Elecciones generales en Italia: ¿buenas o malas noticias para la Unión Europea? por Andrea Betti

Los ciudadanos de la Unión Europea han aprendido desde hace tiempo una de las lecciones fundamentales de la globalización. En una época de interdependencia e integración económica, la separación entre política interna y exterior se va desdibujando. Lo que ocurre dentro de las fronteras nacionales afecta las relaciones con los demás países, y de la misma manera, los acontecimientos externos tienen efectos cada vez más evidentes en la vida nacional. La dificultad en la formación de los Gobiernos o las crisis de los partidos políticos difícilmente se quedan relegadas al plano nacional, mientras que sus consecuencias pueden afectar al entero proceso de integración europea.

En este sentido, las elecciones generales italianas del próximo 4 de marzo no constituyen una excepción. El escenario de relativa debilidad de los principales partidos puede dar lugar a situaciones de inestabilidad política que no tardarían en reflejarse en el plano europeo. Y esto es aún más cierto si se toma en cuenta que Italia sigue siendo, a pesar de las dificultades, la tercera economía de la Unión. Después del resultado del referéndum del pasado 4 diciembre de 2016, cuando el intento de simplificación del sistema político impulsado por el Gobierno de Matteo Renzi se vio tremendamente derrotado por 19 millones de «NO», Italia parece haber vuelto a un escenario de fragmentación política, tanto en la sociedad como en el Parlamento. En este sentido las próximas elecciones contienen varias incógnitas.

Los italianos tendrán que elegir el futuro Parlamento a través de una nueva ley electoral (la cuarta desde 1994) que reproduce los típicos elementos de segmentación proporcional que han caracterizado la República desde su fundación en el año 1945. La nueva ley prevé un 37 % de escaños asignados a través de un sistema mayoritario a un solo turno en colegios uninominales. El resto de los escaños se repartirán a través de un sistema proporcional entre los partidos que superen las barreras mínimas de votos previstas por la ley. Atreverse a predecir el resultado final es un ejercicio complicado, sobre todo en una época de desencanto, volatilidad y relativa infidelidad de los votantes. El escenario más probable es que ninguna coalición de partidos pueda conseguir un número de escaños suficientes para formar un Gobierno y realizar el programa político presentado en la campaña electoral. Se necesitarán pactos postelectorales. Sin embargo, esto no significa que todos los actores en campo se encuentren en la misma situación.

Por un lado, el Partido Democrático de Matteo Renzi, expresión de la centroizquierda italiana y europea, se presenta a los votantes debilitado tras 5 años de Gobierno de la crisis económica y social y, sobre todo, por la debacle del referéndum constitucional. Según muchos observadores, la actitud divisoria de Renzi parece haber dejado al Partido Democrático prácticamente sin aliados, lo cual puede ser un serio obstáculo, sobre todo en ese 37 % de colegios asignados con sistema mayoritario, en los cuales, por definición, gana quien es capaz de aglutinar más votos. Aunque no se pueda confiar del todo en ellos, la casi totalidad de los sondeos electorales asignaría a esta opción el tercer lugar en la competición electoral, lejos de los éxitos iniciales del propio Renzi. La sangría de votos en el lado izquierdo ha llevado a la creación de un sujeto político de izquierda más radical, que de momento rechaza cualquier tipo de alianza preelectoral con el Partido Democrático, proyectando un escenario de dispersión del voto progresista.

El beneficiario de esta situación podría ser, según la mayoría de los sondeos, la coalición de centroderecha, recientemente reconstituida entre Forza Italia, la derecha liberal-populista de Silvio Berlusconi; la Lega Nord de Matteo Salvini; y Fratelli D’Italia de Giorgia Meloni. La presencia de estas últimas dos formaciones dibuja una coalición mucho más inclinada hacia la derecha respecto a los años noventa. La crítica a la Unión Europea y su gestión de la crisis de los refugiados identifica un proyecto político en el cual los liberales podrían ser la minoría, dejando las riendas del Gobierno a unas políticas más euroescépticas y más enfocadas en la protección de las empresas y de las fronteras italianas.

En el medio, se coloca el Movimiento 5 Estrellas. Si por un lado su líder, Luigi Di Maio sigue definiendo al Movimiento como «más allá de la derecha e izquierda tradicionales», sus recientes declaraciones sobre la Unión Europea y los migrantes definen un proyecto político de alguna manera aislacionista, en línea con el sentimiento de desencantado del conservadurismo dominante en Italia en estos últimos meses. Muchos sondeos otorgan al Movimiento el liderazgo en la competición electoral. Sin embargo, si el Movimiento no deja de lado su actitud radical «anti-casta» que rechaza cualquier alianza con los demás partidos, sus opciones de formar Gobierno en solitario podrían ser limitadas.

Como se deduce de este breve análisis, la única fuerza política decididamente europeísta, el Partido Democrático, está en serio riesgo de ser la menos votada entre las disponibles. El Centroderecha y el Movimiento 5 Estrellas tienen mejores sondeos, lo cual podría significar un relativo retroceso en el compromiso del país hacia el proyecto de integración. Si esto parece claro en caso de victoria del 5 Estrellas, todo dependerá de la correlación de fuerzas en el campo del centroderecha. Una afirmación de Forza Italia como partido más votado de la coalición de centroderecha podría significar una relativa continuidad en la tradición europeísta de los últimos Gobiernos italianos. Sin embargo, una afirmación de la Lega Nord como opción preferida por los votantes de derecha, llevaría casi seguramente a una postura mucho más crítica de la Unión y en particular de sus políticas de acogida a los refugiados y de reforma económica.

A pesar de todo ello, sigue en pie la posibilidad de que ninguna de las coaliciones o partidos mencionados alcance un número suficiente de escaños para formar gobierno. Esto abriría la puerta a unos pactos postelectorales, al estilo de la Gran Coalición alemana, entre centro-derecha y Partido Democrático, aunque en la confusa campaña electoral que empieza estos días, todos los actores aseguran que ganarán las elecciones en solitario y que no están dispuestos a celebrar ningún pacto postelectoral. Un escenario de multipartidismo «polarizado», diría Giovanni Sartori, caracterizado por la distancia ideológica y la escasa actitud ante el diálogo, que no dibuja un futuro de protagonismo para Italia en Europa y en el mundo.

Andrea Betti es profesor en la Universidad Pontificia Comillas de asignaturas relacionadas con las Relaciones Internacionales como Introducción a las Relaciones Internacionales y Geopolítica, entre otras. Su currículum puede consultarse aquí.

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