movimientos nacionalistas, populistas y euroescépticos: desde el Brexit en 2016 hasta la victoria del Movimiento Cinco Estrellas en las elecciones italianas del pasado marzo, pasando por la reelección en abril de Viktor Orbán, un abierto defensor de la “democracia iliberal” en Hungría.

La desafección con el modelo de representación liberal corre en paralelo con una creciente demanda de participación directa de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas, la cual se nos presenta como una forma de rescatar a la democracia del dominio de una élite alejada de sus gobernados. Algunos argumentos de los “directistas” son, en palabras de Giovanni Sartori, el fruto de una peligrosa mezcla de “ignorancia y privitivismo democrático” que solo puede ser combatida con un esfuerzo intelectual y pedagógico. Sin embargo, sería un error zanjar todas las críticas a la democracia representativa aludiendo a la escasa comprensión de sus complejos equilibrios. En parte, los cambios que están sacudiendo a las democracias occidentales en estos últimos años ponen de manifiesto las nuevas circunstancias estructurales en las que la representación política debe operar a comienzos del siglo XXI, tras la revolución de las tecnologías de la comunicación y la consolidación del paradigma de la globalización. Podemos identificar al menos tres grandes retos para la democracia representativa que, por el momento, carecen de una respuesta satisfactoria.

En primer lugar, la democracia articulada en torno al Estado-nación encuentra cada vez más dificultades para gestionar una agenda global. En las últimas décadas hemos asistido al auge de nuevas arenas trasnacionales con actores e instituciones que escapan al control de los Estados. Como resultado, un creciente número de temas se sitúan bajo el control de órganos especializados con conexiones leves —o incluso inexistentes— a las instituciones tradicionales de representación política. Así, por ejemplo, la convergencia impuesta por la Unión Europea y otros organismos internacionales de gobernanza económica reducen el margen de decisión de los líderes nacionales ante las decisiones tomadas por expertos supranacionales. Como consecuencia, las elecciones de ámbito estatal pierden parte de su utilidad como mecanismo de rendición de cuentas de los gobiernos nacionales, lo cual contribuye al auge de discursos nacionalistas y populistas que invitan a rebelarse contra la pérdida de soberanía y la desaparición de la política a manos de la tecnocracia.

El segundo desafío radica en el debilitamiento de la relación representativa tradicional. Internet y las redes sociales han multiplicado las posibilidades de ejercer una representación informal al margen de los arreglos institucionales basados en la secuencia partidos-elecciones-parlamento-Gobierno. El actual contexto tecnológico favorece que grupos o individuos de la sociedad civil se propongan a sí mismos como representantes de colectivos sociales más amplios —las mujeres, los pensionistas, los afectados por la crisis— sin necesidad de someter su representatividad a juicio electoral. En este contexto, los sistemas democráticos deben lidiar con un creciente choque de legitimidades entre actores institucionales y grupos que contraponen una representatividad sociológica sustentada en el propio discurso y en una identificación emocional con amplios sectores de población, la cual viene más dada por la presencia e impacto en los medios de comunicación que por consideraciones de tipo jurídico-político.

Finalmente, la democracia representativa debe encontrar una respuesta al progresivo empobrecimiento de la calidad del debate público. En un mercado cada vez más saturado de medios de comunicación, la lucha por la audiencia incrementa una tendencia estructural a primar lo espectacular, lo novedoso, lo conflictivo o lo circunstancial sobre explicaciones más complejas de los problemas políticos orientadas a generar una ciudadanía crítica e informada. En paralelo, la atomización de la esfera pública en cientos de esferas digitales ha creado burbujas aisladas caracterizadas por una conversación redundante: grupos e individuos con visiones homogéneas acuden a los foros en los que saben que van a encontrar los datos y argumentos que refuerzan sus posiciones de partida. El resultado es un fenómeno de polarización grupal por el cual las opiniones políticas se tornan más extremas y sectarias. Junto a ello, en tanto que en internet no hay ninguna autoridad encargada de determinar el rigor de las afirmaciones de cada participante, la democratización del acceso a la esfera digital ha disparado indirectamente el volumen de noticias falsas, “hechos alternativos” o “posverdades”.

Retomando a Sartori, una parte del descontento con nuestras democracias liberales se debe a las expectativas desmesuradas respecto a lo que la representación puede (o no puede) hacer. Pero, por sí sola, la pedagogía no es suficiente. Los tres retos expuestos en estas breves líneas implican dinámicas de fondo que, lejos de desaparecer, van a seguir erosionando las democracias occidentales a menos que se aborden en un debate riguroso tanto en el ámbito de las élites intelectuales como, fundamentalmente, en el debate público. Lamentablemente, nada indica que la agenda de nuestros líderes políticos vaya por estos derroteros.

Carlos Rico Motoses doctor en Ciencia Política y profesor en el Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas. Su investigación se centra en el campo de las teorías de la democracia, la educación cívica y los modelos de representación y deliberación política. Entre sus publicaciones más recientes cabe destacar su libro Deliberación parlamentaria y democracia representativa(Congreso de los Diputados, 2016) y su contribución “The changing nature of the Spanish left: an uncertain balance”, en la obra colectiva The Left and the Crisis(Manchester University Press, forthcoming 2018).

Twitter: @cricomotos

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