ENTRE LA IGNORANCIA Y EL RIDÍCULO, por Emilio Sáenz-Francés

La comunidad internacional ha recibido el inicio de la llamada “desconexión” de Cataluña del resto de España con la indiferencia que merece un fenómeno apenas curioso y sí enormemente vulgar. No es para menos. En el momento del anuncio merecía más atención la noticia de la prohibición a los atletas rusos de competir en eventos internacionales que la enésima llamada de atención pueril de un gobierno regional en España. Hay problemas mucho más serios en el horizonte. 

Ante el mundo, España es mucho más una antigua y respetable Nación -no lo olvidemos, una pionera- que la pantomima que demasiados españoles creemos que es nuestro país. Esa es la perspectiva desde la que se aborda el “proceso” catalán. Se ha analizado desde multitud de perspectivas; ninguna es demasiado halagüeña para Artur Mas y sus aliados. No debe confiar en ningún apoyo. Quizás en todo caso el de Nicolás Maduro, en alguno de sus discursos sicofantes. Eso da la medida del calado y consideración que hoy por hoy tiene el tema. El independentismo excluyente se ha convertido en moneda común en muchas partes del mundo, especialmente en Europa. Ningún líder europeo digno de tal nombre está dispuesto a sumarse al carro de una irresponsabilidad bucanera y avalar con su sello un intento de secesión que -de triunfar- sólo supondría un nefasto efecto llamada en el resto del continente. Una llama que convoca todos los fantasmas que llevamos 70 años queriendo desterrar de nuestra historia. 

Más allá del continente, las reacciones son del mismo tono, pero aún si cabe más sorprendidas. Sin el aliento de la convulsa historia europea es difícil comprender los porqués que llevan a una tierra rica y próspera, parte de una nación que ha vivido sus mejores años en las últimas décadas -y que está integrada además en uno de los espacios de prosperidad más dinámicos del mundo – a arrojar ese patrimonio por la borda para perseguir una quimera absurda. El presidente Obama lo dejó bien claro tras su encuentro con el Rey el pasado mes de septiembre. 



Los separatistas catalanes no pueden, en efecto, soñar con el menor viso de simpatía internacional. Cuando la hay, es desinformada, y si alguna vez contaron con la cordialidad de medios de comunicación con capacidad de influencia global, se esfumó con las pasadas elecciones. Ya no es posible ocultar que tras la ruptura con España se esconde una huida hacia delante frente a una corrupción rampante. Ni puede una pretensión bufa como la acaudillada por Artur Mas aspirar a la legitimidad de la información seria frente a un mundo y una Europa desgarrados por crisis acuciantes y por una inseguridad en auge. Pero es que no sólo es eso. El proceso catalán ha conseguido aburrir. Ningún espectador está dispuesto a seguir una obra cuando el desenlace se ha revelado y el telón ha caído. La tensión argumental de las ansias de secesión catalanas ha cedido. Y cuando la noticia se convierte en rutina, deja de ser noticia. 

Sólo hay dos focos de interés en el caso que tienen rango de inquietud internacional. El primero se refiere al efecto que la crisis catalana pueda tener en una recuperación económica todavía frágil. Es uno de los flancos por los que se debilita nuestro prestigio internacional, y por los que sangra la credibilidad de nuestra economía. Por otro lado, en apenas un mes, España afronta unas elecciones generales plagadas de incertidumbre. Lo que se medirá a escala global será la capacidad del nuevo gobierno para hacer que lo iniciado ayer quede en una anécdota, y para que de nuevo brille la concordia de la gran nación que somos.

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