¿UNA NUEVA REVOLUCIÓN VERDE? por Alexia Delclaux

Este año celebramos el centésimo aniversario del nacimiento del Premio Nobel de la Paz en 1970 y padre de la “Revolución verde”, Norman Borlaug, ingeniero agrónomo estadounidense a quien se atribuye evitar una catástrofe maltusiana al revolucionar la agricultura del siglo XX. En la década de los 60, tras años de crecimiento poblacional descontrolado y cosechas deficientes, el subcontinente indio estuvo a un paso de sucumbir ante una hambruna masiva. En apenas unos años, la producción de cereal del país se dobló y la India pasó así de importar cantidades significativas de arroz a convertirse en uno de los mayores exportadores a nivel mundial. Unos años antes, un grupo científicos liderado por Borlaug y financiado por las fundaciones Ford y Rockefeller había desarrollado nuevas variedades de trigo y arroz de alto rendimiento. Tras su éxito inicial en México -la producción de trigo se multiplicó por seis entre 1950 y 1970- las nuevas semillas se exportaron a una serie de países en vías de desarrollo, sobre todo en Asia y América latina. En apenas veinte años, entre 1970 y 1990, el mundo logró doblar la producción de grano y hacer frente a un crecimiento poblacional sin precedentes. 

No obstante, la revolución no estuvo exenta de polémica y todavía se cuestiona su eficacia a la hora de combatir el hambre. Las nuevas semillas genéticamente modificadas requieren cantidades abundantes tanto de agua como de productos químicos y otras tecnologías agrícolas para su funcionamiento, por lo que su acceso no está al alcance de todos. Así pues, muchos estudiosos apuntan a que en realidad, la revolución verde no ayudó a los más pobres, sino que aumentó las desigualdades. Otra de las grandes críticas alude al impacto adverso al medioambiente al reducir la biodiversidad, lo cual entre otras cosas puede aumentar la letalidad de las plagas. Además, como ha ocurrido con otros procesos, la revolución de la agricultura pasó de largo por el continente africano. Es justamente esta la asignatura pendiente. Tras una llamada de atención por parte del entonces Secretario General Kofi Annan sobre el estado de la agricultura en África, la Fundación Rockefeller- artífice de la primera revolución- y la Fundación Bill & Melinda Gates fundaron conjuntamente la Alliance for a Green Revolution in Africa (AGRA) en 2006, convencidos de que la inversión masiva en agricultura supone el primer paso para combatir el hambre y la pobreza en el continente. 

Sin embargo, el continente africano no es el único objetivo de la nueva revolución. Si la tasa mundial de crecimiento, tanto poblacional como económico, continúa al ritmo actual, la FAO estima que necesitaremos volver a doblar el número de cosechas para el año 2050. Esto implicaría un aumento de entre el 1,2 y 1,5% anual del rendimiento de las cosechas, dado que la cantidad de tierra cultivable es cada vez más limitada -entre otros factores, por problemas derivados del calentamiento global- pero por el momento no están creciendo ni a la mitad. Para muchos, las innovaciones se complican cada vez más puesto que tienen que responder a nuevos retos como las crecientes sequías, la escasez de agua o la salinidad por la subida del nivel del mar en varios de los principales deltas productores de arroz. Así pues, se están investigando nuevas variedades de arroz, de trigo y de maíz resistentes a las inundaciones, a las sequías o la salinidad, pero como todo avance científico, supone años de investigación y un elevado coste económico. Mientras que se acusó a la primera revolución verde de beneficiar sobre todo a los agricultores más ricos, la nueva tiene como objetivo, en teoría al menos, ayudar a los pequeños agricultores. No obstante, es cuestionable si realmente se conseguirá dado que las iniciativas público-privadas de la primera revolución han dado paso a un predominio de grandes multinacionales químicas, como Monsanto, Dupont o Syngenta, que controlan tanto la producción de nuevas semillas como de agrotóxicos. 

El debate sobre cómo alimentar a 9 billones de personas para el año 2050 sigue pues abierto, entre los que abogan por industrializar incluso más la agricultura y los que defienden modelos más locales y sostenibles con el medio ambiente. Bien es cierto que una mayor producción no asegura un acceso equitativo y universal a los alimentos y que la industrialización de la agricultura acarrea una serie de consecuencias negativas -ya sean medioambientales, sociales o de otra índole-, pero ante un mundo en el que la población crecerá un 35% en los próximos cuarenta años, la necesidad de aumentar la producción de alimentos supone un primer paso incuestionable. La ciencia ya parece haberse logrado, el reto ahora es que esta innovación tecnológica se traduzca en una mejora real en la calidad de vida de millones que aún sucumben al hambre y a la pobreza, algo que sólo se conseguirá con un compromiso político a todos los niveles. 


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