PEDRO ARRUPE. HISTORIA DE UN PROFETA. Artículo en EL CORREO, por Emilio Sáenz-Francés


El 2015 hemos conmemorado el cincuenta aniversario del segundo Concilio Vaticano. El mundo católico sigue definido por aquella profunda y revolucionaria renovación de la Iglesia católica. La Compañía de Jesús se sintió desde el primer momento interpelada por el desafío de aquellos años. Y, cuando el Concilio tocaba a su fin, un bilbaíno -Pedro Arrupe- era elegido general de la Orden. Le correspondió, por lo tanto, reflejar entre los jesuitas los cambios trascendentales que estaba experimentando la iglesia.
Transcurrido ya medio siglo de aquella elección, Arrupe continúa siendo un referente inexcusable dentro de Compañía. Se le recuerda por un liderazgo inspirador -en la mejor tradición ignaciana- y por un compromiso inquebrantable con los ideales del Concilio. Su mandato fue un tiempo de cambios profundos para la institución, no exentos de traumas y malentendidos, tanto de puertas a dentro como en la relación de la Orden con el papado, pero que no pueden nublar la dimensión histórica de su labor.
La peripecia de los jesuitas hasta aquel 1965 en que era elegido Arrupe había sido, sin duda, rica e intensa. Fundada por San Ignacio de Loyola como vanguardia de una nueva evangelización global, y como respuesta a la quiebra de la unidad cristiana de Europa, desde sus orígenes la Compañía se identificó con las posturas más comprometidas, abiertas y modernizadoras dentro del universo católico. Protagonizaron la mundialización del ideal misionero y pronto destacaron como intelectuales y educadores avezados y como firmes comprometidos con la causa de los más necesitados. Ese perfil iconoclasta de la Compañía acaba provocando su expulsión de distintas naciones católicas -entre ellas España, en 1767- y finalmente su completa supresión por Clemente XIV seis años más tarde. La Compañía fue restaurada en 1814. Era un mundo nuevo, el de la reacción contra los ideales liberales de la Revolución Francesa. Frente a la antigua Compañía, la restauradaserá más conservadora y temerosa, consciente de los peligros de las aguas encrespadas de la política decimonónica.
Entre el conservadurismo hispánico del siglo XX y aportaciones tan relevantes como las de Rahner o Teilhard de Chardin, hasta el Concilio, la Compañía navega en cierto sentido entre dos aguas. La importancia del generalato de Arrupe es precisamente que cierra un círculo histórico y reconcilia a la Compañía de Jesús con los orígenes, con aquellos ideales avanzados, rompedores y comprometidos que habían definido su primera hora. Con Arrupe, la Compañía de Jesús sigue sin duda siendo la misma, pero la meta de su labor se redefine y se hace más acuciante. Al servicio la fe, y un compromiso ineludible con la promoción de la justicia. Aquella era una misión a la que –entendía el General– la Compañía se sentía interpelada por la realidad de una sociedad global atribulada y sedienta, que conocía de primera mano. Y es que no podemos olvidar la biografía más íntima de un Arrupe, testigo directo y doliente de los horrores de la bomba de Hiroshima, que se convertiría en alba terrible de un mundo nuevo. En la hora de la Guerra Fría y de la destrucción mutua asegurada, Arrupe fue pionero al denunciar el drama ecuménico de los desplazados y los excluidos –de los refugiados-, víctimas de un planeta que se convertía en aldea global, pero que en el proceso cosificaba la caridad y negaba el pan y la sal a millones que no merecían –tal parecía y parece– la mínima condición de humanos. Solo en 2015 más de un millón de esos desheredados de la historia –no debemos olvidarlo- han golpeado las puertas de Europa.
Con todo ese bagaje el generalato de Arrupe fue una llamada apasionada a la Compañía a volver a la frontera, a volcarse en los necesitados y en los que más sufrían; y a exaltar la educación con un mecanismo esencial para combatir la injusticia. Todo ello con un liderazgo arrollador, desbordante en su humanidad y de una generosidad engrandecida por el fino sentido del humor del que ha nacido en las Siete Calles. En el contexto de su tiempo, es comprensible que el que Arrupe promoviese una auténtica Perestroika eclesialfuese malentendida por algunos, y que un sector de la Curia demasiado temeroso viese en los postulados de la Compañía una desviación con respecto a su historia y su misión. Arrupe, sin embargo, no se detuvo en cálculos políticos o de estrategia que pudiesen haber suavizado aquella fricción. Quizás fue su único error.
Sin duda, el mandato de Arrupe se recuerda sobre todo por el tan cacareado “desencuentro” con Juan Pablo II. Se ha exagerado su dimensión y su importancia, aunque sí hubo mucho de incomprensión y excesivos recelos hacia la labor renovadora de Arrupe, que algunos temían demasiado atrevida; también dentro de la propia Compañía. El bilbaíno jamás cejó en su devoción al Papa y, pese a las diferencias, Juan Pablo II nunca perdió la consideración que merecía la talla moral de Arrupe. En agosto de 1981, el bilbaíno sufriría una trombosis cerebral que hizo imposible que continuase al mando de la Compañía. Juan Pablo II intervendrá, con la aún polémica e inédita decisión de nombrar un Delegado Pontificio para dirigir la Orden, a la espera de la elección de un nuevo Superior General. Es lo que más se recuerda de aquella época y de aquel desencuentro.
Pero pocos meses antes, en noviembre de 1980, el profeta Arrupe había fundado el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y cerrado con ello todo un ciclo en la historia de la Compañía de Jesús. Era la materialización definitiva de la vuelta de la frontera, a los orígenes de San Ignacio. Pasados treinta y cinco años, el JRS presta ayuda a cerca de un millón de personas en todo el mundo, y que por sí solo certifica la relevancia de un legado que supone un punto de inflexión en la historia de la Compañía de Jesús y de una Iglesia que, no podemos olvidarlo, hoy tiene como Papa a un jesuita que participa del mismo espíritu.

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