EL ¿MILAGRO? DE BOLSA FAMILIA EN BRASIL, por Alexia Delclaux

El pasado domingo, la candidata del Partido de los Trabajadores (PT), Dilma Rousseff, se volvió a hacer con la presidencia del gigante latinoamericano. A pesar del estancamiento del crecimiento en los últimos años, los escándalos de corrupción o las protestas desencadenadas por el Mundial, los brasileiros han optado por la continuidad, si bien lo han hecho por un margen mínimo. Para muchos expertos, un factor clave para la reelección ha sido el abanico de programas sociales que lleva implementando el PT desde la presidencia de Lula da Silva (2003-2010), entre los que destaca el gigante Bolsa Familia, que beneficia a casi el 25% de los votantes brasileños. Con diez años de andadura, Bolsa Familia se ha coronado como el mayor programa de transferencias monetarias condicionadas (TMC) a nivel global y ha sido imitado en el mundo entero, incluso en la ciudad de Nueva York durante el mandato del alcalde Bloomberg. Lo que es más, ha sido alardeado por la comunidad del desarrollo como uno de los mecanismos más efectivos para luchar contra la pobreza, y es que solo en Brasil se considera una de las claves para sacar a 36 millones de personas de la pobreza extrema entre 2002 y 2012. 

En la actualidad, alrededor de 50 millones de brasileños se benefician del programa. El mecanismo es simple: las madres de las familias beneficiarias -jefas de familia a efectos del programa- reciben una transferencia cada mes  (de 70 dólares mensuales de media) a cambio de garantizar la escolarización de sus hijos, además de visitas médicas y vacunas periódicas. El programa tiene un doble objetivo: a corto plazo, pretende reducir la brecha de la pobreza a través de las transferencias, mientras que a largo plazo, busca romper la transmisión intergeneracional de la pobreza gracias al desarrollo humano en educación y salud. 
En su arranque en 2003, el programa causó cierta reticencia tanto en cuanto se alejaba de la retórica predominante en el mundo del desarrollo de “enseñar a pescar” en vez de dar directamente el pescado. Se temió que repercutiese negativamente en el mercado laboral, pero lo cierto es que el empleo entre los participantes no ha disminuido, sino más bien al contrario. Los resultados en otros indicadores sociales también son alentadores. Tanto la pobreza como la desigualdad han caído de manera muy significativa en los últimos años, con una reducción de la pobreza extrema (por debajo de $2 por día PPAdel 8,03% al 3,27%, entre 2003 y 2012, según datos del Banco Mundial. Por otro lado, la versión oficial del Gobierno apunta a que la mitad de la población ya forma parte de la llamada nueva clase media brasileña, si bien dicha categorización es altamente debatible, dado el riesgo que existe de volver a caer en la pobreza. La escolarización y la utilización de servicios de salud también ha aumentado de manera muy considerable, aunque todavía es pronto para hablar de resultados finales, es decir, de mejoras reales en el nivel educativo de los más pobres.  

Pero incluso si Bolsa Familia constituye el eje central de la lucha contra la pobreza del Gobierno de Brasil, debemos ser cautelosos a la hora de bautizar al programa como el motor principal de la nueva prosperidad del país. Mientras que la versión oficial atribuye hasta un 1/3 de la reducción de la pobreza a Bolsa Familia, la Fundación Getulio Vargas, una de instituciones educativas más prestigiosas del país, considera que hay otros factores más importantes a tener en cuenta, como el aumento del salario mínimo. Sea cual sea la contribución real de Bolsa Familia, lo que sí es cierto es que los programas de TMC se han disparado en la última década en América Latina, y es que según estimaciones del Banco Mundial, actualmente casi el 25% de la población latinoamericana, es decir, 129 millones de personas, se benefician de ellos. Si bien se trata de un paso importante para el que sigue siendo el continente más desigual del mundo, las TMC no producen milagros por sí solas si no van acompañadas de un apuesta real por mejorar la oferta, y sobre todo la calidad, de los servicios públicos a los que dan acceso programas como Bolsa Familia. En efecto, este es el gran reto al que se enfrentan los sistemas de protección social latinoamericanos.

Deja un comentario